jueves, 31 de mayo de 2012

Reseña de El imperio de los pájaros de A. Echevarría Pagán


El Imperio de los pájaros 
de Abdiel Echevarría Cabán.
Presentación: Librería Mágica, 8 de septiembre de 2011.

Abdiel Echevarría Pagán

Por: Luis Felipe Díaz.
Departamento de Estudios Hispánicos
Universidad de Puerto Rico
 Recinto de Río Piedras


En El imperio de los pájaros (libro de poemas de 2011) se imponen inicialmente dos significantes de perfiles cronotópicos ya comunes, pero que en este libro no dejan de ser desafiantes, de tonalidades y niveles diversos, irónicos e intrigantes. Primeramente nos encontramos el poderío del ave que se remonta a los lugares ya propios del Ave Fénix y su irónica subida en la obtención, después de todo, de la inevitable caída; y todo para un nuevo resurgir o comienzo. Emerger de las cenizas del “otro” que provoca precisamente la caída. Se trata del lugar común del poeta en alta búsqueda de la poesía misma, tal y como los vanguardistas, pero que en este poemario el acto y el deseo mismos se convierten en proceder sumamente lúdicos y de imaginería y posturas postmodernas no tan visitadas por otros poetas. Ya los primeros epígrafes del libro nos conducen a esos espacios de irónicas conductas en que Julia de Burgos lanza un grito al viento, con una fuerza que se contrarresta en la cortedad de la fuga que ella misma presagia; Kattia Chico, nos salva con sangre contaminada —dice el propio poeta—; y Spivak, no se siente lo suficientemente poderosa en la academia, mas sin embargo, rompe las reglas del discurso de la institución misma ( ¡y cómo lo ha logrado!). La entrada del poeta ya de por sí nos avisa, con sus propios epígrafes, de su capacidad de juego y parodia (seria) con sus caudalosos signos y su rizomática poesía. Ya desde un principio se denota el anhelar mantenerse dueño de sí mismo cuando es el “otro” deseado quien lo impulsa e impide a la vez, quien lo convierte en pájaro y su paradójico e (in)explicable vuelo (juego) que presagia su hermosa y esperada caída. Obtener significaciones "otreicas" (propias) de lo que ya pertence al gran discurso del Otro es de por sí un gran desafío y una tremenda transgresión. Para ello el poeta cuenta con algún lector que diga "presente", pero más con los futuros seguidores que le auguro a Abdiel. 

En el índice mismo el poeta nos advierte de un viaje que anuncia el retorno de los pájaros que, mientras buscan las temporalidades de la eternidad se encuentran solo la frontera que por el contrario muestra el diminuto y material cuerpo en su cortedad y finitud. La pugna de los opuestos se hace inmediatamente patente y la lucha-entrega del poeta al juego-vuelo de los signos. Pero después de todo se presenta con terquedad e insistencia paradójica el vuelo del poeta a las zonas altas, pero del ozono, y que fluctúan y viajan con la guía del hablante lírico (del poeta) que como buen trans-vanguardista postmoderno se muestra en curioso control del su propio vuelo discursivo, posible e imposible a la vez. Quizás por ello se revela cierto refreno en su discurso, inicialmente como caminante de las calles de Nueva York, usando la falda, no ya como acto revolucionario (dice la voz lírica misma) y con el encuentro de las estrellas en el pecho. (Son simples pero inventivas analogías que le confieren un singular atractivo a los poemas). Desde la altura desciende, la trascendencia a que aspira el verso mismo, y que no puede evitar la caída (como el ave Fénix). Es decir, finalmente el poeta alcanza fundir el más allá y el más acá, la trascendencia del deseo fugaz y la inmanencia de la caída en un mundo que parece apocalípticamente consumirse en sí mismo. Así resulta el inicio del poetizar y así será el final del poemario.  ¡Apocalíptico!  Todo muy al gusto del lector (post)moderno en su deseo de obtener lo inalcanzable pero con sentido lúdico y casi pastiche de lo sabido, mas con deseo de superarlo.

El viaje es un lugar común y tal vez muy tradicional, y manejado por muchos poetas modernos y postmodernos, pero no en el modo de acometerlo el escritor nuestro (Abdiel); en el modo de interpelar el lenguaje y la imagen que nos comunican una historia de deseos múltiples, rizomáticos; a veces con detenimiento, en ocasiones con velocidad y desenfreno. No veo, sin embargo, en este poemario la locura postmoderna que el proceso implicaría en el recorrido del imaginario desenfrenado, paródico o virtual, sino un paradójico y desesperado sosiego, un detente que en ocasiones confiere al poemario una singular belleza, (in)tranquilidad, consciencia de originalidad-continuidad en el remontarse a la metáfora de la trayectoria y el viajar mismo en su (im)posibilidad. Se trata del viajar convencional, pero más del viaje, del emigrar en el lenguaje, en el verso, en el poema, en el encuentro del discurso (post)poético apropiado y humanamente digno y franco. Pájaro humanamente bestial y tierno.

Por supuesto que el poeta se las juega con el mito. El mito clásico y su impostura postmoderna. Al principio fue el sonido, el trueno que retorna a la Quinta Avenida a retomar otras alas (tal vez en la megatienda Macys) que viajan al caribe-sur del cuerpo y la sexualidad pero con el impacto del trueno. En ese Caribe, de su volcán irrupciona la mujer que luego de pasar por el poder de Ochún lo convierte en ave queer capaz de permitirle ponerse en contacto con la poética que les dictan los Orishas y de proponerle un imperio (es decir, el mandato de repetir lo mismo, pero encontrar posiblemente lo distinto y la diferencia en la repetición). Se trata de los espacios de fuerzas y fugas del Ochún imperial del ars poética queer, el Manifiesto en el cual se retiene lo femenino pero se encuentra la palabra del vértigo de los hombres, en decir del poeta mismo. El poemario en ese sentido goza de una rica gama de campos de significaciones y mitologías ascendente-descendentemente manejadas que resultan innovadoras y muy del agrado de los lectores-poetas contemporáneos. Los poetas a veces se hablan a sí mismos y a la Poesía.

Pero es desde lo alto, desde arriba, donde el poeta observa la palpitación de los precipicios. Y se escapa más poderoso como pájaro, al imperio de las intertextualidades del Aleph, a las mezquitas, al imperio de Alá, a los pergaminos, el descanso de séptimo día, a la luz, al sendero doliente crístico, al diablo del algo de azufre y la reina que carga la espada a su lado. De esa manera el poeta logra traspasar el avatar de la sangre, las gotas, la espuma que rueda por las paredes como si se tratara de haberse alcanzado el misterio de la liquidez del semen. (Para el que luego lea: verá que aquí persigo los mismos lugares comunes, metáforas y manejos semánticos del hablante lírico (del poeta) del texto mismo). Pero aún así queda en el hablante lírico el deseo de pasos hacia el retorno de lo desconocido, a los cuentos de Shahnama, al inicio de la sangre. (La voz lírica maneja hábilmente estas metonimias y sus fugas semánticas). Y ello lo conducirá una vez más al encuentro de una mujer que en el fondo resulta hombre, bestia herbolaria saciada de enigmas, de los bordes, de la frontera donde todo se confunde pero manteniendo la existencia en una apertura a lo desconocido y extraño. Tal parece que siempre hay una fisura en el encuentro que le advierte al poeta los inicios y los finales en la casi paradójica y lamentable combinación y encuentro: lo maternal y patriarcal, la vida y la muerte, el Eros y Tanatos, el deseo y la ausencia del mismo en insatisfacción. Mas no creo —como parece que infiero— que el poeta sea el lacaniano del “hueco de la nada” (le manque a etre), sin la nada y solo el vacío del ave en su caída. Es más bien un nietzscheano del eterno retorno, del que desea regresar aunque sea a lo mismo, pero con la esperanza de que se exprese y se articule la diferencia. Es un poeta del deseo del deseo que no se "sabe" tal. Ahora sí a Lacan, pero con algo de ayuda de Rene Girard y Levi-Stauss.

Y en el volar, ¿por qué no encontrarse con la mitología griega y sus seres que doblegan el tiempo y brindan la sangre aún caliente que corre por las manos? ¿Y por qué no viajar luego con Dante a la selva del Queztsalcoatl, la serpiente emplumada en búsqueda de la Beatriz desnuda, la angelicatta del olvido, y encontrase con el código indescifrable de América, la clave Morse del signo que avisa que el viaje implica además el sonido del silencio, el sonar de la voz divina que cree poseer el poeta con el viento de sus alas? Y de esos viajes por espacios mitológicos y de significantes e intertextualidades retornan los pájaros, con las palabras de los imperios del saber lírico y del vuelo de los signos, con las tumbas de los patriarcas, con el encuentro de un nuevo siglo y el pergamino, como su poemario mismo, que se salva de las cenizas esta noche con nuestra lectura y con las de sus futuros lectores… ¡Eso espero! No son muchos, sin embargo, los lectores que actualmente posee el País para este tipo de poesía. Pero ese en general ha sido lo que les espera a los cultivadores de la metáfora. De ellos depende nuestro sentido en la existencia, en ese “vuelo” que se repite aunque no se prevea la continuidad del tiempo.

Mas adelante: emerge la temporalidad ciega pero llena de ojos, la insoportable levedad del ser que es a la larga como un artefacto interruptor; el deseo que se encuentra en un “otro” que solo obtiene su mortandad entre las piernas deseantes del poeta (¡así nos dice!). Pero pese a ello, ahí se percata este ave del lenguaje de que dormir con un hombre es lo más cercano a Dios, es la plegaria que clama por el arder de la fogata del “otro”, como David abrazado al pecho de Jonatán, el evangelio del Señor reescrito en la cintura con la lengua del “otro”, el juego en la plegaria, el reclamo otreico que a la larga trae el silencio tras el acto imperial del errante lírico en su vuelo-sueño discursivo; el sueño de Dios en su propia sangre, en su vivencia. Y así se reconoce una vez más que el libro sagrado es un misterio impenetrable como el volar poético mismo. En ese sentido la poesía quiere entonces seguir siendo el libro sagrado de nuestra cultura. La primera y la última palabra en su ascenso y en su descender. No se le teme entonces a la caída, al precipicio que puede augurar el fin.

En este momento poético el hablante se torna modernista (y nada rubendariano sino vanguardista) y clama por el nombre de las cosas, la inteligencia del sentido, el signo exacto, como los poetas que le preceden en estos reclamos (Juan Ramón Jiménez, César Vallejo, Pablo Neruda, Vicente Huidobro, por ejemplo). Pero ya sabe que todo lo proporciona la pasión del impulso (pulsión) del imperio de los pájaros en su peregrinar (como el poeta mismo con su errante lenguaje). Y por qué no cruzarse una vez más con la lírica mística, la más cercana y testimonial del deseo insondable del cuerpo, como lo haría San Juan, Santa Teresa. Mas ahí también se obtiene una vez más, de manera paradójica, la miseria del polvo, el hueco de la nada y la muerte. Pero para el poeta, siempre puede ser que retorne la azucena (ese significante de la blancura suprema, de la mística del olor en pleno vuelo), ese significante del aroma trascendente entre el deseo del deseo y el deseo que se consuma en el otro de la carne, pero con olor como recurso del saberse Ser deseante (en el Eros). ¿Y qué le queda al poeta después de todo?: el tiempo, el polvo, las angustias, la sangre de la corporeidad violada pero con ansias de existir, de ser en el devenir de la finitud y el instante, la cópula del tiempo: la poesía misma en su finitud y deseo de infinitud. Como los Románticos... ¡curioso! De ahí que una vez más seguimos al hablante en la búsqueda de la Jerusalén perdida; pero en esta oportunidad con el encuentro del deseado Grial que no requiere ser descifrado; es también el encuentro del lenguaje, del signo que brota sin necesidad autoritaria de reclamarle sentido a la otredad que tal vez nunca se alcanza. En esta ocasión el poeta aprende a comulgar con la noche, donde dos soledades se unen y solo obtienen una deuda, como la que se escucha en los boleros de tanta nocturnidad. En este sentido el poemario establece un diálogo con las metáforas clásicas y las postmodernas en su sentido más cotidiano de la actividad tal vez de cualquier sujeto. De ahí que para ser distinto se encumbre en el ámbito del mito, del anhelo salvador, de la necesidad y demanda del despliegue como metáfora de retener el significante de la Libertad en su sentido más pragmático, del ahora que nos corresponde en la responsabilidad del lenguaje y de su maniobrar del vuelo. El viajante siempre regresa en su poesía del despegue inicial que le impone el género mismo en su vuelo.

Y finalmente (seguimos las imágenes del poeta), el Ozono de la tierra y la furia que dibuja voluntades sin amo, como en decir del poeta Elidio La Torre Lagares. Y luego de tanto viajar, se pregunta el hablante: cómo se explica un suelo sin fronteras, tanto canto, el apocalipsis de las torres caídas, una ciudad rotulada con pasquines, la historia asesina en serie. El Ave Fénix renace esta vez pero con las alas encendidas, con el vacío de dios, el charco de sangre, el ozono de la tierra cual metonimia del final envenenado del vuelo. Y todo quizás para provocarnos una nueva alzada, un nuevo comenzar, para no morirnos de silencio, dice el poeta en un final que paradójica e inevitablemente es deseo de principio, de lo primigenio e inicial. Pero qué bueno que es un poeta, porque los críticos como yo nos morimos nada más que del susto de encontrarnos en estos vuelos. ¡Y que raro que lo diga un trans-género como yo que cree poder volar a otro espacio del ser y del cuerpo!

Propongo, pues: callemos todos un rato y escuchemos a la poesía; y hablemos con mayor reflexión luego, en estos tiempos tan difíciles y entrópicos (ozónicos) que presagia Abdiel. Mis felicitaciones por tan hermoso libro e invitarme a remontarme en esta noche de vuelos aquí en el frenesí de tantos textos en Mágica.


 Lizza Fernanda (Luis Felipe Diaz)

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