lunes, 7 de mayo de 2012

Purertorriquenidad y transculturacion queer. Luis F. Diaz/Lizza Fernanda


Memorias: Puertorriqueñidad

y transculturación mariconil.

Luis Felipe Díaz/ Lizza Fernanda
De: Luis Felipe Díaz
Departamento de Estudios Hispánicos
Universidad de Puerto Rico
Río Piedras

Lizza Fernanda

En un típico atardecer de principios de julio (del año 1983) abordé un tren Amtrak desde Chicago hasta la ciudad de Nueva York. Acababa de presentar mi tesis doctoral en la Universidad de Minnesota y, aunque mi ruta final era Puerto Rico, antes decidí encontrarme con mis amigos Alberto y John en Nueva York. El primero, un puertorriqueño que, luego de haber terminado su doctorado en literatura, había encontrado empleo en un prestigioso colegio del área. El segundo: un norteamericano minnosetano que hacia un año había sido empleado por una empresa de arquitectos en la Gran Manzana y ya residía en esa ciudad. Ambos eran amantes y se habían conocido para finales de los años 70 en el Gay 90s de Minneapolis. Aproveché la oportunidad para sondear la famosa ciudad de Nueva York, después de haber conocido tan bien la urbe de Chicago desde 1965. Sí, conocía a Nueva York por medio de la cultura disco que nos había acaparado en los años 70 y cuya música tanto se tocaba en las discotecas, además de las muchas películas que mostraban de esa urbe y sus situaciones. Para mí era un signo del éxtasis gay y del placer de ser (existir) en la ciudad moderna, nuestro gran refugio para encontrar al Hombre (en el sentido genérico más que en el filosófico).
Y al inicio de la travesía de esa noche, en el incómodo tren, mis inquietos y mariconiles sentidos, bien adiestrados en la comunidad gay de Chicago, me llevaron a advertir que el hermoso joven que servía de camarero era uno de aquellos guapos gays capaces de encontrar un compañero sexual con sólo desearlo y mirarlo. Y yo, con mi look de flaco bigotudo, y de casi un hunk latino, me convertía en un posible candidato. Al parecer alguien se adelantó y me ganó la partida, pues nada ocurrió en aquel largo viaje por la ruta del plano y aburrido territorio que llevaba por el medioeste a la gran ciudad del Este. Durante las últimas cuatro horas abandoné mi solitario camarote y me mudé al vagón donde tenían asiento regular los demás pasajeros. Siempre me ha encantado mirar como se ven pasar las casas gringas y los pequeñitos pueblos del País. Algunos, tan chiquitos, que si pestañeas ni los ves.
Desde el punto de vista personal, de experiencias y trabajo, Chicago había sido emocionante y fructífero en mi vida. No tenía ningún reparo en regresar e ir a la Isla, pero solo de pasada. A Nueva York sólo iba también de paso pues no lo conocía ni me gustaba tanto por lo poco que sabía, como para residir permanentemente alí. Mis amigos, por el contrario, pensaban instalarse en la ciudad, pues habían alquilado un apartamento cerca de la estación de guaguas de la calle 42. Y al llegar, inmediatamente me sentí como pascua en diciembre, rodeado por tantos habitantes de ágil, dinámico y revuelto ambiente citadino. Pero todo era bastante distinto a Chicago. Por otra parte, yo no sabía que mi maestro de Minnesota, Anthony Zahareas, me había conseguido un trabajo en Williams College... luego me enteré y me dije qué bueno que la información no llegó a mí porque ese era otro mundo que no estaba en mi registro mental. Creo que me hubiesen despedido prontamente y hubiese sido una vergüenza. Poco me hubiese importado.
Aquella urbe era la renacida Babilonia, de impresionantes rascacielos (no tan estéticos como los de Chicago), amplias avenidas, transportación todas las horas del día, mercancías de todas clases y lugares, caras y baratas, legales y robadas, buenas y malas. ¡Flores, golosinas, revistas, todo a la venta en plena calle, todo más público y menos encerrado que en Chicago; exóticas comidas de diferentes etnias, olores agradables (y algunos, en el trasfondo, ofensivos), sorpresivos e inquietantes sonidos de implosiva urbe! ¡Y por las calles… angloamericanos de todas partes del país, junto a afroamericanos, latinoamericanos, europeos, asiáticos, niuyoricans, boricuas isleños, llamativa y entremezclada gente de diversas razas y clases sociales…! Chicago era una ciudad más segregada. ¡Y en el Greenwich Village de N. Y. , tantos bares y discotecas gays disponibles! Muy distinto al barrio gay de la “ciudad de los vientos”, entre las calles Clark, Broadway y Halsted de Chicago, donde todo estaba más o menos escondidito, muy encerrado en los duros edificios de ladrillos rojos y alineados en avenidas muy rectas. No obstante, los maricas de todas conductas y actitudes se habían apropiado de las calles Broadway y Clark y la pasarela de gente era muy mixta y simpática. Ahí deseaba encontrar un apartamento, pero primero tenía que a Neva York y luego a Puerto Rico para complacer a mi madre (y a "desafiar" aun más a mi raro padrastro).
En verdad, para esa época estaba bastante consciente de encontrarme en una de las ciudades (Nueva York) más militantes y cautivantes en cuanto a las batallas por el alcance de adelanto social y de luchas en la gesta mariconil. Varios años antes había presenciado en Chicago las protestas de los negros, cuando el asesinato de Martin Luther King y el del joven Kennedy, y los levantamientos boricuas en contra del racismo y la mala fe de convivencia social, ocurridos en Humboltd Park a fines de los años 60 y principios de los 70. Los boricuas, al igual que los negros, luchaban por encontrar lugares dónde vivir y muchas veces se abrían paso a palo limpio (uno que otro sacaba el puñal y la doñita, el caldero prieto para achocar a uno que otro guardia o polaco racista). (¡42nd Street!). Para esta época también había surgido una comunidad gay muy visible en algunas partes de aquella ciudad ventosa, sobre todo en las calles antes mencionadas, cerca del Lago Michigan. Pero a mi entender, en la ciudad, a la orilla del lago, no había ocurrido nada parecido al sonado evento del ‘69 en el Stonewall del Village de Manhattan.  Los gays caminaban por las calles más abierta y libremente. Creo que en Chicago no lo hacían tan libre y sueltamente (aunque no tan a ocultas y con algo de temor como ya vería luego que ocurría en Puerto Rico).
Ya para mediados de los años 70, siendo residente en Chicago, me había enterado de la militancia política y cultural de los queers (también en las principales ciudades del país). Ello se evidenciaba por la distribución, en las paradas en junio y en los propios bares y discos, de desafiantes periódicos, revistas y pasquines de todas clases. De fácil obtención eran las propagandas con todo tipo de información, desde dónde conseguir un abogado gay hasta el número telefónico de una tienda de zapatos de mujer, con tamaños superiores al número 15 (idóneos para cross dressers y dragas en sus fiestas de Halloween). Pero en verdad, pese a toda esta propaganda y literatura, entendía que la mayoría de los gays se mostraban más interesados en el hedonismo y el performance discotequeros, que en la relevancia de la militante prensa informativa. Pero un cosa iba con la otra porque eran las discotecas más adineradas las que pagaban los anuncios comerciales de estas revistas y las actividades de los grupos y les daban movilidad. No tan cercano a estas cuestiones había estado yo en mi vida de gay y no conocía tanto la militancia, como muchos otros, que ya era muy avanzada y compleja. No obstante, el grupo de gays y lésbicas al frente de todo era más que suficiente para ofrecerle sustancia militante al movimiento. Chicago también sería una muestra de lo que ocurría en la emergente subcultura gay para fines de los años 60 e inicios de los 70 en muchas partes del mundo. En Puerto Rico para esa época había mucho chingoteo gay y creo que nada de militancia política o cívica. Esto vendría mucho después, ya siendo yo profesor universitario en los años 90. Para el año 1988 un profesor gay de mi universidad, muy chingón pero closetero (todavía lo es en el 2012), insistiría que en Puerto Rico no había una comunidad gay. Creo que estaba equivocado, pues la había, aunque mínimamente. Ese profesor nunca ha aceptado ni dicho que fue paciente de sida.
Reconozco ahora cómo la ciudad de Chicago era parte de una gran villa contigua a otras villas quizás más amplias y poderosas (como la de los afroamericanos, los mejicanos, los judíos, los polacos, etc). Si mirabas desde lo más alto de un edifico (como el Sears Tower) veías muchas pequeñas ciudades dentro de la gran ciudad. En el área más visible y prominente, estaba la mega-ciudad de los blancos, anglos, yanquis, wasp, europeos “felizmente” asimilados a gringolandia, etc. (como si todos fueran iguales, que justamente no lo eran). Allá, a la orilla del lago Michigan emergía la impetuosa ciudad, dominando… vigilando… las demás villas a sus pies. Y fuera de identidades étnicas y villanas, los gays actuábamos como una pequeña y nueva aldea cercana al lago. Ya no teníamos por qué escondernos en los parques de las villas o en el closet domiciliario. Y tratábamos de apoderarnos de unas cuantas guaridas (bares, discos, cines, salones) por aquí y por allá, principalmente cerca del lago y en el área conocida como Up Town. Pese a que representábamos a una inaugural subcultura en la vida pública, no dejábamos de exhibir el gesto de nuestras propias culturas, pueblos, étnias, y lo compartíamos, más o menos, con los demás. El nuevo sentimiento de unidad transtribal se evidenciaba mayormente mediante nuestro grupal y continuo danzar al son negrista de Diana Ross, Donna Summer, de Gloria Gaynor y su “I will Survive”, y Santana (que era más de los '60).  La cultura gay y disco nos unía a pesar de nuestras grandes diferencias étnicas, de clase y raciales y de ser parte de una ciudad que nos enseñaba a comportarnos de manera racista y segregada. Creo que Chicago siempre fue racista y lo seguirá siendo. La cosa es compleja porque éramos muchas diferencias dentro de una unidad imaginaria, virtual; alcanzamos un implícito convenio para poder sobrevivir en nuestras "otredades". Si se conocían esos "juegos del lenguaje" no se tendría mayores problemas. Pero era frecuente ver peleas de jóvenes por cuestiones de raza, especialmente entre las locas "hillbillies" (blancas) y los negros del barrio adentro. Los boricuas y los mejicanos nos reuníamos en bares como Mr. Jovanies y The Factory (había otros que no recuerdo porque tenían poca duración; la policía los clausuraba enseguida. Ibamos un sábado y ya el próximo viernes estaba cercado el bar con una cinta amarilla del City Police. "¡Fuck! ¡Next bar to be opened... where can it be!", decíamos).
Más allá del goce cancioneril y performativo, algo de mi educación marxista me advertía que de alguna manera actuábamos subrepticiamente manejados por un sistema superior que, pese a su democracia y liberalismo, encerraba un imperialismo astutamente disfrazado. Y aquellos entusiastas angloamericanos gays que nos daban la bienvenida en sus bares y discos, pese a compartir en el bailoteo y en los encuentros eróticos nuestra misma sexualidad (la de los latinos y los afroamericanos), pertenecían a aquella dominante y heterosexista mega-ciudad que hasta hace poco regía con descaro racista y que vigilaba desde los que eran más que monumentales edificios del Downtown. ¡El Sears Tower! Desde ese impresionante centro panóptico provenían las decisiones políticas y económicas, la blanquísima policía y los mensajes de los medios masivos de comunicación que obviamente favorecían la cultura blanca y heterosexual. NBC, CBS, ABC. Eso era a pesar de que en los medios se veía o escuchaba a uno que otro negro o latinoamericano. Había dos o tres estaciones latinas donde ni mínimamente se mencionaba el asunto de los gays. (Las cosas parecen haber cambiado algo hoy día). Un locutor mejicano repetía constantemente, desde la seis de la manãna, en una emisora, y con un acento gracioso": "If you dinking, no driving... and if you smoking.... uju papacito:  ¡cáncer, cáncer!". Fueron tiempos felices para mí independientemente de esto tan raro de que estoy hablando. Todavía me veo bailando al son de Love to Love You Baby, bajo la bola de cristales, y todo el mundo complaciendo (contemplando) mi narcisismo.
 Intervención espacial, manipulación comunicativa, vigilancia del Poder Invisible. Me preguntaba si algunos de los nuevos hermanos (las lesbianas y gays blancos), aquellos hijos legítimos del Poder, nos asistirían en comunicar a los padres de la maquinaria, a los programadores del sistema trans-tribal, que una mega-ciudad y su cultura pueden ser exitosas y atractivas en la medida en que estén dispuestas a dialogar con las demás tribus y permitir, tolerar y propiciar el derrumbe de las cercas y murallas que nos separaban, para que se cumpla una sintonía y conexión más global, una genuina comunicación. Y también, muchas veces resulta necesario permitir que algunas de esas villas (como la boricua y la mejicana) preserven sus ancestrales y valiosas herencias culturales. Sin embargo, no había ocurrido así con los amerindios. A la mayoría los habían matado hace tiempo, se habían apoderado de sus tierras y a los que quedaban los emborrachaban en los casinos. ¿Por qué no habría de ser distinto ahora con nosotros? ¿Habríamos de desaparecer? En los inevitables procesos de homogeneidad que teje la historia algunos se desvanecen aniquilados por el impasible Poder, y a veces pasan a convertirse en otra cosa y nadie nota nada. Nadie se entera. La historia pasa y las alteridades atroces y genocidas no son narradas. Lo sucedido a los indios frente a Colón, Cortés y Pizarro nos lo demuestra así. Tal vez de alguna manera esas voces silenciadas aparezcan para conocimiento (sufrido) de todos). 
Curioso resulta que a varios latinos nos sacaba de nuestras villas precisamente nuestra identidad sexual y todo era un escape aventurero de aquellos hijos gays de la mega-ciudad que no podían seguir con sus hispanos padres heterosexistas. A un latino o a un negro podía prohibírseles la entrada a un establecimiento comercial de blancos heterosexuales, pero en general no a una discoteca o bar gay. Tal vez, sin darnos cuenta, más que a un llamado fraternal acudíamos a la comunidad mariconil o jota siguiendo la convocatoria de tantos eslóganes comerciales sin genuino interés en raza o género, sólo en el semio-capital de que todos podíamos gastar siendo gays, éramos un nuevo público para explotar. Resonaban en nuestros oídos: ”Give me a Bud Light”, “Fly the friendly skies of United”, “Eastern, las alas del hombre”, “Winston tastes good, like a cigarette should”. Gays o heterosexuales acudían a esos llamados. Pero de todas maneras, había un mercadeo con una política diferente que nos convenía y nos interpelaba con nuestros lenguajes mariconiles. ¡Quién sabe cuáles serían las consecuencias de la aceptación! Con estos conocimientos y experiencias iba yo ahora a la ciudad de New York con mis amigos John y Alberto.
Pues volvamos a mi llegada a Nueva York. En sus hábitos y modos de ser, los gays niuyorkinos eran parecidos a los de Chicago, aunque menos segregados (tal vez en una apariencia que me "engañaba" a mí pero no a los que allí vivían). Similares eran los blancos descendientes de anglos, germanos y europeos mediterráneos (italianos, principalmente); algunos simpáticos y en general pro-latinos y pro-negros; otros (tal vez los menos) antipáticos y racistas. Semejantes a los de Chicago, se mostraban los afroamericanos, algo integrados a la comunidad gay multirracial, pero diferentes (más que en lo racial, en lo psicosocial, en su ethos), y siempre algo cautelosos; algunas veces, a la defensiva, otras cercanos y a la vez distantes. Muy complejo todo. Los boricuas también lo éramos. Pero en la celebración mariconil, siguiendo el “Enough is Enough” de Barbara Streisand y Donna Summer, y el embrujo embriagador de vodka Absolut, actuabamos igual de gozosos (de gays) que todos los demás. En realidad, la mayoría de los blancos, asiáticos y latinos, ni aun después de ver la película Roots, parecían tener consciencia de las vejaciones a que fue (y sigue siendo) sometida la raza afroamericana. No creo que estuvieramos tan conscientes de que la defensa de la identidades racial, étnica y genérica eran similares en todos nosotros.
Las drag queens negras sí que eran, como en Chicago, ¡un escándalo de jocosidad mariconil, aguerrida bichería y divinamente malditas! Lo digo con admiración y alegría. No es para meterse en problemas con una drag queen negra si no se está bien equipado con los más refinados instrumentos de ironía y sarcasmo queer. Y las latinas no se quedaban atrás, sobre todo las puertorriqueñas. Eran las más visibles, por revoltosas, y las más extravagantes (fabulous), extremadamente conscientes de desfilar en constante pasarela pública, conduciéndose como seguras ganadoras de los concursos de belleza que en el fondo de sus consciencias compulsivamente escenificaban. Junto a las negras, eran las divas de la principal aldea mariconil. A las dragas más blancas no se les veía mucho en los bares y discotecas del centro de la ciudad niuyorkina (excepto en el bar The Monster). (No así en Chicago). Creo que las blancas de Nueva York en general tenían sus lugares (como Fire Island y Long Island) a dónde ir y no mezclarse con nosotras. Iban al Monster pero no tanto a Stone Wall. Allí iban más dragas negras y varores gays afroamericanos. Pero muchas de las blancas (especialmente lésbicas) (y ellos) tenían conquistado más espacio que nosotr@s las no-blancas porque habían comenzado mucho antes en la batalla mariconil (desde la segunda Guerra Mundial o anteriormente).
En Nueva York los gays masculinos eran los más simpáticamente atrevidos. Sobre todo, sabían dirigirse con aplomo en cuestiones de conquista erótica o amorosa y tenían un estilo citadino y niuyorkino muy particular, en el vestir y el actuar. Tal vez habían sido víctimas en menor grado  del relajo y el escarnio (o lo fueron de otra manera). Así procedían los blancos “Good American” que, en general, resaltaban sobre todos los demás, un poco de manera arrogante, y que provenían (un gran grupo de ellos) de los más recónditos campos, montes y ciudades blaquitas de la nación (muchos del medio-este abajo). Muy cercanos a ellos, los preppies, nerds, yopis, estilistas, modistas, comunicadores públicos, teatreros, trabajadores sociales, floristas, vendedores, músicos, cantantes fracasados pero con deseos de triunfar algún día, etc. (en su mayoría blanquitos). Luego de sus trabajos, a eso desde las cinco de la tarde, comenzaban a poblar el Village (sobre todo el bar The Monster y Stone Wall; que tenían diferentes públicos, los del primer bar eran más blanquitos y riquitos, los del segundo eran negros y latinos (algunos blancos algo callejeros), con menos dinero y different attitude). Y no tan abiertos a los demás, por allí también pululaban los leather gays (blancos, negros y latinos), una elite aparte (igual a los de Chicago), que se distinguían por sus muchas veces exagerado atuendo de cuero, como otro tipo de travestismo. En muchos era pura indumentaria, pero en una minoría era cosa seria de prácticas sexuales distintas, atrevidas, y hasta peligrosas. Tenían sus propios bares pero yo no me quedaba allí ni loca (que lo estaba, en parte). Eran lugares de sexo masoquista, sadista, exhibicionista, fetichista y muchas otras yerbas. En Chicago conocí unos cuantos de esos locales; pero no era lo mío. Me había encontrado con muchos de ellos y sus espacios cuando vivía (1975-76) en San Francisco (por allí iba Foucault, me entero muchos años después), en Castro Street. Me identificaba y asociaba más con las locas afeminadas y travestis. Fui a unos bares donde vi prácticas sexuales que no me atrevo a contar, ni siquiera  recordar. Pero mi participación en todo seguía siendo la de un tímido emigrante que prefería mantener su ethos de latinoamericano campesino, ya bastante acostumbrado a la ciudad. Esto es en el sentido literal  y simbólico (como viajante) y en el de la sexualidad concreta también. Tampoco fui tan santo. Hubo uno que otro pecadillo excéntrico en esos lugares tan extraños y atrevidos.
Todo esto lleva a uno a pensar que nada como el otro afuerino, procedente de otros pueblos, el que emigra, para cobrar plena consciencia de otro tipo de existencia, de otra piel, de otra vestismenta. Mientras más otreico, diferenciado, abyecto, y emigrante (el que llega de afuera), más visible se es ante los que han estado desde antes allí (los que han olvidado que los suyos una vez fueron emigrantes). Este ser afuerino, que llega como un ser nuevo (e intruso tal vez), bien nos puede causar temor o simpatía. Igual que cuando de niño o adolescente comenzamos a ver nuestra otredad gay, el que somos y que comienza a brotar como un signo o símbolo en el imaginario. Y lo odiamos más de lo que pudiéramos amarlo. Quizás la aceptación o rechazo del afuerino dependa de las contrucciones mentales que desde la niñez nuestras familias y comunidades nos han legado e inculcado. Emigrar, tanto a un territorio, como a una identidad sexual, o a un cambio de vestimenta, de sexualidad, significa cobrar consciencia de que tendemos a desear que algo que poseemos perdure, que sea fijo o, por otra parte, que evolucione y se transmute, que realmente viaje y emigre a su lugar. Hay emigraciones más importantes y complejas que la de simplemente tomar un tren hacia Chicago o un avión hacia Nueva York o …para donde sea. Aprender a ser gay significa prepararse para emprender también un viaje migratorio del que nunca se regresa. Muchos le temen a este evento y por eso preferirían casarse y tener hijos, y hacer lo mismo que la establecida y convencional comunidad heterosexual les pide. Por otra parte, muchas veces, cuando a los quince o dieciséis años (incluso a los 26, como yo) te enteras inevitablemente de que te has (inconscientemente) preparado para instalarte en territorio mariconil o gay, precisa equiparse para una emigración y transculturación con varios caminos y destinos. Sólo los Testigos de Jehová y otros fundamentalistas te prometen un boleto de feliz regreso al hogar heterosexual. Pero ya sebemos que cínica o ignorantemente, mienten. ¡Son ignorantes o despistados pues no tiene por qué haber vuelta atrás! Muchas veces no puedes comprar boleto de vuelta!
En Nueva York City y algunas áreas adyacentes como Queens y Brooklyn, contrariamente a Chicago, los boricuas de la ciudad resaltaban, sobre los demás latinos. En apariencia y de manera muy peculiar parecían dominar el territorio. Y no sólo porque se imponían con su estilo tan a lo ghetto (siempre en nervioso movimiento, incluso más que los negros), sino principalmente por el “¡mira! ¡mira!”, algo que constantemente vociferaban por todas partes. ¡Mira esto, mira aquello, mira esto otro!  Creo que es un ansioso e inquieto griterío que connota el resistirse a permanecer fijos en el lugar que no quieren que les pertenezca, a reclamar la atención de todos sobre lo que ha sido su destino: transmigrar …mudarse …cambiar (así como las drag queens). La estabilidad y seguridad territorial y mental, en un tiempo anterior a la mudanza del lugar de origen, aquellos boricuas (y algunos otros emigrantes) creyeron tenerla en el espacio isleño, en la montaña, con sus padres, esposas, hijos, vecinos, amigos y compadres. Era el ámbito feliz de la gran familia puertorriqueña acostumbrada, depués de ancestrales viajes de sus antepasados desde España, Africa y el Caribe, al paradisiaco suelo isleño. Se nos olvida que tras la estabilidad venerada (y pasajera) se oculta la turbulencia e incertidumbre de un antes e incluso de un ahora que no podemos ver. Unos viajan más rápido que otros, pero todos nos trasladamos constantemente en todos los aspectos de la vida. Y los boricuas parece que lo hacemos llamando la atención del viaje, ocularmente:  "mira, mira, mira!" ¡Mira lo que me pasa! Todavía no se tiene convicción de ser y existir plenamente porque se sabe en lo profundo que algo falta, algo no se cumplió en un entonces. Tal vez algo parecido les puede pasar a los gays... aunque todo es una ficción, una narrativa, una metáfora desconocida. El pasado y el futuro dependen del ahora que en este momento planifiquemos. ¡Estamos siendo!
Bien recuerdo ahora que en esos casi idealizados tiempos de felicidad cuando no se sabía que se emigraría tanto, los patos (así nombran a los gays en Puerto Rico) no vivían, sin embargo, en la residencia patriarcal (no había closets en la casa, más bien se imponían masculinos chiforobis y gaveteros de caoba). Se les asediaba (mediante chistes y sarcasmos muy clichés, casi siempre) y se les poseía en lo oculto del monte (otras de las secretas migraciones de antaño), en lo recóndito del cuerpo social de la cultura jíbara, cuyo perfil mariconil no es muy mostrado por el folclore, ni tan siquiera mencionado.
Las transmigraciones y trasculturaciones ocurren también en los microcosmos anteriores a la visible mudanza. Lo que ha existido ha sido un intermitencia entre atracción y repulsión ante el emigrante social… o el sexual. Mas a pesar de todo, el que emigra a otra parte desarrolla inmediatamente instinto de sobrevivencia. Por eso nunca he estado de acuerdo con la literatura nuestra que aborda el tema de la emigración. Los escritores puertorriqueños de la Isla se han encargado de representar lo que consideran la miseria y sufrimiento del que “se embarca”. Basta leer las narrativas de Pedro Juan Soto, René Marques o José Luis González. Pero su postura representa la voz de una élite letrada muy regionalista y temerosa de las mudanzas (muy acostumbrada a la casa de la gran familia nacional o necesitada ansiosamente de crear esa casa en la hacienda). En mi caso puedo decir que percibí a los emigrantes boricuas nuestros, acogidos por la nostalgia y el sentimiento de rechazo racial-cultural (en Chicago o New York), pero no por el trágico sufrimiento o la inaplazable ansiedad por regresar. La carreta en verdad nunca retornó, sigue rodando por el territorio estadounidense, donde abundan algunos blancos que desean matar indios (y unos cuantos boricuas y negros junto a ellos). Pero los boricuas ya han aprendido a evadir muchas de las balas de los revólveres de  los baqueros. Algo parecido le ocurre al que se ve obligado a emigrar al suelo mariconil… emprende un viaje sin retorno, y se puede convertir en deambulante sin tierra prometida. Tal vez eso sea lo que se siente cuando se aborda el pendulante avión que va y viene pero terminará yéndose allá (quien sabe a dónde)... "¡Mira! ¡Mira!"
La emigración proporciona también nuevas perspectivas, alegrías y recompensas materiales bien recibidas cuando en el solar nativo se vivió sumergido en el fondo del caño, en el anquilosado arrabal, bajo el fuete de Montesa y la ñoñería de Juan del Salto (personaje de una novela criolla y naturalista, llamada La charca de 1896), quienes aún perviven en nuestro inconsciente colectivo (me refiero a personajes esa novela del escritor tan nuestro, Manuel Zeno Gandía). Todavía hoy día nuestra tierra me parece dirigida por un hacendado. No hemos abandonado mucho de esa mentalidad subalterna del siglo XIX: se nos quedó encima y obedecemos al viejo patriarca, sus decires y sus silencios, su silencio cuando se abandona la hacienda porque ya no hay trabajo o porque la naturaleza lo cambia todo.
Los rascacielos de las ciudades de new york y chicago se me parecían a las montañas puertorriqueñas que desafiaban la planicie. En una de esas pequeñitas "montañas", en la Christopher Street de Greenwhich Village, se encontraba la mítica barra Stonewall. Todos los que allí regularmente acudían sabían muy bien el relato: muchos se habían enfrentado a los polícias en las famosas noches de principios de junio del 1969. Según los de mayor edad, fueron las drag queens quienes comenzaron la revuelta, la queer revolution. Una noche, los asistentes del bar Stonewall se cansaron de los continuos raids y allanamientos de la machista y racista policía de la ciudad. Las dragas iniciaron la guerrilla urbana a tacaso limpio. Luego, en los enfrentamientos en la calle, la policia se enteraría de que muchos maricas, ya afeminados o masculinos, estaban dispuestos a pelear por defender sus derechos a ocupar una simple choza en la villa de la mega-ciudad. Pero casi todos parecen ahora haber olvidado los rostros y nombres de aquellas aguerridas bichas y maricas musculosos. Asistimos ahora al ininterrumpido espectáculo discotequero y de bohemia, sin capacidad para captar los poderes coartadores ya no tan visibles, como lo era la policía de entonces. La gran mayoría desea seguir el disfrute momentáneo, en los simulacros de los espacios todavía encerrados y ocultos. Les resulta muy difícil continuar en la búsqueda de un más claro gesto original, una tercera alternativa. No entienden que la mega-ciudad, si bien suple de unos cuantos espacios performativos, continúa restringiendo la entrada a la esfera más abierta e integrada de la sociedad en general. !Qué mayor ironía de estas ataduras la sentencia que nos trajo el liberal presidente Clinton: “Don’t ask, don’t tell” o qué sé yo! Pero le preguntaron a él algo, y su mentira casi le cuesta la presidencia. (Ahora que releo esto en el 2012, las cosas están cambiando a nuestro favor).
Cabe así reflexionar —pensando en lo que experimenté en New York y Chicago, luego en Puerto Rico— el que incluso dentro de la comunidad gay exista prejuicio y homofobia contra los travesties, transgéneros y transexuales en general. Muchos de los maricas menos afeminados aplauden a las dragas en sus espectáculos, las consideran diosas… divas, pero luego del show… ¡ni te vi, maricón! Creo que esto pasaba mucho más en el Puerto Rico mariconil hasta los años ochenta, cuando volví a la Isla del Espanto/Encanto. (Sin embargo, cosas como estas de prejuicios mariconiles han ido cambiando mucho con los más jóvenes, gays o no gays de los últimos años. Los que han nacido luego de los años noventa, a mi parecer son otros tipos de sujetos humanos. La globalización de la tele y las computadoras, principalmente, les ha enseñado a ser menos prejuiciados en lo genérico, lo racial y en cuestiones de clase social. —Como este ensayo fue escrito más o menos en el 2000, ahora en el 2011 he visto otras cosas y mi pensamiento ha variado. Me cuidaré más de lo que digo. Okay?
Hay macharrancitos gays que no se transculturan ni en su imaginario a lo extremadamente mariconil, quizá porque no se aceptan y se asumen a sí mismos en su homosexualidad (vocablo de la psiquiatría que no me gusta). Ser varón en el más o el menos, o ser mujer en el más o el menos, no es importante. (Es en la la cama, que espontáneamente se define la gente). Asisten algunos de estos gays a las nuevas chozas a adoptar la masculinidad que afuera no logran ejercer o que le sacan en cara porque ellos no son tan machos. Van y buscan otro hombre con ansiedad y temor ante lo femenino, lo amanerado. Quieren ser muy machitos, transportar el performance (la imitación) de la sociedad androcentrista a la política mariconil. Quizás no se han convencido aún de que la cultura (y quien sabe si la naturaleza) los ha construido cual son (y la casa no se puede demoler o implosionar (lo que sería suicida). Por eso la insistencia de varios gays en ser machitos mediante sus vestimentas y gestos exagerados. Y en el esfuerzo macharranero se muestran como una pintura que se excede de su marco, que no sabe de límites, que no puede resistir la fuerza que lo expulsa. Muchos exageran tanto que, sin proponérselo, parodian la masculinidad, como lo quieren (creo) demostrar los integrantes del grupo musical Village People. Los casos extremos son los machazos leather que, como ya dije, son otro tipo de travestis. Estos no se encuentran en general en la Isla; son más de los USA. Pero nada mejor que encontrarse con una leather queen (alguien excesivamente afeminado que, en contraste con sus gestos femeniles y vestimenta excesivamente masculina, pretende comunicar algo distinto). Y más interesante resulta encontrarse con un leathers and feathers que sabe, con sus mezclas de los dos signos (el cuero y las plumas), parodiar y reírse de todo. Ante las negatividades de las alternativas migratorias y las transculturaciones de las sexualidades y sus signos performativos, conviene encontrar un tercer espacio que supere las relaciones binarias. Creo que ello se logra con el lenguaje reflexivo e irónico que trae la parodia y el distanciamiento de las dos caras que nos ofrece la cultura. También conviene ser espontáneo, sincero y nada temeroso de lo que surja. De aquí que, en el mundo heterosexual, sean muchos los que gustan desnudarse en los espacios donde se realizan actividades culturales y deportivas. Es sólo el primer paso; el siguiente sería el acto sexual público, frente a todos, lo pornográficamente abierto y ampliamente visible. Cero que esa era la transculturación sexual que proponía Wilhelm Reich. Que más da ser afeminado o masculino, estar vestido de esta o aquella manera. Más allá de la transformación, la inicial o la luego adoptada, lo que importa es el cuerpo y el amar al otro, para que ése ame al otro, y éste al otro, y aquél luego el otro. (Aunque Lacan lo crea imposible; soy más sartreano en eso). No está demás decir que mucho de lo que anteriormente he generalizado se puede deshacer, pues hay macharranes, y bien masculinos, en la comunidad gay, quizás la gran mayoría, que no tienen problemas y viven lo más tranquila y  espontáneamente posible con todas las “otredades” mariconiles o heterosexuales (whatever that means).
Regresando a lo que contaba antes de esta compleja digresión, tras los eventos de Stonewall, para principios de la década del 70, se podía entrar más libremente a los clubes, barras y discotecas gays de Nueva York y del resto del país. La policía se resignaría a que fuera de ese modo. Así me lo dejan saber mis dos nuevos amigos. Bobby, boricua, cuarentón, de gesto duro y suave a la vez, antiguo pandillero del Alto Manhattan; y Gilbert, refinado, blanquito, emigrante de Ponce, desde los años 50, y que trabajaba como mesero en los mejores launches de Lower Manhattan. Ambos son amigos, y me explican cómo para principios de los 80 los latinos gays frecuentaban el club El Apartamento, en el Bronx. Luego, para el 79, estos grupos se trasladan a La Escuelita, antes una academia de peluqueros (beauticians les llamaban) ubicada entre las avenidas 64 y 65 y Broadway, y de dueños cubanos. En realidad, me dicen, eran los habaneros quienes se las sabían todas en cuestiones de cabarets y clubes mariconiles (de los muchos “tapaítos” que había en La Habana, antes de Fidel). (Siguen siendo incluso más tapaítos ahora que escribo y he visitado La Habana dos veces). A ellos se les unieron, en sus andanzas pateriles, muchos boricuas que, después de las guerras de Europa en los 40, Korea en los 50 y Vietnam en los 60, habían decidido quedarse en Nueva York, donde, pese a todo, había mejores aires para los todavía “invisibles” gays tanto en Cuba como en Puerto Rico. No tanto en New York que era para ellos una gran urbe dispuesta a aceptar muchos emigrantes de todo tipo y donde podían perderse en el anonimato entre tanta gente.
Luego, para los años 70, muchos de esta generación gay se mudan a la calle 41 y 8va. Avenida, a la famosa La Escuelita. Se presentan allí los mejores transformistas y travestis latinos del país (muchos de ellos, estrellas invitadas de Puerto Rico, especialmente de las discotecas Bachelor y Boccaccio, que estaban también respaldadas por una rica tradición mariconil isleña).
(A los hombres, heterosexuales u homosexuales, que se “disfrazan” de mujer, que sólo se colocan sus contrarias vestimentas, ya sea por fetichismo, para parodiar o actuar, se les llama “crossdressers”. Muchos, puede que no usen maquillaje, o que sólo se coloquen una que otra vestimenta, o sólo una pieza, como tacos altos, un fino pañuelo o una bufanda en el cuello, lápiz de labios, o simplemente pestañas postizas y sombra en los párpados. Son muy metonímicos, fragmentarios en sus gustos y su deseo es exhibir el trozo de construcción femenil que impera inevitablemente en sus mentes. En el imaginario de los “crossdressers” no existe ni el mínimo deseo de ser mujer o de comportarse como una de ellas. En el campo artístico, hay muchos de ellos como lo fue Cuquita Sabrosura en Puerto Rico. Creo que Liberace tenía mucho de crossdesser, pero era más bien una mezcla también de andrógino y travesti doble y triplemente disfrazado. Pero era maravilloso, y parece que feliz).
(Más metafóricos son los transformistas: aquellos sujetos heterosexuales u homosexuales (la mayoría son de este último grupo) que se tansforman en lo más parecido a una mujer, no sólo en cuanto a la vestimenta sino en otras conductas como el caminar, el mirar, el comportarse en general. Mayormente son artistas de escenario que se ven obligados a realizar esta labor para cumplir con un empleo, o bien son gays que aprovechan sus conocimientos y gustos por lo femenino, para actuar en los shows de las discotecas. Algunos afeminados se travisten por gusto o para asistir a una fiesta mariconil o visitar un club, para la prostitución privada o callejera, para actuar en teatro o en televisión. La mayoría de ellos retienen su identidad “original” y masculina. De ahí que no cambian de voz ni de personalidad. Hace tres décadas, en los Estados Unidos, Divine era el mejor caso, y últimamente Rou Paul. Muchos son imitadores de algún artista famoso y pocos mantienen personalidad propia al travestirse (como Rou Paul que sí emplea mucho de su manera de ser... creo). Muchos pueden olvidarse por un momento de su identidad de hombres y creerse por unas horas que son mujeres. En algunos de ellos puede haber varias turbulencias identitarias y patologías de las más extrañas, pero saben disimularlas. Hay también en el ambiente lésbico algunas chicas que imitan chicos. Creo que Marc Anthony es uno de los más llamativos para las lésbicos  Algunas pueden ser impresionantes, y según los varones, tienen que recurrir a los trucos de ocultarse los genitales y simular el pecho; "ellas" tienen que aprender a esconder los senos y hacer algún tipo de bulto entre las piernas para mostrar un simulacro del "paquete" de los hombres). Algunas optan por no hacerlo. Son pocas las mujeres que desean ser como los hombres.
(Los trasvestis, por su parte, son un sujeto más cercano a lo femenino. Además de vestirse como mujer en el amplio sentido de imitación y deseo de perfección, muestran cuerpos y gestos femeninos. Muchos recurren a la cirugía, se agrandan los pómulos, las caderas, y por supuesto acuden a hormonas e implantes de senos (esto los hace más transgéneros). Además de intervenir en su cuerpo para ser lo más femeninos posible, poseen en su imaginario, y en su psique, construcciones e identidades del sexo opuesto. De ahí que algunos se consideren mujeres, adopten nombres nada masculinos (casi siempre evocando estrellas de cine: Sonia Duval, Lorena Saint Cartier, Mirkala Crystal) tratan de comportarse casi todo el tiempo como damas del espectáculo. La mayoría no concibe la idea de existir sin penes, lo que los retiene en la sexualidad masculina gay. Por ello que asistan constantemente a los bares gays, pese a que prefieren “los machos”, “los hombres” (como "ellas" mismas dicen). (En general, las "chicas" más transgéneros son buscadas por los hombres bisexuales, aunque algunos de éstos no se reconozcan como tal y se crean plenamente heterosexuales). Los gays, por su parte, ya sea en lo psicológico o en lo físico, que adoptan aspectos muy femeninos (con pocas señales y pistas de ser varones) se consideran transgéneros o transexuales). Algunos se sienten transexuales (aunque no lo son técnicamente si no se han cortado el pene, signo "primigenio" de la sexualidad masculina). Algunos se consideran "she/males", pues tienen cuerpos muy femeninos (con senos) pero retienen la próstata y, por supuesto, el pene. En español ya se les comienza a llamar "él/ella").
(Las transgéneros más transexuadas son un simulacro más cercano a la mujer. Además de ser más esmeradas y orgullosas en cuanto a la imitación de la femineidad, carecen de una identidad masculina, o de haberla tenido, por alguna razón, no lograron sostenerla o no pudieron regresar a ella. Es como una emigración sin retorno y por ello acuden a la cirugía y se extirpan el pene que “tanto detestan” (lo que las convertiría en genuinas transexuales). Algunas, luego de someterse a las cirugías, pueden arrepentirse de haber cruzado fronteras corporales, pero sin ya tener dónde regresar, ni en lo físico ni lo psicológico, pues les desagrada la idea (la construcción mental) de ser vistas de regreso como hombres. Algunas, tras acudir a la cirugía transexual, se mantienen en cierto estado de ambivalencia y ambiegüedad (dejan de acudir a lugares frecuentados por gays), se alejan a vivir como si fueran mujeres heterosexuales (algunas logran gran estabilidad mental y social), otras se aniquilan de diversas maneras: mediante drogas, alcoholismo, suicidio. Creo que en Brasil es donde he visto más transexuales y transgéneros, muy cómod@s con su identidad de género y sexualidad. (Sexo y género no son lo mismo, como hemos visto). Curioso resulta que unas cuantas de ellas, tras operarse, gusten sexualmente de otras mujeres, lo que las hace una especie de lesbianas. Es como si no pudieran escapar a su naturaleza homosexual. Me he referido mayormente a los gays transexuados desde lo varonil y no de las mujeres, que es otro cantar (creo que hasta más complejo y con el cual no estoy tan familiarizado). La hija de la vedette Cheer es uno de los casos más nombrados últimamente.
Para la cultura latina y queer quizás el club más llamativo e importante ha sido La Escuelita. Y a los dos días de estar en Nueva York, me dirigí allí con mis cuatro amigos (creo que esto fue en el verano de 1983). Al llegar y bajar las escaleras, puesto que estaba localizado en un sótano, en las paredes se pueden apreciar, desde que se comienza a descender, grandes fotos de transformistas, travestis y transexuales que han sido las divas y anfitrionas del lugar a lo largo de los años. Ya dentro del club-cabaret-disco, con capacidad para alrededor de doscientas cincuenta personas (o más), asistimos a un verdadero melting pot integrado por latinos, negros afroamericanos y extranjeros de todas clases y olores. Hay blancos, no sólo gringos, sino europeos y de otras partes; orientales niuyorkinos (amerindios..., por ninguna parte). La comunidad gay, como cuerpo transcomunitario, gusta mucho, del mestizaje, la hibridez, lo foráneo, las fugas no sólo sexuales sino étnicas y transculturales (de vestimentas, sobre todo). Casi todos acuden a escuchar salsa, merengue y disco music de los años 70. El espectáculo comienza a las 2:30 pm., con Mario de Colombia, transformista y comediante; y con Lady Katiria, puertorriqueña, bella, fabulosa, diva y transexuada hasta el límite de la exageración, del desborde que asombra por su voluptuosidad (como sus senos y sus nalgas, sus muslos… su todo como máximo de lo trans). A Katiria la honran los presentes como a una de las diosas de la santería (y, de hecho, muchos de los latinos de esa subcultura gay practican esa religión, con dedicación) y literalmente le cubren su cuerpo de billetes de diez y veinte (algún rico o narcotraficante podría visiblemente colocarle entre sus senos o en la entrepierna un billete de cincuenta o de cien). La Mario de Colombia era, por otra parte, grotesca, talentosamente extraña, macho-hembrota y vulgarota. Es el tipo de transformista que parece agredir su deseo de ser mujer o realiza el papel de una señora que se odia a sí misma y a los demás maricones allí presentes. Tenía al menos tres pares de pestañas en cada ojo y su maquillaje era algo diabólico e infernal. ¡Bien extraña y esperpénticamente maldita! Muchos años después yo trabajaría como su invitada en un Club llamado Lucho’s Club, en Queens. En esa ocasión, me trató muy bien y alabó mucho mi vestimenta y mi performance. No creo que el público acogiera tan bien mi seriedad y clasicismo en el acto de transformista escénico, estilo Chicago. La gente quería perreo y bichería, como el que Mario ofrecía. Tampoco creo que gustaran la canciones que doblé, pues las mismas eran de unos veinte años anteriores a todos los allí presentes y de cantantes genuinas (como Sherley Basey). No era mi público; el que suele ser más clásico y de diferente (mejor) gusto musical. En cuanto a Mario, sentí algo de lástima por ella, porque ni la aplaudían, pero ahora creo que la lástima mía a lo major no la necesitaba. Ella quería despreciarlos a todos, y todos, a ella... ¡muy extraño todo!
 En esos años, Mirkala (mi hija adoptiva en el mundo gay) y ella, terminaron como grandes rivales personales y de escenario. Mario parece que no toleraba la belleza de Mirkala, y ésta se la reprochaba descaradamente en cara a cara. “Mira que bella soy, mama”, le solía decir casi todo el tiempo. Esto último fue muchos años después en otro bar en Queens llamado Lucho's Club. Mirkala era mucho más seria, preparada profesionalmente y elegante. Parecía una mujer cuando se travesía y un nene bonito cuando actuaba naturalmente, sin manerismos ni vestimenta femenina o maquillaje. Hoy día es una de las trans latinas más importantes y nombradas de Nueva York. Curioso es que cuando me conoció no entendía bien mi travestismo (a la verdad que yo era muy masculino y de doble personalidad) pero luego comenzó a entender mi talento diferente y de antaño. 
Volviendo a mi experiencia de visitante esa noche en La Escuelita, la misma fue impresionante y no la olvido. Todavía recuerdo un boricua que vi allí, de esos que se ha mezclado genéticamente con los dominicanos y afroamericanos, y me dejó deslumbrado... pero ni me miró el maricón. Mas en la YMCA tuve una corta pero grata experiencia!, y creo que mis amigos ni se enteraron, pues se fueron del bar borrachos. También desde la ventana de mi habitación, en la casa de los vecinos, podía ver todas las tardes el espectáculo de un exhibicionista (un rubio fornido y bien dotado). No digo que hacíamos.
Luego de dos semanas en Nueva York, a mediados de Julio, tomé mi guagua aérea hacia San Juan, Puerto Rico. Era un vuelo de la plebeya y carnavalesca Capitol Airlines, repleto de emigrantes trabajadores y estudiantes boricuas que regresaban (o quien sabe). Algunos regresaban a la “Isla del Encanto” y otros sólo iban de vacaciones veraniegas. Desde mi primer vuelo de ida a Chicago, en 1966, me había acostumbrado a los revuluses de nuestros alborotosos viajantes, a los tumultos, griteríos (¡Mira! ¡Mira!) y empujones, a los grandes paquetes, bultos extraños y maletas amarradas con sogas; a las risotadas nerviosas, rezos de las ancianas y doñitas. Participaba de los aplausos, una vez el navío había despegado, y mucho más cuando aterrizaba sin mayores problemas. Así era la gente de Borinquen. Yo, por mi parte, disfrutaba de que fueramos tan diferentes y gustaba de los aviones y su maniobrar también; luego les tomé miedo, fobia de qué se yo qué raíz o fundamento psíquico (¡ahora creo que era el miedo al fracaso con tanto revulú en mi vida! Pero nunca se ha caído mi avión). Los boricuas, en esos menesteres de emigrantes en el aeropuerto, actuábamos como las drag queens, escandalosamente visibles en nuestras pasarelas, y con fiereza disimulada. Luego dentro del avión nos moríamos de temor y creo que pensabamos que nos llevaban al matadero o algo así. !La diferencia era que aquellas azafatas gringas nos odiaban en nuestra pasarela y la forma de ser (desfilar con ese performance tan "arrogante" y desafiante pese a nuestra subalternidad) en la misma cara de ellos! Ser marica y ser Boricua es casi lo mismo. Somos maestros del travestismo!
Siempre pensé que a los pocos turistas anglos que con nosotros viajaban, y a los empleados de la línea aérea, más les parecíamos extraños nómadas y gitanos, que correctos y disciplinados tripulantes. (Luis Rafael Sánchez me lo corrobora cuando leo con cuidado su “Guagua aérea”). Como casi siempre, y en este vuelo en particular, fueron muchos los macharranes boricuas borrachos que por “conducta inapropiada”, se ganaron en el vuelo el “regaño” de las azafatas y hasta del asistente del capitán. Mas la conducta de algunas de ellas mismas (de las azafatas) daba mucho que pensar. Si bien unas veces actuaban con simpatía, en otras ocasiones se mostraban algo incómodas y molestas (sospecho que preferirían un vuelo de Chicago a Denver, con una tripulación menos otreica y extraña, para ellas). Se les iba el profesionalismo al carajo. Algunas eran unas verdaderas bichas y perras. También pueden ser unas "drag queens" (pienso en las teorías de Judith Butler).
Los azafatas latinos que percibo como posiblemente gays me llaman tanto la atención como unos cuantos pasajeros que también lo parecían. Tal vez éstos sean de los muchos que regresan a la isla sólo a vacacionar en verano luego de dar clases en los programas bilingües de la ciudad de NY. Se me ocurre pensar que antes han dejado la isla, no tanto en busca de mejores empleos (como en el caso de los heterosexuales), sino huyéndole a la patofobia rampante en la isla, en todas las clases sociales y en casi todas las profesiones dominadas por los machazos del país. Lo mismo tal vez les ocurría a algunas lesbianas, pese a que en nuestra cultura, para ellas resulta más fácil mantenerse “tapaítas” y tal vez molestaban menos a los machos isleños. Pero no tanto las que se ven muy agresivamente masculinas que no gustan ni a los propios varones gays. (El prejuicio es prejuicio dondequiera y conquienquiera, y los gays varones no estamos libres de las abyecciones y los rechazos que se traducen a temores irracionales). En lo que digo antes de la última oración no estoy seguro de expresarlo bien, pues algunas lésbicas tanto isleñas como gringas son otro asunto, poco entendidas por nosotros los varones. Creo en su beneficio, que las mujeres han sido más astutamente militantes y organizadas que nosotros los varones (pese a que algunas de ellas pueden ser muy tormentosamente peleonas y agresivas). Las generalizaciones siempre son peligrosas... perdón si me equivoco. Pero hay testosteronas inesperadas en muchos lugares.
Muchos de los “entendidos” gays en aquel vuelo, nos volveríamos a ver ese mismo fin de semana, en dos de las más frecuentadas discotecas gays de San Juan: Bachelors y Boccaccio. Cuando asistí a las mismas noto el no haberme equivocado con algunos de los que "leí" de sólo mirarlos en el avión. Lo mismo harían conmigo, pese a que para aquel entonces yo no me veía tan maricón y podría parecer un "hetero" colado en aquel pateril lugar. Ahora me gusta más como soy, pero tampoco desdeño mi antigua manera de ser y parecer. Semejar un hetero en un lugar gay no es buena experiencia después de todo. Pasan cosas extrañas. No se debe emigrar tanto (hablo simbólicamente).
En las migraciones que obligan a la transculturación, muchas veces, el que ya ha sido colonizado, el subalterno e invadido (como los boricuas), acude a tretas inconscientes e impremeditadas que les sirven para negarse a acoger las imposiciones de dominio. El otro-migrante o colonizado adopta muchas maneras sutiles, lentas e invisibles de sabotear los espacios de conducta del soberbio sujeto oficial (el Otro), en su deseo de dominio y control. Ya sospechamos que la oblicua y soterrada resistencia de los puertorriqueños (como colonizados), al proceso de transculturación imperial, resulta metáfora de las resistencias de muchos latinoamericanos que, quizás no de una manera tan obvia como en el caso de los boricuas, han sido sometidos a procesos de dominio imperial y de colonizaciones menos visibles. Los gays deben poseer tretas parecidas, muy antiguas, sobre estas cuestiones de sobrevivencia y creo que se ha escrito al respecto. No ha sido así la sobrevivencia de los gays boricuas antes de los años 50, pues la invisibilidad y el negarse a ser era mayor, creo. Tal vez las tretas o estrategias que se desarrollan como subalterno político o como otredad sexual sean bastante diferentes en muchos aspectos, pero similares en otros.
Volviendo al viaje, mas que miedo a la lancha o bote aéreos, en aquella conducta embriagada, jocosa, asustada y diferente, los emigrantes responden con subrepticio desafío a la sospechosa sobriedad de aquellos dirigentes del imperio (los conductores de la nave). Es una respuesta también, y una carnavalización de lo que saben que en verdad es ya de por sí performance paródico. El público en general (los menos intelectuales), en su mentalidad "simple", se "gufea" la situación. Una vez más, "¡Mira! ¡Mira!", remito a las drag queens y sus extrañas pasarelas frente a los heterosexuales y a los boricuas del barrio con su llamado a la atención (la mirada) de sabe Dios qué. 
Sigo insistiendo en que las negras americanas son las mejores en estos performances y "extraños" llamados (pero muy diferentes en el fondo; y todo esto tal vez sea más mi desconocimiento de ese grupo racial y social y sus procederes). Una analista contemporánea ha dicho que los boricuas somos todos de conducta "queer". Los negros americanos no son tan proteicos. El sufrimiento de siglos les ha dado una personalidad única, con fuertes raíces. Las raíces boricuas son diferentes, pero están también bien sembradas en una territorialidad y solo la muerte las elimina.
Muchos gays podemos fácilmente entender este proceder arriba señalado, pues ocupamos constantemente la nave de la sociedad heterosexual y seguimos sus viajes y destinos impuestos. Se nos coloniza y se nos prohibe el viaje a nuestro territorio homoerótico y a la creación de nuestra propia política homocultural. De esta misma sicología se desprende el que, en las famosas paradas, muchos gays, locas y drag queens, con su escándalo y narcisismo travestidos, no puedan obedecer a tantos líderes formales y rígidos en extremo de la comunidad heterosexual (y gay) que reclaman mayor seriedad y ejemplaridad ante la mirada de los que desde afuera observan (los imaginarios amos de la nave que nos guían). Se nos olvida que, como en Stonewall, los tacos albergan doble uso: espectacularidad pero también acción afirmativa en la vida, acometividad, ataque al rival que en el fondo no te quiere con un paso distinto. Se trata ademes de un signo de agresión placer de acometida de un proceso final. Cabe entender con la mayor ironía y exageración cómo los hombres han obligado a las mujeres a caminar en esos extraños artefactos llamados "tacas". Con ellos colocan siempre en la mayor posibilidad de caer y ser un desbalanceado. Pero nunca he visto caer a una genuina loca en su pasarela. Seguimos siendo hombres usando nuestros propios embelecos y trucos. Algunas de la mejores modelos mujeres sí se han caído espectacularmente (como no puedo negar: una que otra loca también). 
Sin dejarme caer en las tacas de mi propio discurso, debo decir que viajar de regreso a mi isla (luego de haber vivido dos décadas, casi de corrido, en Chicago) me ofrecía muchos significados y emociones conflictivas conmigo mismo y con mi sentido de comunidad y de ser existencial. ¿Qué hacer, qué decir, cómo defenderse de tanto depredador, tanto gays como heteros? Tampoco sería cuestión de tanta paranoia y desconfianza. En general he confiado en mi gente boricua que carece aun de la "mala leche" de algunos otros pueblos modernos y ultracitadinos. Pero todo se convirtió lo que luego se conocería como ¡Jurasik Park! ¡Qué muchas fieras de todas especies en esos espacios tanto gays como heterosexuales! Yo, sin embargo, me sentía astuto, bastante seguro de mí mismo en muchas cosas y con buena suerte. Es mejor hacerse el pendejo en algunas ocasiones de mucha dificultad. Y en este aspecto me arrepiento de haber dicho tanto que soy ateo, porque he tenido un Ángel de la Guarda, especialmente en Puerto Rico, donde veo un peculiar canibalismo, escondido, pero depredador  al fin. Todavía en el 2012 tengo que cuidarme porque me devoran sin piedad, y ahora en este momento en que escribo, peor que nunca. Mantener la calma sin paranoia es siempre importante y estar ocupado leyendo y escribiendo... productivo... y que se joda lo demás. [No me arrepiento de haber escrito esto (confieso hoy en octubre de 2017) cuando he regresado a Chicago, pero es incluso más complejo. Creo que es una carnavalización (festividad angustiada, festividad nuclear) de la humanidad en general].
Había dejado atrás, luego de unas cuantas riñas, a quien fuera mi compañero por siete años (1976-1983/84), un australiano-suizo, criado en Wisconsin, y llamado Pat (y hoy me doy cuenta de que estaba con un ser algo bi-polar (depresivo) , sin saberlo pues en la época de los años 70 yo no sabía nada de eso). En muchas cosas Pat era un ser muy especial. Si mucho había aprendido él de mí, más aprendí yo mediante él, de gringolandia (¡y de mucho más, sobre todo de sexualidad gay!). Hoy que ha desaparecido lo amo más. ¡Me ha dejado solo!
Luego de ese “fracaso matrimonial”, sería bien recibido por mi familia en Puerto Rico —"familia extendida" por supuesto— y que nada sabían, creo, de mis andanzas mariconiles en Chicago. Esa familia, cuando llegué a las doce de la noche, había viajado al aeropuerto a recogerme, en tres o cuatro autos (otra vez… ¡Mira!, como los gitanos en las carretas). Pero casi ni pude acomodarme con mi escaso equipaje en uno de los ya repletos vehículos de curiosos que buscaban a quien regresaba triunfal a la Isla (yo), y ellos llenos de entusiasmo de vida carnavalezca boricuizada que yo no conocía ya tanto. En aquel entonces no entendía de tanto festejo innecesario (me había agringado un poco en mi vida profesional), y me ponía muy serio y algo sangrón. Algunos sabían que el que se fue era serio y de que el que regresó, lo era más. Nada sabían cuánto me divertía con las locas y los patos; y ellos conmigo y mis ocurrencias y performances todavía masculinos. Parece doble vida, pero dentro de mí no lo era ni lo es. A todo lo humano se le pone nombre... pero a la larga todo es devenir, existencia desnuda y sin nombre (en el fondo no existe el Nombre-del Padre como dice Lacan). Creo que la acción viene primero y el lenguaje después. Tenemos que aprender a emplear el buen lenguaje que se anticipe a lo real (para que sea lo menos nocivo posible). ¡Los cínicos son maestros de dominar el lenguaje que anticipa lo real!
Tras compartir con ellos por dos días, mi primera salida fue a la discoteca gay más concurrida e importante en Puerto Rico. (Seguía en la nave aérea de Luis Rafael Sánchez, y no lo sabía. En realidad no me había bajado de la nave). Varias navidades y veranos anteriores había asistido allí, pero nunca había tenido la oportunidad de conocer con calma y detenimiento a los que asistían a la querida (nave)discoteca. Creo que era la primera vez que iba a una discoteca gay sin el ánimo del crusing sexual que caracteriza al turista que todavía había en mí en aquel entonces. En realidad pensaba que después de todo regresaría en dos o tres semanas a Chicago, a mis bares Broadway Limited, The Loading Zone, The Factory, The Baton, a las mariconiles calles Clark y Holdsted. Nada más lejos de ese deseo, pues por años he permanecido en la "encantada" isla.  [Treinta y cuatro años]. Ese ha sido mi destino a pesar de que he intentado irme unas cuantas veces. Siempre pasa algo que interrumpe mi regreso a gringolandia. Algún día me iré y moriré por allá y me enterrarán en un solitario y gringo cementerio y pereceré una vez más de muerte de migrante abandonado y congelado por el frío, doblemente jodido. Espero equivocarme, pues mi entierro debe ser en Aguas Buenas o en Comerío. Pero, ¡qué importa! Al menos espero que me entierren en alguna parte de este planeta, pues ¡qué más da dónde carajo te sepulten!
No encontré en Borinquen una comunidad gay como la que había dejado en Chicago o la que había presenciado en Nueva York. De la mariconilmente concurrida calle Broadway en Chicago o del dinámico Village en Nueva York (con toda la organización subcultural detrás de estos espacios que habían ganado tanto en su lucha por el vivencial y derechos gays) pasaba a un Puerto Rico de maricones tan closeteros e invisibles como jamás pude imaginar. Yo no era particularmente el marica más leído y extrovertido del mundo, pero en gringolandia había ingresado a un proceso de conscienciación y destape que, una vez "reinstalado" en la isla, me llevaron los demás a frenar y detener. ¿Qué había pasado con mi proceso? Y ello se manifestaba incluso en las cosas más simples. En Chicago, para emplear un ejemplo superficial de la misma cultura gay de discotecas, cuando me lanzaba a la pista de baile, danzaba como una prima ballerina y hacía gala de mi destreza en ese actuar tan artístico y atlético y nadie me criticaba, ¡al contrario! Y eso, que podía ser modesto en este performance, cuando estaba allá en Chicago, frente al talento de los maricas macharranudos (con sus peludos pechos desnudos y los mahones virilmente apretados) que bailaban lo más pateril y mariconilmente posibles en la libre pista, mientras maniobraban majestuosos y amplios abanicos chinos o de plumas de todos colores, como señal de sus nuevas destrezas físicas y de nueva psicología y proeza plumerilmente gay. ¡YMCA, gritaban y danzaban! Entre ellos se destacaban los llamados "bears" (hombres bien masculinos y peludos). En una discoteca como Bistro cerca del Downtown en Chicago los maricones bailaban y se animaban y había allí una química socio-erótica y embriagante que sabía a comunidad nuestra a pesar de todo el racismo escondido y también público en la ciudad. En Puerto Rico, solo bailaban de esa frenética manera las más locas, histéricas y afeminadas, las cuales eran echadas a un lado y vistas con desdén. ¡Qué pocavergüenza de parte de mi propia gente, me decía! Obviamente, enseguida, con mis actuaciones de bigotudo maricón, me convertí en centro de miradas disimuladas y del sutil y perverso bochinche. Mas adelante, todos se enterarían que no sólo bailaba como una enloquecida draga, sino que era una de ellas. Fui astuto en no hacerles caso en sus disimuladas burlas, pues yo la estaba pasando bien y no me iban a arruinar la fiesta. ¡Qué mucha loca pendeja y estúpida que no se percataba que llevaba a la discoteca gay los mismos modelos y patrones de la sociedad heterosexual que allá fuera las oprimía! Fuera de la discoteca también yo tenía problemas que me cargaban de ansiedad pues algunas mujeres me perseguían sin percatarse de que yo era un marica y que solo estaba interesado en los nenes bonitos y simpáticos. No me gustaban muy masculinos pero tampoco muy patitos (palabra prejuicidada pero que yo tengo licencia pateril, para emplear). Para patito, yo. Los quería solo que se vieran simplemente gays. Nunca me gustaron los muy masculinos y menos los presuntos heterosexuales que se acuestan de vez en cuando con un gay.
La mayoría de los bares en Borinquen se situaban en lugares ocultos, escondidos en calles marginales y oscuras, y comenzaban a llenarse de locas luego de las doce de la noche. Los muchachos corrían de sus carros a la barra para que no los vieran en la calle que cruzaban. Imperaba una demandante atmósfera general de ocultamiento, de secreteo, de callada y cautelosa fuga a lo marginal y prohibido. Lo mismo era en los trabajos durante el día. Algunos te podían preguntar en bien baja voz; "¿eres de la familia?". Pero esto surgía así no para desafiar sino por miedo a que los descubrieran, como si estuviesen haciendo algo terriblemente malo. Comprendí entonces porqué el latinaje gay de Chicago y Nueva York era más propenso, que los otros grupos, como gringos y negros, a mantenerse en el closet. No estoy tan seguro de que se deba a que el machismo hispano fuera más arraigado y fuerte. ¿Qué más machista que un vaquero del oeste o un religioso fundamentalista del este de los EE.UU.? En los años 60 y 70 no se dieron las condiciones en PR para una rebelión gay que sí surgieron en el imperio. Eran las mujeres hetero las que estaban ejerciendo abiertamente su liberación en las comunidad en general con mucho éxito. Advertí en Puerto Rico que había también una comunidad negra, al estilo Loíza Aldea, muy oprimida que no se daba a respetar y los demás no los ayudaban (luego de entender yo lo rebelde que podían ser los negros de Chicago). Curiosamente la mayoría de los negros de la Isla, creo, eran asimilistas y estadistas. ¡Qué horror, y sin ellos saber (la educación secundaria no se los dijo) que allá en EUA los negros eran muy despreciados en general a pesar de las luchas civiles de los años 60! Qué doble colonización: la de ser subalterno negro y también asimilado a lo blanco afuerino (imperial). Tampoco existían las condiciones sociales para una revuelta de negros y de gente de residenciales públicos (caseríos) que se sublevaran y se dieran a respetar como estaba ocurriendo en los Estados Unidos (¡en Cabrinie Green!). [Luego me enteré que hubo en Puerto Rico invasiones de los pobres a territorios de ricos y creo que una comunidad se llamó "Villa Cojones"]. 
Qué extraño ese lío de la estadidad de algunos (¡muchos!) boricuas y más curioso que la gente en general se considerase blanca cuando somos casi todos mestizos. (Creo que la comunidad gay en general era de ideología estadista. O tal vez era proporcional al resto de la población; no sé). Un líder extraño, blanco y rico en el País, llamado Luis A. Ferré, con un alcagüete jincho y feísimo, nombrado Romero Barceló (de mentalidad criminal según vi cuando llegué), eran los propulsores de ese plan de una estadidad jíbara (porque no creo que fuera un ideal genuino, sino que pensaban hacerse muy ricos... y lo lograron).  No entendí ni entiendo aún con toda la teoría psico-social que me creo saber, eso de la estadidad jíbara. Pero entiendo que la mitad de la población de la Isla, en aquel entonces, y aún, son estadistas y asimilistas creyentes de que los gringos nos ven y nos aceptan. Comencé en aquel entonces a entender lo extraños y oportunistas que era mucho del liderato del Partido Popular también. Eran liberales de embuste luego de las muchas mentiras y trampas de su líder, Muñoz Marín. Eran varias las manchas que borrar y la cosa era difícil pues no había tanto Clorox en nuestras fuerzas políticas. También comencé a comprender la macharranería y el blanquitismo (junto a la homofobia) de la gente de mi ideología independentista (del PIP principalmente). Qué mal les iba a los socialistas (en Puerto Rico, al PSP); aunque no solo en la Isla sino en el mundo entero. Son comentarios que lanzo a lo "uipi pio" y sin meditar mucho. Comencé a tener problemas con mi manera de expresarme en lo político ante los demás, incluidos los independentistas que eran mi gente. Y todavía lo soy; aunque no sé qué carajo estamos haciendo mal los radicales porque la gente de la Isla se aleja cada vez más del ideal de Independencia!!! Son pocas las armas que poseemos contra los colonizadores y la derecha.
En general, repito, muchos gays y lésbicas boricuas tendían a reproducir conductas heterosexuales dentro de los bares y discotecas de una manera irracional y absurda. Insisto en que era grande el temor de los varones el mostrarse amariconados, afeminados. Curioso me parece ahora el pensar que los maricas masculinos (que insisto, son la mayoría dondequiera) no iban a los bares gays. Se quedaban en la calle o en las plazas públicas, lo que se llama “fleteando”. Había unos códigos muy especiales entre ellos para entenderse, un "body language" y unas miradas peculiarísimas. Muchos se veían obligados a casarse con mujeres y a ser infelices en su sexualidad por el resto de sus vidas. ¡Nunca había visto tanto maricón engañando a sus esposas! Insisto en que estoy generalizando, con el peligro de ser mal entendido. Digo esto porque había también mucha gente valiosa y valiente en todos los grupos, luchando por una sociedad mejor. 
Curioso y cómico era que luego de dos o tres tragos, muchos de los gays que en la disco se comportaban muy machitos, terminaban desplegando tan amplio plumaje como para rellenar unas cuantas almohadas. (No se olvide que en Puerto Rico nos ven cual plumeriles patos). Las lesbianas, ya las mentadas "camioneras" (palabra que me doy licencia para usar) o las más femeninas, por su parte, no parecían tener tanta ansiedad en la expresión identitaria dentro de los espacios de interacción gay. Común resultaba ver a una lésbica trasvestida de masculinidad (ya de manera tenue, o agresiva como una macha) al lado de una compañera o amante de ademán y vestir muy femeninos. Afuera, en la abierta sociedad heterosexual eran muy cuidadosas también porque el prejuicio hetero no perdonaba a nadie.  La sociedad en general las rechazaba tanto como a todos los demás gays varones. Pero no me imaginaba jamás encontrar un closet tan amplio y bien claveteado en Puerto Rico. Todavía en 2001 es en gran medida así de grande y sellado ese closet. Peor es que los gays no se han dado la oportunidad de pensar que no se sale nunca del closet, porque no hay un afuera de liberación (esto lo dice una teórica llamada Judith Butler y otras, como la nombrada, que no sé si es gay, R. Braidotti). ¿Salir del closet para ser como los heterosexuales que dominan el "afuera" del capitalismo depredador?, ¡no entiendo! Tampoco sé si hay un buen capitalismo que acepte otredades como las gays o queer.
Poco se habla de las lesbianas boricuas, hasta los años 60. Las cubanas emigradas —más adiestradas en cuestiones de sexualidad transgresora, en la moderna y transculturada Habana de los años 40 y 50— contribuyen en mucho a sacarlas de la servil domesticidad, incluso a las artistas y cabareteras más atrevidas que ya había en la isla. No obstante, amplio podía ser el prejuicio de los boricuas hacia los cubanos que luego de la revolución castrista emigran a Puerto Rico en los años 60. Entre otras cosas también escuchaba cómo se les culpaba de haber traído la mariconería a Puerto Rico. En general esos cubanos eran muy reaccionarios y muy oportunistas en cuanto a apoderarse de medios de represión contra todo lo que no fuera capitalismo descarado y depredador. Ese mismo egoísmo de la mentalidad capitalista y burguesa fue lo que tal vez los llevó paradójicamente a crear las condiciones de un socialismo tan duro en Cuba. Si los cubanos llamados "gusanos" de Miami no ceden en algo, menos cederán los revolucionarios de la Cuba socialista hoy día. Ese es tema de otro cantar y muy de opiniones encontradas.
Bachelors era un disco bastante americanizado que abrió sus puertas para mediados de los años 70 en el Condado. Era copia de lugares llamados Ice Palace y Studio 54 de Nueva York. Vino a sustituir el famoso Abbys del viejo San Juan, que había inaugurado a los boricuas en la mariconería discotequera de principios de los años 70. Bachelor lo frecuentaba el público pateril del área metropolitana, en general los más blanquitos y aburguesados (aunque no era extraño ver allí alguna que otra feliz loquita de barrio o de caserío público). Se tocaba y bailaba generalmente música disco en inglés, igual que en la mejor discoteca de los Estados Unidos. Su decoración era suntuosa y refinada, como nunca había visto en ningún otro lugar. De los tres dueños uno era cubano; los otros dos, un español y un boricua (creo). El señorito español (el más joven de ellos) fungía como gerente, ofreciendo casi siempre en la entrada la bienvenida con una amplia sonrisa Colgate. Los bartenders eran boricuas bien parecidos que servían “los mejores tragos del mundo” y hacían una fortuna en propinas. Especialmente un simpático y hábil gordito llamado Luis Burgos (quien luego fue mi amigo). Del techo, y que se pegaba a la pared, descendía una pantalla cada quince o veinte minutos, exhibiendo el tema del programa televisivo de la vedette Iris Chacón, el ícono del momento (la María Antonieta Pons o la Carmen Miranda) de los gays boricuas. ("Ahí viene, ahí viene... Iris Chacón... Iris Chacón"; mira. mira, mira!). Luego de su espectacular presentación, un afamado y talentosísimo actor-travesti, nombrado Antonio Pantoja, posaba en la barra, reproduciendo con su mirada, vestimenta y manerismos el mito de las divas de la época y de décadas anteriores. Sin recurrir tanto al maquillaje, lograba mostrar una cara hermosa y muy femenina y sus piernas eran las de una bailarina latina que prometía lo mejor en movimientos rumberos. Yo venía de haber visto todo tipo de travesti en Chicago, pero este era un sujeto singularmente especial. Ya yo había sido transformista en Chicago, mas esto que veía en Bachelors estaba más allá de lo que yo podía ofrecer. Me quedé como un poco pasmadito y asombrado y no sabía que el transformismo podía ser de esa manera tan peculiar. Al parecer Pantojas traía mucho del talento teatrero de la Universidad de Puerto Rico, que portaba mucho prestigio dado el gran despliegue del teatro boricua alcanzado en los años 50 y 60 en PR. No obstante, no me parecían tan travestis mujeriles (mucho menos transgéneros o transexuados) sino más bien actores que se veían muy bien en su papel de mujer. Luego me enteré que había uno que otro trasgénero de la escuela de las llamadas cotoritas (que ya hablaré de ello). Un tal Isu Clemente era el único con senos y cuerpo mujeril y que podía verse femenina en todo momento. Era la única Trans del grupo... creo. Sonaban los nombres de Jorge Pérez, Willie Negrón, Rennie Williams, Rudy Martínez, Bobby Hernández (ahora una legendaria diva llamada Barbra Herr). Eran fierísimas en el escenario! Y me dije en cuanto a mí: calladita me veo más bonita!
El sonido de bachelor era técnicamente inigualable y provocaba, junto a todo lo demás, un ambiente de alegría y euforía colectivas, muy diferente a los discos de Estados Unidos, donde la diversión era más privada y contenida, y de grupos segregados étnica y racialmente. Pese al disimulo y las apariencias, el cruseteo (crussing) era de mayor intensidad que en Chicago y Nueva York (pero peculiarmente disimulado). En el fondo la actividad sexual era la misma; nos sentíamos libres y no veíamos como pecado tener sexo con nuestros iguales. No obstante, en esas otras ciudades el emparejamiento se expresaba de manera más abierta y franca, y hasta descaradamente frívola y sexualizada. En Chicago, una vez alguien me diría: “¿Would you like to have with me a deep and full of meaning relationship for half an hour?”. No supe qué contestar a propuesta sexual tan ingeniosa, frívola pero franca. Cosas de locas gringas aguzás y con mucha sapiencia, en la gran ciudad. ¡Ahora probablemente están tod@s muertas! ¡Lástima! Yo sobreviví física y mentalmente pero me he quedado con todos esos fantasmas (como en Pedro Páramo, cuyo protagonista pudo haber sido unas loca macharrana, y sin lugar a dudas el hijo que inicia la novela!)
Y ya en el festejo de la discoteca Bachelor, el compás de la música con las modernas luces, el manejo de los efectos de sonidos electrónicos, la refulgente decoración de espejos y cristales, la suntuosa exposición de arreglos florales caribeños, el serpentino y continuo danzar de la mayoría de los presentes, los caleidoscópicos reflejos en las paredes, las múltiples proyecciones de los rayos luminosos de la céntrica esfera de espejos en el techo, las salpicantes emanaciones de lujuria en los hermosos jevitos… todo creaba una atmósfera tan seductora y embriagante que llevaba a muchos a permanecer en el disco hasta a las siete de la mañana. Se sentía como el abandonar una gran Catedral. Más o menos a esa hora encendían las amarillentas luces de despedida, luego del último Last Dance de Donna Summer. Al salir, a los turistas extranjeros, más que del efecto del sol mañanero, les resplandecía el rostro de la satisfacción de haber encontrado un lugar de tan intenso y diferente festejo. Era el goce del verdadero sol de medianoche. Tal parece que Puerto Rico ofrecía a los isleños y a los turistas, más que en otros lugares, un espacio vicario e idealizado de goce y seducción casi orgásmica.
Los puertorriqueños mismos se convertían en turistas migrantes de su sexualidad cada vez que visitaban las discotecas gays de San Juan. Pero como sabemos, el turista tendrá en algún momento que abandonar el espacio del goce paradiasiaco y regresar al mundo real del trabajo. Y lo más seguro muchos de aquellos turistas gays de Estados Unidos, Canadá, Europa regresarían a sus países, donde la identidad gay no sólo era un pretexto para la festividad y el carnaval sino para la acción política y pública en la creación de un mundo, de una sociedad no tan violenta, menos injusta y más consciente de las diferencias sociales y sexuales. Los boricuas, por su parte, regresaban a sus hogares y trabajos como si aquel goce no tuviese nada que ver con sus vidas cotidianas y como seres políticos de diario vivir. No sería hasta mediados de los años 80, al verse victimados por el Sida, que los gays puertorriqueños se verían obligados a organizarse, en algo, política y socialmente. Y aún así hoy día (año 2003) poco se ha alcanzado. Cuando re-escribo para este medio en 2012 mucho territorio se ha ganado. Sobre todo, los jóvenes me parecen menos racistas, sexistas y clasistas que los de mi generación del 70 que tanto sufrió de severos cambios y de los azotes del sida. Ahora que me considero un travesti-transgénero estoy pasando por nuevas experiencias. Me llevan a pensar en"I will survive" y "I am what I am".

Al día siguiente, sábado por la noche, asistí a la discoteca Boccaccio en Hato Rey. (La hibridez de mi ser me llevaría en lo futuro a ir allí muchos viernes y sábados; en otras ocasiones y periodos acudiría al más continental y globalizado Bachelors). A Boccaccio acudía un público más isleño, jíbaro, salsero y cocolo, a una Catedral más santera. Se encontraba allí a los gays de una cultura menos asimilista en vestimenta y gustos musicales, más criolla, más adulta y profesional (aunque muchos de ellos, pese su insularismo, podían ser de ideología anexionista). Acudían al lugar muchos profesores universitarios y de secundaría, algunos, curiosamente para mí, casados y con hijos, viviendo doble vida (materia para otro ensayo). Que mucha mentira y falsedad se ventilaba en todo el ambiente artificioso de aquella discoteca, en ese sentido. Tenían un travesti llamado Eduardito Lubriel, que era sencillamente espectacular y hermos@. Fue unos de los mejores imitadores de iris Chacaón que jamás vi. La de hoy día se llama Vannesa Fox.
Fue la primera vez que presencié símbolos religiosos en la entrada de una discoteca. Sorprendía allí en la entrada un altar en que se destacaba la imagen de Santa Barbara (creo que así se llama), rodeada de flores y frutas y otros símbolos de santería cubana (de lo cual yo no entendía nada). (Me parecía muy bonito el espacio aquel, y tenía buena vibra). Creo que colocaban billetes enrrolladitos en algunas partes del cuerpo (de la estatua). En el cubículo de la taquilla se encontraban cobrando dos mujeres; una pareja de lesbianas, cubana una y boricua la otra, según más adelante me cuentan. Alguno que otro visitante ofrecía, luego de haber pagado el boleto de entrada (bastante caro para la época), una propina u ofrenda a la virgen, que podía fluctuar entre uno y diez dólares (recuerdo a Lady Katiria en Nueva York, y su seno repleto de billetes; a la santa que había allí se los ponían a los pies). Sorprende también, ya desde la entrada, que el lugar represente una cueva. Papel de estraza bien pintado y cuidadosamente plegado decoraba las paredes y el techo, con el propósito de representar una virtual cueva (refugio de lo que podían ser murciélagos y víboras de todas especies. Uno de mis profesores de la upi asistía allí y jamás me habría imaginado que era la peor víbora de todas). Se notaba alguna que otra persona de muy buen corazón, miradas y buenos gestos; los jíbaros gentiles y humildes que yo dejé en Aguas Buenas y Comerío. Creo que eran gays más clasistas en general que los de Bachelors, algunas veces, y otras no tanto. Como en muchos lugares, pululaba la hipocresía y la frivolidad, similar a todos lugares, pero allí era como verlo todo en un microscopio. No creo que nadie estuviese humanamente interesado en nadie; casi todo llevaba al sexo. No obstante, había una que otra pareja que había vivido en silencio muchos años juntos.
Boccacio era algo así como un escondite en el monte (el sustituto del closet gringo-americano), la cueva que nos mantenía en contacto con lo campestre, tal vez a nivel ancestralmente simbólico, era el simulacro del imaginario en que se internaban los maricas jíbaros y criollos de antaño. Creo que el novelista realista, Manuel Zeno Gandía, nunca pensó en los homosexuales que, para su época, lo más seguro se internaban en el monte o en las cuevas. Siempre creí que había algo de homoerótica en su obra, La charca —entendiendo que la misma es ficción— entre el tímido y enfermo Marcelo y el solitario hacendado Juan del Salto; o entre el vigoroso capataz Montesa y su empleado Ginés Mercante). Serían todos muy buenos imitando el grupo Village People.
Quizás Boccaccio ha sido la discoteca donde más lesbianas juntas he visto. Por lo regular, tanto en Estados Unidos como en Puerto Rico, los homosexuales asisten a sus segregadas discotecas. Considerable es el prejuicio y rechazo de muchos varones gays a las lesbianas (y viceversa). Quizás perciben en ellas lo que no les agrada ver en el espejo (e idem las lésbicas). Pienso que ellas, por ser mujeres, eran menos paranoicas que nosotros los varones y menos histéricas que las locas maricas. La mayoría de ellas nos obserbaban con ironía. Reñían mucho, y no sabía la razón (creo que eran las testosteronas extras que tenían). Muchas de ellas sentían orgullo de tener una loquita como amiga del ambiente. Creo que eran más sinceras a pesar de ser en general más peleonas (en lo físico). Sentía que no me entendían a mí, en nada. Solo admiraban y apreciaban que era un alto profesional. Yo tampoco veía que podía tener algo de "doble personalidad", era muy difícil de entender y jodón. Sentía que en general nadie me quería. Seguía soñando con volver a Chicago, pero me gustaba estar con mi familia y me agrada ser profesor de los boricuas de la Isla.
La amistosa competencia en la pista de baile era sencillamente campal. Los danzantes se movían como si fueran profesionales del “ball room dancing” más prestigioso del mundo. Pese a que había visto muchos bailarines de salsa en Chicago y Nueva York, los de Puerto Rico desplegaban unas destrezas y pasos muy particulares, impresionantes, inigualables. Poseían movimientos que no existen en otros lugares donde se baila la salsa en su major sentido. ¡En Puerto Rico la salsa parece más espesa! No obstante, el gusto por la salsa y el merengue, esos ritmos tan híbridos y afrocaribeños, resulta el mismo para todos, para los de aquí y los de allá, para blancos, negros, mulatos y aindiados. Y a mí, si bien me gustan la salsa y el merengue, no es hasta que escucho la música disco que me lanzo apresuradamente a la pista de baile (con alguien que acababa de conocer, en aquel entonces). Creí en tal momento que con ese ritmo sí que me podía lucir y destacar. Pero nada más erróneo; había Travoltas por todas partes. Aun así logro llamar la atención de muchos, especialmente del que conmigo bailaba. Sería mi nuevo parejo por unos cuantos meses a pesar de que no le gustaban las locas (la que yo teatralmente estaba tratando de representar, para joder, y no sé por qué). Bastante tardó en enterarse y entender de que yo era un travesti-cross-dresser.

(Aquí dejo muchas cosas importantes que decir para más adelante en otra ocasión).

Nunca pude irme de Puerto Rico, como quería, y no sé por qué. Creo que yo mismo saboteaba mi partida por mis conductas inconscientes y raras. En un posterior momento, varios años después, para inicios de los 90, en mis intentos de diálogo militante conozco a Pedro Peters, un mulato boricua, veterano de la guerra de Viet Nam (y quien luego, a partir de los años 80, sería un afamado activista gay en P. R.). En 1973 había regresado a Puerto Rico, luego de haber servido en el ejército norteamericano durante la guerra de Viet Nam, y de posteriormente haber residido en Nueva York (era liberal, nada radical en ideologías, creía en lo federal norteamericano y se mostraba como un Popular casi fanático). Fue también discípulo del sacerdocio o algo así. Me cuenta cómo a su regreso encontró en la isla lugares de entretenimiento gay, como el Chacha Palace, Villa Caimito, Speak Easey, Main Street, La Danza, The Annex, Lyons Den, Hill Top, el 10-2, El Finale, El Big Spender. De todas ellos, encuentra que El Refugio del Indio era el bar más latino e interesante. Los años 70 le parecen, y muchos están de acuerdo, los más dinámicos e intensos en cuanto a tiempos de expresión mariconil en Borinquen. Siempre me pareció estupendo el que un hombre gay de su generación fuera tan aguerrido y abierto en su identidad pública. Era, y es, muy querido por todos.
      En Boccaccio (y luego en Tía María)  había conocido también a Johnny y a Tino, ambos de clase social bastante holgada y que se habían lanzado a los inaugurales espacios de homosexuales en los años 50 y 60.  Me habla Johnny de El Afro, el Sand and the Sea, The Owl, El Camino Real, localizados en Santurce, en El Condado y el Viejo San Juan. Eran lugares principalmente frecuentados por un público heterosexual, y donde se colaban algunos homosexuales. No podían bailar hombres con hombres. Para la época, los gays. en esos espacios, se veían todavía forzados a disimular sus gustos e identidad. No se concebía todavía para los años 50 un público pateril de la manera en que se entiende a fines de los años 70. Me indica Johnny que los primeros disco-bar en los cuales habrían de bailar hombres con sus semejantes fueron El Camino Real y Gill Top. Para principios de los ‘70 surge Page Two, un bar más latino y gay, propiedad de las doñas que, luego para principios de los años 70, abrirían en Hato Rey el famoso Boccaccio. Cuentan los bochincheros, que se hicieron ricas con el dinero de los gays y luego se lo dieron a los gringos, jugando en sus casinos en San Juan. No creo que ni en los años 80 contribuyeran mucho a las causas gays ni a la aportación monetaria para los pacientes de sida que morían como  moscas.
Son muchos los turistas, en su mayoría norteamericanos, que para esa época visitan estos lugares. Visibles son también los emigrantes cubanos que habían huido del gobierno de Fidel Castro. Todos los concurrentes traen de sus culturas modelos de ser gay, pese a que la mayoría del público local se apegaba mayormente a los patrones de una cultura católica de disimulo y apariencia. Pero se está en tiempos de gran transición especialmente en los años 60. Entienden que en los procesos culturales amplios, los cambios importantes vinieron a traerlos la televisión, las revistas, el cine, no sólo de Estados Unidos sino de Méjico, Argentina y España. Se trataba de un nuevo contexto cultural que dio apertura a conductas y expresiones humanas que, pese a la modernidad iniciada ya desde los años 30, continuaban reprimidas. Junto a Liz Taylor, Marilyn Monroe y Judy Garland en los medios de comunicación isleños se destacaban íconos hispanos como La Doña (María Félix), Sarita Montiel, Libertad Lamarque, Lucy Fabery, Tongolele, Ninón Sevilla, Meche Barba, María Antonieta Pons. Son mujeres que simbolizaban la liberación del cuerpo y la seducción sexual y que abrirían el camino a una sociedad más atenta a las trasnsgresiones y a liberación globalizada impulsada por los medios masivos de comunicación. Mucho habrían de aprender de este nuevo medio que traía criterios y modos de ser de una modernidad distinta a la nuestra que seguía tercamente fundamentada en el encerramiento del catolicismo campesino y rural. Ya para esta época me cantaba atea. Ahora soy un agnóstico... creo.
Muy del gusto de los homosexuales en los 50 y 60 era la excéntrica e irreverente cantante cubana, La Lupe. El feminismo se connotaba en las canciones de Olga Guillot y Blanca Rosa Gil, cubanas que frecuentaban el ambiente farandulero de Puerto Rico, y de las boricuas Mirta Silva, Lucy Fabery, Carmen Delia Deppini y Carmita Jiménez. Las imágenes de liberación y desprecio al mundo machista que se desprendían de las expresiones de muchas de ellas servirían de signos a los homosexuales en sus rechazos al mundo de los machazos que dominaban la cultura, mediante los tríos (como Los Panchos) y su macharrana música (pese a que sus tonos cancioneriles tenían mucho de femenino). Iconos del goce y la bohemia machistas eran el “inquieto anacobero”, Daniel Santos y “la voz”, Felipe Rodríguez. Muchos eran los gays (para aquella época no se usaba ese término) que para los años 50, paradójicamente los admiraban e imitaban. Pero posteriormente, a mediados de los ’60, emergen cantantes más sutiles, como Al Zeppi, Chucho Avellante, Julio Ángel y Oscar Solo. Algunos de ellos serían vistos, sin embargo, con una ironía algo similar a la que era reconocido el andrógino y popular astrólogo de la televisión, Walter Mercado. Para los hetero, como mi padre, ¡todos eran patos! Pero esos artistas menos machistas ya estaban visible allí en varios medios. Por eso quizás gustaba tanto, en el ambiente de bares y cabarets, el radical pero suave baladista, Danny Rivera. Y de las mujeres, destacada sería la figura de la cantante Lucesita Benítez, precisamente por su voz potente y enérgica, su personalidad rebelde y presencia travestida. Siempre se rumoró que era lesbiana, por lo que era más querida por los gays. Nunca ha hablado mucho de su identidad sexual y creo que no importa tanto, pues lo que ha interesado es su potente voz y talento que todos valoran. Lissette fue muy admirada y querida por los gays más asimilados y modernos al estilo Miami. Nunca tuvo gran voz, pero era sería, disciplinada y muy profesional.
Me hablan Pedro, Tino y Johnny de los muchos marinos brasileños, alemanes, canadienses, venezolanos, que para los años 50 y 60 llegaban a los puertos de El Viejo San Juan, y que pululaban en los clubes y bares donde asistían los llamados "patos". La mayoría de ellos, en sus viajes por el mundo, habían aprendido a expresar sin mayores refrenos sus deseos homoeróticos. Los más atrevidos eran los marinos brasileños, me dicen. Sobre todo, las loquitas acudían al muelle 8 de El Viejo San Juan a recibirlos. Los dueños de muchos de los pequeños hoteles del área eran puertorriqueños. Importante fue el Hotel Roma de la Calle San Francisco frente a San Cristobal, el que se quemaría posteriormente. También había corrido la fama del Arturito Cortés, un prostíbulo homosexual en Mayagüez (equivalente al prostíbulo de mujeres, de Isabel la Negra, en Ponce). En el mismo, los más adultos y ricos podían conseguir jóvenes criollos. Igual de importante en los años 70 era el club Lyons Den de El Viejo San Juan, al cual acudían “a trabajar” muchos putos isleños y jóvenes indigentes del barrio La Perla, principalmente. No obstante, esas eran prácticas de minorías de minorías sexuales, que también se encuentran entre los heterosexuales (no es de olvidar los bares de "stripers" y cabareteras de todo tipo). En su mayoría los gays se componían de gente convencionalmente trabajadora, que se desempeñaba más aficazmente en la moderna ciudad con sus restaurantes, salones de belleza, talleres de costura y modas, tiendas comerciales, escuelas, gimnacios, aeropuertos, universidades. Muchos de ellos ni se acercaban al estereotipo radial y televisivo de la loquita, del patito que tanto hacía (y hace) reír a la sociedad en general y que se estereotipaba en la televisión mediante Ramoneta Cienfuegos y Pasión (personajes de los comediantes heterosexuales, Shorty Castro y José Miguel Agrelot, respectivamente). Me dicen que el famoso comediante Machuchal era gay. Era sin embargo, un icono de masculinidad jíbara en nada asociado con lo mariconil. Pero la masculinidad no tiene que ver para ser gay pues casi todos ellos son varoniles.
Pedro Peters insiste en que el lugar más destacado para principios de los años 70 fue la discoteca Abbys, de dueño polaco. La misma sustituía, tras su decaída popularidad, a La Vista, y se anunciaba en revistas como He Man, por lo que asistía gran cantidad de turistas. En general, muchos de estos turistas viajaban a Puerto Rico por ser un lugar más económico, libertario y tolerante (qué ironía en comparación con hoy día). Volaban por Avianca, Pan American, Transcaribbean Airlines, Eastern. Junto a ellos, los homos locales eran cada vez mas visibles en la capital. Con razón se veían tantos en la plaza de San Juan los fines de semana y en los carnavales de San Juan. Estaban, según mis amigos, en plena modernidad y gozando de los bienes materiales y culturales que dejaba el antiguo estado-libre-asociado ("whatever that means") de los años 60.
Pese a esta influencia extranjera, para la última mitad de la década del 60, hay gran afán en la búsqueda de lo latino entre los gays isleños. Iris Chacón se convierte en un símbolo importante de los homosexuales, tanto de los que abiertamente lo eran como de los más escondidos. En las velloneras, la radio y la televisión se escuchan las más modernas canciones de la Nueva Ola (Lucesita Benítez, Chucho Avellanet, Danny Rivera, Julio Angel). Traen al nuevo escenario artístico canciones muy influidas por las culturas pop y hippie norteamericanas (muchas letras cancioneriles provenían de traduciones del inglés). Muy famosos en esa época vendrían a ser el documental sobre Woodstock, el drama musical Hair, la canción “Acuario”. A escondidas, en silencio, sin hablar mucho de ello, los gays boricuas disfrutaban de todos esos signos de liberación genérica y humana de esa singular época tan favorable a los cambios sexuales.
Desde principios de la década del 50, Puerto Rico comienza un firme proceso de modernización que, para fines de los años 60 y principios de los 70, culmina en la creación de una sociedad consumista, asimilista de los modelos políticos, económicos y sociales norteamericanos, y de complejas conductas de la modernidad ya más tardía. Si bien estos procesos persiguen ademanes coloniales y globalizados, también aportan nuevas estructuras de liberación sexual y social a la cultura local. Pero no todo resulta en feliz desarrollo. Más adelante, para mediados de la década del 80, las iglesias católicas y protestantes comienzan a agenciar sus homofobias y dogmática reacción ante muchos de los cambios que llevaban de una sociedad rural y religiosa a una cultura urbana y ultramoderna, más laica y liberal. La novela "Felices días, tio Sergio" de Magali García Ramis (1986) recoge mucho de esto. Qué mucho le costaba a la gente mayor de los años 70 entender que estabamos cambiando, que no había marcha atrás, que no teníamos que ver nada con el Diablo, que la mayoría de nosotros no consumíamos drogas, ni eramos criminales y seres extraños. La gente parecía amar a sus hijos gays por costumbre del amor familiar pero no entendían un carajo ni querían entender de las diferencias sexuales. “A mi plin y a la madama dulce de coco”, era un dicho de la época. Tampoco se hablaba del tema y los gays eran invisibles y seres sin un "juego del lenguaje" apropiado. Yo seguí en mis pasos, un poco solo, poco a poco, hasta llegar a ser hoy (en el 2012) más un trangénero que se ha olvidado  felizmente que tiene mucha ropa de hombre en el closet y creo que allí se quedará.
Ya para la década del 70, la sociedad puertorriquena alcanza una modernidad algo más cercana a la de las ciudades avanzadas, como Nueva York, San Francisco, París, Londres, Buenos Aires, Río de Janeiro, Ciudad Méjico. No obstante, se continúa sosteniendo visiones y perspectivas sociales en que valores ancestrales se mezclan con los signos modernos que vienen a ofrecer la prensa, la radio, la televisión y el cine. Sobreviven sectores sociales conservadores en que lo bueno y natural debe estar regulado por el matrimonio heterosexual, lo monógamo y reproductivo. Lo malicia social se relaciona al comunismo, el independentismo, la homosexualidad, la promiscuidad, las orgías, las drogas. Muy lejano se estaba todavía de que un gay pudiera mudarse a San Juan (como lo podría hacer un chico de Colorado que se traslada a San Francisco o Nueva York) a trabajar en un taller, tienda u oficina, con un público gay, y donde el diario convivir estuviese relacionado con la definición y reafirmación de una identidad homosexual. No se tenía concepto de que los gays podrían ser una minoría sexual o una identidad que debería de estar protegida por el Estado, como estaba ocurriendo con las mujeres y los negros en Estados Unidos y en el propio Puerto Rico. Habría que tener en cuenta que para 1890 había cafés en París, cerca del Place Pigalle, que disponían de una clientela lésbica. Esto contrasta con que un siglo después, en 1980, el Papa Juan Pablo II promulga mensajes reafirmando su afiliación a los reclamos más conservadores de los modos paulinos de entender la sexualidad: condena al divorcio, el aborto, la pornografía, la prostitución, los preservativos anticonceptivos, el control natal. Si se condenaban tanto las modernas prácticas heterosexuales… ¿que podría esperarse de las homosexuales? No obstante, creo que algún territorio se había ganado en convencer a la sociedad de que no representamos el homónimo de la perdición social, el pecado y la asociación con el diablo y la muerte (lo anal tiene mucho que ver con estas asociaciones heterosexuales). El aspecto científico del determinismo genético y el criterio construccionista de la sociología han sido importantes en este cambio de mentalidad. Los gays nacemos así y luego la cultura nos acaba de molder para bien o para mal. Igual ocurre con lo heterosexuales. La educación es la que debe dirigir el sujeto hacia el bien social de respeto, justicia y dignidad y eso incluye aceptar el ser gay como ente "normal" en el mundo.
Nuevas amistades de transformistas que conozco para el comienzo de los años 90, como Juliette Colón y Gilo Rosa, me hablan de El Cotorrito. Para fines de los años 60, este cabaret se convierte en uno de los lugares más impresionantes e importantes de la subcultura gay de travestis y transformistas que se estaba formando. Muchos mencionaban la época cotorrita con nostalgia como una época dorada de la "subterránea" vida queer en Puerto Rico. Estaba localizado el club en la Parada 26 y Ponce de León en Santurce (modelo de ciudad moderna de la época). Asistía, en general, grupos sociales pudientes de la isla y era propiedad del famoso compositor y cantante (también travesti e imitador de Carmen Miranda) Johnny Rodríguez, y quien había sido, en una ocasión, integrante de un famoso trío isleño. Acudían al Cotorrito lesbianas de la fama de Mirta Silva y se presentaban los mejores travestis del país que seguían la tradición de cantantes y vedettes españolas, mejicanas, cubanas, argentinas y norteamericanas. Se destacaban Mr. Ray, quien imitaba a Carmita Jiménez, el transexual, Isu Clemente, Mr. Angelo, con su imitación de Tongolele, Mr. Ponti (Donna Summer o Dianna Ross?), Mr. Cadiz, quien cantaba con su propia voz, Rafaelo hacía de la actriz Marta Romero, Mr. Ginger personifica a La Lupe, Julliette Colón imita a Iris Chacón. Luisito Cristal es un flamante bailarín y coreógrafo, que en una ocasión, en el escenario, llega incluso a forrarse de luces como un arbolito de navidad. Un poco después muy vistoso y reconocido sería el andrógino-travesti Jaime Zequeira (?). Siempre estaba metido en líos y chismes con todas las demás locas. Creo que este último era más de la pandilla del club Villa Caimito, arriba en la montaña. Me dicen que en una ocasión ganó el premio de Reina en una de las muchas competencias que allí se realizaban, y luego las contendientes la odiaron tanto por sus actitudes arrogantes que la tiraron de cabeza, con todo y corona a la piscina que allí había (era un Country Club). Creo que fue la reina más mojada y triste que vieran todas jamás. Luego se metería en líos tan escandalosos, (fue acosada por la prensa amarilla a cada momento). Solís presentarse con un carácter muy agradable, pero se tardaba muy poco en sacar a flote sus "patologías" [creo].
Pero había ya un grupo de personas gays que formaban lo que podemos llamar una generación queer muy peculiar. Entre ellos había una nueva generación de transformistas que, pese a su feliz proceso de liberación (y todos juntos), comienza pronto a sufrir la represión organizada por el Estado y los religiosos. Me cuenta Julliette Colón que para el 1982 un grupo de religiosos fundamentalistas realiza una protesta frente al teatro Matienzo en Santurce, donde muchos de estos performeros cotorritos montaban un espectáculo. Para ganarles la contienda, las dragas ofrecen el show gratuitamente en la calle, frente a los propios protestantes y el público en general. Fue una buena estrategia pues ya tenían público cautivo. No obstante, esa protesta de los fanáticos religiosos marcaba uno de los inicios de la ola de represión contra los gays, que rinde hasta hoy día. A partir de la década del 80, la policía y el Estado comienzan a fustigar a los homosexuales (ya lo hacían rutinariamente con los independentistas, especialmente contra los socialistas) en Puerto Rico, siguiendo los patrones represivos de los republicanos y conservadores de los Estados Unidos (que practicaron muy bien en Watergate). Todavía para 2011 han invadido lugares del prestigio de clubes como Circo y Tía María (lugares que pagan muchas contribuciones, por cierto). Pero los gays en general todavía se acobardan y no defienden sus espacios. A un colombiano (Lucho, de Queens) que ha intentado (a principios de los 2010) salir a flote en Santurce con un bar gay, pero la policía y las autoridades del estado jurídico le han hecho la vida imposible (estoy en los 2011).  Me han dicho que pese a todo ha sobrevivido. Los travestis y transportistas de ese lugar ofrecen espectáculos de increíble calidad y han ganado en Estados Unidos premios tan prestigiosos como Mrs. Gay Continental. Creo que la primera en ganar ese título a principios de siglo fue Ms. Babra Herr, uno de los trans-géneros más famosos de Nueva York y Puerto Rico (de la época de Bachelor y Souvenir).
Y en lo que a mí se refiere, y volviendo a mi llegada a Puerto Rico en 1983 de que hablaba antes, tras dos semanas de turismo mariconil, a finales de julio me lanzo a la calle en búqueda de empleo. Se vivía, para el año 83, una época de gran sequía en la isla, se realizaban las vistas gubernamentales del Cerro Maravilla y se escuchaba en el radio constantemente la canción del Gran Combo,  “Y no hago más ‘na, más 'na”. También se comenzaba a escuchar de una epidemia que afectaba a los homosexuales, principalmente, y que luego sería conocida como el sida ('más 'na, más na'"). Fueron muchos los que morirían, no de la sequía natural sino de la simbólica, que quemaba el cuerpo (el Sida y la pastilla AZT). Fuimos muchos los que por años creíamos que nos habíamos infectado y vivíamos con la paranoia y la angustia (considerada subconscientemente como una desgracia pública y personal (del cuerpo y la inesperada muerte). Mi amante Patricio moriría un poco más adelante a principios de los años 90, al igual que mi hermano en New York, y mi compañero de estudios y amigo, quien era tan cuidadoso (Alberto), se infectó pero el maricón sigue vivo para alegría de todos nosotros. Creo que es de las pocas personas en el mundo que ha vencido ese virus, de la muerte segura que trae antes de tu tiempo; y en aquella época porque hoy día no mata tanto gracias al coctel (pastillas).
En julio había llegado tarde a PR en mi búsqueda de empleo, pues todo parecía estar ya repartido en el campo de la enseñanza. No tenía palas en el gobierno y mis antiguos profesores creo que se extrañaban de verme en pie, y ni creían que yo tuviera un doctorado "bona fide" (nunca fue de la élite estudiantil de Arcadio Díaz Quiñones y Ana Fernández Seín). Me desespero un tanto, y preparo las maletas para regresar a Chicago antes de que me ocurriera quedarme sin trabajo aldea también. Mi madre, mujer de fe católica y caribeña, pide por mí ante “el negrito”, San Martín de Porres. Y yo, pese a que me creo agnóstico-ateo, pido en broma a las deidades que me deparen lo mejor. En una ocasión lo hago, como quien no quiere la cosa, ante el cuadro de una santa que vi en el Castillo de El Morro, y que me pareció una protectora de los viajantes (me entero luego que se trata de la virgen La Caridad del Cobre). El día antes de mi concertada partida a Chicago, recibo una llamada del director de un colegio universitario de Fajardo, quien se había fijado en mis buenas credenciales académicas y me había visto la cara de jíbaro aguzao que podía trabajar bien en esos altos niveles. ¡Y podía volar también más de lo que jamás él se puedo imaginar!, pues él era más bien una batatita con corbata, pero con ojo para fijarse en mi potencial. Me alegro de que eso sucediera, pero a veces no tanto. Considero que a la larga debo estar agradecido del destino que se deparó aquella virgen, ... creo 9en Chicago lo más seguro me hubiera infectado). En una ocasión le llevé el ramo más lindo de flores que encontré en la tienda, porque cuando niñito yo había sido protegido también por esa deidad (por lo menos siguiendo nuestro imaginario religioso del pueblo). Creo que ya no puedo dejar de ser un agnóstico cercanísimo a lo ateo. Como diría Unamuno: "que Dios me perdone".
Ahí me emplean en la Interamericana de Fajardo, y comienza así un nuevo capítulo de mi vida en Puerto Rico, mi pobre y rico puerto, la isla del encanto hecha cantos y espantos. 

Encontré en esa pequeña Universidad algunos profesores de mentalidad radical que a ocultas, en sus tiempos libres, se sentaban cerca de mi puerta para escuchar mis clases que eran tan diferentes (cumplián con la izquierda pero tenían otros elementos ideológicos como los de Michel Foucault, Levi-Strauss, René Girard). En aquellos tiempos me aplicaba en mis clases, sin tan siquiera pensarlo mucho, a educar ingenuos y no bien preparados estudiantes que no entendían mucho de lo que les decía ni poseían el mínimo interés en ello. Se me salía siempre, en algo, la teória psicoanalítica y postestructuralista aplicadas a la literatura, por lo que considero que algunos apreciaban un tanto de lo que estaba realizando porque les ponía todo en bandeja de plata pero en sus términos, y empleando conceptos y ejemplos pertinentes a ellos mismos. Creo que los alumnos no salían de su asombro de que se pudiera ser tan agresivo y desafiante en el saber y en la educación y de que en el siglo 20 hubiese gente tan interesante para conocer mediante sus textos, pero con teorías y críticas diferentes (Unamuno, Ortega y Gasset, García Lorca, María Luisa Bombal, Pablo Neruda, César Vallejo, Juan Ramón Jiménez, Palés Matos, Julia de Burgos, Simone de Beauvoir, Carlos Fuentes, Noam Chomsky, Michel Foucault, Jacques Lacan, etc.; vistos desde perspectivas distintas). Había muchos maestros mejores que yo porque eran más metódicos y claros, pero no eran tan agresivos o reflexivos con lo ya aprendido. Era más de lo mismo, pero bien presentado. (Mientras hablaba en las clases también notaba cómo mi dominio del español había sufrido varios azotes en los Estados Unidos).  En mis análisis no acudía a la biografía o al estilo superficial o al comentario que a uno le pareciera más bonito y halagador de un texto. De eso hablaba la mayoría de los profesores allí; se cultivaba mucho la opinión y la crítica pendeja. Yo acudía más bien al análisis semiótico, la hermenéutica, el post-estructuralismo. Algunos entendían lo suficiente, otros no tanto. Creo también que estaba rodeado de estudiantes de preparación académica fundamentalista en lo religioso que nunca habían escuchado a un catedrático que pudiera de-construir textos y ante todo maldecir el canon, y la tradición por más patriótica que fuera; y sobre todo que pudiera blasfemar y maldecir sin tapujos. (A veces me arrepentía y me preguntaba si debería reprimir mi discurso tan fuertemente anti-religioso y anti-establishment). Gané adeptos, y creé detractores muy ocultos que todavía me quieren ver rodar por el piso. Yo voy a mí y ya se les hizo tarde. Lo que hay abajo es el mismo infinito de arriba. No obstante, me hice amigo de tres o cuatro profesores muy atentos y diferentes al resto. A uno de ellos termino retirándole la amistad (por arrogante), otro se casó como tres o cuatro veces y se perdió por esos mundos, otro (el más buena gente) murió a causa de una enfermedad que le provocó el VIH. Fueron muchos los amigos y conocidos que perdí desde 1983 (más de cuarenta).
Sabía que era también escuchado y vigilado por el Poder y trataba de mantener el mayor ciudado posible en ciertas cuestiones ideológicas, pues se trataba de una institución laica (la Universidad Interamericana), pero que en el fondo era religiosa y "fascista" y cuyos síndicos y gente poderosas en las altas esferas de la academia de la isla en general eran muy conservadores en todos los aspectos. Quería también ser bien agradecido con una institución que me pagaba a tiempo y bien. Tampoco creo que casi nadie se diera cuenta de que era una persona gay; no tenía con quien hablar mucho del asunto al principio, pero no mantenía ningún reparo en "cantar" abiertamente si fuera necesario mi identidad sexual. Yo misma, Lizza Fernanda (todavía no había completado mi identidad trans en aquel entonces). Ya había ejercido con travesti en Chicago, pero como cuestión pasajera y divertida... no sabía que había una "mujer" dentro de mí, que saldría poco a poco, para unirse a mi identidad de Luis Felipe.
Me daba perfecta cuenta de que a los alumnos los habían acostumbrado por medio de su educación como niños y adolescentes a los análisis y los cometarios tontos y pendejos en lo referente a obras literarias y cultura. Pero había mucho de hipocresía socio-cultural, como dondequiera. Si bien casi todo el mundo era fundamentalista religiosamente hablando, también fornicaban con el prójimo todo lo que podían. Muchos hombres bisexuales (que no se concebían como tal) estaban viviendo una vida de heterosexuales, pero se tiraban (se chingaban) todo los nenitos que podían. Las lesbianas tenían costumbres algo distintas y no creo que fueran tan hipócritas como los varones gays y heterosexuales. Tenían sus jodiendas también pero eran de otro cantar no tan jodido. El chingoteo hipócrita entre alguna gente heterosexual era rampante (muy moteleros) y ya aquella no era la sociedad jíbara que yo había conocido en los años 50. Pienso que como era muy niño para esa época de jibarito de antaño (en los años 50) a lo mejor la situación sexual era igual o similar pero no me percaté de ello por mi inocencia infantil. Muchas cosas habían cambiado para bien y muchas para mal. ¡Quién sabe! Temo equivocarme mucho en lo que digo y ser injusto, y a veces pienso que "calladito me veo más bonito". Por aquí, entre estos temas, tengo que escribir y expresarme más.
Los macharranes hacían fiestas más fácilmente. Las mujeres por su parte ya no eran como las que había dejado en Puerto Rico hace muchos años y que se parecían a mis tías en lo castas y pendejas que podían ser. Algunas mujeres ya podían fácilmente serles infieles a su maridos y si eran solteras o católicas no tenían los temores que solían poseer antes. Por los menos así era con las que yo conocía de mi familia cuando era niño, quienes eran algo tontas en cuestiones sexuales y su lugar frente los hombres era, después de todo, sumiso. Pero en general estaba ante una sociedad más andro-normativa en sus mandatos ocultos, tremendamente hipócrita en tantas cosas y sobre todo en las sexuales. Siempre hubo asesinatos (ignorados, como si no importara) de mujeres y gays, y creo que la cosa ha empeorado para principios del siglo XXI. Ya en los 2000 hay activistas gays muy militantes y respetados en estas cuestiones, como Pedro Julio Serrano, y varias mujeres cuyos nombres no recuerdo bien (Cicilia La Luz).  
No obstante, sobresalía aún en la sociedad boricua en general el deseo de respetar y yo me sentía agradecido por mucha gente que apreciaba mi genuina manera de ser, que por cierto era más contenida y cautelosa en cuestiones sociales y sexuales en general. Cada vez salía más del closet y estaba más en control de mí y de lo que pudieran opinar o hacer. Creo también que en los Estados Unidos había aprendido a expresar un carácter que al isleño le causaba algo de extrañeza y temor. Solía ser muy competente en mis cosas, puntual y bien responsable; y mucha gente aunque bien podía hasta ser major que yo en esos aspectos, tal vez no eran tan seguros de serlo. Creo que había más gansos (gente lista) que gente genuinamente trabajadora y sería. ¿Dónde y cómo habían aprendido los boricuas a ser tan oportunistas y sinuosos en su proceder? La "modernidad industrial" de la colonia los enseñó a ser más incompetentes que humana y laboralmente funcionales y felices. Sería una estupidez pensar que antes era mejor. Hemos progresado material y espiritualmente a pesar de todo. Creemos en nuestro pueblo aún (en eso me parezco a alguien que he criticado muchísimo: Antonio S. Pedreira).
Rápidamente me gané el respeto y la confianza de mis colegas y estudiantes por el estilo de mi trabajo esmerado y funcional y porque también solía socorrer al que se quedaba académicamente atrás o al que tenía todo tipo de dificultades (¡y cómo las tenían!). Desde los años 50 la sociedad puertorriqueña estaba cambiando vertiginosamente, preparándose para un mundo industrial cuando ya se nos venía encima el mundo cibernético. El desplome y la confusión que causaban los intersticios de esos dos mundos era patética. La gente necesitaba títulos y haberes para ser aceptada en ese mundo y muchos de los profesores que veníamos de los Estados Unidos les veníamos como anillo al dedo. Fueron tantas las tesis de maestría y doctorado que llegaron a mis manos y que ayudé a remendar y remediar. Hubo gente agradecida y algunos ni las gracias me dieron.
 Repito cómo recuerdo que el verano de 1983 fue sumamente caliente, y hubo una gran sequía, todo el paisaje estaba quemado y alguna gente muy irritada (era una metáfora ambiental de lo que estaba pasando en la política espiritual; y quizás dentro de mí en mi soledad y tristeza). Yo viajaba de Río Piedras a Fajardo en una guaguita y notaba cómo por la mañana aquello era una locura de sálvese quien pueda. Era muy difícil meterse en la guagüita y obtener un asiento; nadie con sus empujones dejaba entrar a nadie y afuera en la carretera había unos constantes tapones del demonio. Los choferes trepaban los autos hasta en las aceras para avanzar. “Me levanto bien temprano por la mañana/ y me como una gandinguita, bien por la mañanita/ y no hago más na… más na”, decía la canción del Gran Combo que tocaban una y otra vez en la radio (y yo enloquecía con todo... ¿qué carajos era aquello?). Y así era ya mucha gente de nuestro pueblo, con sus virtudes y defectos; siempre se encontraba gente muy especial y excepcional en su trabajo y trato personal hacía el prójimo. Todavía había bastante trabajo que encontrar si se quería de veras laborar. Había mucho de la parte jugosa de la guachafita colonial estadolibrista que nos venía de los años 50 (nuestra guaguita colonial). Era también la época de las vistas del Cerro Maravilla que Edgardo Rodríguez Juliá explica tan bien en su libro, Una noche con Iris Chacón. Mientras todo esto ocurría, allá en Chicago mi amigo Pat enloquecía porque yo lo había dejado. Tuve que operarme de las amígdalas en esa ocasión en Fajardo y la experiencia fue horrible en todos los sentidos. ¡Qué incompentencia!¡ Por poco me matan! Creo que me debilité en lo inmunológico, mucho, luego de la operación, y desde entonces no he sido el mismo muchacho fuerte y saludable. ¡Qué mierda! No obstante, todavía hoy, a los 67 años, camino con tacos de cinco pulgadas de alto!
El pueblo de Fajardo me aburría y casi me estrangulaba después de haber vivido en Chicago por tanto tiempo. No había nada qué hacer, ni un buen restaurante, ni un club interesante, ningún sitio donde se pudiera reunir la gente gay. Ya a las siete de la noche no había ni un alma en el pueblo. Uno que otro gay o heterosexual en la plaza pública; algún puto viendo qué podía caer para calmar su bellaquera o su bolsillo. Tal parece que era un mal (o bien) nacional: la bellaquera constante y muchas veces descarada. Estoy hablando desde mi mirada de la moralidad algo kantiana, que para bien o mal había ya dominado mi modo de ser desde niño. Para mí la decencia y el respeto públicos, y la cautela privada sin hipocresía y doble estandard iban primero. Eso me llevaba siempre a perder oportunidades sexuales tal vez interesantes. Eso también fue lo que me llevó a librarme del SIDA, y a que merodeaba en ese remoto pueblo de la Isla donde no había mucho que hacer, fuera de lugar, para mi estilo. Eso ha sido lo que me ha permitido tener hasta hoy la cabeza en alto y no dejar que ningún pendejo se atreva a lanzarme una de sus miradas sugiriéndo que yo tenía techo de cristal. Eran solo dos o tres tejas de cristal muy difícil de alcanzar. Creo que no se me entiende...
A la gente le encantaba la playa y yo siempre le he huido al sol. Les gustaba celebrar en familia y en grupos tribales de una manera diferente a como yo lo hacía de niño en el campo, y yo no disfrutaba en nada esas prácticas (sin necesariamente repudiarlas). A todo el mundo le complacía irse los domingos a la celebración del día del plátano, o de la gallina, o de la calabaza, o del chayote en los diversos pueblos de la isla, y yo no. Con unos tapones (congestiones de vehículos), esperas, malos olores a gasolina, accidentes, crímenes, mujeres maltradas, niños desparecidos etc. Yo no disfrutaba de nada  y mucho menos de las actividades religiosas tan católicas o ya protestantes al término de la desesperación. Que mucho agradaba a la gente todo lo que a mí no me interesaba: juegos de pelota, basketbol, beisbol, patinaje para caerse a patadas y puños, juegos de barajas, dominó, peleas de gallos (¡que horror!). La películas que daban en el cine eran de un año anterior (ahora las cosas han ido cambiado) y casi todas eran las malditas comedias de los gringos (que no creo que la gente entendiera muy bien y les reían las gracias, como marionetas); y una que otra comedia mal hecha en el Puerto Rico, de la guachafita rápida y fácil, que era del agrado de la mayoría. La versión cinematográfica de "La guagua aérea"(cuento ensayo de Luis Rafael Sánchez) fue una tremenda porquería; "La gran fiesta"... regular. Todo se realizaba a gran velocidad, mal, pero la gente parecía gozar mucho del escarnio y el relajo; era el remeneje, el vaivén hacia los lados, hacia arriba y hacía abajo, del avión en “La guagua aérea, el ten con ten). ¡Weepaaaa! ¡Mira, mira! !Y no hago más na', más na'").
Los viernes a la una de la tarde tomaba la primera guaguita que me llevaba a San Juan y me metía en el primer restaurante típico pero más moderno que veía por allí, donde no hubiera tanta fritura. Por la noche me iba al bar del Atlantic Beach Hotel, luego a Bachelor o a Boccaccio. Pronto aprendí de un nuevo sitio gay que se llamaba Villa Caimito, pero vendían bebidas adulteradas (vodka que era todo menos eso; era alcohol de enfermos) y las borracheras que se cogían allí eran sencillamente asquerosas y venenosas. Me preparé a fines de ese semestre para regresar a Chicago y  trabajar en lo que fuera, lo primero que apareciera y pagara un salario mínimamente decente. Pero me enfermé severamente de mis amígdalas y me operon en las navidades (ya lo dije). Ya tenía ya 33 años y por eso dicen que sufrí mucho y tardé en curarme por viejo. Tuve que trabajar un semestre más en aquel lugar para el gusto de ellos, pues no querían que me fuera y me apreciaban. Luego me fui a Kalamazoo College en Michigan, donde me ofrecieron "villas y castillas" y yo los escuché. ¡Qué metida de pata, cómo me equivoqué y qué mál la pasé! Otro día les cuento. No sé por qué regresé a la Isla. Empleé el llamado de mi madre como excusa.
Yo sin embargo, estaba preparado para otras cosas menos desastrosas! Sobre todo cuando yo mismx me he convertido en una isla distinta a la que era. Ahora puedo mirar al continente en que viven casi todos los que me leen. No sabía que iba a abandonar el espacio genérico que siempre había tenido desde niño. Ha sido mi mayor viaje. Ha sido mi mayor emigración. He migrado a un sitio que no es exactamente el femenino, es un trans, un paso, una ambigüedad, un estar en la frontera. Ya no podré regresar a donde estaba (a aquella isla que se llamaba Luis Felipe) ni podré llegar a la que la sociedad denomina mujeres (pues no lo soy ni lo siento ni quiero serlo). He estado viajando desde que nací hacia el espacio del otro y cuando vuelvo la mirada puedo ver cómo era, pero ya no volveré a ser así (soy un nuevo otr@). No sé si me quedaré en Puerto Rico ni si regresaré a Chicago. Tengo que estar en el espacio trans, no importa dónde viva físicamente. Mi casa no es mi casa y nunca lo será. Pero no importa... la limpiaré y adornaré siempre y estará bien bonita hasta el día que me vaya al transmigrar definitivo... la muerte. 


Lizza Fernanda 20 años después de lo anteriormente dicho  
y con algo de angustia ante lo pasado y el porvenir




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