martes, 6 de agosto de 2013

El reino de la Garúa de Emilio del Carril




El reino de la Garúa de Emilio del Carril

Luis Felipe Diaz. Ph. D.
Departamento de Estudios Hispánicos
Universidad de Puerto Rico, Río Piedras


Emilio Del Carril

El nuevo libro de Emilio Del Carril, titulado En el reino de la Garúa (2013) resulta un texto algo sorprendente (y exitoso) dentro del escenario cuentístico puertorriqueño de los últimos años. Se trata de una presentación de cuentos sumamente breves o mini-relatos, género algo en boga en nuestra sociedad postmoderna tan dada a la rapidez y la presteza. Ya tiene como antecedente a Juan Carlos Quintero, quien ha incursionado en el cuento breve, con impresionante dominio escritural, en su libro Brevario ( Dan juan: Isla Negra: 2002). En el reino de la Garúa, Emilio Del Carril continúa, sin duda, sorprendiendo a los amantes del la narrativa en general, y que ya traspasa los umbrales del relato minimalista y se acoge al camino incluso más corto de la mini-narración en su mayor alcance. Y el esfuerzo resulta tan ansioso que lo realiza como la “garúa” misma, una llovizna tan fina que casi ni se siente (pero que se acumula y puede resultar notable y refrescante).
     En el diccionario, el cuento breve en general es un género caracterizado por su cortedad y deseo minimalista en el narrar. Mas debe seguir ofreciendo al lector los elementos del contenido (mímesis, argumento) de un sujeto en búsqueda de (o en conflicto con) un objeto del deseo (o del rechazo) y de algún tipo de destreza de un hablante general del relato (del autor) que desea expresar un conflicto. Todo debe ser presentado con un manejo escritural que domine al máximo la economía del lenguaje (la diégesis) a extremos de viajar a la frase discursiva. Debe ser expuesto lo más brevemente posible, con una que otra oración (o párrafos y diálogos cortos). Se crea una situación en la escritura que muchas veces obliga al hablante a relacionarse con otros géneros como la poesía, lo fragmentario de lo teatral, lo mítico legendario, el dicho, la parábola, el chiste, la ironía verbal, la intertextualidad etc. Pueden dominar los elementos más fantásticos (desde religiosos y míticos), como el simple adagio, que puede ser desde lo vanguardista o lo transvanguardista de nuestros tiempos tan dados a lo veloz y a los géneros marginados por el canon y la tradición más dada a lo denso y moroso. Aun dentro de la cortedad y lo mínimo mismo tiene espacios para el viaje discursivo-literario, lo más reducido posible.
     El mini-relato debe mantener el suceso dentro de lo ficticio, la pura invención, puede recurrir al casi chisme o enrredo, embuste o engaño (al juego paródico), incluyendo al lector mismo como receptor atrapado o sorprendido por un solo e inquietante suceso dicho de manera sagaz. Si bien debe alcanzar una comunicación fugaz debe ser sorprendentemente abarcadora, lo cual puede hacer del mini-relato un sub-género de la narrativa, muy difícil en su simplicidad. La finalidad debe ser la de primeramente entretener, divertir, “moralizar” (no necesariamente en el sentido religioso), aconsejar, tal vez a veces mediante el comentario vacío, frívolo y light que no imponga en su inicio mucha sustancia conceptual (en su estructura superficial, más no en la profunda). De ahí que a la misma vez el mini-relato pueda llevar al lector a emplear la profunda reflexión e incluso el asombro filosófico. Muchas veces lo ocurrido puede quedar implícito (en la estructura profunda del discurso) y lo que se ofrece al lector son pocas oraciones (o una sola) que recojan un tipo de sentencia, moraleja o reflexión. El nivel connotativo y conceptual de su discurso muchas veces no le es fiel a su cortedad y aparente simplicidad. El enunciando resulta breve mas no las connotaciones o estructura profunda del discurso.
     Pero el mini-relato debe estar manipulado por el efecto que explore un uso muy singular del lenguaje, con una recepción particular (una gran consciencia pragmática y manipulación fugaz del efecto ilocutivo del enunciado). Lo pragmático (el efecto que provoca lo dicho) es importante y se convierte en elemento sobresaliente en la recepción que el emisor lleva a un lector a alcanzar, ante lo planteado (por lo cual el mini-relato tiene su propio código, que lo separa del tradicional cuento como género). Estamos ante un sub-género de la narrativa —tal vez de la poesía y del drama también). Lo poco que se narra debe ser en su minimalismo, sentencioso, ejemplar, reflexivo, en ocasiones impactante, chocante y sorpresivo.
     Ya desde las jarchas, Boccaccio, Juan Manuel, Hita, Chaucer, obtenemos muchos mini textos (intercalados dentro de textos más amplios; los “exempla”) de esta tradición, que en la Edad Media intertextualizan con lo oriental, la cultura greco-latina, cristiana y el romancero popular. En la modernidad muchos escritores incluso dentro de sus narraciones largas acuden al relato corto, como por ejemplo Poe, Clarín, Pardo Bazán Borges, Cortázar, Cela, Matute, Ferlioso, Kafka, Hemingway. Las "greguerías"  del español Ramón Gómez de la Serna son importantes para entender mucho de las lógicas y códigos discursivos del mini-relato en el siglo XX y XXI.
     En Puerto Rico se ha de tener presente en específico a Nemesio Canales, Emilio S. Belaval, José Luis González (el más consciente de este subgenero), Pedro Juan Soto, Luis Rafael Sánchez, Ana Lydia Vega. En sus narrativas amplias, en sus cuentos largos o cortos, cultivan (entremezclan) la fábula, la habladuría, el enredo, el chiste, la broma, la frase irónica y el sarcasmo, entre otros recursos. Si bien aparecen dentro de un discurso amplio se cuelan los micro-relatos, cuya significación podría entresacarse como texto con valor independiente en sí mismo. José Luis González contaba en una ocasión que había escrito el relato novelesco más corto: "Carta a la criada. "María, puedes regresar con el niño, el hijo del hacendado ya confesó" (o algo parecido).
     El primer concepto de micro-relato que viene al pensamiento es el de “aforismo”: en los tiempos clásicos, un principio científico expresado de forma concisa, como los tratados de medicina que exponen (Hipócrates) de forma breve los principios y doctrinas de la escuela. Es un axioma o máxima de forma instructiva que también lleva al adagio, al refrán o proverbios (moralizantes o con algún tipo de racionalización). Quizás por eso el micro-relato es un género pragmático de tipo bajtiniano, pues se presta a colarse en la carnavalización rápida en la plaza pública, sobre todo para reírse de las contradicciones y paradojas de la existencia, dichas de forma jocosa y con inventiva formal del discurso rápido e irónico (carnavalesco). Debe incluir un estado de heteroglosia pero dentro del control de una voz en cuya pretendida dialogicidad se presta a la sorpresa en el efecto discursivo disglósico. En la antigüedad el género se relacionaba más con el mito, la religion o el misterio, en el mundo de la Modernidad comienza a vincularse con los discursos iconográficos en las tirillas cómicas de los periódicos del mundo comercial y sus minimalismos (extraídos del arte con este nombre). En el mundo contemporáneo el mini-relato se presta a la multiplicidad de voces y cronotropías de la postmodernidad que ha añadido, más allá del lenguaje natural, a la imagen televisiva y del cine.
     En el ensayo, “En las letras, desde Puerto Rico: Emilio del Carril reflexiona sobre el microcuento y su nuevo libro”  (jueves 2 de Mayo de 2013. El Antillano), el mencionado autor, junto a Carlos Esteban Cana, discuten sobre este género y la labor específica del mismo. Para Del Carril, Puerto Rico ha entrado algo atrasado al mundo del micro texto; mas sin embargo, la euforia actual con el mismo es impresionante. Cada nueva publicación enmarcada dentro de la microficción aporta un nuevo eslabón al desarrollo del género. Carlos Esteban Cana sostiene que, por su entrega anterior, en los cuentos de Cinco minutos para ser infiel, Emilio presenta una obra que remite a la excelencia narrativa ya perfilada en un libro como En una ciudad llamada San Juan de René Marqués [¿?]. Del Carril piensa que un microcuento es el corazón de un relato, resulta en la parte indivisible de una historia. Sostiene que la estructura mental del pensamiento creativo se fundamenta en microcuento. En todos los cuentos de 5 Minutos para ser infiel parte de microcuentos y considera que escribe como los antiguos chinos: comienza por el final. El microcuento le proporciona una relativa comodidad. Para Cana la historia del micro-cuento en Puerto Rico puede tener como referentes a Pedro Juan Soto, pese a que otros escritores cultivaron al hermano del micro (que llaman aforismo). Y  no es hasta los años 90 que con autores como C. J. García y Ricardo Alegría Pons, que el mini-relato comienza a cultivarse. No sería hasta 2005 que se puede encontrar una antología como Edición Mínima.
      Reconociendo lo anterior, para Emilio del Carril no podemos olvidar el papel de José Luis González con su maravilloso minicuento “La carta”, a Pedro Juan Soto y Ana Lydia Vega, previo a los años 90. No es hasta los años 2000 cuando el microcuento se apropia de más de una decena de títulos de libros en los que, solos o combinados, los mismos comienzan a proliferar. Cada autor le confiere personalidad a sus trabajos de manera que ningún microcuentista se parece a otro.
     Curiosamente, para Emilio del Carril, ha sido la ciencia la que le proporciona una perspectiva interesante (algo sucedido en los tiempos griegos, como mencionamos) sobre cómo debe establecer los procedimientos para realizar este tipo de relato. Nos dice: “En la tecnología médica no existen las segundas oportunidades, o sea, un reporte mal hecho puede poner en juego la vida de un paciente". Se debe poseer, además, una agenda repleta de actividades interesantes que cautiven a un lector. Este dato resulta interesante porque la receta médica requiere de una destreza de género mini-narrativo que reclama o pide una entrega mediante un pequeño texto, para un paciente. La necesidad curativa en el micro-relato de la modernidad es más que patente en cuanto se reclaman atenciones a relatos que iluminan el pensamiento de una manera psicoanalítica, reflexiva, metacognitiva y rápida. La perspicacia, la astucia, malicia, la chispa, la ironía son esenciales.
     También nos señala Del Carril que la Biblia es su fuente principal de inspiración ya que era único libro que había en su humilde casa. Le encantaban las historias del “Antiguo Testamento”, y los cuentos de los libros de español de la escuela elemental (algo que es más que evidente en su relatos de La Garúa). “Llegó luego al erotismo incidentalmente”, comenta lacónicamente. Durante sus estudios en Maestría en Creación Literaria, Del Carril se percató de que los personajes de sus cuentos exponían problemas referentes a la sexualidad. Decidió unirlos en un libro que tituló Cinco minutos para ser infiel. Considera que por ser su carta de presentación al mundo de las letras, este libro lo ha tildado de escritor erótico, cuando en realidad comenzó incursionado con en la literatura infantil y la poesía. Algunos de sus cuentos infantiles se han publicado en colecciones de textos escolares y en antologías de literatura infantil del Caribe. Tiene entonces sentido el que el micro-relato deba pasar por un proceso de infantilización, depuración formal de una narrativa más prolongada.
     Considera que en su altar nunca falta (y se verá en los libros que tiene en mente) una vela prendida en Chejov, Bataille, Cortázar, Borges y Quiroga. Pero considera que primeramente es fanático de los escritores puertorriqueños a quienes ha redescubierto en sus estudios de doctorado de Estudios en literatura puertorriqueña y caribeña en el Centro de Estudios Avanazados en San Juan.
     Del Carril publicó en el 2007 su libro de cuentos 5 minutos para ser infiel y otras divagaciones testiculares. La crítica Marta Aponte apinó sobre este texto: “Tres gracias, la literatura erótica tierna, la cruda y la fantasía, vibran en estos relatos sobrecogedores… Aquí ha dejado las entrañas un escritor sensible y talentoso que nació para contar” (Pasadizo, 2007). Sobre este libro el también crítico, Mario R. Cancel ha dicho: "... la colección de Emilio del Carril redefine los parámetros de la sexualidad y de la cuestión del género en un momento oportuno. Lo hace con una voluntad inquisitiva y en apariencia inocente. El Edipo bisexual de la postmodernidad ha inscrito su manifiesto. Emilio del Carril integra una serie de recursos discursivos que lo ponen en territorio abierto de la narrativa postmoderna. La integración de numerosas marcas de la era de la tecnociencia y la informática como espacio para la sexualidad es uno de ellos. El juego con las llamadas desviaciones sexuales —pedofilia, sadomasoquismo, entre otros— como artefacto estético con su subsiguiente culto a la violencia como signo del placer es otro. El connubio del erotismo y la informática permiten la creación de mundos ficcionales viables a estos personajes. El relato “Causa y efecto del fetichismo de Nabucodonosor” es una pequeña joya en ese sentido que recuerda la “Madame Bovirtual” de Marta Aponte Alsina y algunos personajes de Pedro Cabiya". Mucho de lo señalado por estos críticos se retendrá en El reino de la Garúa, pero de un modo minimalista, al extremo que se puede prescindir de la narración misma y acudir al comentario ante un suceso que queda implícito y que se sobreentiende (se trasluce la acción inmersa en la estructura profunda del discurso). Pero puede haber macroniveles dentro del micronivel, como ocurre en este libro del micro-relator que aquí nos ocupa.
     El autor enmarca En el reino de la Garúa cuentos dentro de una ficción fantástica: quien cuente 1000 cuentos de corrido en diez días en el reino de la Garúa, es coronado rey. El libro comienza al principio de la décima jornada, cuando el cuentero ha agotado su repertorio. El uso de un artefacto mágico le inspirará cien relatos más, que serán los que colecciona la antología. Se denota pues un pre-texto que enmarca los mini-relatos, como veremos, en un relato de aspiraciones amplias; y es quizás esto el mayor logro del libro en cuanto le confiere a lo mínimo-formal una implicación interactiva con lo contrario (hay una gran narrativa oculta). Pero el autor de la obra siempre se mantiene en las partes, en lo metonímico, sin permitir que se vea la amplitud de la gran narrativa oculta (la metáfora y el mito, tal vez de la vida personal de un autor real, quedan en el fondo).
     El cuento inicial es importante en cuanto justifica los demás cuentos, ya que se le va la vida al “narrador” en el contar (como en Las mil y una noches). Con los relatos se entretiene tejiendo, pero eventos y sucesos (o sentencias), como una Penélope de la escritura. El autor se toma, además, una poción mágica que le premite contar y contar, como un ser borgiano, a cuenta gotas, ofreciendo una llovizna mínima, más bien una garúa constante de relatos que sorprenden a un lector que ha de ser muy audaz y contemporáneo (el lector implícito de este texto de Emilio).
     Obtenemos en la estructura profunda de todo, una noción de expulsión intestinal en ocasiones, pero no desde lo escatológico sino desde el imaginario (“… el hombre pidió una oportunidad para ir al retrete” (I). Se trata de un proceder que lo lleva después de todo a un ámbito semifinal de expulsión llamado “garúa”. Existe en este sentido un juego del autor en cuanto a la significación de la garúa que cae, en el constante y diminuto articular, en el lenguaje lacónico y salpicante. Se trata además de una lucha por sobrevivir en un mundo amenzante, donde se vence mediante lo animal como actante supremo del relato (como vemos a finales de la obra).
     Pero desde la portada misma observamos cierta pasividad y espera y escenarios sugerentes de sucesos por darse o ralacionados con lo ya acontecido. El fin de todo queda sugerido por el Castillo que se divisa al fondo, luego de atravesar el agua y alcanzar la morada del mito terrestre del final y al fondo. A nivel psicoanálitico se trata de la posesión del falo y la vagina a la vez (el paraguas ya cerrado o abierto), para navegar por el espacio marítimo (el Imaginario materno), pues ya se ha logrado captar poco a poco (la garúa) el discurso (Orden Simbólico, el lenguaje) que permite el arribo al otro lado, a la otredad (la isla y su castillo) que devuelve a su vez a otro Imaginario masculino (el mito, otro lenguaje, un reino infantil y bestial). Se trata de pugnas semiológicas profundas que de seguro reaparecerán en las siguientes obras de Del Carril.
     El tejido de Penélope también se relaciona con el quehacer del “hombre araña”, para ofrecerle un toque infantil, modernista y postmodernista a la vez a este trans-mito. También se presenta el objeto de la diminuta botellita, en la cual se encuentra el pequeño genio que complace con los deseos. Pero como vemos en la portada, el autor es el creador en las afueras de la ciudad, el gran paseante, el flaneur que observa desde la orilla los pequeños relatos en la vitrina de la historia y la tradición. Se cobija en el espacio protectivo del paraguas que mantiene su vestimenta intacta, con el rostro en anonimato, mientras le caen las letras, como desciende la garúa y el Imaginario, el otro diminuto del lenguaje. Es también la personificación de Dorién, quien se apodera del trono del Castillo escritural que ha ido construyendo y lo habrá de coronar precisamente su hijo: un principito. Padre e hijo quedan finalmente protegidos por la empresa realizada por el primero. Lo maternal queda en el destinador imaginario que permite la creatividad y la continuidad del existir (la triunfal literatura revelada en la garúa como expresión natural).
     A finales de la obra encontramos un relato espejístico (al revés): “El gran grito”. Se trata de un hombre que rompe con la ley del silencio a pesar de la prohibición. Sorpesivamente todos se le unen rompiendo ese interdicto. Y se repite el signo espejístico transgresor en cuanto lenguaje: “Puñeta”, que concuerda con el epígrafe que marca la grandeza de brillar no por el tamaño sino por el propósito: narrar, contar, escribir con una sombrilla y un espejo para protegerse del otro y poder divisarlo. (“No one is superior by size, but by purpose”). Se trata de la rebelión del mini-relato ante la gran narrativa (de un Poder abyecto, tal vez) que tanta prominencia ha tenido en nuestra cultura colonial y subalterna. Una vez más nos encontramos con un gran sentido de expulsión intestinal, de depuración ante el gran Otro del interdicto social e incluso mítico. Siguiendo a Mario Cancel, advertimos un anti-Edipo que espera el encuentro plácido del hijo... o al menos de su unión. Se pretende superar la bestialidad clásica y ya moderna; y de ahí la postmodernidad de estos micro-cuentos bastante cercanos a un estado de felicidad.
     Ya el mini-relato inicial (901) nos revela el poder inquisidor ante las brujas, pero al revés (la pie de la página) advertimos un cuento del poder de un niño cual árbol que se traga un objeto mágico que le permitirá ser como “Alicia en el país de las maravillas”). El próximo relato, “El ángel caído”, nos refiere al inevitable surgimiento del mal (la "otredad”), y el próximo (903) relato nos sugiere el preparar la mortaja, pero poéticamente. Un gran relato es el 904, en el cual se deconstruye el mito del genio en la botella. El 905 nos refiere a los orígenes lésbicos (una manzana verde besa a otra que se sonroja). El relato 906 nos habla de un mal espejo de sí mismo; y si vemos el cuento escrito al revés en la misma página se nos muestra a un viejo llamado “Adiós”. El juego con lo espejístico, la capacidad de verse a sí mismo en la "otredad" oculta del lenguaje, resulta imprescindible en la lectura de estos relatos. El agua que se acumula en el lago tras la garúa ofrece el mejor espejo. Sumergirse en el mismo representa el mayor de los viajes postmodernos tanto de la letra como de la imagen.
     Se cultiva así constantemente y de manera sorpresiva la paradoja y la transgresión. El mini-relato 915 es sorprendente en cuanto a la crueldad. El 916 es más bien un poema y el 920 ofrece un deconstruccionismo religioso. El 921 es precisamente una genial intertextualidad muy sugerente y que esconde mucho más de lo que dice (hay una nueva novela oculta en este texto). El relato al pie de la página nos habla sorprendentemente de la prisa por el morir plácido. El 925 nos refiere al milagro y el 444 al revés, es una (anti)épica. El 933 es sorprendente en su uso de la ironía y el 934 es sumamente humorístico; mientras que el 937 nos presenta un encuentro entre el mito del Eco y la Nada de manera ingeniosa. El 938 es una ironía del mundo mediático y la paternidad. El 931 nos trasnporta a las películas del miedo e irónicamente se rompe con el mismo entregándose a él (al otro moderno y mediático); y el que aparece al revés ahí mismo resulta deconstrucionista en cuanto al poeta que crea un epitafio. El 943 es una ironía que solo entienden los matrimonios que no se quieren y se anulan espejísticamente con un “regalo de aniversario”. El 944 se explica por sí solo: “La escena del crimen quedó limpia, su conciencia, no”. Continúa las sentencias casi bíblicas en el 945, donde nos hace cobrar consciencia de cómo las tinieblas (el otro) se sienten discriminadas cuando Dios confiere preferencia a la luz. El 77 (al pie del 946) es curiosamente seguidor irónico del mito de Edipo. El 952, “Sin explicación”, es ingenioso ante lo ocurrido a los que juegan al esconder, y el 957 es un espejo otreico del mito de la bella durmiente (me parece uno de los mejores relatos del libro). El 957 es chistoso y posee más título que contenido. El 966 y el 43 son relatos de lo absurdo, equívoco e inesperadamente cruel. El 967 sigue los cuentos bíblicos del Arca de Noe de manera jocosa y el 969 es ingeniosamente creado sobre El Quijote. El 971 es perspicazmente puertorriqueñista, sobre “la dinga y la mandinga”, y el del pie de la página se alude al amanecer (levantarse temprano), pero para llegar tarde. El 973 trata sobre el extremo absurdo de la soledad, y el 934 demuestra destreza del cuentista en deconstruir el sentido del absurdo en un ogro que sin nacer como tal, lo acosan tanto, que se convierte en el peor de los ogros. El 976 deconstruye con humos el cuento de Blancanieves. El 932 es casi un tratado de la crueldad del encierro y el 985 es un sorpresivo cuento de vampiros, para niños. El 989 nos muestra que la maldad en el mundo procede no del otro sino de la oficialidad celestial. El 990 nos devuelve al humor de los relatos de vampiros y el 994 es un tratado en que se desafía al lector a pensar. En el final, "Garúa II", el cuentista relata su fracaso, pero logra transformarse frente a todos en los personajes (actantes) de su propio relato y el principito aplaude y lo convierte en el nuevo “rey mascota”. El retener y mostrar la performatividad del poder transformador de lo que se narra resulta clave en todo el proceso de autoridad narratológica.
     En relato final, que se titula "El gran grito" (al revés), es el más largo, el más dado a un relato de tipo regular. Trata del castigo ofrecido a un sujeto muy de la sociedad postmoderna que tras haber incumplido con pagos se le castiga a no hablar, a no comunicar palabras soeces. Y finalmente profiere a toda voz, junto a todos los habitantes de la Isla: “#PUÑETA”. Se trata de la comunicación transgresora que ejemplifica de manera nada minimalista posible la ruptura con el interdicto social. Es, además, un cuento ganador de premio. Estamos ante la expulsión final del autor. Así, realidad y ficción se abrazan: como la madre, el padre, el hijo. Todo guiado por la energía del Espíritu Santo (me imagino) que confiere el poder de continuar la gestión del simbolizar.


En el reino de la Garúa. Décima Jornada
San Juan: Editorial Pasadizo, 2013