domingo, 17 de marzo de 2013

Literatura Medieval Española II. Conde Lucanor, Coplas de Manrique. Contexto histórico social.




Literatura medieval española (Castellana)

El ingreso a la Modernidad. Parte II



Luis Felipe Díaz, Ph.D.
Departamento de Estudios Hispánicos
Universidad de Puerto Rico. Recinto de Río Piedras
Notas de Espa 3211. Literatura Medieval y Renacentista
(Obtenido de varias fuentes bibliográficas tradicionales).
Véase Sílabo Espa 3211)


En la historia de la baja Edad Media sobresalen las luchas internas de la gran nobleza,  la monarquía y la continuación de la Reconquista, dominada mayormente por la iglesia y la clase guerrera guiada por la aristocracia y las coronas de los diversos reinos. El sector Astur-leonés-castellano se va construyendo a base de una monarquía, con poderes absolutos pero dependiente de los nobles y del clero. La monarquía no logra evitar extremas y constantes pugnas con la nobleza hasta la llegada de la reina católica, Isabel y su esposo Fernando de Aragón, quienes, a fines del siglo XV, crean un estado absoluto. Las décadas centrales del siglo XIII ofrecieron conquistas cristianas que relegaron el reino musulmán al emirato de Granada mientras que se consolidaban otros reinos (Portugal, Navarra, Castilla y Aragón). La unión entre Castilla, Navarra y León va a dar base a sus frutos en esta gestión de la creación de un imperio.




El pueblo no tenía intervención abierta y legal en el gobierno; el rey daba las leyes y llamaba a la guerra, ofrecía protección a los vasallos, acuña la moneda, administra la “justicia”, tiene un Consejo Real o Curia, compuesto por Condes o Comités y un Concilio donde acudían los nobles. Aparecen los ricoshomnes o la alta nobleza que se compone mayormente de condes, marqueses y duques. No se debe pasar por alto los judíos (que tendían a vivir apartados), y se van aliando tanto con la nobleza como con los ricos no nobles. Desde el siglo XII hay nobles de segundo grado que se llaman fijosdalgo o infanzones, siendo el último rango el de caballero (como fue el Cid). El desarrollo de los municipios permite la liberación de los siervos, algunos se convirtieron en burgueses y otros quedaron en la gleba. Los municipios (siglos XIII y XIV) contribuyeron a la liberación servil y crearon consejos que significaron los principios democráticos (aunque esos consejos a la larga caían en manos de familias poderosas). Las leyes particulares se llamaron fueros, el rey delegaba en los merinos para aspectos criminales, en los alcaldes y jueces para lo civil y en el alto tribunal o la Curia Regia. El servicio militar era obligatorio, y la iglesia era muy influyente en todos los procesos, especialmente en la Reconquista y la moral social y los calculados acomodos de los altos poderes laicos. La aristocracia, lenta en abandonar su mentalidad medieval, se habrá de sublevar constantemente en su deseo de mayor Poder y riquezas frente a la monarquía que si bien era medieval tenía un concepto más adelantado de lo que sería el Estado. Las riquezas de la iglesia son cada vez mayores y es la institución que con el manejo de sus documentos, edificios, bibliotecas, crea ejemplos de administración y de ordenamientos burocráticos que rinden hasta hoy día (las cátedras universitarias, por ejemplo).

 Los finales del siglo XIII y los inicios del XIV tuvieron como monarca a Fernando IV (1295-1312), quien tenía nueve años cuando asumió el trono. Fue asistido por su hábil madre, y se enfrentaron a la alta nobleza que se disputaba el poder. Luego ascendería Alfonso XI (1312-1350), con un año cuando heredó la corona, siendo declarado mayor de edad a los 14 años (1325). Recibió un reino empobrecido y desorganizado por las revueltas de la nobleza. Logró imponerse y sería uno de los mayores guerreros contra los musulmanes (invadió las tierras granadinas en 1330). Se le llamó el Justiciero. No debemos pasar por alto que estas interpretaciones asumen el punto de vista de los vencedores, y son, por lo tanto, imperialistas. Las mismas persiguen el adelanto de la monarquía hacia la Modernidad monárquico-señorial que impulsaba a la Hispania en la época que nos concierne aquí (siglos XIV y XV).

La historia oficial suele dejar a un lado el acontecer histórico en la península. Un poco antes en el siglo XI, Córdoba había sido la capital más grande del mundo; se hablaba en árabe, se consultaba el griego y se rezaba en latín, árabe y hebreo. En la biblioteca del Califa había más libros que en toda Europa. En 1148 los Almohades, menos cultos, procedentes del sur de Marruecos, prohibieron a los musulmanes el estudio del griego y expulsaron a los judíos y cristianos de su imperio. Cerraron las puertas a la ciencia y al libre mercadeo. El poderío mercantil se mudaría a la Europa cristiana, tolerante entonces con los ricos judíos. Ciertas elites mercantiles de Europa eludieron las apología cristiana a la pobreza y dieron despliegue a los barcos y los bancos, a la mano de obra más libre y a los asalariados. Pero se requería de Estados fuertes para mantener la cohesión de las riquezas y la política (y de ahí las luchas de la monarquía en España). La lengua de todos en realidad comenzaba a ser el Capital, lo monetario (ver Attali). Brujas, Venecia y Sevilla se convertirían en las grandes ciudades, pese a las desventajas territoriales y políticas de la última. La visión que se tiene es la de una España unitaria cuando vemos que es bastante heterogénea y comprende varios grupos y poderes (en los cuales llevarían las de perder los musulmanes y especialmente especialmente los judíos).


   Pero no abandonemos la monarquía española. Pedro I (1350-1369) nació en 1334 en la ciudad de Burgos, hijo del monarca Alfonso XI y María de Portugal y tenía cinco hermanos bastardos nacidos de los amores ilegítimos de su padre. Heredó el trono a la muerte de éste, en 1350, reinando de manera convulsa hasta su muerte en 1369. Se enfrentó a la alta nobleza adversa a la Corona (neutralizándola en gran medida), nombró nuevos miembros eclesiásticos favorables a él, activó nuevos militares y ejecutó a sus enemigos. Asignó a los cargos importantes del País a nuevos miembros, entre ellos judíos. Enrique de Trastámara su hermanastro, le tendió una trampa en su momento de mayor debilidad militar y monetaria y lo mató personalmente en Montilla (Ciudad Real) en 1369. Se convirtió en el nuevo rey, poniendo punto final a la dinastía de Borgoña que había reinado durante más de dos siglos. Fue una época de sangre, guerra civil y odio que sobrevenía como un nuevo jinete del Apocalipsis a la castigada España que poco antes había sido azotada por la terrible “peste negra” (1348). Los mongoles lanzaban ratas negras y cadáveres al mar, como combate de lo que sabían era el poderío europeo. En el siglo XIII en Castilla solamente moriría un cuarto de la población y muchas áreas de la ciudad quedarían deshabitadas. Poco a poco esta enfermedad mató a un grupo amplio de la población (casi un tercio), incluyendo al anterior rey, Alfonso XI. Las explicaciones que se ofrecían sobre esta enfermedad en la época, por supuesto, no eran científicas; fueron creación de mucho del imaginario prejuiciado y paranoico de la colectividad española, lo cual influye notablemente en el folclor y la literatura. Se creía mayormente que todo era culpa de los judíos, cuyo icono bíblico (Judás) había traicionado a Cristo.

Enrique de Trastámara (futuro Enrique II de Castilla, 1369-1379) era uno de los hijos de los bastardos que su padre tuvo con su amante, Leonor Guzmán. Se reveló junto con otros nobles que querían incrementar su influencia en la política castellana y pugnó por el trono. Como consecuencia de ello, durante largos años, el territorio peninsular se convirtió en un continuo campo de batalla entre los partidarios de Pedro y de Enrique. El rey buscó el apoyo del pueblo, de la emergente burguesía y de algunos de los ricos judíos. Al morir dejó la corona a su hijo Juan I (1379-1390), quien lo siguió en la misma política.

La sublevación contra Pedro I representó también una lucha contra los burgueses y algunos aliados judíos y comerciantes. Se da así la derrota inicial de la naciente burguesía y la ruptura con la relativa hibridez de la cultura de la época, lo que eleva el antisemitismo y debilita la llamada armonía de las tres etnias que se pregonaban tanto bajo Alfonso X, el Sabio (1252-1284) (ver Aguinaga). Todos estos eventos llevarían a crear una monarquía muy poderosa, ya enfrentada a una alta nobleza igual de imponente, pero que finalmente se vería supeditada (a la vez en parte) a ese moderno poder del Estado Monárquico, asistido por la iglesia católica. Faltó en el proceso la gradual progresión de la clase burguesa, que sí se daría en otros países de Europa, ofreciéndole una modalidad y agenciamiento distinto al entorno político-social. De ahí que la historia de España, dentro del proceso europeo, sea tan peculiarmente monárquica y religiosa, pero con base estructural de los avances del capitalismo y la modernidad.        

En el campo literario el importante Libro de buen amor (de Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita) se había compuesto bajo el reino de Alfonso XI (1312-1350). Éste tenía solo un año cuando heredó el trono, lo que llevó a las luchas entre la alta nobleza misma, el deseo de poder, el saqueo y la pugna mediante las intrigas y la violencia. Pero cuando el rey llegó a la edad de gobernar afirmó su autoridad, fue apoyado por la iglesia y por el pueblo común de Castilla. Promulgó las Siete Partidas y reemprendió la labor de la Reconquista. Sucesor de este rey fue su hijo legítimo Pedro I, quien continuó la labor reforzadora del reino y contribuyó al progreso económico que se vio seriamente afectado por la peste negra (enfermedad neumónica y bubónica), las hambrunas y la Guerra civil. Aún después de la muerte del rey en 1369 la lucha continuaría pese al desasosiego y pesimismo total de la población. El arriba mencionado libro nos ofrece los tópicos (cronotropías) propios de esta época (mediados del siglo XIV) tan consciente de los placeres de la vida (el vino, el dinero, el sexo), del morir, de los debates y las continuas pugnas del ser humano (los pecados capitales). (No es de olvidar el trasfondo del saber islámico y judaizante en la educación superior, que siempre se infiltraba en las altas academias). Se denota que a la larga el poder mundanal es aplastado por la incertidumbre, la ambigüedad del existir y la muerte de todos. Esta visión da apertura a una gran manipulación ideológica hacia el pueblo llano que tras la oleada de la peste negra (1348) muestra signos de sublevación en Castilla (Aguinaga 97). Al no entender las causas racionales del mal, los doctos, las masas-pueblo y los religiosos dan tres explicaciones: se trataba para los primeros de una corrupción del aire generada por los sistemas celestes que propiciaba la epidemia y lanzaba emanaciones pútridas; la segunda veía sembradores que ocasionaba el contagio y extendían la enfermedad; la tercera veía el Dios irritado por los pecados del pueblo y que había decidido vengarse. Los valores dominantes de la monarquía, de la iglesia y la Corona, terminan imponiéndose ante un pueblo llano (y una burguesía) que no tendrá en realidad oportunidad de crecer sino hasta la Revolución Industrial de fines del siglo XIX (ver libro de Verdú). Mientras el Poder político de las clases dominantes y de la iglesia emplea (manipula) todos los mitos populares necesarios para adelantar sus causas e ideología, la burguesía se ve incapacitada para crear sin tanto tropiezo su discurso del humanismo (la dignita humanos). Habría que esperar a La Celestina para ver ese discurso de la humanidad que exhibe la muerte sin el terror cristiano y con la trágica dignidad humana, capaz de contemplar la destrucción de lo humano sin el terror del cristianismo.

Enrique III (1390-1406), el Doliente, tenía once años cuando murió su padre, declarado mayor de edad a los 14 años, con su débil cuerpo y varias enfermedades gobernó un reino de muchas polémicas y persecución contra los judíos. Luego, durante el siguiente largo reinado de Juan II (1406-1454) impera la inquietud de los nobles en continua rebelión. Su débil carácter lo lleva a confiar en don Álvaro de Luna (a quien se le veía como su amante) y prácticamente le entregó el reino (al "mayor señor que conoció Castilla, sin corona") y quien fuera abusivo en el Poder. Luego, con la caída del noble Álvaro de Luna, a quien se le encargaría serias decisiones del reino, y para celos de los demás nobles, fracasa el deseo de los grandes señores de poseer mayor control y dominio del estado moderno-feudal. En este sentido el alcance de la modernidad en España tiene matices distintos al de otros países europeos. Enrique III vivió una vida de lujos, ostentación y refinamiento. Fue aficionado a torneos y grandes fiestas caballerescas, reunió a su alrededor un grupo selecto de poetas y letrados que crearon un "oasis de humanismo" en medio de la violencia política y civil de su reino.

El desequilibrio que ofrece luego el reinado de Enrique IV (1454-1474) es amplio. Permitió que la alta nobleza se inmiscuyera notablemente en el reino, mediante Juan Pacheco, el marqués de Villena. Se le consideraba impotente y era, lo más probable, un homosexual muy mal visto por los historiadores de su tiempo y los actuales, debido al prejuicio sexual. Tal parece que poseía problemas de disfuncionalidad erectil y deformidades fisiológicas inexplicables científicamente para la época. Para finales de las décadas del 60 y el 70 el monarca enfrentaría problemas con la designación de su heredera, Juana la Beltraneja (quien probablemente surgió de la infidelidad, con don Beltrán de la Cueva). Enrique IV finalmente se ve obligado a presentar como heredera a Isabel la Católica, quien se casa con Fernando, infante de Aragón (1479). Comienza un nuevo periodo en el Estado monárquico señorial español a fines del siglo XV (1474-1516) al, la joven pero astuta reina católica, vencer obstáculos (de manera sinuosa y hasta maquiavélica) y ser asistida por oportunistas y siniestros servidores, quienes deseaban (les convenía) verla en el Poder. Se denota en todo esto, sin embargo, la ambigüedad entre un Estado medieval centralizado y un Estado moderno (ver Rubistein), que se las arregló para sacar del medio perturbaciones de otras religiones y credos, que no fuera lo católico. Se elimina así el frontal elemento dialéctico en la sociedad española pues queda una ideología oficial sin un contrincante (opuesto) significativo y dialéctico. Esto afectará notablemente el desarrollo histórico-social de España en su camino hacia la modernidad y a una sociedad pluralista y democrática (dialéctica).

Pero pese a las crisis de clase social, se exponen unas cortes cada vez más poderosas y ricas, listas para dirigir un país en algunas cuestiones modernas y que terminará siendo un gran imperio gracias a sus conquistas, riquezas y el descubrimiento de América. Ya desde el siglo XIII los lujos se convierten en parte del diario vivir de una opulenta aristocracia, crecen los pueblos y los edificios religiosos, como las catedrales y castillos de los nobles (como se deja ver en el poema de Manrique un poco después de la mitad del siglo XV). Por otra parte, no deja de acrecentarse la crisis interna de la iglesia pese a sus dominios obvios y visibles, pero teniendo gran peso los problemas subrepticios (como se advierte en el Libro de buen amor, 1330, 1343). Desde los tiempos de las luchas contra los Trastámaras y de Pedro I, España se ve cada vez más envuelta también en conflictos contra Inglaterra. Durante el reinado de Enrique II se vuelve a algo de estabilidad pero su hijo y heredero Juan I no tuvo tanta suerte; es derrotado en 1385. Enrique II es coronado a los once años y siguió la costumbre de Alfonso IX, continuada por los Trastámara: reducir el poder político de la nobleza, eliminar las prerrogativas de las cortes y las ciudades y fortalecer la Corona. En 1406 Enrique III se enfermó y Fernando I se hizo cargo del gobierno siendo coronado en 1412 y una vez más se vuelve a la inestabilidad. El monarca no lograba aún el poder absoluto y la alta nobleza esperaba ser escuchada y considerada en sus reclamos muy heterogéneos y egoístas, en las cortes. No se ejercerá definitivamente un alto Poder hegemónico hasta la llegada de los Reyes Católicos, Fernando e Isabel, para el último cuarto del siglo XV. Ese ejercicio del Poder no sólo tendrá sus efectos económico-político-sociales sino que creará una psicología colectiva de depuración de lo que se entendían eran muchos males simbólico-culturales del pasado. Por eso se crea un Estado con un poder central y "moderno" de carácter xenófobo que a la larga sería muy adverso.

En esto, cabe resaltar, ante todo, el sentimiento antisemita popular. En siglos anteriores no era tanta la separación de castas y religiones o al menos no era tan significativa en lo que al poder ideológico se refiere. Eran muchos los escritores e intelectuales de extracción judía (ver Américo Castro). Eran una minoría influyente por su poder monetario y dominio citadino (no poseían tierras para mediados de siglo XIV). Aún como conversos ricos seguirán siendo víctimas del prejuicio debido al criterio de “limpieza de sangre” y de “cristianos viejos” que poseía el resto de la mayoritaria población, y fueron muchas las zonas (casas, centros religiosos) suyas que fueron saqueadas y quemadas tras los enormes prejuicios. Eran menos numerosos que los mudéjares (mahometanos hispanos), y su totalidad en la península no superaba los 50, 000 (Reilly 199). Vivían en comunidades aparte y sujetos a obediencias legales de los mudéjares. Practicaban sus creencias cuidándose de no perturbar a los cristianos. Su apartamiento, calladamente con una religión única contrasta con el fanatismo de unidad religiosa que desarrolla el pueblo llano (los "cristianos viejos") a nivel público. El siglo XIV en particular fue desastroso para los judíos y en gran medida para los mudéjares, quienes eran quince veces más numerosos. La hostilidad ya permanente contra los judíos se impuso en esa época. La comunidad mudéjar de la Iberia, con miembros tan cultos y diestros, por su parte, fue mutilada intelectual y políticamente debido a las persecuciones. Los jueces, los mercaderes, los doctores y los intelectuales de esos grupos se fueron mudando a Granada o al norte de África. Poco a poco el conocimiento árabe se perdió y solo se practicaba significativamente en Granada y Valencia. Solo una elite intelectual conocía el árabe culto y poco a poco se fueron traduciendo sus escritos al romance (Reilly). Pero algo quedará de la estructura profunda del saber que luego dominará en el Renacimiento

           Junto a estos aspectos habría que tener presente que la situación de la Reconquista (empresa religiosa y económica) estaba entremezclada con situaciones de coexistencia y convivencia, a la misma vez, y ello no impedía que la reconquista y la repulsa a los judíos se dieran simultáneamente y que no hubiesen espacios y tiempos de convivencia y tolerancia. Las zonas fronterizas, tanto las visibles como las más simbólicas de estos aspectos, son causantes de amplios debates. No se trata de un proceso histórico llano sino muy poroso y sinuoso. El debate de los filólogos Claudio Sánchez Albornoz y Américo Castro en el siglo XX es prueba de ello. Muy interesados en el carácter del pueblo español, proveniente de la Edad Media, estuvieron los integrantes de la Generación del 98, especialmente Unamuno y José Ortega y Gasset (gran conocedor, éste, de la filosofía de la historia). El libro de Carlos Blanco Aguinaga, Julio Rodríguez Puértolas e Iris M. Zavala, Historia social de la literatura española (en lengua catellana), Vol. 1, nos ofrece una consciente y aguda visión de estos procesos socio-históricos, culturales y literarios (las bibliografías que nos ofrecen, nos llevan a estudios más especializados). Si bien el libro recoge mucho de la tradición crítica y filológica del tema que tratamos, lo hacen desde una necesaria perspectiva marxista. La crítica literaria y socio-histórica entre los intelectuales hispanistas tiende a ser, en general, monárquica, racista y reaccionaria. Algunos sólo se interesan por la expansión del reino que entienden como español, adular la alta nobleza y el ministerio cristiano; además de los intereses singularmente filológicos en cuanto al desarrollo de la lengua castellana se refiere, olvidando la importancia de otros idiomas y sus grupos. El interés filosófico no es tanto de sentido hermenéutico sino formal, gramatical y de descubrimiento de clásicos. 

Regresando a la Edad Media, Alfonso X había subido al trono en 1252, hasta que en 1369 muere Pedro I, y Enrique II se entronizó como rey. La lengua vernácula obtiene un amplio desarrollo muy favorable para la literatura castellana y su dominio en esta época. Desde 1369 los lugares estratégicos de la Península quedan en manos cristianas y el reino árabe de Granada quedó aislado y sin apenas auxilio bélico del norte de África. Las leyes de Alfonso X pasan a ser más favorables a los intereses señoriales, pues eran afines a la tradición germánica. Se expresa lo conocido como el periodo gótico (que sigue el anterior estilo románico), lo cual se capta en las representaciones de las catedrales de Burgos (1221), Toledo (1226) y León (1254), y con los contenidos literarios y culturales que se hispanizan y se despegan cada vez más del dominio del latín eclesiástico, y de la influencia abierta de otras étnias. Se mantiene la ideología religiosa cristiana cada vez con mayor capacidad de recepción para el pueblo amplio, hasta que en 1492 se impone como religión única con los Reyes Católicos, Fernando e Isabel, y se incrementa la obsesión por la “limpieza de sangre” y el "cristiano viejo". La Santa Inquisición se había creado en 1478 para atender el aspecto de los judíos conversos al cristianismo, sospechosos de seguir prácticas judaicas. Ya para el 1502 ha desaparecido la usual tolerancia religiosa que hubo incluso en Granada y la desaparición de lo hispano-árabe parece algo "natural" e inevitable. Todas las prácticas musicales, de vestimenta, las canciones en árabe, etc., se fueron eliminando y en 1567 se prohíben muchas de ellas. Paradójicamente se incrementó la literatura aljamiada, pero de manera cada vez más oculta. Finalmente de 1609-1614 todos los moriscos de España fueron expulsados y muchos dejaron o mantuvieron algunos de sus textos ocultos. El arte mudéjar (musulmanes que viven con los cristianos) se combina con el arte nacional primeramente en lo románico y luego en lo gótico. En este grupo de habitantes estaban los grandes constructores de casas, palacios e iglesias con sus torres, ventanas y adornos de influencia morisca.

Para mediados del siglo XIV (luego de mermado el peligro del contagio de la peste negra (ocurrida mayormente entre 1348-1351), las ciudades vienen a reconstruir la maltrecha economía con sus trabajadores procedentes del campo. La alta nobleza dominaba la ruralía, y las tierras menos laborables pierden muchos trabajadores. Diez años después de las pestes, Toledo, Valladolid, Soria, Salamanca, Segovia, se convierten en ciudades cada vez más alejadas de lo medieval, esmeradas en obtener prosperidad en lo artesanal y mercantil. Los ganados y sembradíos del campo seguían siendo patrimonio de una aristocracia emparentada, que continúa enriqueciéndose sin dar margen de crecimiento al pueblo llano. Los criterios del Al-Andaluz para regar las tierras y las prácticas de manejar las cosechas siguen siendo empleadas en lugares algo áridos al sur-este de España, lo cual es de gran beneficio. Las maderas y el ganado tienen cada vez mayor uso en su traslado mercantil a la ciudad. La exportación ganadera y de minerales a Flandes e Inglaterra, florece, y la lana de Castilla compite con la de Inglaterra. Pero la falta de una economía y política racionales entorpecieron los flujos de la moneda y las finanzas capitalistas. Hubo gran intervención política en ese mercado, por algunos reyes del siglo XIV, que los negociantes no vieron con buenos ojos. A pesar de estos problemas bajo-medievales, para el siglo XV la monarquía se vería más y más fortalecida y la burguesía muy debilitada y ausente en las Cortes. Toledo sería el centro de las comunicaciones, así como valioso sería el volumen de barcos que salían de Cádiz y Barcelona. Los reyes tuvieron que legislar para poner freno a los prestamistas monopolistas judíos y conversos (ayudados por las condenas eclesiásticas). Dentro de todo este contexto la monarquía va ganando cada vez mayor poder que junto a sus Cortes constituyen los fundamentos del Estado moderno y sus contradicciones (fortalezas y debilidades). Pese a tanto conflicto, el Rey se convierte en Juez supremo y ello se consolidada en 1469 con el matrimonio de los Reyes Católicos, dándose tránsito a la Edad Moderna (al Renacimiento maquiavélico español).

En el campo de la poesía, según el filólogo contemporáneo, Allan Deyermond, hacia 1300 los castellanos cultos escribían sus versos en gallego-portugués, el público común se aferraba a la épica y al romance castellano, que se desprende de los cantares de gesta y trae un tema más lírico que épico. Pero hacia 1400 el gallego-portugués se va abandonando y los poetas se tornan más al idioma castellano. El carácter de transitoriedad comienza con El Cancionero de Baena, la primera de las antología de poetas castellanos que se inició en 1445 y se fueron agregando textos hasta 1454. Las primeras piezas son en gallego-portugués, pero las últimas son en castellano. Todo esto coincidió con la aportación renacentista italiana en Castilla cuando los franceses habían sido la influencia más importante (Deyermond 235-237). Pero López de Ayala (1332-1407) en su Rimado de Palaçio presenta un libro poético con sentido religioso y de moralidad medieval. Alfonso Martínez escribió el Corbacho en 1348, un tratado contra el pecado y la lujuria, y de sermones populares. Todavía para mediados del siglo XIV se denota el surplus, sobrante, de la mentalidad medieval y en realidad muy poca consciencia moderna y renacentista. El acercamiento que hubo hacia los clásicos grecolatinos fue manipulado por la iglesia y su manejo del latín, y el acercamiento a la naciente ciencia de lo natural fue mínimo. Las lecturas radicales del pensamiento aristotélico que se daba en otras partes de Europa no tendrá cabida en España. El Humanismo español no va a ser como en el resto de la Europa que se dirigía hacia el pensamiento agenciado por las aperturas que ofrecía el capitalismo.

El siglo XIV se le conoce como el “otoño de la Edad Media”. En el resto de la sociedad europea se prepara el territorio pleno para el Renacimiento y el pensamiento humanista característico del siglo XV. Esto se debe al avance de la burguesía y su sistema mercantilista de intercambio económico ya en albores capitalistas. La sociedad castellana no deja de tener avances pre-renacentistas pero (insistimos) sigue controlada por sus estamentos y valores medievales eclesiásticos, contrarios al mundo mercantilista y del capital (dominado principalmente por judíos). La monarquía y la nobleza en general, con el dominio de una visión del mundo de tipo aristócrata y eclesiástico-cristiana (atomista) mantenía una estructura piramidal (monárquico-señorial) en su Poder que no daba cabida a cimientos de los inicios humanísticos y liberales (como en Inglaterra, Italia y Francia) que daban apertura a lo que luego se conocerá como el "librecambismo". Esto ocurriría en el  las grandes ciudades del resto de Europa.

Hay detalles que merecen reconocimiento aparte. Durante los siglos XIII y XIV la burguesía catalana va creando una infraestructura de mentalidad empresarial sin paralelo en España. El "Consultat de Mar" fue fundamental como tribunal mercantil. Municipios, como el de Barcelona, gozó de autonomía administrativa, acunó una moneda, creó una flota y defendió sus intereses por medio de consulados. La literatura catalana estuvo muy influenciada por lo provenzal. Se distingue Joanot Martorel con Tirant lo Blanch, una novela de caballería alabada luego por Miguel Cervantes. Durante esta época decayó el uso literario del gallego. Las primeras iglesias románicas se crean en Cataluña, donde fue importante el desarrollo de lo gótico y donde se crearía una mentalidad más abierta y aburguesada.

Fuera de España, Giovanni Boccaccio (1313-1375) y Francesco Petrarca (1304-1374) representan los pilares en Italia del evidente proceso de cambio de una literatura medieval a una literatura de carácter pre-renacentista (Dante es más medievalista, aunque posee ciertos fragmentos que denotan un gran sentido de modernidad humanista). Fue la burguesía italiana la que inicialmente renovó el gusto por las letras clásicas y por una pintura y arquitectura más audaz, y por un refinamiento que se llamará "Humanismo", y que tiene sus protectores burgueses como la dinastía de los Medici (con influencias judaicas). Se caracterizan estos por desarrollar una sociedad mercantilista (comerciantes y banqueros) precursores del capitalismo pero también protectores del arte, de la vida cómodamente urbana, y de los inicios de la curiosidad científica. (Mucho de ello se daría debido a la caída de Constantinopla por los turcos (1453), que había estado en manos de las cruzadas cristianas, mercaderes en fin). De un poco antes y muy medieval es La Divina Comedia (1304- ) de Dante Alighieri (1265—1321). Nada parecido a este gran desarrollo cultural se daría en España pese a su gran proceso de cada vez mayor adelanto socio-cultural y económico. La burguesía española sería completamente dominada por la Corona y por algunos aristócratas. Hubo una gran cantidad de traducción de los clásicos desde el siglo XIV, especialmente con el empleo del papel barato; el adelanto moderno es lento pero habrá de llegar más patentemente con el reyes católicos. No desplegará en España, no obstante, en cierta medida el Humanismo propio del resto de la Europa que se preparaba para la modernidad en un sentido dinámico y más libre (laico). España, sin embargo tendría mantendría reinos medievales y se convertiría en una monarquía con significativos refrenos en el avance de la Modernidad propia de mucho otros grandes reinos europeos.  Mediante el platonismo, sí habrá adelanto de un cristianismo muy moderno pero en extremo idealista. El aristotelismos, que tanto habría influenciado a la cultura islámica-arábe sería muy abstracta y parodiada por los intelectuales promedios. Bien podríamos argumentar que El libro de buen amor y La Celestina poseen una base seriamente aristotélica. Coplas de Manrique es, en este contexto filosófico, una obra enteramente platónica y de mitología cristiana.

Se reacciona en la época contra la escolástica, de entronque religioso y medieval en oposición a un racionalismo más neo-aristotélico que se fue infiltrando en la cultura culta (arábigo-hebraica) poco a poco y se ajustaba más a lo inmanente versus lo trascendente (Averroes). Luego se le prestará atención a Platón, al que traducen al latín y cuyo idealismo también permite atacar la escolástica y su oscura estética y lógica. El neoplatonismo será importante en el desarrollo del idealismo y la poesía más moderna, pese a que fue bien utilizado por el cristianismo y por los sujetos ya de mentalidad palaciega y urbana. Entramos en un concepto antropocéntrico de la vida humana, del individuo que considera que puede por sí mismo enfrentarse a la naturaleza y a la fortuna (De hominis dignitate (1486, de Pico della Mirándola). No se niega la gloria eterna y el catolicismo, pero sí la fama del presente; emergen las nostalgias (Ubi Sunt?) y el presentismo (disfrútalo mientras puedas, o goza el momento) del Carpe Diem (con sus aspectos propios de la temprana modernidad). La consciencia de muerte del ser humano en su fragilidad se agudiza independientemente del mito cristiano y de la resurección. Esto ocurre incluso en España, y muestra de ello son las Coplas de Jorge Manrique que connotan, en el fondo, una nostalgia por los perdidos placeres del pasado. La última mitad del poema, no obstante, más conservadoramente cristiana no puede ser (como indicamos antes).

La sociedad del siglo XIV comienza a dejar a un inferior plano el proceso de la Reconquista inicial, como se veía en el pasado cidiano, y la sociedad noble se da más a la vida palaciega y sus intrigas y legalismos, las luchas intestinas por el poder, a los torneos y una vida más aburguesada. No obstante en el trasfondo las familias más cercanas a la monarquía continúan su deseo de conquistar toda la península. La literatura de la nobleza y de los nuevos burgueses tiene cada vez mayor despliegue mediante el llamado “arte gótico”, a través del cual comienza a manifestarse la mentalidad renacentista por una nueva moral y ética, por la fama que dan las batallas y el arte (las armas y las letras). No obstante, los textos no son tan dicotómicos y pueden presentar construcciones muy de perspectivas complejas, como se verá en la obra del Arcipreste de Hita y El conde Lucanor (que parece simple, monótona y repetitiva a primera vista), así como las Coplas de Manrique, obra que constituye un gran acontecimiento lírico de transición entre lo medieval y lo renacentista (moderno). Esto es, si prestamos atención a la "estructura profunda" de las obras (Chomsky, Benveniste).

Un nuevo género en la literatura española es la novela sentimental con su empleo constante de temas alegóricos, cortesanos con finales amorosos desgraciados. Hay en este proceso influencia italiana de Boccaccio (1313-1375), y del clásico Ovideo (43 aC-  17 dC), y las técnicas de lo epistolar se tornan sumamente importantes. La más antigua novela sentimental es El siervo libre de amor (hacia 1430) de J. Rodríguez de la Cámara y la obra de Diego de San Pedro, Tratado de amores de Arnalte y Lucenda (1491). La más difundida e importante de las obras es Cárcel de amor (1492) de Juan de Flores, quien escribió otras dos novelas (Grimalte y Gradissa y Grisel y Mirabella). Los libros de aventuras de caballería y los libros de viajes en mentalidad y lengua romances gustaban tanto a los nobles como al pueblo llano. Son cantados por los juglares principalmente al servicio de los nobles.

Hay además un gran desarrollo de los romances, un número creciente de traducciones, de crónicas, biografías, libros de viajes, el importante Libro del caballero de Zifar (h. 1300; probablemente de Fernán Martínez.), el Poema de Alfonso XI (1348) compuesto por Rodrigo Yáñez y muchas otras obras durante el siglo XIV pre-renacentista. El Auto de los Reyes Magos es una pieza de teatro que había sido compuesta para fines del siglo XII y principios del XIII en Toledo y muestra el origen litúrgico de ese género que sobreviene de formas primitivas cantadas y que se hacen cada vez más dialogadas para contribuir al desarrollo de otros géneros dramático-narrativos cuasi-laicos.
    Detrás de todo, los últimos siglos de la Edad Media ofrecieron un florecimiento de la vida intelectual. Se multiplicaron las instituciones educativas, pero dominadas por la órdenes religiosas (dominicos, franciscanos y agustinos). Fueron ellos quienes educaron los nuevos aristócratas, burgueses, sacerdotes, nobles y burócratas, de maneras conservadoras. Entre estas instituciones se encuentran las universidades de Valladolid, Murcia, Salamanca, Sevilla, Barcelona, Toledo (había también colegios mayores) y la famosa Universidad de Santiago Compostela (1495, entre otras). Solían ser muy conservadoramente religiosas pero siempre se filtran epistemas del nuevo periodo y mentalidad del Renacimiento (que poseía saberes no-cristianos y del averroísmo islamista con una impresionante tradición filosófica. No debemos olvidar que esta época produce una de la obras más modernas (y complejas e intertextuales) del Renacimiento: La Celestina. A esta obra no se le dio hasta hace poco tiempo la importancia que debería poseer como una de los textos clave en la transición de lo medieval a lo renacentista (moderno) en la Europa en su totalidad. En nuestro mundo hispánico tiene sin lugar a dudas uno de los lugares más destacados como obra de arte plena de sentido en contenido y forma. El norteamericano Stephen Gilman ha sido uno de los grandes estudiosos de esta obra (y muchos otros como Deyermond, Russell y F. Rico).


Entre los poetas de la época que sintetizan el sentir de la emergente lírica sobresalen Juan de Mena (1411-1456) y don Ígñigo López de Mendoza, el Marqués de Santillana (1398-1458). El primero fue secretario y cronista de Juan II y autor del Laberinto de la Fortuna, escrito en arte mayor castellano y una alegoría del tema de la Fortuna. La Comedieta de Ponza, del segundo es de estilo alegórico dantesco. Las serranillas y los villancicos, en el campo popular, adquieren gran despliegue. Hay incremento del romancero que manifiesta el origen de la literatura folclórica y se convierte en asunto poético de trascendencia de clase y de géneros literarios. El tema del Ubi Sunt ) (¿dónde se encuentran?) se despliega con la famosa “La Danza de la muerte” (ya más para el siglo XV) de origen francés. La muerte deja ser la liberación de la cárcel del cuerpo sino el aniquilamiento definitivo de la existencia. Esto crea una consciencia más moderna de la finitud del devenir (lo inmanente) y menos dada a lo religioso medieval y sus ideales de trascendencias, y donde lo terrenal no importa primordialmente. Más adelante en el siglo XVI el poeta Garcilaso de la Vega (1501-1536), un toledano, soldado y cortesano (en la época de Carlos V), presentará en sus expresiones líricas lo más representativo del talento lírico que se hereda, después de todo, de la época que estamos tratando. Importa sobremanera su cultivo del soneto y el endecasílabo (y muchos otros usos de la poesía) que maneja como los mejores poetas italianos. Se destaca en sus versos una visión renacentista, sobre todo en el tema amoroso ("Yo no nací sino para quereros;/ mi alma os ha cortado a su medida,/por hábito del alma misma os quiero./ Cuanto tengo confieso yo deberos:/por vos nací, por vos tengo la vida/ por vos he de morir, y por vos muero". Pese a que no se rompe con la visión medieval de Dios ya hay un individualismo y un Eros (Deseo) en la poesía garcilasiana que es más propia del modernismo renacentista (lucha interna entre la razón y el deseo). Nada más lejano de la mentalidad medieval que: "No me podrán quitar el dolorido/ sentir, si ya del todo/ primero no me quitan el sentido."

Durante los siglos XIV y XV se va incrementando un público capaz de leer y se despliegan los inicios de la alta cultura de la escritura y la letra. El pequeño público culto que podía leer en latín y castellano (y otras lenguas) acrecienta los cambios de valores en la sociedad y la cultura. Se leen los clásicos, en los cuales se advierten otras concepciones de la vida distintas a las tradicionales de la España católica y aristocrática. La invención y uso de las lentes por los envejecientes fue crucial en el desarrollo letrado y el despliegue del saber. Se va pasando de la sociedad gótica-medieval a otra de tipo moderno con nuevas tecnologías, nuevas industrias y comercios, nuevas mentalidades no tan dominadas por el dogma (la tecnología y la ciencia van infiltrándose en la cultura, aunque no se habla tanto de ello). Pero como veremos, en España la cuestión no resulta tan transparente ni las transformaciones tan delineadas como en el resto de Europa. Las obras literarias se tornan cada vez más irónicas, pues en la estructura superficial dicen una cosa y en la profunda implican lo opuesto (como vimos en el Libro de buen amor). La Celestina de 1499 será el discurso más complejo alcanzado por este periodo, pese a no ser una obra tan atendida fuera de España. Curiosamente, la represión del contexto histórico social alimenta el alcance que tendrá el discurso complejamente irónico de las grandes obras del Renacimiento y el Siglo de Oro españoles.

Las reformas educativas fueron decretadas en el IV Concilio de Letrán, aunque se efectuaron lentamente en España y prevalecieron las lecturas de tipo espiritual, de una institución tan organizada como la iglesia y sus monasterios más preparados burocráticamente para estos menesteres. Mucho de la organización institucional proviene hasta hace poco (principios de siglo XX) de la desarrollada por la iglesia cristiana en este periodo. Pero ello no detuvo el despliegue de una aristocracia y burguesía urbana y letrada tan distintas a la cultura tradicional del catolicismo medieval. Hay que contar también con la difusión del papel y el uso de las lentes para leer, como tecnologías iniciales de la modernidad que imperaba en el siglo XIV en Europa. El número de alfabetos era muy reducido (probablemente no llegaba al diez por ciento) y eran los nobles, ricos y eclesiásticos quienes podían comprar los libros tan costosos y estar al tanto de la alta cultura. (Todavía no hemos logrado fusionar bien el desarrollo de la cultura popular y la letrada). Hubo afición a coleccionar libros y se crearon bibliotecas en manos privadas. La demanda de libros trajo la imprenta de tipos móviles (letras sueltas de metal fundido), una obra tecnológica del alemán Juan Gutemburg, en 1455. La cantidad era de cien a doscientos ejemplares. Se usó primero la letra romana y luego la gótica, en Segovia, Valencia, Barcelona, Sevilla. Buena parte de esos libros eran en latín y de temas religiosos y legales, pero también los hubo en romance de temas históricos y literarios. Como indicamos antes, los temas vitalmente laicos penetraban por vía del discurso del disimulo (la ironía).





El Conde Lucanor de Juan Manuel

y el exiemplo XXXII



Tres son los géneros desarrollados en esta época: las composiciones didácticas, crónicas y ficciones. Emergen también los libros de viajes, las biografías y los tratados políticos. Un libro en prosa narrativa destacado es El Conde Lucanor, una obra narrativa de la literatura medieval escrita entre los años 1330 y 1335 por el infante Don Juan Manuel (1282-1349?). Su título completo y original en castellano medieval es Libro de los exiemplos del Conde Lucanor et de Patronio (Libro de los ejemplos del conde Lucanor y de Patronio). Fue terminada en 1335, trece años antes de El Decamerón. Otros textos conocidos fueron Libro del caballero y el escudero (1326) y Libro de los estados (1327-32). Son libros que han perdido interés para el lector moderno incluso del siglo XIX.

Al morir Alfonso IV de Aragón (1336) se enfrentaron en luchas armadas los castellanos, aragoneses y portugueses. Y Don Juan Manuel tomó partido por el rey de Portugal, luego de tornarse tan suspicaz con los suyos, tras recibir tantas persecuciones y expropiaciones de su haberes y riquezas. Se consideraba igual a los reyes y por esto lo respetaban. La ambición y deseo de poder y fama de Juan Manuel se traslucen de su relatos, que no dejan de ser sumamente devotos. Contrastan con la visión del Libro de Buen amor, la cual es sumamente lúdica y humorística; mientras que los textos de Juan Manuel son mayormente serios (didácticos) dentro de la cultura de su tiempo. En el cuento XXXII que discutiremos, no obstante,  se encuentra algo de serio humor, lo cual exige una lectura muy perspectivista y tridimensional y que resulta ser algo muy del saber y proceder modernos. Sobre la lectura medieval que exigían los textos en sus tiempos podemos montarle interpretaciones con signos críticos pertenecientes a nuestros tiempos incluso (post)modernos.

El conde Lucanor está compuesto por un prólogo y cinco partes. Es de una serie de 51 exempla o cuentos moralizantes tomados de varias fuentes. Cada cuento se estructura idénticamente de la siguiente manera: Un joven señor feudal, el conde Lucanor, consulta a su consejero (Patronio) ante los muy diversos problemas que se le presentan en sus asuntos de cómo dominar las cuestiones personales y de sus estados (desde el punto de vista de un noble celoso de su honra y posesiones). Patronio le responde con un cuento o ejemplo alusivo al problema que le plantea Lucanor y lleva a deducir de todo ello una enseñanza práctica y una moraleja. Un bajo nivel B del discurso exige un discurso superior (nivel A). Esto coincide con la retórica medieval (y en el fondo y de manera más compleja de hoy día). El autor resume la moraleja misma en un pareado que remata el exiemplo. Todo esto contribuye al desarrollo de la estructura semántica, sintáctica y pragmática del discurso de la lengua castellana y al del cuento como género, que adelanta el progreso y complejidad de la narrativa de la época (y que supera el tradicional relato). También el libro presenta un tratado de los nuevos saberes y poderes que necesitaba la época con nuevas estructuras sociales y sus inaugurales problemas. En Italia surgió luego un libro como El príncipe (1513), de Nicolás Maquiavelo (1469-1527), un tratado en busca de explicar los nuevos saberes y poderes que debía asumir todo jefe que quisiera dominar un estado moderno y complejo. Este discurso es válido incluso hoy día.

El propósito didáctico y moral es la característica principal del libro de Don Juan Manuel. El conde Lucanor empieza la conversación con su consejero, Patronio, planteándole un problema: Un hombre me ha hecho una propuesta… o Temo que tal o cual persona intenta…, y luego solicita consejo para proponerse resolverlo de manera favorable a él. Patronio (representante de la época clásica, el saber del Padre de la nueva cultura moderna pero católica aún) siempre responde con gran sabiduría comparatista, aduciendo irónicamente no ser necesario dar consejo a una persona tan ilustre como el Conde, pero ofreciéndose a contarle una historia de la que este podrá extraer una enseñanza para resolver su problema. Los cuentos asientan los modelos de ejemplos, en la tradición literaria medieval, con diversos sujetos y situaciones, razón por la cual los historiadores destacan esta obra. Se trata de la tradición de los "ejemplos" que tiene intertextualidad bíblica, y también del modo de relatos árabes. Se recupera una intertextualidad y un perspectivismo discursivos de una complejidad ya per-renacentista.

Cada capítulo termina más o menos de la misma forma, con pequeñas variaciones: Et entendiendo don Johan que estos exiemplos eran muy buenos, fízolos escribir en este libro, et fizo estos viessos en que se pone la sentencia de los exiemplos. Et los viessos dizen assí. El libro se cierra con un paralelo que condensa la moraleja de la historia. Luego, además, viene al final de cada cuento una extraña frase: "y la historia de este ejemplo es esta que se sigue". Esto es de difícil interpretación, puesto que no viene nada además de eso. Autores como J. M. Blecua afirman que puede ser debido a que hace alusión a una miniatura que debió de existir en el códice original, donde se plasmaba la narración anterior. La noción de Historia sería, por tanto, dibujo o pintura.

Los temas que aparecen a lo largo de toda la obra son muy variados. Todos los estados y estratos sociales —ricos y pobres, nobles y plebeyos, mercaderes, frailes, burgueses y prelados— están presentes en los relatos. Con estas amplias inclusiones don Juan Manuel nos muestra la realidad española de la época en toda su riqueza y complejidad y desde la perspectiva de un noble que conocía bien su pueblo y de un hombre culto. Todavía en el discurso persiste un yo noble que no permite que en el discurso circulen significaciones libres y miméticas propias de la modernidad literaria como vemos en la obra Decameron o en La Celestina. En ese sentido, El Conde es una obra fundamentalmente medieval.

El empleo de una lengua tan selecta conlleva también el resultado de la búsqueda constante de un estilo personal. La selección del vocabulario, la claridad de la expresión y la concisión nos revelan el gran afán estilístico-didáctico de Juan Manuel, con una amplia consciencia del lector y su posible reacción en la lectura, de la estructura de la lengua y del género prosaico-narrativo (lo cual es muy del individualismo renacentista). Aparte de esto se distingue la presencia de un léxico abundante y selecto, la adjetivación precisa y las frases cargadas de intención semántica variada, pero teniendo principalmente una: la de su beneficio y provecho personal (“egoístas”). Lo individual personal se acomoda dentro de las exigencias del discursos de la iglesia y el Estado. La lengua tiene entonces una doble obligación.

Algunos lingüistas y filólogos ven rasgos de inmadurez, como la constante repetición de la conjunción copulativa "et ... et" . Aparte de esto se aprecia una reiteración del verbo "dezir" , a veces sustituido por los verbos "contar, preguntar, responder, rogar. Tal vez hay algo de tradición incuestionada de la lengua hablada. Pero la mayor parte de los ejemplos proceden en primer lugar de cuentos y fábulas orientales y el autor los traslada al castellano. También provienen de fuentes clásicas, de la tradición española —el cuento de la lechera— y de la eclesiástica. El noble escritor rehace los cuentos y los convierte en una pequeña obra maestra con un sello muy personal. Repetimos: no es de la complejidad literaria del Decameron (1352), pero sí es una obra muy propia del contexto castellano medieval y no de una cultura tan aburguesada y moderna como la italiana.

La obra posee como propósito el expresar claramente en el primer prólogo de la misma: el beneficio para aumentar la fama, la honra y la hacienda, preocupaciones típicas del noble castellano, y además, para conseguir la salvación del alma. De este aspecto se puede deducir el gran afán didáctico y moralizador de todas las obras de don Juan Manuel. La enseñanza moral, religiosa y filosófica que pretende abordar el autor y su intento de defender su clase social y la honra; se puede entrever también en el apego a lo de origen oriental como parte de la intertextualidad no premeditada.

En el cuento 32, por ejemplo (“De los que sucedió a un rey con los pícaros que hicieron el paño”), Lucanor le cuenta a Patronio cómo unos hombres le han prometido realizar una “cosa” o “un asunto”, que sería de mucho provecho y beneficio para él, pero no debe decírselo a nadie ni dar cuenta del contenido de ello porque tal implicaría la desgracia y la muerte. Y por ello se le pide que mantenga el discurso del silencio y la privacidad. Patronio le responde con un cuento (un “exiemplo”) sobre unos pícaros que le dijeron a un rey que podía hacer unas telas que solo podían ser vistas por los que fueran hijos legítimos de su padre y así podría sacarle provecho al hecho porque podría desheredar a los bastardos que no vieran las telas. La situación se complica cuando es el rey mismo quien no ve las telas (que en realidad no existen, pero no puede decirlo). Aquello que queda fuera del discurso es mayor y más poderoso que lo  simplemente dicho, lo que resulta muy denotativo y no cuenta con las connotaciones. Estamos en una cultura de discursos de grandes intrigas y elipsis en el decir. La demanda de asimilar (internalizar) en silencio lo que otro dice y no hacerlo público se convierte en un instrumental ideológico, en un proceder del dominio, el engaño y la manipulación inconsciente y encerrada (como funcionan los discursos hegemónicos en la consciencia de los individuos).

En el relato de Patronio vemos cómo los pícaros fingen que están elaborando unas telas muy valiosas y de grandes historias en sus labrados cuando en realidad no hacen nada. Esta vez no es la oficialidad engañando al otro sino al revés. Pero todos se ven obligados a alabar las telas, incluido el propio rey porque lo contrario implicaría que son bastardos. Vence la ley del silencio y la privacidad, la falta de dialogicidad entre los que ven la tela (cuando en realidad no ven nada). Estamos frente a un meta-discurso, el ver lo que no se ve y de saberlo y no poderlo decir (una situación raramente espejística). Entramos en el texto dentro del texto, en la metacognición silenciosa en que se ve una cosa que no se puede ver (a pesar de ser real). También se hace referencia a lo que hoy se conoce como una cultura del ver falocéntrico fundamentada en el nacimiento del hijo legítimo, lo cual implica cumplir con la ley familiar (según la iglesia y el estado), la Ley-del-Padre, diría el psicoanalista moderno Jacques Lacan (1901-1981). Todo lo demás resulta afuerino y otreico, la diferencia, lo que contamina y no debe ingresar en el discurso de la ley y del padre. Estamos en una cultura que se fundamenta en la destreza del ver conceptual y cultural que queda fijo en la mirada como destreza inicial y que se debe controlar en el no-decir. Se ve lo que la cultura dice que se ha de ver; de tal manera funciona la ideología a nivel amplio en las culturas todas. La cultura enseña a ver intradiegéticamente (desde adentro) y no extradiegéticamente (desde afuera, con metacognición mediante la cual el sujeto se ve a sí mismo desde el exterior). Adquirir ese nivel superior de inteligibilidad (extradiegético) que el rey se vería obligado a alcanzar si quiere gobernar sin estar desnundo (aparentar vestir como rey), es lo que posee Patronio, y desea Lucanor.

Hay varios niveles diegéticos y varios niveles miméticos en el texto y su comprensión. En lo mimético tenemos un cuento en el cual alguien importante (Lucanor) va a un consejero (Patronio) y le cuenta algo y éste a su vez le cuenta un relato (que toma casi toda la narración del texto) y luego deducen algo provechoso del ejemplo. Tal es lo que ocurre en el cuento y se considera la inicial mímesis o representación del argumento del cuento en su totalidad. El ejemplo es un cuento dentro de lo que se nos dice del encuentro de su discípulo con el maestro. Se trata de dos relatos, dos mímesis o representaciones de cómo representar (con el mentir en el centro (una caja oscura que se presenta como una “cosa muy importante”, el no-lenguaje que piden los pícaros). Por un lado aparece lo que conviene (a los que ven porque tienen padre legal, poseen lengua y cultura) y por otro lo que no conviene (a los que no ven lo que en realidad no existe porque no poseen el Nombre del-Padre o la metáfora paterna, la sin-cultura, lo crudo). La cultura designa un lugar al sujeto (que le enajena del reconocimiento de sí y de la ideología que lo con-forma). Esto lo saben muy bien los pícaros y el hablante total de la obra que estamos leyendo, quien le ofrece autoridad inicial a los pícaros en su proceder para luego desautorizarlos y ver que los mismo se fugan)

Luego hay varios niveles diegéticos que se arman como cajas chinas, unos dentro de otros, en que alguien le cuenta algo a alguien (Lucanor no sabe, el rey no sabe y solo el lector del cuento (como Patronio) sabe casi todos los detalles en perspectiva). (Este pedido de perspectiva es ya renacentista). Primeramente se expone una “cosa” que le han dicho a un actante (a Lucanor), luego éste se lo cuenta a un maestro (otro actante) y éste le cuenta algo sobre alguien (los pícaros, también actantes). De lo aprendido en el ejemplo se deriva una enseñanza (otro nivel diegético) que culmina en una moraleja final para el lector (otro actante implícito): “A quien te aconseja encubrir de tus amigo, le es más grato el engaño que los higos” (diégesis final). Se le advierte finalmente al público lector (o escucha) el fin pragmático del cuento: evitar ser engañado por el malicioso empleo del lenguaje y el discurso del “otro” engañoso. El consultar el Poder es primordial porque posee el secreto de la interpretación comparada, el ejemplo, la deducción de lo minúsculo inmediato a lo mayor lejano en entendimiento. Tal es el poder del saber eclesiástico (aunque en el cuento Patronio parece ser laico, recuperador del saber clásico-latino).

Casi todo el relato se muestra abarcado por lo dicho por Patronio: el cual trata de cómo unos pícaros (seres otreicos que proceden de las afueras) se aprovechan de las personas que poseen unos valores fundamentados en el ver, en la honra de ser hijo del legitimo padre, en la herencia y la obediencia a los códigos de la cultura (el ver o no ver un objeto implica ser o no ser en el sentido de poseer o no la honra). Todos entienden lo que la cultura les ha enseñado a ver y negarse a ello los convierte en víctimas. Todos son engañados en cuanto nadie quiere ser víctima de los propios códigos de no ver los mandatos de la cultura (ver implica que se es hijo legítimo, lo contrario sería la desgracia que representaría perderlo todo, incluyéndose en esto al propio rey, quien tiene que “ver” sobre todo lo que la cultura le obliga a él, más que a nadie, a defender (ser el hijo-heredero legítimo del trono). Por eso se traviste de lo que no existe. El sujeto es formado con una mentira implícita (intradiegética) que no debe ver. Realizarlo así sería salirse de sí mismo, lograr un tercer nivel de inteligibilidad extradiegética (un "otro" ojo o saber). Esto es precisamente lo que busca la literatura moderna del Renacimiento en adelante.

Finalmente se le pide al rey que pase a presenciar las telas y obviamente tiene que mentir al no verlas y luego, como juego paródico, se le pide que se vista con las mismas (que no existen) y que pasee con ellas por el pueblo. Se trata de una cultura ocula-centrista (no solo el ver literal sino el ver conceptual, el haber creado el hábito de interpretar lo que la cultura patriarcal obliga a entender). Todo se fundamenta en la moral de ser hijo legitimo para poder ser hijo del padre y aspirar a heredar (incluido el rey). La cultura se fundamenta en la internalización privada de valores (intradiegéticos) que fungen cual “telas” que mediatizan nuestra inteligibilidad (ver) del mundo y de nuestra identidad dentro de éste. Se connota que la realidad pude ser una construcción simbólica (metafórica) de algo que no existe necesariamente como signo objetivo (se trata de la ideología, la "mentira"). Si no se actúa de acuerdo a ello se expone el sujeto a verse desnudo y ridículo.

Los mentirosos pícaros provienen de regiones exteriores (marginales) y manipulan la gente en la misma privacidad céntrica (sobre todo al rey, el símbolo del Poder) y en sus creencias de ser y poseer una identidad “válida” y suprema en la cultura. Son actantes procedentes de las afueras alternas, de la contingencia del que llega y tiene conocimiento de un código de engaño muy difícil del ver (y de de-construir). Los pícaros incluso son capaces de describir las telas y narrar aquello que se representa (como cuando se crea una ficción; representan un imaginario, una ideología). Esto implica que la cultura enseña al sujeto historias inventadas para ser, para posicionarse y poseer identidad dentro de ella. Pero todo se realiza en privado y de manera confabulada, aparte, sin el amigo confiable como testigo o como adverso a lo expuesto por el engañador. He aquí (insistimos) el origen de la estructura de funcionamiento de la ideología, tal y como se entiende en las teorías del siglo XX (corpus de creencias que guían en su toma de decisiones, con sus construcciones imaginarias, a una comunidad). Los pícaros son el primer nivel intradiegético, ilusorio, la "otredad" ; vienen  de afuera, de la nada, la invención misma. Los pícaros son un constructo del autor implícito (más allá de Patronio) para mostrar cómo se puede enganar a todos mediante el lenguaje institucionalizado por el poder de la cultura oficial.
Solo un “negro palafranero”, un sujeto ultra “otreico” racial y socialmente, quien realiza el peor trabajo en esa cultura y no tiene nada que perder con el decir que no ve, puede proferir la verdad ante el rey. Es el "otro" distinto a los pícaros porque proviene de lo Real concreto. Este sujeto otreico ha sido construido con otros registros de valores subordinados, siendo lo más seguro un llamado bastardo, y eso le confiere irónicamente la capacidad, el franco poder de decir la verdad y no ser engañado o auto-engañarse. Puede decirle al rey que pasea desnudo y que lo han engañado. (Se invade incluso el mundo de la sexualidad, el desnudo, el ser humillado sexualmente). La otredad del Real posee en este sentido mejor visión que el poder mismo en cuanto no ha sido formado por la cultura oficial y no tiene porque saberla u obedecerla a consciencia. Los que dicen ver son la mismedad manipulada, que no logra expresar la alteridad, la negatividad, lo falso. El uno que ve no se ve a sí mismo, no se ve como un “otro”. En ese sentido podríamos decir que Patronio como veedor de lo clásico (lo antiguo recuperado) es guía del ver más moderno que supera la vestimenta medieval.
Obviamente Patronio le quiere decir a Lucanor que se debe confiar en amigos del saber, como él (que representa la nueva cultura clásica del Renacimiento) si no quiere exponerse a ser engañado por el “otro” de la ideología cultural (lo pícaro y diferenciado). De ahí el gusto que posee la gente por engañar, para robarle dinero al otro, algo que agrada más que los "higos", frutas muy escasas y valoradas en el desierto (placer subliminal que se asocia con ver al Pedre-rey desnudo). Por estos últimos signos de la moraleja sabemos que se trata de un relato de la tradición árabe (adaptado a lo castellano) y de la pugna entre el saber (ver) medieval y el clásico. Es una interpretación algo reduccionista pero no deja de ser válida para iniciar un nuevo reconocimiento del significado profundo e ideológico de estos textos.


Las Coplas de Jorge Manrique

Las danzas de la muerte emergieron en Europa en el siglo XIV y expresan el pesimismo que invadió este siglo de la Edad Media debido a las enfermedades provocadas por las epidemias (la peste negra) y las consecuencias del desastre económico y demográfico que se produjo. Contribuye esto a la consciencia del poder de la muerte y su influencia en las artes y la cultura fue considerable. Era un tema tan del cristianismo, personificado en la vida cotidiana de los sujetos (el contexto estaba cambiando dramáticamente con el aburguesamiento de una cultura más laica). La muerte obliga a cobrar consciencia del cuerpo, de lo inmanente, del aquí y el ahora (algo muy propio de la Modernidad). Esto anticipaba la cultura renacentista y tal vas ara algo imputado por el neo-aristotelismo que habían mantenido los orientales en la Península.
Contrariamente a este tópico de la anquilosada muerte, vemos cómo el concebir el mundo, como Dios y la iglesia lo requerían —porque el cambio perturba la salvación (malae sunt novae consuetudines: cualquier novedad es signo de mal)—, se pasa a considerar una metáfora que compromete tanto con el cambio y lo dinámico, como la imagen que promociona el río. Pero aún hay negación de lo que se nombra; dejarse llevar por el placer del movimiento acelerado es una nueva tentación conducente a la muerte que no se había expresado en el arte. Se anticipa el final del proceso que produce el movimiento del río y no hay detenimiento en el posible valor de lo que transcurre mientras tanto. El discurso eclesiástico tiene una nueva metafísica y mito de salvación que crear con la metáfora del movimiento del río (que va a dar al mar de la muerte), y en ello interviene mucho la literatura como medio ideológico de convencimiento ideológico.
La Danse Macabre francesa (donde la muerte invita a todos a bailar) es quizá la más temprana en este género y de ahí se genera la Dança general de la muerte castellana, la cual incluye en su argumento desde papas y emperadores hasta sujetos típicos (se trata de un tópico que han trabajado los bajtinianos). Aprovechan los artistas la situación para ofrecer una crítica social donde ricos y pobres son arrastrados por la muerte y por dejarse llevar por los excesos materiales de la vida (del río). Se crea la noción de ver este mundo como un camino hacia la otra morada muchas veces sin otra salida que el fin que proporciona finalmente el infierno. Ya no se trata de la liberación de la cárcel del cuerpo sino de la muerte como cronotopía (tiempo y espacio) que marca la consciencia del final del sujeto en la existencia, algo que nos acerca a la modernidad y problematiza la mentalidad gótica prevaleciente. Esta movilidad del pensamiento permite que se le confiera a la existencia un significado de lo trágico (muy contrario al cristianismo). Lo trágico del existir debe entenderse, desde lo clásico (que traerá a la cultura letrada el Renacimiento) y contrasta con la escatología cristiana medieval. Pero aquí cobra sentido el rasgo moralista de la condena cristiana, el pecado y la única promesa superadora: la vida eterna. Se resalta el que no se opte por la caducidad de vida=muerte y de que se rechace el deseo de aferrarse a los bienes terrenos y materiales. La muerte resulta en una señal sarcástica e irónica de la existencia, efecto del engaño y el apartamiento de lo espiritual (ya lo vimos así en el Libro de buen amor). En este contexto tan amenazante que ofrece el cristianismo el advenimiento de lo clásico, la conciencia de lo trágico del existir, y la inestabilidad en el devenir se tornan en visiones muy radicales para la época. Toda señal de deseo de representar en el arte estos signos clásicos quedan nublados (de manera ambigua) por el poder del discurso cristiano-medieval y así nos lo demuestran, en su estructura frontal) la "Coplas" de Manrique.
Jorge Manrique nació en 1440 y murió muy joven en 1479. Representa al hombre ideal de armas y letras y su visión del mundo se entiende dentro de un sujeto procedente de ambiente sumamente militar, pero con grandes preocupaciones religiosas. Su producción literaria es muy reducida, pero “Coplas que fizo a la Muerte de su Padre” ha sido suficiente para darle la fama y el prestigio que posee en la historia de la literatura española, pese a sus otras producciones literarias. Por supuesto Manrique era parte de una familia castellana muy poderosa e influyente, muy cercana a la Corona. Su padre, Don Rodrigo (1406-1476), era un militar, maestre de la orden de Santiago. No debe sorprender que el hijo estuviese vinculado a las empresas militares y a las intrigas políticas del padre, quien estaba emparentado con la casa Real de los Trastámara.
El periodo de mayor e intensa actividad política de don Rodrigo se encuentra entre las postrimerías del reinado de Juan II y los primeros intentos de dominio total de los Reyes Católicos (padre e hijo fueron fuertes defensores de Isabel la Católica). Se trata de la época de transición entre el poder central absolutista y el de los grandes feudatarios, que inicia después de toda la lucha la creación de un poder central del Estado Moderno.  Ni el padre ni el hijo llegaron a conocer este tipo de cambio de gobierno pese a que contribuyeron al advenimiento del mismo. Jorge fue mortalmente herido en la primavera de 1479 durante el ataque a una fortaleza.
“Coplas por la muerte de su padre” consta de 40 coplas (480 versos) compuesta en el llamado "pie quebrado". Es de un metro que no es el habitual para una elegía de los llamados “plantos” (llantos). Tiene un comienzo leve y solemne y va progresando en un argumento filosófico, histórico cultural y culmina con la vida ejemplar y sosegada de su padre y cómo éste se enfrenta sin problemas a la muerte. Se trata de una reflexión amplia sobre el morir, que va desde lo inicialmente filosófico hasta lo personal, y termina en una conversación entre la muerte y el padre, para la cual éste se había preparado en vida, mediante sus virtudes religiosas (y matando moros). Se alude a la concepción del medioevo tardío de la vida terrena, la vida de la fama y la vida eterna, pero todo valorado dentro del catolicismo. Sobresalen tres gradaciones de la existencia que se corresponden al rechazo de lo hedonista, el desempeño moral del individuo y lo trascendente de la salvación del alma en Dios. La consciencia de las tres concepciones temporales corresponden inicialmente a la noción agustiniana del tiempo. Vemos que según avanza el poema pierde altura lírica y se ocupa más de lo doctrinario de una manera didáctica y doctrinal.
San Agustín (356-430) defiende en Confesiones la noción de la supremacía de lo incorpóreo y quiere demostrar que el mal no es una sustancia en sí misma sino una privación. La búsqueda de la verdad exige una revolución del ser interior, no de la razón sino de la fe. La fe representa la sustancia de la vida, el horizonte del pensamiento, donde la conversión y la inteligencia de la razón se complementan, pero guiada por la primera, y no como los clásicos griegos pensaban. Se debe confiar en Cristo para atravesar el mar de la vida y emprender la jornada ("el camino") del existir. Ello lo alcanza el sujeto retirándose de las cosas exteriores (físiaa y mentalmente), incluso el despojarse de sí mismo y buscar en su interioridad la asistencia de Dios, ver el alma en el mar de la incertidumbre, desde la infinita conciencia a que lo condena el cuerpo. Agustín transforma la idea platónica de formas inmutables que el sujeto percibe, tal como luz espiritual que lleva a lo inteligible de Dios, el bien de todo bien en sí mismo. La idea de la luz como guía ya Platón la había utilizado en la República y por ello la Edad Media será muy dada al idealismo de este libro. 
Agustín argumentó en Confesiones: “Ni siquiera Tú precedes los tiempos con respecto a un tiempo; si así fuese no precederías todos los tiempos. Asimismo, precedes todos los pasados en tu eternidad siempre presente y trasciendes todos los futuros, porque son futuros, y el futuro —una vez que ha llegado— se convierte en pasado: Tú en cambio siempre eres el mismo, tus años no tendrán fin… Tus años son un solo día y tu día no es cada día, sino el “hoy”, porque tu “hoy” no desaparece ante el mañana y no sigue el ayer. Tu hoy es la eternidad”. (Ver Giovani Reale y Darío Antiseri, Historia del pensamiento histórico y científico. I. Antigüedad y Edad Media (Barcelona: Editorial Harder, 1983: 374-400). Solo este ejemplo nos muestra la retórica controlada por el cristianismo que justifica su sinuoso pensamiento idealista mediante la manipulación de la prestigiosa filosofía y poética platónicas que tanto nutrirían el catolicismo.
En Coplas se invita al lector a reflexionar sobre un presente que siempre se habrá de convertir en pasado y por lo tanto el futuro humano no tiene sentido. Sólo posee valor el tiempo trascendente que ofrece Dios fuera del mundo material y fuera del hedonismo del cuerpo y de la inmanencia, de lo material que ofrece el mundo. Para ampliar esa imagen de la relación del sujeto con el devenir se acude también a las metáforas del camino, la Fortuna (algo ya clásico) y el fluir del río que va al mar (la muerte). A la larga la vida es bella pero efímera y perentoria como el “rocío de la mañana”, y se diluye en la nada a menos que se tenga consciencia del alma encerrada en el cuerpo, y que requiere de visión y espera de trascendencia para la salvación espiritual. La vida es transitoria como el "rocío de la mañana" y en su belleza puede engañar porque perece pronto. Se trata de la negación de la finitud del existir de lo corporal, que más adelante en la historia (siglo XVI) problematizará el pensamiento moderno y materialista.
La división total del poema ofrece tres partes: de las coplas I a la XIX, de las coplas XV a la XXI y de las coplas XV a la XL. Nos brinda una gradación que va de lo general a lo particular, dando ejemplos concretos de personajes, y culminando con la conversación entre la muerte y el padre, quien representa el ejemplo de los conceptos tan ideales expresados al principio del poema. En las primeras catorce estrofas se ofrece una reflexión de carácter filosófico sobre la fugacidad de la vida, el tiempo, la muerte, la Fortuna; luego una ejemplificación de la fugacidad de la existencia (el “rocío de la mañana”) y el ubi sunt, (dónde están?, dónde se han ido?) mediante la evocación del pasado que pese a su belleza y goce sucumbe al tiempo. Finalmente se nos proporciona el ejemplo de padre del poeta, don Rodrigo, quien se presenta armado para enfrentar a la muerte (metáforas militares, de violencia en el fondo) al haberse preparado en el pasado para ese acontecimiento final. Queda justificado así el cristianismo ante la mentalidad bélica y de agresión del Estado y la iglesia ante el "otro", la muerte y finitud de la existencia. Entiéndase esto último como todo lo que queda fuera (expulsado, lo abyecto) de las ideas dominantes, de trascendencia, de salvación divina.
Al principio el poeta reflexiona en abstracto sobre la relación vida-muerte y exhorta al lector a asumir conscientemente su condición mortal, a diferencia de su condición eterna que depende del alma que suele olvidarse y dormirse dominada por el cuerpo. Como cristiano el poeta exhorta a desdeñar todo lo que está sujeto al transcurrir del tiempo y contemplar cómo no se puede luchar contra esa ley temporal del fluir, que como el río va a la mar, que solo puede conducir a la muerte. La vida así carece de sentido si no se le presta atención a Dios y su eterna a-temporalidad. Se trata de una exhortación, una innovación y una ilustración final del compteptus mundi o desprecio del mundo, la vanidad de vanidades y el buen juicio y acciones de su padre para salir victorioso de los engaños del mundo. Se espera igual del lector atento. Ya desde el Cid mismo se manejan los temas de la verdad y el engaño. En el poema épico se nos refiere a unas arcas muy "bermejas" por fuera y llenas de arena por dentro, a la corteza y el meollo en Los milagros de Nuestra Señora de Berceo, al "loco y buen amor", el goce y el sufrimiento del morir, en el Libro de buen amor del Arcipreste de Hita. Apariencia-realidad, engaño-verdad: son tópicos manejados desde los preceptos medievales y luego más adelante en el Renacimiento desde los conceptos modernos, acomodados al cristianismo. No obstante, desde el saber renacentista comienzan a cambiar ciertos binarios culturales que sustentaba la iglesia católica.
El empleo del Ubi Sunt? es de origen bíblico (“Dónde se hallan aquellos que nos precedieron en este mundo?”). Consiste de interrogaciones retóricas que reclaman por el tiempo desaparecido de aquellos que no vivieron la vida espiritual del cristianismo según se entendía mediante el catolicismo de la época. Se emplea la anáfora (la misma palabra interrogativa, repetida), el elemento del punto de añoranza (“¿qué se fizo?”). Todo mediante una estrofa de pie quebrado de seis versos que se agrupan un parejas de dos octosílabos seguidos de versos de cuatro sílabas, tetrasílabos. La alternancia es lo que se llama coplas de pie quebrado. Vemos en estos estilos una manipulación retórica de los ritmos temporales. Mas adelante, en la mentalidad más moderna se entenderá que la lírica se forja mediante el manejo del lenguaje en su estructura (compás) temporal. En este sentido las "Coplas" en su retórica lírica pueden ser muy modernas y renacentistas. Este recurso puede resultar algo paradójico pues el poema aboga por el pensamiento medieval. Nos enfrentamos así a una ambigüedad propia de los momentos de cambio en la historia.
En el poema hay un elemento de natural contradicción cuando Manrique evoca el pasado, al extrañarlo, echarlo de menos, y al realizarlo de esa manera paradójica se compromete con el deseo ante ese pasado, por reconocerlo de una forma poética que ya no es de carácter completamente medieval sino con sentido de algo de modernidad, por la nostalgia sentida (ya se acerca en esto al Renacimiento y su Modernidad). En concepto estático implícito en la filosofía agustiniana se ve alterado por la noción del tiempo en cuanto fluir, transcurrir que ha de experienciarse independientemente de lo que ocurra (que en términos modernos no se puede saber). El frontal e inicial interés moralizador se desdibuja en alguna medida, especialmente en la coplas XVI y XVII, ante el atractivo sensual del mundo inmanente (de goce por el cuerpo y los lujos del presente), lo que resulta revivido mediante la memoria, en el recuerdo, con nostalgia. Se trata de la capacidad humana de recuperar el tiempo aunque sea de manera finita pero memorable. El poeta quisiera detenerse en el tiempo mismo (de ahí la prolongación de la elegía) que rechaza. El poeta sabe que es ya parte de la naturaleza del mundo y en el fondo no quisiera abandonarlo, sabe que existe, es una posibilidad de vida que aunque finita se debe experimentar (el ser "sciente"). Vemos en el poema cómo las coplas de pie quebrado (dos de ocho sílabas con una de cuatro) interactúan temporalmente (en su duración larga y corta) entre lo breve y prolongado de la existencia escritural y el deseo de alcance de lo divino. Se establece un juego del antes y el después, de lo pasado y futuro que es en el fondo ambiguo y propio de nociones de fluctuaciones temporales muy modernas y renacentistas. La psicología de la "negación" puede ser aplicada también a estos tiempos (me refiero al "denial" de la psicología actual). No se debe estudiar sólo la estructura superficial sino también la profunda (la implícita y subconsciente)
     En esto se sigue (aunque no tan obviamente) al Arcipreste de Hita y la concepción aristotélica del mundo que reconoce la corporeidad y el placer de existir en el mundo. Sabemos que el Arcipreste juega entre el "buen amor' y el "loco amor", entre lo serio y lo carnavalesco. No obstante, en la estructura profunda Coplas coloca a un lado y deja en suspenso la trascendencia temporal. El poema se acerca así a la creación poética y valiosamente humanas que queda en el tiempo. "Vence" mediante el alcance del lenguaje en su estructura connotativa y profunda (en sus significantes sonoros y conceptuales que alcanzan la emotividad poética). Esta noción del arte ya resulta moderna y, no tanto, medieval. Pretende crear imágenes para rechazar el mundo, pero consiguiendo provocar un subliminal deseo de afirmación por ese mundo. Tales son en gran medida ideas parecidas a las de Pedro Salinas, Antonio Machado y Sánchez Ferlioso, críticos y poetas del siglo XX, que ven la belleza de este poema de Manrique, único en el fondo, en su Modernidad interna pese a su inicial visión medieval de salvación divina en otro mundo más allá del cuerpo y de la muerte. Esta estructura profunda en que la muerte adquiere tanta identidad otreica y definidora del-ser-en-el-mundo, con valor en sí misma sin determinismos dogmáticos-cristianos, ya tendrá más frontalidad y significación en la obra de Fernando de Rojas, La Celestina (1499). Se trata de una obra en que se lamenta la pérdida de la vida, pero sin esperar recompensa divina alguna. El lamento final de Pleberio se relaciona con la noción clásica de un Eros que se eleva (poéticamente) precisamente en la aceptación de su caída final.
También debemos tener en cuenta que Manrique (como el Cid) defiende principios del noble guerrero que lucha en el campo de batalla y que ve con extrañeza toda la pompa y el lujo, que trae luego la cultura aburguesada de las ricas cortes renacentistas. (Tal vez disfrutaba de ellas pero su imperativo idealista lo lleva a proclamar su obstinado cristianismo de corte plenamente medieval). Frente a la nobleza suntuosa, y las intrigas políticas de la corte, impone la frontal lucha de su padre (y de él mismo en el campo de batalla). Cree en una dignidad medieval, desligada del dinero, de la corte y de las manipulaciones en la misma. Se trata de la defensa del guerrero a la antigua usanza, la cual en su contexto ya está desapareciendo, en una sociedad aburguesada, de nuevas maneras de hacer la guerra. Manrique, en este sentido, defiende el antiguo concepto idealista de una nobleza guerrera dada a la alianza del reino y el cristianismo de la iglesia a la manera antigua, de una nobleza guerrera que prescinde de nociones y de lujos modernos y del hedonismo corporal. No reconoce el capital para propósitos de guerrear, gobernar y obtener la pertenencia a la corte y la salvación divina. Estamos ya en un contexto en que se impone el capitalismo del  lado materialista de la cultura renacentista (el hablante implícito de Manrique aún no lo logra reconocer, mientras que Fernando de Rojas, sí.
En una cultura tan aburguesada como la renacentista, la poesía de Manrique adquiere entonces un valor muy interpelador y llamativo frente el lector católico de la corte misma. Su poesía representa el mundo ideal del imaginario cultural del noble terrateniente. Defiende lo basado en el imaginario del linaje y la fama guerrera y no en el fetichismo del capital; en la obediencia a la iglesia y al monarca. Con estas defensas mantiene la concepción medieval propia de la reconquista que ya ha terminado. En su poesía rechaza el medro que se obtiene mediante los lujos y las influencias de una nobleza aburguesada y cada vez más materialista (como la renacentista). Frente a lo efímero de la vida mortal y la fama  opta por la aceptación de la muerte cristiana que asegura el obtener la verdadera ganancia (el real capital simbólico de una España que ya se desvanece). Manrique consideraba que para ello estaba preparado su padre, quien no lucha frente a la muerte sino que se entrega a la misma al haber cumplido el papel del guerrero ideal (legendario y mítico). La muerte en este sentido adquire una configuración de aceptación y no de terror. De ahí quizás la tranquilidad y quietud con que muchos suelen recitar las Coplas, y la fluidez que el verso alcanza para la recitación grandiosa y emotiva pero lenta y calmada. A la larga la permanencia del lenguaje quisiera detener la muerte pero todo está calculado para la muerte segura porque es un poema más de la oralidad que habrá de terminar y no de la escritura que a la larga permanece (como ha perdurado el poema en la historia).


Bibliografía (ver Sílabo Espa 3211).

Bibliografía Adicional

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Texto (fuente primaria) de interés.

«En los tiempos de la pestilencia enferman más deste mal; de primero sienten grant afogamiento, e huéleles mal la boca, e están vascando, e tienen ençendimiento e vomitan feas vmores de diversas colores.
Entonçes deuen los sanos, lo primero, conformar con la boluntat del Señor Dios, e regir sus ánimas con sanctos e claros pensamientos. E, lo principal es salir de aquella tierra onde cavsa o está cavsada la pestilencia, e lo más ante que pudiere; e asconderse del ayre quanto podiere.
E apoque el vañarse en río nin en vaño, e vse muy poco de las mugeres. Riegen el suelo con vinagre, sofumen la casa con grasa o ençiensso, e tengan fumo de tomillo, e huelan vn paño mojado en vinagre e agua rosada; veuiendo de sus mesmas orinas cada vno algunas mañanas quanto cabe en las manos.
E, el que sintiere algo de la pestilencia, bien es tyrar vnas seys onças de sangre en dos días. Los que sienten el mal de la landre en la yngle e en el cuerpo toviera las dichas señales, poner encima azeyte e, si más fuer menester pongan ençima pollos, o ranas, o siesos del gallo, o perrillos chicos aviertos en calientes. Sájenle en las piernas, en el sobaco, o garganta, o tras la oreja e échenle ventosas ençima de saja.» (Chirino, Alonso de (1420). "Del regimiento en tiempo de pestilencia". Menor daño de la Medeçina, Segunda Parte (Capítulo XIII). Páginas 39-45)