DEL TRANSFORMISMO TEATRAL
A LA PERFORMATIVIDAD TRANSGÉNERO COTIDIANA.
FRAGMENTOS DE UNAS MEMORIAS TRANS
PRESENTACIÓN*
Juan Martínez Gil
Universitat Jaume Jaume I de Castelló
gilju@uji.es
Rafael M. Mérida Jiménez
Universitat de Lleida
rafaelmanuel.merida@udl.cat
sexual y de género en las culturas hispánicas ha venido creciendo durante los últi-
mos años en los ámbitos investigadores español y americanos1. La diversidad de las
fuentes primarias es enorme, al igual que sus emplazamientos; en ocasiones, los
documentos que rescatan esta diversidad se encuentran casi ocultos en lugares ines-
perados. Tan inesperados como una bitácora digital con los análisis académicos de
un docente universitario. Así, el texto que aquí presentamos es solo una muestra
parcial de las memorias de Luis Felipe Díaz, durante más de tres décadas catedrá-
tico de Estudios Hispánicos en la Universidad de Puerto Rico-Río Piedras. Pero
también son las memorias de la artista Lizza Fernanda, quien, desde aproximada-
mente 1976, ha realizado shows en más de 40 clubs y cabarets en los Estados Unidos
de América y Puerto Rico. Como muestran estas páginas, desde hace más de una
década vive como Lizza en ambos universos, el académico y el artístico. La identi-
dad de Lizza Fernanda, que en un principio representaba una actividad próxima a
las female impersonators o drag queens, hoy en día se mueve en la órbita transgenérica.
Luis Felipe Díaz nació en Aguas Buenas (Puerto Rico) en 1950. En 1965
emigró con su familia a Chicago, donde estudió en la escuela secundaria, y se tras-
ladó a Puerto Rico para realizar sus estudios universitarios en 1969. Regresó a Chi-
cago en 1975 para estudiar una maestría en Spanish, Italian and Portuguese en la
University of Illinois. Fue en esta época en la que, paralelamente a su carrera acadé-
mica, nació Lizza Fernanda, periodo que describen estas memorias. Tras defender
su tesis doctoral en la University of Minnesota en 1984 –que acabaría publicándose
con el título Ironía e ideología en La Regenta de Leopoldo Alas Clarín (1992)–, Luis
Felipe Díaz regresó a Puerto Rico, donde comenzó su actividad como profesor e
investigador universitario, primero en la Universidad Interamericana, más tarde en
el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico y, tras su jubilación, en
REVISTA CLEPSYDRA, 21; 2021, PP. 269-293 269
DOI: https://doi.org/10.25145/j.clepsydra.2021.21.12
Revista Clepsydra, 21; marzo 2021, pp. 269-293; ISSN: e-2530-8424REVISTA CLEPSYDRA, 21; 2021, PP. 269-293 270
el Hostos Community College de Nueva York. También ha realizado estancias de
investigación en The City University of New York. Entre sus méritos académicos
destacan la publicación de numerosos artículos y volúmenes, el dictado de clases y
conferencias o la dirección de tesis de maestría y doctorado. Si atendemos a sus libros
publicados, encontramos monografías como Semiótica, psicoanálisis y postmoderni-
dad (1999), Modernidad, postmodernidad y tecnocultura actual (2011) o la coedición
de Globalización, nación, postmodernidad: estudios culturales puertorriqueños (2001).
También destacan sus estudios La na(rra)ción en la literatura puertorriqueña (2008)
y De charcas, espejos, velorios e infantes en la literatura puertorriqueña (2011), así como
su más reciente Eros y violencia en la literatura hispanoamericana del siglo xx (2015).
De forma paralela al desarrollo de su trabajo académico, creció su activi-
dad artística como Lizza Fernanda, que se presentaba en un principio como una
doble identidad que oscilaba entre lo travesti y lo trans2. Lizza ha interpretado sus
performances en muy diversas ciudades, empezando por aquellas en donde ha vivido
(Chicago, San Juan de Puerto Rico, Nueva York o Miami) y ha realizado shows con
estrellas drag de la talla de Miss Ketty o Mirkala Crystal. Su figura ha suscitado el
interés de los principales medios de comunicación puertorriqueños e hispanoame-
ricanos, impresos y audiovisuales. También en el mundo universitario, su figura ha
despertado la atención de diversxs investigadorxs (Perales; La Fountain-Stokes Lizza).
A raíz de tan atractiva trayectoria se filmó un documental centrado en su
persona, Luis/Lizza (2015), realizado por Joelle González-Laguer, que explora ambas
facetas vitales. La cinta fue presentada en numerosos centros académicos (Yale Uni-
versity, The City University of New York, Universidad de Puerto Rico) y fue selec-
cionada en diferentes festivales internacionales (Puerto Rico QueerFest o Havana
Film Festival New York), muestra del interés y acogida que su figura ha suscitado
en el circuito cultural. Este documental, de 14 minutos de duración, se divide en
dos partes narrativamente muy distinguibles: en la primera se muestra una clase del
profesor Luis Felipe –completamente ataviado como Lizza, claro está– y la dinámica
pedagógica con su alumnado; en la segunda observamos una entrevista de tono más
confesional, donde Lizza, de cara a la cámara, se sincera con el espectador en torno
a diferentes cuestiones relativas a su identidad.
* Esta presentación forma parte del proyecto de investigación «Memorias de las masculinidades disidentes en España e Hispanoamérica» (PID2019-106083GB-I00) del Ministerio de Ciencia e Innovación del Gobierno de España.
1 Volúmenes como La Fountain-Stokes Queer...; Peralta y Mérida Jiménez; Berzosa; Pla-
tero, Suárez y Trujillo; Peralta; Mérida Jiménez; Berzosa y Trujillo e incluso el presente monográfico muestran este reciente interés por echar la vista atrás y rebuscar en el archivo. Buena prueba también serían los proyectos de investigación que están trabajando este ámbito: así, por citar solo dos casos, «CRUSEV– Cruising the 1970s: Pre-HIV/AIDS Queer Sexual Cultures», del programa Horizon 2020 de la Unión Europea, o «Memorias de las masculinidades disidentes en España e Hispanoamérica», del Gobierno de España, en el que se inscribe la presente edición.
lli. Su segundo nombre, Fernanda, puede venir de la transformación del «Felipe» original, a la vezque podría ser un guiño a la conocida zarzuela Luisa Fernanda (1932), de Federico Moreno Torroba.«Del transformismo teatral a la performatividad transgénero cotidiana. Fragmentos de unas memorias trans» es un recuento autobiográfico sobre su etapa de
formación trans en la Chicago de los años 70. Los editores hemos partido de su blog
universitario Postmodernidad puertorriqueña3. En el proceso de edición, Lizza Fer-
nanda ha tenido la amabilidad y la generosidad de revisar la selección y de ampliar
los textos originales. Esta es una muestra representativa no solo de una trayecto-
ria insólita en el mundo hispánico (profesor e investigador universitario, de drag
queen a transgénero), sino también de las voces perdidas de tantos sujetos que, por
su posición social o situación personal, nunca han podido superar la subalternidad
a la que la heteronormatividad los condenaba y aún condena. Esta aportación de
Lizza Fernanda / Luis Felipe supone un valioso rescate testimonial tanto para los
estudios de la diáspora hispana, al recuperar el contexto de las personas migrantes
en la Chicago de los años 60 y 704, como para los estudios centrados en el análisis
de la memoria LGBT+ en los Estados Unidos de América y Puerto Rico.
Desde esta perspectiva, «Del transformismo teatral...» se ubicaría en el
archivo de documentos autobiográficos trans puertorriqueños, como es el caso de
las memorias de Soraya, Hecha a mano: disforia de género (2014), una de las prota-
gonistas del documental Mala Mala (2014), dirigido por Antonio Santini y Dan
Sickles5. A su vez, tendría cabida en la literatura autobiográfica boricua de la diás-
pora LGBT+, ilustrada en figuras señeras como Manuel Ramos Otero o Luz María
Umpierre. De esta manera, las vivencias de Luis Felipe / Lizza Fernanda en la ciu-
dad de Chicago complementarían las de Ramos Otero en el Nueva York de los años
60 y 70, pues ambas urbes acogieron una gran comunidad hispana migrante. En el
trabajo de La Fountain-Stokes Queer... encontramos un generoso análisis de estas
culturas de la diversidad sexual en la diáspora puertorriqueña. Del mismo modo,
el texto de Lizza Fernanda recrea diferentes vivencias relacionadas con el transfor-
mismo en Estados Unidos durante aquellas décadas que complementarían los aná-
lisis de Esther Newton en su clásico Mother Camp (1972).
tas. Destinado a profesorado y alumnado universitario, contiene análisis de obras literarias hispánicas desde perspectivas teóricas tan diversas como el psicoanálisis, elposestructuralismo, los estudios poscoloniales y queer.4
Para una información más extensa del contexto migratorio puertorriqueño en la ciudad
de Chicago, véase la monografía de Ramos-Zayas.
REVISTA CLEPSYDRA, 21; 2021, PP. 269-293 271REVISTA CLEPSYDRA, 21; 2021, PP. 269-293 272
lidades de realización personal y profesional alejaban a trans, drags, jotos, maricas
y putos migrantes y racializados de una educación universitaria. A su vez, el texto
recorre en primera persona diferentes cuestiones sobre la vida y experiencias trans
que suelen ser centrales en este tipo de relatos, como los espacios de homotransocia-
lización o las dificultades de integración social. El texto que presentamos permite
repasar diferentes cuestiones de gran interés: en primer lugar, resulta llamativa la
amplitud terminológica con la que Lizza Fernanda describe su realidad. Para ello
utiliza indistintamente las formas «trasvestido»/«travestido», «transformista», «cross-
dresser» o «gay». En una ocasión se desmarca de la terminología «transexual» y «trans»
afirmando que «yo no soy así». No obstante, en fragmentos de las publicaciones
del blog no recogidos en esta selección, se reafirma como «trans»: «Las experiencias
que ha tenido Lizza durante los últimos treinta y seis años me han servido para ser
en parte de como soy ahora y como el prof. Luis Felipe Díaz ya en un trans»6. Este
devenir de las formas lingüísticas identitarias sugiere una compleja búsqueda exte-
rior y una rica reflexión interior que reflejan diferentes experiencias vitales y estadios
de escritura. Por ello, nadie deberá extrañarse si encuentra intercambiados algunos
de estos términos a lo largo del texto, pues fluctúan de manera irregular para deno-
minar realidades trans de diversa índole.
Otra de las terminologías usadas por Luis Felipe / Lizza Fernanda, de gran
relevancia en el contexto boricua, es la de «loca» («La energía esa la poseían las lla-
madas locas, así que yo sospechaba que era más como ellas y no como mis macha-
rranes amigos»). Este término vendría a situar una dicotomía dentro del contexto
gay puertorriqueño, donde encontramos unos individuos más femeninos («locas» o
«bugarrones») y otros más masculinos («macharranes»). En cualquier caso, su rele-
vancia vendría dada por la vindicación que supone la feminidad gay en un contexto
hostil, patriarcal, donde la feminidad es connotada de forma negativa, especialmente
si es aplicada a un varón, incluso dentro de la propia comunidad LGBT+. En rela-
ción con esta oscilación entre Lizza Fernanda y Luis Felipe, también resulta notorio
el cambio en la narración de la tercera a la primera persona de forma intermitente a
lo largo del texto. En algunos puntos de la narración se vuelve a esta tercera persona
propia de la nota biográfica, aunque predomine el tono autobiográfico. Probable-
mente deba identificarse con el uso que frecuentemente utilizan las travestis para
hablar de sí mismas de forma dislocada, especialmente en referencia a su nombre
femenino, remarcando el carácter de «personaje» de su performance y desligándolo
de su identidad masculina oficial, aunque, como en el caso de Luis Felipe / Lizza
Fernanda, esta frontera acabe desdibujándose.
Otras cuestiones de gran interés son los pasajes en los que se narra la peli-
grosa relación de los inmigrantes hispanos con la policía migratoria. Aunque las
políticas de deportación no afectaban a los puertorriqueños por la entidad de Estado
http://postmodernidadpuertorriquena.blogspot.com/2012/04/datos-de-luis-felipe-y-li-Libre Asociado de la isla, el texto muestra cómo afecta a otros latinos migrantes:
«Muchas locas mejicanas fueron arrestadas y llevadas por los policías de la migra a
lugares muy lejanos (en la frontera) y nunca más las volvimos a ver». A las necesida-
des económicas que motivan a los sujetos migrantes, habría que añadir en el relato
las razones ligadas a la orientación sexual en las que incide el término «sexilio»,
ampliamente manejado en los estudios LGBT+ actuales (Martínez-San Miguel).
La misma narradora ya nos avanza que «No encontré en Borinquen una comuni-
dad gay como la que había dejado en Chicago o la que había presenciado en Nueva
York». Probablemente esta imposibilidad de la deportación que conlleva el estatus
legal puertorriqueño sea uno de los motivos por los que el/la protagonista de este
relato se permite la observación y experimentación urbana: «Siempre que podía iba
al Broadway Limited (el bar-disco de la época), en las calles Broadway y Belmont.
[...] Al principio era un gran voyeur y flâneur». Este tópico del flâneur gay ha sido
explorado ya por algunxs autorxs que estudian la individualidad gay urbana como
en los trabajos de Ivanchikova y Glaizar, y cobra, además, especial relevancia en los
contextos migratorios hispanos como, entre otros, en el caso del protagonista de la
novela El jinete azul, del mexicano José Rafael Calva.
Encontramos asimismo un nuevo punto de interés en cómo el relato deta-
lla la compleja relación de las comunidades LGBT+ con los discursos científicos de
la época, si bien habían comenzado el que sería un largo camino hasta la despato-
logización –la Organización Mundial de la Salud dejó de considerar enfermedad la
homosexualidad en 1990 y la transexualidad en 2018– lo cual muestra el conser-
vadurismo de las clases médicas. El texto refleja estas tensiones tanto en el relato
de diferentes protestas como en las consideraciones personales de los personajes:
«Cuando le conocí no tenía ningún problema en aceptar su identidad, llamada para
aquella época por los analistas como “homosexual” –no nos gustaba el término, que
es de índole patológica y enfermiza». También en relación con esta tensión entre las
sexualidades disidentes y los discursos médicos, Luis Felipe / Lizza Fernanda des-
cribe las intervenciones quirúrgicas de quienes considera las primeras «transgéne-
ros» hispanas: «Para esa época del ’76 había dos o tres chic@s en el área que habían
intervenido sus cuerpos, agrandándose las nalgas y los senos, siendo los primeros
transgéneros latinos de los años 70». Igualmente denuncia que estas mismas muje-
res acababan recurriendo a manipulaciones u operaciones clandestinas debido a las
dificultades económicas que imponían los cirujanos locales con las nefastas conse-
cuencias que podían acarrear: «Creo que el silicone que se inyectaban otras, proce-
dente de Méjico, no era aplicado por profesionales sino por ellas mismas o por gente
nada profesional. Obtener un médico que supiese de cuestiones de transexuales era
algo complicado y caro»7
.
Estas son tan solo algunas de las cuestiones por las que transita el texto, que
merecerá análisis más detallados en el futuro. No obstante, preferimos que sean lxs
REVISTA CLEPSYDRA, 21; 2021, PP. 269-293 273REVISTA CLEPSYDRA, 21; 2021, PP. 269-293 274 lectorxs e investigadorxs que acudan a él quienes puedan enriquecerse con este insólito testimonio. Deseamos, en cualquier caso, que esta edición resulte estimulante y. que confirme el interés de la recuperación de estos «relatos de vida», pues estos testimonios ofrecen relatos de las muy diversas maneras que existen –y han existido–
de negociar identidades, géneros y sexualidades. Agradecemos muy sinceramente
el permiso de Luis Felipe Díaz / Lizza Fernanda a publicarlo en este monográfico.
Y, por supuesto, su entrañable cariño y su tan vital generosidad.BIBLIOGRAFÍA
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REVISTA CLEPSYDRA, 21; 2021, PP. 269-293 276DEL TRANSFORMISMO TEATRAL
A LA PERFORMATIVIDAD TRANSGÉNERO COTIDIANA.
FRAGMENTOS DE UNAS MEMORIAS TRANS*
Lizza Fernanda / Luis Felipe Díaz
Yo, Lizza Fernanda (Luis Felipe Díaz), como personaje travestido, comencé
mi carrera en 1976 en Chicago. Desde Puerto Rico, me había ido a vivir con mi
familia a esa bella ciudad en 1965. Sostuve estudios de bachillerato desde 1969 a
1975 en la Universidad de Puerto Rico y al terminar regresé a la Ciudad de los Vien-
tos (Chicago). Para los iniciales tiempos de ese regreso de 1975 comencé a participar
en espontáneos shows en las fiestas privadas de los gais, en las playas, en las plazas y
frente al Lake Shore Drive. Todo fue inicialmente animado por el deseo de juego y
jocosidad, por puro entretenimiento sin pulir, como lo hacían también l@s demás
muchach@s que sí se dedicaban al transformismo profesional. Yo, por mi parte, era
un muchacho en camino a lo gay, pero bastante masculino e ignorante. Casi todos
mis amigos no eran la típica «loca» trans, sino tipos muy masculinos –como son la
mayoría de la gente gay, cuando se cree lo contrario–. En la playa, en la orilla del
lago que menciono, las llamadas «locas», los domingos por las tardes, realizaban
concursos de belleza en los cuales nunca competí porque de día, bajo el sol, vestido
de hombre o de mujer, no me veía ni tan siquiera afeminado. El público que presen-
ciaba los espectáculos eran los gais y macharrancitos8 de la comunidad latina y negra
del área llamada Lincoln Park, al noreste. Ese fue mi barrio desde que tenía más o
menos quince años. Para esa época fui feliz, a pesar del «saco oscuro» que siempre
cargábamos porque notábamos cómo los boricuas no éramos muy queridos en esa
ciudad y mucho menos en esa área de blancos. Ser gay «empeoraba» las cosas, pero
me las arreglé como pude y le saqué buen partido a las situaciones que se me presen-
taban y aprendí la «bregadera» de ser gay sin caer en estereotipos. Me encantaba la
diversidad de la ciudad, aunque hubiese por allí dos o tres gringos y europeos estú-
pidos y xenofóbicos. Era la época de la «era disco» (1974-1978) y de la integración
etnorracial que pedían las leyes del Estado, y en eso nos amparábamos en parte.
*
La presente edición, preparada por Juan Martínez Gil y Rafael M. Mérida Jiménez,
forma parte del proyecto de investigación «Memorias de las masculinidades disidentes en España e
Hispanoamérica» (PID2019-106083GB-I00), del Ministerio de Ciencia e Innovación del Gobierno
de España.
8
Voz puertorriqueña para designar un hombre de aspecto muy masculino y performati-
vidad heterosexual (en general, se trata de bisexuales) que merodean en los ambientes festivos gais.
A veces son strippers que se dedican a la prostitución. En México se les llama «chacales». No posee
connotaciones negativas (n. de los eds.).
REVISTA CLEPSYDRA, 21; 2021, PP. 269-293 277REVISTA CLEPSYDRA, 21; 2021, PP. 269-293 278
Para esa época del 75-76 había dos o tres chic@s en el área que habían inter-
venido en sus cuerpos, agrandándose las nalgas y los senos, siendo los primeros trans-
géneros latinos de los años 70, junto a otros gringos blancos y negros que desde antes
habían realizado lo mismo. Existían ya muchos bares que se especializaban en espec-
táculos de travestis-transgéneros (las chicas eran sencillamente sensacionales, casi
siempre imitadoras o lo que se llamaba female impersonators). Ya tenía fama el gran
Baton, un bar-teatro que presentaba los mejores espectáculos de transformistas y en
los cuales se podían ver transexuales, los primeros que se habían hecho senos desde
los años 60. Yo sabía que desde un poco antes, en Santurce (Puerto Rico), había un
club llamado El Cotorrito que podía igualar todo esto, por su calidad tan especta-
cular, por su secuela de la emigración cubana y de los espectáculos que mediante el
cine nos llegaban desde Méjico.
El rechazo no solo venía de los heterosexuales. En el Chicago de la época
de la que hablo había oculto prejuicio racial y de género entre nosotros mismos,
pero el ser todos gais nos unía de alguna manera muy especial porque notábamos
que de esa forma nos iba «más bonito». Yo, en verdad, no tenía una buena idea de
qué carajo era todo aquello que estaba pasando. Había estado de los 15 a los 19
años en la escuela secundaria, en Chicago. De lo que antes hablé sobre lo ocurrido
en los parques cerca del lago, se relaciona con mis 26 años. La gran experiencia
bilingüe me había hecho muy distinto e híbrido culturalmente. Y para colmo «de
males», estaba en camino a ser gay. ¡«Wao!», me digo hoy día. Sin embargo, no
dominaba bien ni el español ni el inglés, me creía que controlaba bien la sexualidad
con las mujeres, pero luego me enteré de que no era así. Nunca cuestioné el vestir
de varón ni comportarme como tal. Usar ropa de mujer era algo que realizaba de
vez en cuando: un relajo, una broma que se tornó cada vez más en algo serio. En la
actualidad, cuando escribo esto, no visto de hombre ni poseo ropa de ese género.
Mi personalidad y físico han ido variando en gran medida por medio de interven-
ciones quirúrgicas, rellenos corporales y modificación de conducta. Me considero
hoy día un transgénero.
Desde niño, a pesar de que crecí imitando a mis elegantes y siempre bien ves-
tidos tíos, también podía tener gustos muy femeninos –algo que estaba sumergido,
no necesariamente reprimido, en mi consciencia– y que aprendí a suprimir debido
a la imposición (norma) cultural a la cual fui sometido por la propia familia, y sobre
todo en la escuela con mis condiscípulos. Mi madre dice que siempre desde niñito
guardaba los zapatos con tacos de mujer que mis tías desechaban. Sí recuerdo que
siendo muy niño (¿tres años?) encontré un zapato rojo de mediano taco ¡y cuánto
hubiese querido encontrar su pareja! Creo que todavía simbólicamente estoy bus-
cando esa otra taca. Siempre pude imitar mujeres (y otros artistas). A principios de
los años 60 imitaba con mi propia voz a la gran cantante cubana Olga Guillot y la
gente que me escuchaba se asombraba con admiración, pero se asustaba (por mí) a
la misma vez: «Este si se cría sale», «Va a ser pato», «¡Pero no lo dejen hacer eso!»...
Sabía que así calladamente les decían a mis padres. Todo era subconsciente y no
significaba que deseara cambiar o abandonar algo de mi ser, sino abonar, añadir,
ampliar las maneras múltiples (tridimensionales) de actuar. Pero la gente no enten-
día, ni comprende todavía, que uno puede salirse de su cauce y seguir otros sende-ros sin mayores problemas. Luego te surgen dos caminos, y tres, y cuatro... Hoy día
entiendo que estas cosas pueden ser fractales y rizomáticas; es decir, no lineales o
binarias ni de causa-efecto.
No realicé imitaciones e interpretaciones para un público gay hasta esa
época de mis 26 años. Para ese tiempo solo me interesaba ver los espectáculos y uno
que otro nene bonito... y ni tan siquiera de la cuestión de transformista estaba tan
seguro (ya casi no salía con chicas, como antes). Poco a poco las fui abandonando
y los muchachos me fueron gustando mucho más. La vida gay del transformismo
y travestismo representaba algo mínimo en mi vida en torno a 1975-76, pues era
mucho lo que tenía que estudiar ya que iba tras una maestría en Spanish, Italian and
Portuguese, con concentración en Lingüística Aplicada y un poco de Estudios Lati-
noamericanos en la Universidad de Illinois (campus de Chicago). Junto a los estu-
dios me dedicaba a trabajar, trabajar, trabajar, dando clases en cuanto colegio había
en la ciudad para poder sobrevivir modestamente en una urbe tan cara, y viviendo
solo, pues me habían botado de mi casa desde los 13 años y aprendí a sobrevivir
donde fuera. Y tuve que trabajar para pagar apartamento, muebles, trastos, abrigos
y los muchos tragos que me bebía y los cigarrillos que me fumaba. Me empezaba a
ver (en mi imaginario) como si fuera Bette Davis o María Félix. El Marlon Brando
y el Clark Gable, que me imaginaba desde niño, pasaban cada vez más a un plano
secundario. Nunca tuve problemas con verme varonil, como ahora no tengo con-
flictos en verme como una señora. Los analistas tienden a ser muy freudianos y en
lo primero que piensan es en el trauma. Para muchas de nosotras esos procesos se
dan de manera fluida desde el preconsciente y desde la tecnología biológica de nues-
tros cuerpos. Pero no niego que siempre surja algo de asombro y sorpresa ante todos
estos cambios tan drásticos.
Como dije, me fui a estudiar a la Universidad de Puerto Rico entre 1969
y 1975. Cuando regresé a Chicago en 1975 comencé poco a poco a hacer vida de
joven gay. Siempre que tenía la oportunidad, iba al Broadway Limited (el bar-disco
de la época), en las calles Broadway y Belmont, un área al norte, cerca del lago y
que estaba poblada mayormente por blancos gringos. Comencé a tener varias amis-
tades del ambiente gay que no tenían nada que ver con la academia y que a mi sim-
ple e ingenuo entender vivían ese tipo de vida nocturna todo el tiempo. Eran muy
dados a las drogas y a la bebedera y por supuesto a la chingadera, como decían los
mejicanos. Yo siempre fui más tranquilito en cuestiones de sexo; creo que subli-
maba mucho en los estudios. Al principio era un gran voyeur y flâneur. Más adelante
aprendí otras cosas diferentes y transgresoras, pero siempre me defendí mucho de
las drogas que provenían de la era de los jipis, de mediados de la década del 60. Los
conocía y entendía muy bien y, en mentalidad, era como ellos, aunque no usase sus
vestimentas ni consumiera sus sustancias especiales; ya sabía de Herbert Marcuse
y uno de mis mejores amigos era muy dado a las drogas fuertes. Muchos de ellos
estaban políticamente organizados y me motivaron a seguir a Angela Davis, la líder
comunista negra de aquella época. Desde joven era independentista en las cuestio-
nes ideológicas de Puerto Rico, pero no era comunista a pesar de que me agradaba
el marxismo y el trotskismo. Notaba que los integrantes de la izquierda dura eran
muy machistas y homofóbicos.
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Era también época de ir a los cines, a los bar-restaurantes por las noches,
bien tarde, a comer hamburgers y hotdogs, batidas de fresa o vainilla; de ir a obras de
teatro vanguardista, ver los ballets rusos que venían a los mejores teatros de Down-
town y de besar chicas y más, poco a poco, a los chicos. De ver (ligar) más de reojo
a los muchachos guapos y de suculentos cuerpos y asistir a los lugares más apartados
y semioscuros a ver cosas diferentes, como los demás gais y sus diferentes maneras
de ser. Yo esperaba, en competencia preconsciente con los demás, que me mirasen
más a mí y me hicieran más fácil la rápida conquista «amorosa», pues me decían y
repetían que era muy bien parecido y yo me lo creía. En general, me iba bien en el
sexo rápido y anónimo, pero muy mal en el amor.
Nunca coqueteaba, ni menos me acostaba, con amigos sino con desconocidos
que nunca volvería a ver. Los amigos eran quienes me animaban a travestirme para
participar en las paradas gais, en «el día de las brujas» principalmente (que comenzó
a ser un gran acontecimiento entre los gais de ese tiempo). Se corrió la voz entre
ellos de que yo tenía algo así como una doble personalidad: podía ser muy mascu-
lino cuando vestía comúnmente de varón y mientras estaba travestido parecía una
artista del cine mejicano. También eran ellos los que me llevaban a participar en los
espectáculos improvisados en los sótanos de las casas y en los bares clandestinos y
sin licencia de la ciudad. El alcohol y las drogas eran el toque festivo, además de la
«música disco». Fueron varias las veces que nos sorprendió la policía. A mí y a mis
amigos cercanos, que eran en su mayoría boricuas, nunca nos arrestaron, principal-
mente porque no éramos emigrantes ilegales y sabíamos comportarnos («calladitos
se ven más bonitos», como los oficiales lo pedían), además de que sabíamos inglés.
Las «locas» («jotas»)9 extranjeras se ponían bien bravas y atrevidas con la policía.
Tampoco cabíamos en la perrera, que casi siempre estaba atestada de mejicanos «ile-
gales». Muchas locas mejicanas fueron arrestadas y llevadas por los policías de la
migra10 a lugares muy lejanos (más allá de la frontera) y nunca más las volvimos a
ver. Los boricuas sufríamos muchas veces por esas personas, cuando ellos creían que
nos burlábamos. A veces no había tan buena química entre los mejicanos y nosotros,
pero poco a poco las cosas fueron cambiando y nos entendíamos cada vez más. A mí
me querían mucho de Luisa (así me llamaban en ese entonces) porque con los ojos
y los labios bien delineados y pintados me parecía a las artistas mejicanas clásicas
de los años 50. Y era verdad, porque aprendí a pintarme la cara mirando en la tele
y el cine a aquellas artistas como María Félix, Silvia Pinal, Elsa Aguirre, Dolores
del Río y Olga Guillot (que era cubana). En Puerto Rico me fijaba bien en Marta
Romero, Lucy Fabery, Martita Martínez, Esther Sandoval, Beba Franco, Mari-
sol Malaret, Carmita Jiménez, Ivonne Coll. Iris Chacón vino después y, aunque la
admiraba, no me animaba a imitarla en nada, no sé por qué razón. ¡Todas las locas
9
«Joto» es uno de los términos utilizados en México y Honduras para designar despecti-
vamente a una persona homosexual (DLE). Actualmente los gais se han apoderado del término y lo
emplean sin las connotaciones negativas que suele tener (n. de los eds.).
10
«Migra» es el término que emplean las comunidades hispanas migrantes para hacer refe-
rencia a la policía migratoria de los EUA (Diccionario de americanismos) (n. de los eds.)querían parecerse a la gran Iris Chacón! ¡Y cómo no fijarse en aquellas divas, como
Sara Montiel, Lola Flores, Marisol, Rocío Dúrcal o Rocío Jurado!
Tenía en Chicago, para aquella época de mediados de los años 70, un amante
llamado Pat, quien era un verdadero queer y crossdresser. Le gustaba comprar piezas
femeninas, por el puro placer de tenerlas en su armario; especialmente bufandas,
lápices de labios, pañuelos, tacos, estolas. Le agradaba tener en la casa, y las usaba,
prendas de ropa interior de mujer, sobre todo satinadas y con encajes que no sabría
describir, pero que eran muy femeninas y elaboradas. También acumulaba maqui-
llajes y perfumes que no usaba porque prefería emplear los que tenía para hombres
–creo que eran marca Aramis–. Pero nunca se vestía de mujer por completo. Era
un fetiche que poseía con ciertas prendas y por el placer de tenerlas y a veces usarlas
en la casa. Mi interés en estas piezas era distinto, pues sabía usarlas en la calle sin
ninguna vergüenza o temor. Y a él le impresionaba mi situación porque yo era el
«machito» de la relación (sería el bigote y medio que yo llevaba casi siempre, como
Jorge Negrete). De todas maneras, cuando vestía de mujer para asistir a los clubes,
él me ayudaba a arreglarme lo mejor que podía, pues insistía en verme como una
dama seria y no tan cómico y payasote como los demás travestis. En mi caso, el ves-
tir de mujer no era nada privado sino público, para espectáculos, contrariamente a
muchos otros que lo hacían por cuestiones secretísimas y sexuales.
Pat había sido un niño de Wisconsin (de madre australiana y padre suizo),
muy feliz en su infancia (contrariamente a mí) y que ya a los doce años sabía lo que
significaba ser marica, pues desde joven sostenía relaciones sexuales con sus herma-
nos, primos y vecinos, y con medio mundo. Cuando lo conocí no tenía ningún pro-
blema en aceptar su identidad, llamada para aquella época por los analistas como
«homosexual» –no nos gustaba el término, que es de índole patológica y enfermiza–.
Pat tenía la identidad gay bastante definida y no rechazaba su «femineidad» (era
bastante amujerado y fino, como andrógino), a la vez que disfrutaba de la sexuali-
dad gay que la naturaleza le había asignado (así lo veía él, quien no era en nada reli-
gioso y a pesar de su pasado con padres judíos, que sospecho no eran tan estrictos
en estas cuestiones). Lo único que le molestaba era que oliese a mujer en la cama,
con aquellos perfumes tan «penetrantes» que yo escogía. Desde entonces me baño
y me limpio bien antes de ir a la cama, aunque esté solo, como hoy día, en 2020.
¡Cómo pasa el jodido tiempo! ¡Y los perfumes cambian también! He coleccionado
hasta cuarenta o cincuenta frascos de perfume de mujer. ¡Algunos otros gais nada
afeminados almacenan muchos más!
La mujer cómica que los travestidos crossdressers buscaban en su interior (no
debo incluir en esto a Pat, creo) era una chica muy ridícula que veían adentro de sí,
como medida de rechazo risible a sí mismos y para demostrarse que no eran muje-
res a pesar de que les gustaban los hombres. Se confundían porque como varones
les gustaban otros hombres y creían que eso los hacía amujerados en lo sexual; hoy
sabemos que no resulta así. Una cosa es que te gusten los hombres como cuestión
sexual y otra que quieras verte como mujer. El que te guste lo femenino no te hace
nunca una mujer biológica. Ser afeminado puede resultar una faceta más de ser
masculino u hombre –que yo he buscado y alcanzado, por cierto–. Son las diversas
maneras en que los hombres gais asumimos lo femenino. Por otra parte, much@s
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transexuales que ni siquiera tienen un pipi11 o algo parecido, como señal del sexo
que les dio en un principio la naturaleza, sí se consideran mujeres (y eso no se debe
cuestionar, pues ellas se entienden; es bueno preguntar cómo desean ser interpe-
ladas). Yo no era ni soy así. Más bien en aquella época entendía que quería verme
como mujer porque algo interno y psíquico me lo pedía, pero no tenía duda de que
seguía siendo un hombre, un varón natural (con un pipi), que me gustaba tener otro
hombre en la cama pese a que me gustaba vestir y conducirme como una mujer en
público. ¡Eso era distinto a ser como una mujer o el típico trans!
Esa era una de las muchas maneras que hay de ser gay. Y me libré de ansie-
dades innecesarias, contrario a algunos de mis amigos que se aterrorizaban con la
idea de que los vieran como mujeres, cuando algunos eran en verdad muy afemina-
dos. Su travestismo era un proceder ensayístico e iniciático por el que pasan algu-
nos gais en la comunidad nuestra. Luego abandonan el travestismo y siguen siendo
hombres que se acuestan con hombres, independientemente de su imaginario de
género, véanse masculinos o más femeninos. Por eso la mayoría de los gais no tie-
nen nada que ver con ser amujerado, travesti o incluso afeminado, como suele creer
en general el público que no sabe mucho de estas cosas. Creo que incluso nosotros
mismos tenemos problemas entendiéndonos. Estamos obligados a usar un lenguaje
androheterodesignador que no concuerda con lo que queremos ser y decir. Ese len-
guaje simbólico, personal y cultural, que nos defina mejor lo estamos creando ahora,
parecido a lo que las mujeres comenzaron a realizar desde principios del siglo xx.
La mujer se sigue redefiniendo y construyendo en su propio lenguaje y símbolos, lo
que la define en su diversidad otreica y diferenciada en nuestros tiempos. Los hom-
bres heterosexuales tendrán que cambiar también su manera de definirse porque
el mundo se ha transformado y ellos no. ¡Y su performance de machos les está que-
dando cada vez más feo y passe!
Se tenía un pobre concepto, primero de lo que era ser gay y luego de lo que
era ser un travestido (así lo entiendo hoy). Pero esa no era mi sicología, era diferente
de lo que era distinto (¡qué lío!). Primeramente, yo anhelaba hacer algo artístico y
elegante y había dentro de mí una energía subliminal que los mismos gais masculi-
nos amigos míos no tenían. La energía esa la poseían las llamadas «locas», así que yo
sospechaba que era más como ellas y no como mis macharranes amigos, ni incluso
como yo mismo, que vendría a ser como mis tíos: masculino en mi proceder social
y corporal, más varonil que incluso mis amigos de juerga. Me identificaba espejís-
ticamente (en lo preconsciente) con mujeres parecidas a las que veía en las películas
mejicanas y de los Estados Unidos de los años 50 y 60. Muchos de mis amigos no
sabían ni quiénes eran Jean Harlow o Kim Novak ni se habían fijado tan bien en
los peculiares rostros de ellas, como yo lo hacía desde muy niño. Sabían de la Lupe,
Iris Chacón y sus locuras y extravagancias rápidas, los relajos y gufeos («cachon-
deos», dicen los españoles). Casi todo de fiesta y carnaval.
11
Forma informal para «pene» en algunos contextos latinoamericanos. También es una
forma popular en registros cultos espontáneos (Diccionario de americanismos) (n. de los eds.).Yo tenía otros pensamientos y otros modelos. No era el típico boricua del
Barrio y sus gustos salseros y pachangueros (unas pocas veces, sí). Era un jíbaro de
Aguas Buenas, Puerto Rico, que se había modernizado de una manera muy pecu-
liar –aburguesada, creo– en Chicago, con una diversidad muy amplia de gente, ya
locas o heterosexuales. Nunca me sentí ser del Barrio, sino un emigrante metido en
un mundo de gringos, negros y otros emigrantes europeos. Mi imaginario era dis-
tinto al del típico boricua. Mi familia siempre vivió en el norte de Chicago, entre
una gran diversidad de gringos mayormente blancos, trabajadores diestros en aque-
llas fábricas tan extrañas de la ciudad. La mayoría de los puertorriqueños, por su
parte, vivían mayormente en el centro de la ciudad, en las calles Division y Cali-
fornia. Yo tenía que viajar a los lugares diversos a ver las películas hispanas y de los
artistas que nos visitaban desde Méjico y Puerto Rico. Veía mucho a los artistas
mejicanos, sobre todo, quienes producían buenas películas y poseían buenos teatros
y salones en la ciudad. Muchos mejicanos en ese entonces vivían al sur de la ciudad.
Mi familia, sin embargo, quería americanizarse, no sé por qué razón, y yo me veía
como un emigrante en aquel país en que siempre sería extranjero y yo no aspiraba a
cambiar para ser aceptado. Mis familiares sí, como muchos hispanos. En realidad,
pensaba: «¡Al carajo con gringolandia blanca y racista, aunque viviera allí en una
tierra que ellos habían invadido matando cuanto indio encontraron en su camino!».
Aquella tierra forrada de hierro y cemento era tan nuestra como de ellos. Quizá por
ello mantuve mi identidad de transgénero de tipo latino, incluso cuando doblaba
números gringos, como los de Liza Minnelli y Patti LaBelle. Repito: no me gustaba
imitar. Quizá porque estaba construyendo mi propia identidad, la que tengo hoy
en el diario vivir, como Lizza Fernanda. Más bien doblaba las canciones y les daba
mi propia interpretación escénica.
En una fiesta que realizó mi amigo-amante Pat en una ocasión (la loca era
exquisita para estas cosas), todos teníamos que imitar a alguna artista y la mayoría
lo tenían que hacer bien travestidos. Alquilaron profesionales maquillistas y pelu-
queros para el evento. Se divertían muchísimo y terminaron haciendo, en verdad,
las parodias más ridículas que se podían ver, porque eso era lo que deseaban y lo que
se esperaba. Todo era para morirse de la risa y la diversión era tremenda. ¡Nunca me
reí y gocé tanto! Al tocarme el turno, todos hicieron silencio y se pusieron serios por-
que sabían que iba a doblar y bailar con seriedad dos canciones de Lissette: «Copa-
cabana» y «Ni su hombre ni su amante». Pat entendía mucho de cómo yo era y de
mis gustos, y me había confeccionado una trusa con un plumero rojo muy elegante
y vistoso. Los zapatos eran muy altos para mí y me costó trabajo moverme con ellos
en el improvisado escenario (la loca los compró como si fueran para ella, pues era
muy diestra empleándolos). Pero creo que a mí fue a la única persona que aplau-
dieron con seriedad y me dieron dinero (nos metían billetes en el seno), porque la
verdad era que los demás estaban en la joda y se veían y actuaban lo peor posible.
Casi todos estaban borrachos o endrogados hasta el culo. Con sus performances «tan
mal realizados» quizá se dejaban saber a sí mismos que no eran gais afeminados
cuando la mayoría en verdad lo era. Algunos sabíamos que en inglés simplemente
eso se llama denial (negación subconsciente de sí mismo). Pero así sobrevivíamos,
y ya todos sabíamos que estábamos sumergidos y jodidos en una sociedad que no
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nos quería ni nos entendía. Creo que nosotros como gais, a mediados de los años
70, no nos entendíamos mucho tampoco. Tuvimos que aprender de nuestra dife-
renciada sexualidad, primero, y luego de la experiencia del sida, a principios de los
años 80. Entendimos que el cuerpo además de estar estrechamente ligado al espon-
táneo placer también lo estaba con la muerte. La alegría y el carnaval se nos con-
virtió en luto y llanto.
Un joven que estaba allí en la fiesta me invitó, más adelante, a realizar los
mismos números musicales en un club de la ciudad en el cual celebrarían su cum-
pleaños. La maestra de ceremonia sería Mrs. Kitty, la famosa transgénero, a quien yo
no había oído mencionar nunca. Ya en el espectáculo, al cual acudió mucha gente,
me mostraba muy nervioso, pero quería llevar a cabo aquella hazaña a como diera
lugar, frente a tanto público eufórico. De niño siempre quise ser cantante y que me
aplaudieran, pero no tenía voz. También era muy nervioso de varón, pero descubrí
que vestido de mujer no tanto. Aquella era una gran oportunidad para mi narci-
sismo en aquella tremenda discoteca con artistas tan profesionales de ese ambiente
travesti y un público de locas muy exigente. Me sentí muy extraño en el camerino
rodeado de tantas artistas travestis y transexuados muy diestros en todo, y que me
miraban con disimulo, y envidia, porque tenía buena piel y buen cuerpo pese a ser
varonil. Mi vestuario era el más vistoso y mi cuerpo, aunque masculino y fibroso,
de bailarín, era muy limpio y terso, como el de las mujeres. Al final, muchos de los
que me conocían no podían creer que lo hiciese mejor que varias de las otras artistas
que estaban allí actuando. De ahí en adelante, Mrs. Kitty me invitaría a salir en sus
shows en el Club Normandie y mucho más cuando me pagaba lo que le daba la gana
(casi nada), aunque siempre me dejaba beber de gratis durante toda la gestión artís-
tica y mientras ella estuviera en el bar. En ese entonces yo ingería bastante alcohol
y fumaba como Bette Davis. Muchas de las transexuales serias no tomaban alcohol
ni fumaban porque sabían que arriesgaban el tratamiento de hormonas y el silicone
barato de Méjico que se metían en las nalgas y en los senos. No obstante, ¡curiosa-
mente ingerían otras cosas más peligrosas a la larga! Nunca me enteré de qué carajo
era lo que se metían en el cuerpo, y me alegro de ello, porque nunca desarrollé vicios
a las drogas y a otras sustancias, tan dañinas. Mi vicio era leer en ese mundo donde
casi nadie estudiaba; decían que el Quijote era el segundo libro más leído, después
de la Biblia. En realidad, no habían leído ninguno de los dos.
Para principios de los años 80, soy llamada a trabajar en algunas ocasiones
como «bateadora emergente» (sustituyendo las que se ausentaban a última hora)
en discotecas y salones de cierta importancia –pero para de vez en cuando, porque
tampoco era cuestión de todos los fines de semana–. Ya el público no me veía como
una travestida más. Esos bares eran Broadway Limited, El Infierno, La Cueva, Nor-
mandy, que no eran los clubes escondidos y clandestinos de la comunidad latina,
como antes. Mrs. Kitty –quien era más bien una transgénero con senos siliconados,
hechos en Méjico, pero creo que mantenía un pequeñísimo pene bien escondido–
dominaba totalmente el ambiente de los travestis en Chicago. Seguía invitándome
constantemente a sus espectáculos, que por lo regular eran en renombrados clubes
gais de la ciudad (dentro de lo posible, porque en verdad, a veces eran salones que no
estaban del todo bien arreglados). Y actuaba con las mejores artistas, en su mayoríatransgéneros con unos senos, pómulos y labios enormes y exagerados. Todas decían
que era mucho el dinero que Kitty ganaba y poco el que repartía (era como una
Celestina bella, parecida a Sara Montiel). Salía al escenario con los trajes más impre-
sionantes, de canutillos, confeccionados en Méjico. No doblaba bien las canciones,
pues no sabía respirar como cantante, pero se las arreglaba con habilidad para verse
bien. Tenía un cuerpo que pocas mujeres poseían y su rostro estaba maquillado
como el de una diva de cine. Antes de yo conocerla –me dijeron– podía bailar casi
desnuda (como las chicas de los burlescos), pero con buen gusto, nada vulgar. Su
rostro se veía muy bien en el escenario, pues no tenía mucha mancha de la barba.
Una que otra vez, me dijo dos o tres cositas algo insultantes (como hacía
con las demás, a quienes veía como inferiores) y yo le respondía con las miradas del
mismísimo infierno, sin hablar siquiera, pues había visto bien cómo lo realizaba
María Félix. No obstante, Kitty era buena persona, una empresaria muy exitosa,
y todos la respetaban. A mí me tenía una consideración y un cariño muy especial.
Para ella curiosamente yo era un «hombre» y no una loca como ellas. ¡Decía que yo
era un hombre talentoso! Por eso muchas de las travestis más chismosas y envidio-
sas se extrañaban de que yo estuviera casi siempre presente en esos shows importan-
tes, pues consideraban que yo no estaba al nivel de ellas. A menudo se reían de mí
cuando me veían vestido de hombre. No obstante, comenzaba a tener seguidores,
y sobre todo la pandilla, que casi siempre me acompañaba e iba a verme, eran mis
primeros fans y gastaban bastante dinero en el club, lo cual agradaba a los dueños.
También les gustaba mi música doblada, la cual era más retante, compleja, difícil
en su sonoridad y de nostalgia casi legendaria. Eran las canciones de madres, tías
y abuelas nuestras: «Amor perdido», «Perfidia», «Acompáñame», «Boca rosa», «Un
poco más», «Tú me acostumbraste», «Me importas tú», «Bésame mucho». Todavía
las doblo (lip-sync, como decían en inglés).
Por mi parte, no sabía separar bien mi masculinidad de mi femineidad y no
dejaba de ser lo que llamaban los gringos, con sentido despectivo, un crossdresser; las
otras trans me lo dejaban saber constantemente con burla y deseo de ayudarme a la
vez. Me decían qué estaba realizando, qué no se veía femenino y cómo mejorar. Para
mediados de los años 80 alcancé mayor dominio del escenario y logré aparecer en
espectáculos junto a travestis y transexuales cada vez más profesionales y talentosos
que me sirvieron de guía, pues les robaba los trucos, observando y copiándolo todo.
Nunca estudié peluquería, ni maquillaje, ni modelaje, ni nada por el estilo. Sí estu-
dié algo de baile. Era simple talento –más atrevimiento que nada– de una «loca». El
lugar que me faltaba alcanzar en performance era Le Baton Lounge, donde nunca me
invitaron (y creo que en aquel tiempo no tenía la experiencia ni el porte para salir
al lado de aquellas «mujeres» tan fabulosas, como Chili Pepper y René Dejené). Me
ha costado algo de trabajo llevar el cuerpo masculino que siempre he tenido al ima-
ginario de mi consciencia que se concibe dentro de lo femenino. Llevar el cuerpo
al aspecto aparencial que la consciencia quiere poseer exige un trabajo enorme. Pri-
meramente, se requiere creer que se ha logrado ese acercamiento para comenzar a
convencer al público de que puedes ejercer el simulacro de ser una mujer, luego de
saber una gran cantidad de trucos que requieren manejos de ilusión óptica y teatral.
Si te crees que te ves y actúas como una mujer artista y el público no lo ve así, haces
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el ridículo. Y mucho más difícil es verte como una mujer continuamente en la vida
diaria, hasta que se olvida que eres/eras, biológicamente, un hombre.
Muchas de las chicas de Mrs. Kitty poseían cuerpos muy afeminados y tal
parece que la cuestión del proceso no les resultaba tan difícil como a los que éramos
más varoniles. Sin embargo, la mayoría de ellas permanecían escondidas de día y
solo salían de noche por más femeninas que se viesen. Creo que tenían paranoia y
hasta terror de que de día en la calle se dieran cuenta de que eran, en verdad, hom-
bres. A la misma Kitty se le notaban algunos pelitos de la barba y del pecho, bajo la
luz del día. A veces su caminar en la calle resultaba algo varonil. ¡No tomaba alco-
hol porque es en ese estado de embriaguez que a las más trans se les sale el macho!
Pero todavía hoy día no he visto una trans como ella, tan dedicada y profesional,
trabajadora, buena gente en el fondo, empresaria, bella. Doblaba las canciones muy
mal, pero modelaba y bailaba muy bien, y sus trajes, como dije, eran hermosos,
hechos en Méjico y Colombia. En las entrevistas decía que siempre fue la otra, nin-
gún hombre fue suyo.
Por mi parte, observaba y copiaba todo lo que ellas hacían con sus maqui-
llajes y trucos para arreglarse el cuerpo (las caderas, los senos, las nalgas, la cintura,
el pelo). Pero en mi proceder corporal y coreográfico en el escenario, sin embargo,
no miraba ni seguía a nadie, pues ya desde niño tenía una idea de cómo actuaba
una diva cantante en las tablas, frente al público, y eso era lo que yo quería pro-
yectar. No me interesaba imitar a nadie, ni a la propia Liza Minnelli (con quien
me comparaban tanto). Mi estilo era más estilizado y elegante que el de la mayo-
ría de las que conmigo trabajaban y, sobre todo, podía doblar mejor, según me
decía la gente del público. Las canciones de ellas eran animadas y jocosas, espe-
cialmente las de las mejicanas. Mrs. Kitty me obligaba de vez en cuando a ejecu-
tar uno que otro merengue o una guaracha clásica, pues yo bailaba muy bien. Al
público no se le podía presentar tanta balada y boleros cortavenas, pues se aburría.
Era gente metida en tragos, que quería diversión, bachata, balloya, relajo, gufeo.
Al principio tuve ese tipo de público, luego poco a poco fui ganando gente más
sofisticada en sus gustos y reclamos artísticos. En las mesas más cercanas al esce-
nario se encontraba el público más serio, que acudía a ver y aplaudir las travestis
más talentosas. Ese era el público en el que yo encontraba apoyo, con sus propi-
nas y aplausos. Me imaginaba que no solo era un aplauso por la actuación en el
teatro, sino también en la vida.
La mejor de las chicas travestis y transgénero era Witney Gaytan (una de las
querendonas de Mrs. Kitty, que era la mulata más linda y afeminada de todas las
chicas de por allí). Para esa época Witney tenía senos muy bonitos, pese a las man-
chas extrañas en parte de su cuerpo, que ocultaba con maquillaje muy fuerte (Der-
mablend o algo así). Creo que el silicone que se inyectaban otras trans, procedentes
de Méjico, no era aplicado por profesionales sino por ellas mismas o por gente nada
profesional. Obtener un médico que supiese de cuestiones de transexuales era algo
complicado y costoso. Yo no tenía nada que ver con aquellas cosméticas corporales
tan excéntricas. Todavía hoy día resulta muy difícil y delicado convertirse en una
verdadera transgénero o una transexual. Pocos médicos están dispuestos a atender
la situación (especialmente a los endocrinólogos les aterran las locas y los psiquiatrasno nos entienden). En Brasil, Méjico, Ecuador, Colombia y Venezuela la cuestión
era diferente, y para allá viajaban todas las locas que podían pagar. Incluso hoy día
es así. Los gringos médicos que atienden locas cobran mucho dinero y en Puerto
Rico... ni se diga. Y por lo general muchos de estos médicos son homófobos o no
saben un carajo de nosotras y nuestras identidades.
Yo tenía una idea de cómo sobrevivían con el poco dinero que en verdad les
pagaban (pese a las muchas propinas que obtenían), pero no me metía en sus vidas
privadas ni las juzgaba. Las drogas pululaban por doquier y muchos de los buga-
rrones prostitutos terminaban con la mayor parte del dinero en sus bolsillos. En ese
ambiente no se podía ser monje ni moralista, había de todo lo que la gente «decente»
despreciaba y la «ley» perseguía (como en La Celestina). En verdad no tenía una idea
de lo complejo de la marginalidad perversa en el mundo en que me estaba metiendo,
pues también había muchos pushers, gansters y gansos de toda índole. Mucho puto
astuto. Incluso gente criminal muy peligrosa. Pero mis amigos me vigilaban y cui-
daban porque algunos de ellos sí se las sabían todas y dominaban aquel ambiente
(especialmente mis queridos amigos Jorge y Carlos, quienes ya murieron a conse-
cuencia del sida). Y así sobrevivían... y yo al margen de muchas cosas, solo pendiente
de mi imagen como travesti y artista, y más atento a mis estudios de lengua y litera-
tura. En verdad dependía económicamente de otro mundo, el académico. Me movía
en un mundo de locas y gais que en general no les importaba un «pepino angolo»
ni Don Quijote ni La Celestina o Don Juan. ¡Pero yo me divertía con todos aquellos
acontecimientos y era un tanto feliz!
Había presenciado en Chicago las protestas de los negros, cuando el asesi-
nato de Martin Luther King y el del joven Kennedy, y los levantamientos boricuas
en contra del racismo y la mala fe de convivencia social, ocurridos en Humboldt
Park a fines de los años 60 y principios de los 70. Los boricuas, al igual que los
negros, luchaban por encontrar lugares donde vivir y muchas veces se abrían paso a
palo limpio. Uno que otro sacaba el puñal y la doñita, el caldero prieto para acho-
car a uno que otro guardia o polaco racista (¡42nd Street!). Para esta época también
había surgido una comunidad gay muy visible en algunas partes de aquella ciudad
ventosa, sobre todo en las calles antes mencionadas, cerca del lago Michigan. Pero
a mi entender, en la ciudad, a la orilla del lago, no había ocurrido nada parecido al
sonado evento del 69 en el Stonewall del Village de Manhattan, Nueva York. Allí
los gais caminaban por las calles más abierta y libremente. Creo que en Chicago no
lo hacían tan sueltamente (aunque no tan a ocultas y con algo de temor como ya
vería luego que ocurría en Puerto Rico).
Para mediados de los años 70, siendo residente en Chicago, me había enterado
de la militancia política y cultural de los queers (que también se daba en las principa-
les ciudades del país). Ello se evidenciaba por la distribución –principalmente en las
paradas en junio y en los propios bares y discos– de desafiantes periódicos, revistas
y pasquines de todas clases. De fácil obtención eran las propagandas con todo tipo
de información, desde dónde conseguir un abogado gay hasta el número telefónico
de una tienda de zapatos de mujer, con tamaños superiores al número 15 (idóneos
para crossdressers y dragas en sus fiestas de Halloween). Pero en verdad, pese a toda
esta propaganda y literatura, entendía que la mayoría de los gais se mostraban más
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interesados en el hedonismo y el performance discotequeros que en la relevancia de
la militante prensa informativa. Una cosa iba con la otra porque eran las discote-
cas más adineradas las que pagaban los anuncios comerciales de estas revistas y las
actividades de los grupos y les daban movilidad. No tan cercano a estas cuestiones
había estado yo en mi vida de gay y no conocía tanto la militancia civil y política,
como muchos otros, que ya era muy avanzada y compleja. No obstante, el grupo
de gais y lésbicas al frente de todo era más que suficiente para ofrecerle sustancia
militante e ideológica al movimiento. Chicago también sería una muestra de lo que
ocurría en la emergente subcultura gay para fines de los años 60 e inicios de los 70
en muchas partes del mundo.
En Puerto Rico, para esa época, había mucho chingoteo gay y creo que muy
poco de militancia política o cívica. Esto vendría mucho después, ya siendo yo pro-
fesor universitario en los años 90. Para el año 1988 un profesor gay de mi universi-
dad, muy chingón pero closetero (todavía en el 2012), insistiría que en Puerto Rico
no había una comunidad gay. Creo que estaba equivocado, pues la había, aunque
mínimamente. Sobre todo, lo convocaba la problemática médica y social del sida. Ese
profesor nunca ha aceptado ni dicho que fue paciente de tal síndrome. Sigue vivo y
muy saludable y ha sido una persona muy valiosa en su comunidad. El estar enaje-
nado de la propia identidad gay no quita el ser una persona digna en tu comunidad.
Pero a esas alturas ya los gais en general no veían nada bien a los que se mantenían
en el clóset. Creo que fueron muchos los estudiantes y profesores universitarios que,
al asistir a mis espectáculos, daban un gesto de salir del armario sexual en que esta-
ban metidos desde niños. Tal vez esté prejuiciada, pero a los gais latinoamericanos
(por cuestiones culturales), creo que se les hace más difícil salir del clóset que a los
anglos y a los afroamericanos.
Reconozco ahora cómo la ciudad de Chicago era parte de una gran villa
contigua a otras villas quizá más amplias y poderosas (como la de los afroamerica-
nos, los mejicanos, los judíos, los polacos, etc.). Si mirabas desde lo más alto de un
edifico (como el Sears Tower) veías muchas pequeñas ciudades dentro de la gran
ciudad. En el área más visible y prominente, estaba la megaciudad de los blancos,
anglos, yanquis, wasps, europeos «felizmente» asimilados a gringolandia, etc. (como
si todos fueran iguales, que justamente no lo eran). Allá, a la orilla del lago Michi-
gan emergía la impetuosa ciudad, dominando, vigilando las demás villas esparcidas
a sus pies. Y fuera de identidades étnicas y villanas, los gais actuábamos como una
pequeña y nueva aldea cercana al lago. Ya no teníamos por qué escondernos en los
parques o en el clóset domiciliario. Y tratábamos de apoderarnos de unas cuantas
guaridas (bares, discos, cines, salones) por aquí y por allá, principalmente cerca del
lago y en el área conocida como Up Town. Pese a que representábamos a una inau-
gural subcultura en la vida pública, no dejábamos de exhibir el gesto de nuestras
propias culturas, pueblos, etnias, y lo compartíamos, más o menos, con los demás.
El nuevo sentimiento de unidad transtribal se evidenciaba mayormente mediante
nuestro grupal y continuo danzar al son negrista de Diana Ross y Donna Summer,
de Gloria Gaynor y su «I will survive», y Santana (que era más de los años 60). La
cultura gay y disco nos unía a pesar de nuestras grandes diferencias étnicas, de clase
y raciales y de ser parte de una ciudad que nos enseñaba a comportarnos de maneraracista y segregada. Creo que Chicago siempre fue racista y lo seguirá siendo. La
cosa es compleja porque éramos muchas diferencias dentro de una unidad primera-
mente imaginaria, virtual; alcanzamos un implícito convenio (ser gay) para poder
sobrevivir en nuestras «otredades». Si se conocían esos «juegos del lenguaje» no se
tendría mayores problemas. Pero era frecuente ver peleas de jóvenes por cuestiones
de raza, especialmente entre las locas «hillbillies» (blancas) y los negros del barrio
adentro. Los boricuas y los mejicanos nos reuníamos en bares como Mr. Jovanies
y The Factory. Había otros bares cuyos nombres no recuerdo porque tenían poca duración; la policía los clausuraba enseguida. Íbamos un sábado y ya el próximo
viernes estaba cercado el bar con una cinta amarilla del City Police. «Fuck! A new
bar opened... where can it be?», decíamos.
Más allá del goce cancioneril y performativo, algo de mi educación marxista
me advertía que de alguna manera actuábamos subrepticiamente manejados por un
sistema superior que, pese a su democracia y liberalismo, encerraba un imperialismo
astutamente disfrazado. Y aquellos entusiastas angloamericanos gais que nos daban
la bienvenida en sus bares y discos, pese a compartir en el bailoteo y en los encuen-
tros eróticos nuestra misma sexualidad (la de los latinos y los afroamericanos), per-
tenecían a aquella dominante y heterosexista megaciudad que hasta hace poco regía
con descaro racista y que vigilaba desde los que eran más que monumentales edifi-
cios del Downtown. ¡El Sears Tower! Desde lugares como ese impresionante centro
panóptico provenían las decisiones políticas y económicas, la blanquísima policía
y los mensajes de los medios masivos de comunicación que obviamente favorecían
la cultura blanca y heterosexual. NBC, CBS, ABC. Esos eran los espacios de los
discursos dominantes, a pesar de que en los medios se veía o escuchaba a uno que
otro negro o latinoamericano. Había dos o tres estaciones televisivas y radiales lati-
nas donde ni mínimamente se mencionaba el asunto de los gais (las cosas parecen
haber cambiado algo hoy día). Recuerdo que un locutor mejicano repetía constan-
temente, desde la seis de la mañana, en una emisora, y con un acento gracioso: «If
you drinking, no driving... and if you smoking... uju papacito: ¡cáncer, cáncer!». A
pesar de todo fueron tiempos felices para mí, independientemente de estos eventos
tan raros de que estoy hablando. Todavía me veo bailando al son de «Love to Love
You Baby», bajo la bola de cristales, y todo el mundo complaciendo (contemplando)
mi narcisismo, con sus miradas de admiración. No era el mejor bailarín, pero com-
petía con los mejores. ¡Fumaba y bebía ron Barrilito (rum and coke) como un des-
quiciado! No sé cómo sigo viva.
Intervención espacial, manipulación comunicativa, vigilancia del Poder Invi-
sible. Me preguntaba si algunos de los nuevos hermanos (las lesbianas y gais blan-
cos), aquellos hijos legítimos del Poder, nos asistirían en comunicar a los padres de
la maquinaria, a los programadores del sistema transtribal, que una megaciudad y
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REVISTA CLEPSYDRA, 21; 2021, PP. 269-293 su cultura pueden ser exitosas y atractivas en la medida en que estén dispuestas a
dialogar con las demás tribus y permitir, tolerar y propiciar el derrumbe de las cercas
y murallas que nos separaban, para que se cumpla una sintonía y conexión más glo-
bal, una genuina comunicación. Y también, muchas veces resulta necesario permitir
que algunas de esas villas (como la boricua y la mejicana) preserven sus ancestrales
y valiosas herencias culturales. Sin embargo, no había ocurrido así con los amerin-REVISTA CLEPSYDRA, 21; 2021, PP. 269-293 290
dios. A la mayoría los habían matado hace tiempo, se habían apoderado de sus tie-
rras y a los que quedaban los emborrachaban en los casinos. ¿Por qué no habría de
ser distinto ahora con nosotros? ¿Habríamos de desaparecer? En los inevitables pro-
cesos de homogeneidad que teje la historia algunos se desvanecen aniquilados por el
impasible Poder y a veces pasan a convertirse en otra cosa y nadie nota nada. Nadie
se entera. La historia pasa y las alteridades atroces y genocidas no son narradas. Lo
sucedido a los indios frente a Colón, Cortés y Pizarro nos lo demuestra así. Tal vez
de alguna manera esas voces silenciadas habrán de aparecer y salir de la tumba del
olvido para conocimiento (sufrido) de todos. ¡Los que han sido pacientes de sida y
siguen vivos saben de qué hablo!
Curioso resulta que a varios latinos nos sacaba de nuestras villas (fuera del
barrio latino) precisamente nuestra identidad sexual y todo era un escape aventurero
de aquellos hijos gais de la megaciudad que no podían seguir viviendo con sus his-
panos padres heterosexistas. A un latino o a un negro podía prohibírsele la entrada
a un establecimiento comercial de blancos heterosexuales, pero en general no a una
discoteca o bar gay. Tal vez, sin darnos cuenta, más que a un llamado fraternal acu-
díamos a la comunidad mariconil o jota, siguiendo la convocatoria de tantos eslóga-
nes comerciales sin genuino interés en raza o género, solo en el semiocapital de que
todos podíamos gastar siendo gais, éramos un nuevo público para explotar comer-
cialmente. Resonaban en nuestros oídos «Give me a Bud Light», «Fly the friendly
skies of United», «Eastern, las alas del hombre», «Winston tastes good, like a cigare-
tte should». Gais o heterosexuales acudían a esos llamados. Pero, de todas maneras,
había un mercadeo con una política diferente que nos convenía y nos interpelaba
con nuestros lenguajes mariconiles. ¡Quién sabe cuáles serían las consecuencias de
la aceptación del llamado!
Tenía al querido Pat, que me amaba mucho, pero yo no le reciprocaba ese
amor (así lo veo hoy día, mas no lo pensaba bien en aquel entonces). En esas cosas
yo solía ser muy extraño porque era muy autosuficiente e independiente, y en el
amor no se puede ser así. Y llega un momento en que un amante te pide algo más
que sexo y salir a las discotecas. ¡A la larga me he quedado solo por ser tan mal
amante, en ese sentido! Shame on me! Finalmente dejé a Chicago luego de que
tenía algo de control y había aprendido tanto y me sentía a gusto, a pesar de que
mi amante me jodía la vida con peticiones amorosas y platónicas que yo no podía
entender. «¡El amor es... cuatro letras bien bonitas!», decía entonces y lo repito.
Hoy día lo recuerdo con mucho amor y ¡quisiera que estuviera conmigo! Murió en
1994, a consecuencia de otra pandemia, el sida, que hoy día incluso los gais pare-
cen haber olvidado.
Para mediados de los 80 fui a Puerto Rico a trabajar a la Universidad Inte-
ramericana, pero siempre que podía regresaba a Chicago (en días feriados, los vera-
nos y las navidades). Mrs. Kitty me recibía con los brazos abiertos, además de mis
amigos (muchos de ellos ya con los rostros extraños y cadavéricos, pues los asediaba
el sida). No sé por qué en 1983 me fui una vez más de Chicago. Creo que fue un
error y ya sigo anclado en esta isla (Puerto Rico) tan adversa para lo que hago como
marica. Todavía tenía mucho que aprender: para mí la academia era más importante
y el travestismo seguía siendo entretenimiento y juego (al menos eso creía). A todosmis amigos de Chicago, cuando iba allá de vacaciones, les encantaba ir a buscarme
al aeropuerto, irse de parranda conmigo, y se peleaban por cargar mis maletas llenas
con más ropa de mujer que de hombre. Yo volvía a ser feliz allá en Chicago y echaba
de menos la ciudad (en Puerto Rico era otra cosa). Cuando podía, en la «ciudad de
los vientos», iba también a la librería de la Universidad de Chicago (The Seminary),
donde había estudiado por un año, y me fui porque nunca me quisieron algo, pese
a que el profesor Ricardo Gullón me defendía muchísimo. Iba a comprar libros de
semiótica, de estructuralismo, de Lacan y Foucault, traducidos al inglés, porque en
francés eran sencillamente imposibles de entender, no solo por la lengua sino por
lo complicado de los conceptos. Las ideas de estos teóricos me ayudaban a enten-
der de las nuevas identidades que a los gais nos interesaba exponer en la sociedad
machista y tan heteronormativa en que vivíamos. Peor que hoy día. Hemos ganado
territorio. Incluso en Puerto Rico. Hoy leemos a Judith Butler, Luce Irigaray y Julia
Kristeva sin problemas.
No encontré en Borinquen una comunidad gay como la que había dejado
en Chicago o la que había presenciado en Nueva York. De la mariconilmente con-
currida calle Broadway en Chicago o del dinámico Village en Nueva York –con
toda la organización subcultural detrás de estos espacios que habían ganado tanto
en su lucha por el vivencial y derechos gais– pasaba a un Puerto Rico de maricones
tan closeteros e invisibles como jamás pude imaginar. Yo no era particularmente
el marica más leído y extrovertido del mundo, pero en gringolandia había ingre-
sado a un proceso de concienciación y destape que, una vez «reinstalado» en la isla,
me llevaron los demás a frenar y detener. ¿Qué había pasado con mi proceso? Y
ello se manifestaba incluso en las cosas más simples. En Chicago, para emplear un
ejemplo superficial de la misma cultura gay de discotecas, cuando me lanzaba a la
pista de baile, danzaba como una prima ballerina y hacía gala de mi destreza en ese
actuar tan artístico y atlético y nadie me criticaba, ¡al contrario! Y eso que podía ser
modesto en este performance, cuando estaba allá en Chicago, frente al talento de
los maricas macharranudos (con sus peludos pechos desnudos y los mahones viril-
mente apretados) que bailaban lo más pateril y mariconilmente posible en la libre
pista, mientras maniobraban majestuosos y amplios abanicos chinos o de plumas
de todos colores, como señal de sus nuevas destrezas físicas y de nueva psicología y
proeza plumerilmente gay. «¡YMCA!» gritaban y danzaban. Entre ellos se destaca-
ban los llamados bears (hombres gorditos, masculinos y peludos). En una discoteca
como Bistro cerca del Downtown en Chicago los maricones bailaban y se animaban
y había allí una química socioerótica y embriagante que sabía a comunidad nues-
tra a pesar de todo el racismo escondido y también público en la ciudad. En Puerto
Rico me encontré con las discotecas Bachelors y Boccaccio. Eran muy modernas y
festivas, pero el público se comportaba de un modo más comedido en cuestiones
queer. Nunca en mi vida había presenciado bailarines de salsa tan diestros como los
que vi allí. Cuando yo bailaba sentía que me miraban con extrañeza. No entendían
cómo un bigotudo tan masculino podía bailar, como una loca desquiciada, música
disco. Me sentí muy infeliz y me refugié más con mis alumnos de la academia que
sí me aceptaban como profesor. Creo que fui de los primeros profesores (o el pri-
mero) que dejó saber abiertamente que era gay y travesti.
REVISTA CLEPSYDRA, 21; 2021, PP. 269-293 291REVISTA CLEPSYDRA, 21; 2021, PP. 269-293 292
Pese al disimulo y las apariencias, el cruseteo (cruising) era de mayor inten-
sidad que en Chicago y Nueva York, pero peculiarmente disimulado. En el fondo
la actividad sexual era la misma; nos sentíamos libres y no veíamos como pecado
tener sexo con nuestros iguales. No obstante, en esas otras ciudades el empareja-
miento se expresaba de manera más abierta y franca, y hasta descaradamente frí-
vola y sexualizada. En Chicago, una vez alguien me diría: «Would you like to have
with me a deep relationship full of meaning for half an hour?». No supe qué con-
testar a propuesta sexual tan ingeniosa, frívola pero franca. Cosas de locas grin-
gas aguzás y con mucha sapiencia en la gran ciudad. ¡Ahora probablemente están
tod@s muertas! ¡Lástima! Yo sobreviví física y mentalmente, pero me he quedado
con todos esos fantasmas (como en Pedro Páramo, cuyo protagonista pudo haber
sido una loca algo macharrana).
En realidad, pensaba que después de todo regresaría en dos o tres semanas
a Chicago, a mis bares Broadway Limited, The Loading Zone, The Factory, The
Baton, a las mariconiles calles Clark y Holdsted. Nada más lejos de ese deseo, pues
por años he permanecido en la «encantada» isla, desde 1983 hasta hoy día. Ese ha
sido mi destino a pesar de que he intentado irme unas cuantas veces. Siempre pasa
algo que interrumpe mi regreso a gringolandia. Algún día me iré y moriré por allá y
me enterrarán en un solitario y gringo cementerio y padeceré una vez más la muerte
de un emigrante abandonado y congelado por el frío, doblemente jodido (emi-
grante y gay). ¡Quién sabe si me equivoco y he sido agraciado! A veces quisiera que
mi entierro fuera en Aguas Buenas o en Comerío, Puerto Rico. Pero ¡qué importa!
Al menos espero que me entierren en alguna parte de este planeta, pues ¡qué más
da dónde carajo te sepulten!
Poco a poco, para fines del siglo xx y de las dos décadas que tenemos encima,
además de ser reconocido como un destacado profesor y crítico en la academia puer-
torriqueña (y en Estados Unidos), también me he convertido en la Isla en una especie
de Mrs. Kitty. He trabajado como artista en las mejores discotecas y salones gais, así
como en algunos teatros y obras dramáticas. Hace ocho o nueve años, se me ocurrió
ir vestida de mujer a dar mis clases. Desde entonces no he vuelto a presentarme con
vestimentas de hombre en ningún sitio. Todo el mundo me reconoce, y me acepta,
como una señora muy distinguida tanto en el performance teatral como en el dia-
rio vivir. Como ya dije antes, he realizado ciertas intervenciones quirúrgicas y cos-
méticas en mi cuerpo, que me hacen una transgénero. En el proceso he aprendido
que los trans tenemos que desarrollar una nueva identidad sociocultural y discur-
siva porque no somos mujeres ni nos sentimos como tal. Seguimos siendo «hom-
bres» gais-transgéneros. Algunos trans sí aspiran a ser como una mujer y emplean
todos los recursos médicos y psiquiátricos que tienen al alcance. Ya casi nadie me
llama Luis Felipe, sino Lizza Fernanda. Viví un año (2019) cerca de la ciudad de
Miami y allí fui acogida por la comunidad de performeros travestis y transgéneros
y me fue muy bien como artista (junto a una colombiana travesti llamada Agatha).
Mis destrezas y seguridad escénicas me han ayudado a tener gran éxito con todo
tipo de público de la comunidad en general. Después, me he trasladado a la ciudad
de Nueva York y he podido trabajar como profesora de sociología en el legendario
Hostos Community College. Viajo en el tren y mucha gente me mira, pero me handicho que no es porque se me vea el macho bajo el maquillaje y la vestimenta sino
porque parezco una señora muy elegante y teatral. Y así me ven también en el Cole-
gio..., como una señora, diva y legendaria.
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