martes, 6 de agosto de 2013

El reino de la Garúa de Emilio del Carril




El reino de la Garúa de Emilio del Carril

Luis Felipe Diaz. Ph. D.
Departamento de Estudios Hispánicos
Universidad de Puerto Rico, Río Piedras


Emilio Del Carril

El nuevo libro de Emilio Del Carril, titulado En el reino de la Garúa (2013) resulta un texto algo sorprendente (y exitoso) dentro del escenario cuentístico puertorriqueño de los últimos años. Se trata de una presentación de cuentos sumamente breves o mini-relatos, género algo en boga en nuestra sociedad postmoderna tan dada a la rapidez y la presteza. Ya tiene como antecedente a Juan Carlos Quintero, quien ha incursionado en el cuento breve, con impresionante dominio escritural, en su libro Brevario ( San Juan: Isla Negra: 2002). En el reino de la Garúa, Emilio Del Carril continúa, sin duda, sorprendiendo a los amantes del la narrativa en general, y que ya traspasa los umbrales del relato minimalista y se acoge al camino incluso más corto de la mini-narración en su mayor alcance. Y el esfuerzo resulta tan ansioso que lo realiza como la “garúa” misma, una llovizna tan fina que casi ni se siente (pero que se acumula y puede resultar notable y refrescante).
     En el diccionario, el cuento breve en general es un género caracterizado por su cortedad y deseo minimalista en el narrar. Mas debe seguir ofreciendo al lector los elementos del contenido (mímesis, argumento) de un sujeto en búsqueda de (o en conflicto con) un objeto del deseo (o del rechazo) y de algún tipo de destreza de un hablante general del relato (del autor) que desea expresar un conflicto. Todo debe ser presentado con un manejo escritural que domine al máximo la economía del lenguaje (la diégesis) a extremos de viajar a la frase discursiva. Debe ser expuesto lo más brevemente posible, con una que otra oración (o párrafos y diálogos cortos). Se crea una situación en la escritura que muchas veces obliga al hablante a relacionarse con otros géneros como la poesía, lo fragmentario de lo teatral, lo mítico legendario, el dicho, la parábola, el chiste, la ironía verbal, la intertextualidad fugaz etc. Pueden dominar los elementos más fantásticos (desde religiosos y míticos), como el simple adagio, que puede ser desde lo vanguardista o lo transvanguardista de nuestros tiempos tan dados a lo veloz y a los géneros marginados por el canon y la tradición más dada a lo denso y moroso. Aun dentro de la cortedad y lo mínimo mismo tiene espacios para el viaje discursivo-literario, pero menteniéndose en lo más reducido posible. Se mantiene así en lo que antecede el relato de la novela y el teatro.
     El mini-relato debe mantener el suceso dentro de lo ficticio, la pura invención, puede recurrir al casi chisme o enrredo, embuste o engaño (al juego paródico), incluyendo al lector mismo como receptor atrapado o sorprendido por un solo e inquietante suceso dicho de manera sagaz. Si bien debe alcanzar una comunicación fugaz debe ser sorprendentemente abarcadora, lo cual puede hacer del mini-relato un sub-género de la narrativa, muy difícil y complejo en su simplicidad. La finalidad debe ser la de primeramente entretener, divertir, “moralizar” (no necesariamente en el sentido religioso), aconsejar, tal vez a veces mediante el comentario vacío, frívolo y light que no imponga en su inicio mucha sustancia conceptual (en su estructura superficial, más no en la profunda). De ahí que a la misma vez el mini-relato pueda llevar al lector a emplear la profunda reflexión e incluso el asombro filosófico o mítico. Muchas veces lo ocurrido puede quedar implícito (en la estructura profunda del discurso) y lo que se ofrece al lector son pocas oraciones (o una sola frase) que recojan un tipo de sentencia, moraleja o reflexión rápida y sorprendente. El nivel connotativo y conceptual de su discurso muchas veces no le es fiel a su cortedad y aparente simplicidad. El enunciando resulta breve, mas no las connotaciones o estructura profunda del discurso. De ahí que un minicuento lleve de manera condensada al relato mayor de lo narrativo en cuento cuentístico, novelesco y legendario-mítico.
     Pero el mini-relato debe estar manipulado por el efecto que explore un uso muy singular del lenguaje, con una recepción particular (una gran consciencia pragmática y manipulación fugaz del efecto ilocutivo del enunciado). Lo pragmático (el efecto en su captación que provoca lo dicho) es importante y se convierte en elemento sobresaliente en la recepción que el emisor lleva a un lector a alcanzar, ante lo planteado (por lo cual el mini-relato tiene su propio código, que lo separa del tradicional cuento como género). Estamos ante un sub-género de la narrativa —tal vez de la poesía y del drama también). Lo poco que se narra debe ser en su minimalismo, sentencioso, ejemplar, reflexivo, en ocasiones impactante, chocante y sorpresivo.
     Ya desde las jarchas, Boccaccio, Juan Manuel, Hita, Chaucer, obtenemos muchos mini textos (intercalados dentro de textos más amplios; los “exempla”) de esta tradición, que en la Edad Media intertextualizan con lo oriental, la cultura greco-latina, cristiana y el romancero popular. En la modernidad muchos escritores incluso dentro de sus narraciones largas acuden al relato corto, como por ejemplo Poe, Clarín, Pardo Bazán Borges, Cortázar, Cela, Matute, Ferlioso, Kafka, Hemingway. Las "greguerías"  del español Ramón Gómez de la Serna son importantes para entender mucho de las lógicas y códigos discursivos del mini-relato en el siglo XX y XXI.
     En Puerto Rico se ha de tener presente en específico a Nemesio Canales, Emilio S. Belaval, José Luis González (el más consciente de este subgénero), Pedro Juan Soto, Luis Rafael Sánchez, Ana Lydia Vega. En sus narrativas amplias, en sus cuentos largos o cortos, cultivan (entremezclan) la fábula, la habladuría, el enredo, el chiste, la broma, la frase irónica y el sarcasmo, entre otros recursos. Si bien aparecen dentro de un discurso amplio se cuelan los micro-relatos, cuya significación podría entresacarse como texto con valor independiente en sí mismo. José Luis González contaba en una ocasión que había escrito el relato novelesco más corto: "Carta a la criada. "María, puedes regresar con el niño, el hijo del hacendado ya confesó" (o algo parecido). Famoso es relato que se ingenió Ernest Hemingway: "For sale: baby shows, never worn" (Vendo zapatos de bebé, sin usar).
     El primer concepto de micro-relato que viene al pensamiento es el de “aforismo”: en los tiempos clásicos, un principio científico expresado de forma concisa, como los tratados de medicina que exponen (Hipócrates) de forma breve los principios y doctrinas de la escuela. Es un axioma o máxima de forma instructiva que también lleva al adagio, al refrán o proverbios (moralizantes o con algún tipo de racionalización). Quizás por eso el micro-relato es un género pragmático de tipo bajtiniano, pues se presta a colarse en la carnavalización rápida en la plaza pública, sobre todo para reírse de las contradicciones y paradojas de la existencia, dichas de forma jocosa y con inventiva formal del discurso rápido e irónico (carnavalesco). Debe incluir un estado de heteroglosia, pero dentro del control de una voz en cuya pretendida dialogicidad se presta a la sorpresa en el efecto discursivo disglósico. En la antigüedad el género se relacionaba más con el mito, la religion o el misterio, en el mundo de la Modernidad comienza a vincularse con los discursos iconográficos en las tirillas cómicas de los periódicos del mundo comercial y sus minimalismos (extraídos del arte con este nombre). En el mundo contemporáneo el mini-relato se presta a la multiplicidad de voces y cronotropías de la postmodernidad que ha añadido, más allá del lenguaje natural, a la imagen televisiva y del cine.
     En el ensayo, “En las letras, desde Puerto Rico: Emilio del Carril reflexiona sobre el microcuento y su nuevo libro”  (jueves 2 de Mayo de 2013. El Antillano), el mencionado autor, junto a Carlos Esteban Cana, discuten sobre este género y la labor específica del mismo. Para Del Carril, Puerto Rico ha entrado algo atrasado al mundo del micro texto; mas sin embargo, la euforia actual con el mismo es impresionante. Cada nueva publicación enmarcada dentro de la microficción aporta un nuevo eslabón al desarrollo del género. Carlos Esteban Cana sostiene que, por su entrega anterior, en los cuentos de Cinco minutos para ser infiel, Emilio presenta una obra que remite a la excelencia narrativa ya perfilada en un libro como En una ciudad llamada (1960) San Juan de René Marqués [1910-1979]. Del Carril piensa que un microcuento es el corazón de un relato, resulta en la parte indivisible de una historia. Sostiene que la estructura mental del pensamiento creativo se fundamenta en microcuento. En todos los cuentos de 5 Minutos para ser infiel parte de microcuentos y considera que escribe como los antiguos chinos: comienza por el final. El microcuento le proporciona una relativa comodidad. Para Cana la historia del micro-cuento en Puerto Rico puede tener como referentes a Pedro Juan Soto, pese a que otros escritores cultivaron al hermano del micro (que llaman aforismo). Y  no es hasta los años 90 que con autores como C. J. García y Ricardo Alegría Pons, que el mini-relato comienza propiamente a cultivarse. No sería hasta 2005 que se puede encontrar una antología como Edición Mínima.
      Reconociendo lo anterior, según Emilio del Carril no podemos olvidar el papel de José Luis González con su maravilloso minicuento “La carta”, a Pedro Juan Soto y Ana Lydia Vega, previo a los años 90. No es hasta los años 2000 cuando el microcuento se apropia de más de una decena de títulos de libros en los que, solos o combinados, los mismos comienzan a proliferar. Cada autor le confiere personalidad a sus trabajos de manera que ningún microcuentista se parece a otro.
     Curiosamente, para Emilio del Carril, ha sido la ciencia la que le proporciona una perspectiva interesante (algo sucedido en los tiempos griegos, como mencionamos) sobre cómo debe establecer los procedimientos para realizar este tipo de relato. Nos dice: “En la tecnología médica no existen las segundas oportunidades, o sea, un reporte mal hecho puede poner en juego la vida de un paciente". Se debe poseer, además, una agenda repleta de actividades interesantes que cautiven a un lector. Este dato resulta interesante porque la receta médica requiere de una destreza de género mini-narrativo que reclama o pide una entrega mediante un pequeño texto, para un paciente. La necesidad curativa en el micro-relato de la modernidad es más que patente en cuanto se reclaman atenciones a relatos que iluminan el pensamiento de una manera psicoanalítica, reflexiva, metacognitiva y rápida. La perspicacia, la astucia, malicia, la chispa, la ironía son esenciales.
     También nos señala Del Carril que la Biblia es su fuente principal de inspiración ya que era único libro que había en su humilde casa. Le encantaban las historias del “Antiguo Testamento”, y los cuentos de los libros de español de la escuela elemental (algo que es más que evidente en su relatos de La Garúa). “Llegó luego al erotismo incidentalmente”, comenta lacónicamente. Durante sus estudios en Maestría en Creación Literaria, Del Carril se percató de que los personajes de sus cuentos exponían problemas referentes a la sexualidad. Decidió unirlos en un libro que tituló Cinco minutos para ser infiel. Considera que por ser su carta de presentación al mundo de las letras, este libro lo ha tildado de escritor erótico, cuando en realidad comenzó incursionado con en la literatura infantil y la poesía. Algunos de sus cuentos infantiles se han publicado en colecciones de textos escolares y en antologías de literatura infantil del Caribe. Tiene entonces sentido el que el micro-relato deba pasar por un proceso de infantilización, depuración formal de una narrativa más prolongada que lo antecede.
     Del Carril considera que en su altar nunca falta (y se verá en los libros que tiene en mente) una vela prendida en Chejov, Bataille, Cortázar, Borges y Quiroga. Pero considera que primeramente es fanático de los escritores puertorriqueños a quienes ha redescubierto en sus estudios de doctorado de Estudios en Literatura Puertorriqueña y Caribeña en el Centro de Estudios Avanzados en San Juan.
     Del Carril publicó en el 2007 su libro de cuentos 5 minutos para ser infiel y otras divagaciones testiculares. La crítica Marta Aponte apinó sobre este texto: “Tres gracias, la literatura erótica tierna, la cruda y la fantasía, vibran en estos relatos sobrecogedores… Aquí ha dejado las entrañas un escritor sensible y talentoso que nació para contar” (Pasadizo, 2007). Sobre este libro el también crítico, Mario R. Cancel ha dicho: "... la colección de Emilio del Carril redefine los parámetros de la sexualidad y de la cuestión del género en un momento oportuno. Lo hace con una voluntad inquisitiva y en apariencia inocente. El Edipo bisexual de la postmodernidad ha inscrito su manifiesto. Emilio del Carril integra una serie de recursos discursivos que lo ponen en territorio abierto de la narrativa postmoderna. La integración de numerosas marcas de la era de la tecnociencia y la informática como espacio para la sexualidad es uno de ellos. El juego con las llamadas desviaciones sexuales —pedofilia, sadomasoquismo, entre otros— como artefacto estético con su subsiguiente culto a la violencia como signo del placer es otro. El connubio del erotismo y la informática permiten la creación de mundos ficcionales viables a estos personajes. El relato “Causa y efecto del fetichismo de Nabucodonosor” es una pequeña joya en ese sentido que recuerda la “Madame Bovirtual” de Marta Aponte Alsina y algunos personajes de Pedro Cabiya". Mucho de lo señalado por estos críticos se retendrá en El reino de la Garúa, pero de un modo minimalista, al extremo que se puede prescindir de la narración misma y acudir al comentario ante un suceso que queda implícito y que se sobreentiende (se trasluce la acción inmersa en la estructura profunda del discurso). Pero puede haber macroniveles dentro del micronivel, como ocurre en este libro del micro-relator que aquí nos ocupa.
     El autor enmarca En el reino de la Garúa cuentos dentro de una ficción fantástica: quien cuente 1000 cuentos de corrido en diez días en el reino de la Garúa, es coronado rey. El libro comienza al principio de la décima jornada, cuando el cuentero ha agotado su repertorio. El uso de un artefacto mágico le inspirará cien relatos más, que serán los que colecciona la antología. Se denota pues un pre-texto que enmarca los mini-relatos, como veremos, en un relato de aspiraciones amplias; y es quizás esto el mayor logro del libro en cuanto le confiere a lo mínimo-formal una implicación interactiva con lo contrario (hay una gran narrativa oculta). Pero el autor de la obra siempre se mantiene en las partes, en lo metonímico, sin permitir que se vea la amplitud de la gran narrativa oculta (la metáfora y el mito, tal vez de la vida personal de un autor real, quedan en el fondo).
     El cuento inicial es importante en cuanto justifica los demás cuentos, ya que se le va la vida al “narrador” en el contar (como en Las mil y una noches). Con los relatos se entretiene tejiendo, pero eventos y sucesos (o sentencias), como una Penélope de la escritura. El autor se toma, además, una poción mágica que le premite contar y contar, como un ser borgiano, a cuenta gotas, ofreciendo una llovizna mínima, más bien una garúa constante de relatos que sorprenden a un lector que ha de ser muy audaz y contemporáneo (el lector implícito de este texto de Emilio).
     Obtenemos en la estructura profunda de todo, una noción de expulsión intestinal en ocasiones, pero no desde lo escatológico sino desde el imaginario (“… el hombre pidió una oportunidad para ir al retrete” (I). Se trata de un proceder que lo lleva después de todo a un ámbito semifinal de expulsión llamado “garúa”. Existe en este sentido un juego del autor en cuanto a la significación de la garúa que cae, en el constante y diminuto articular, en el lenguaje lacónico y salpicante. Se trata además de una lucha por sobrevivir en un mundo amenzante, donde se vence mediante lo animal como actante supremo del relato (como vemos a finales de la obra).
     Pero desde la portada misma observamos cierta pasividad y espera y escenarios sugerentes de sucesos por darse o ralacionados con lo ya acontecido. El fin de todo queda sugerido por el Castillo que se divisa al fondo, luego de atravesar el agua y alcanzar la morada del mito terrestre del final y al fondo. A nivel psicoanálitico se trata de la posesión del falo y la vagina a la vez (el paraguas ya cerrado o abierto), para navegar por el espacio marítimo (el Imaginario materno), pues ya se ha logrado captar poco a poco (la garúa) el discurso (Orden Simbólico, el lenguaje) que permite el arribo al otro lado, a la otredad (la isla y su castillo) que devuelve a su vez a otro Imaginario masculino (el mito, otro lenguaje, un reino infantil y bestial). Se trata de pugnas semiológicas profundas que de seguro reaparecerán en las siguientes obras de Del Carril.
     El tejido de Penélope también se relaciona con el quehacer del “hombre araña”, para ofrecerle un toque infantil, modernista y postmodernista a la vez a este trans-mito. También se presenta el objeto de la diminuta botellita, en la cual se encuentra el pequeño genio que complace con los deseos. Pero como vemos en la portada, el autor es el creador en las afueras de la ciudad, el gran paseante, el flaneur que observa desde la orilla los pequeños relatos en la vitrina de la historia y la tradición. Se cobija en el espacio protectivo del paraguas que mantiene su vestimenta intacta, con el rostro en anonimato, mientras le caen las letras, como desciende la garúa y el Imaginario, el otro diminuto del lenguaje. Es también la personificación de Dorién, quien se apodera del trono del Castillo escritural que ha ido construyendo y lo habrá de coronar precisamente su hijo: un principito. Padre e hijo quedan finalmente protegidos por la empresa realizada por el primero. Lo maternal queda en el destinador imaginario que permite la creatividad y la continuidad del existir (la triunfal literatura revelada en la garúa como expresión natural).
     A finales de la obra encontramos un relato espejístico (al revés): “El gran grito”. Se trata de un hombre que rompe con la ley del silencio a pesar de la prohibición. Sorpesivamente todos se le unen rompiendo ese interdicto. Y se repite el signo espejístico transgresor en cuanto lenguaje: “Puñeta”, que concuerda con el epígrafe que marca la grandeza de brillar no por el tamaño sino por el propósito: narrar, contar, escribir con una sombrilla y un espejo para protegerse del otro y poder divisarlo. (“No one is superior by size, but by purpose”). Se trata de la rebelión del mini-relato ante la gran narrativa (de un Poder abyecto, tal vez) que tanta prominencia ha tenido en nuestra cultura colonial y subalterna. Una vez más nos encontramos con un gran sentido de expulsión intestinal, de depuración ante el gran Otro del interdicto social e incluso mítico. Siguiendo a Mario Cancel, advertimos un anti-Edipo que espera el encuentro plácido del hijo... o al menos de su unión. Se pretende superar la bestialidad clásica y ya moderna; y de ahí la postmodernidad de estos micro-cuentos bastante cercanos a un estado de felicidad.
     Ya el mini-relato inicial (901) nos revela el poder inquisidor ante las brujas, pero al revés (la pie de la página) advertimos un cuento del poder de un niño cual árbol que se traga un objeto mágico que le permitirá ser como “Alicia en el país de las maravillas”). El próximo relato, “El ángel caído”, nos refiere al inevitable surgimiento del mal (la "otredad”), y el próximo (903) relato nos sugiere el preparar la mortaja, pero poéticamente. Un gran relato es el 904, en el cual se deconstruye el mito del genio en la botella. El 905 nos refiere a los orígenes lésbicos (una manzana verde besa a otra que se sonroja). El relato 906 nos habla de un mal espejo de sí mismo; y si vemos el cuento escrito al revés en la misma página se nos muestra a un viejo llamado “Adiós”. El juego con lo espejístico, la capacidad de verse a sí mismo en la "otredad" oculta del lenguaje, resulta imprescindible en la lectura de estos relatos. El agua que se acumula en el lago tras la garúa ofrece el mejor espejo. Sumergirse en el mismo representa el mayor de los viajes postmodernos tanto de la letra como de la imagen.
     Se cultiva así constantemente y de manera sorpresiva la paradoja y la transgresión. El mini-relato 915 es sorprendente en cuanto a la crueldad. El 916 es más bien un poema y el 920 ofrece un deconstruccionismo religioso. El 921 es precisamente una genial intertextualidad muy sugerente y que esconde mucho más de lo que dice (hay una nueva novela oculta en este texto). El relato al pie de la página nos habla sorprendentemente de la prisa por el morir plácido. El 925 nos refiere al milagro y el 444 al revés, es una (anti)épica. El 933 es sorprendente en su uso de la ironía y el 934 es sumamente humorístico; mientras que el 937 nos presenta un encuentro entre el mito del Eco y la Nada de manera ingeniosa. El 938 es una ironía del mundo mediático y la paternidad. El 931 nos trasnporta a las películas del miedo e irónicamente se rompe con el mismo entregándose a él (al otro moderno y mediático); y el que aparece al revés ahí mismo resulta deconstrucionista en cuanto al poeta que crea un epitafio. El 943 es una ironía que solo entienden los matrimonios que no se quieren y se anulan espejísticamente con un “regalo de aniversario”. El 944 se explica por sí solo: “La escena del crimen quedó limpia, su conciencia, no”. Continúa las sentencias casi bíblicas en el 945, donde nos hace cobrar consciencia de cómo las tinieblas (el otro) se sienten discriminadas cuando Dios confiere preferencia a la luz. El 77 (al pie del 946) es curiosamente seguidor irónico del mito de Edipo. El 952, “Sin explicación”, es ingenioso ante lo ocurrido a los que juegan al esconder, y el 957 es un espejo otreico del mito de la bella durmiente (me parece uno de los mejores relatos del libro). El 957 es chistoso y posee más título que contenido. El 966 y el 43 son relatos de lo absurdo, equívoco e inesperadamente cruel. El 967 sigue los cuentos bíblicos del Arca de Noe de manera jocosa y el 969 es ingeniosamente creado sobre El Quijote. El 971 es perspicazmente puertorriqueñista, sobre “la dinga y la mandinga”, y el del pie de la página se alude al amanecer (levantarse temprano), pero para llegar tarde. El 973 trata sobre el extremo absurdo de la soledad, y el 934 demuestra destreza del cuentista en deconstruir el sentido del absurdo en un ogro que sin nacer como tal, lo acosan tanto, que se convierte en el peor de los ogros. El 976 deconstruye con humos el cuento de Blancanieves. El 932 es casi un tratado de la crueldad del encierro y el 985 es un sorpresivo cuento de vampiros, para niños. El 989 nos muestra que la maldad en el mundo procede no del otro sino de la oficialidad celestial. El 990 nos devuelve al humor de los relatos de vampiros y el 994 es un tratado en que se desafía al lector a pensar. En el final, "Garúa II", el cuentista relata su fracaso, pero logra transformarse frente a todos en los personajes (actantes) de su propio relato y el principito aplaude y lo convierte en el nuevo “rey mascota”. El retener y mostrar la performatividad del poder transformador de lo que se narra resulta clave en todo el proceso de autoridad narratológica.
     En relato final, que se titula "El gran grito" (al revés), es el más largo, el más dado a un relato de tipo regular. Trata del castigo ofrecido a un sujeto muy de la sociedad postmoderna que tras haber incumplido con pagos se le castiga a no hablar, a no comunicar palabras soeces. Y finalmente profiere a toda voz, junto a todos los habitantes de la Isla: “#PUÑETA”. Se trata de la comunicación transgresora que ejemplifica de manera nada minimalista posible la ruptura con el interdicto social. Es, además, un cuento ganador de premio. Estamos ante la expulsión final del autor. Así, realidad y ficción se abrazan: como la madre, el padre, el hijo. Todo guiado por la energía del Espíritu Santo (me imagino) que confiere el poder de continuar la gestión del simbolizar.


En el reino de la Garúa. Décima Jornada
San Juan: Editorial Pasadizo, 2013






martes, 16 de julio de 2013

Simone de Eduardo Lalo. Ganador Premio Rómulo Gallegos, 2012



Simone. (Archipiélago Caribe). De Eduardo Lalo
(novela ganadora del Premio Rómulo Gallegos, 2012, Venezuela)
(Una lectura de iniciación)

Luis Felipe Díaz, Ph. D.
Departamento de Estudios Hispánicos
Universidad de Puerto Rico, Río Piedras

Cuanto más aumentan las exigencias de mayor bienestar y una vida mejor, más se ensanchan las arterias de la frustración. Los valores hedonistas, las superofertas, los ideales psicológicos, los ríos de información, todo esto ha dado lugar a un individuo más reflexivo, más exigente, pero también más propenso a sufrir decepciones. Después de las "culturas de la vergüenza" y de las "culturas de la culpa", como las que analizó Ruth Benedict, henos ahora en la culturas de la ansiedad, la frustración, el desengaño. La sociedad hipermorderna se caracteriza por la multiplicación de la alta frecuencia de las decepciones, tanto en el aspecto público como en el privado.

Gilles Lipovetzki, La sociedad de la decepción

Pertenece verdaderamente a su tiempo,
es realmente contemporáneo aquel que no coincide
 perfectamente con él ni se adapta a sus pretensiones,
y es por ello, en este sentido, no actual;
pero justamente a través de esta diferencia y de este anacronismo,
él es capaz más que los demás de percibir y entender su tiempo.

Georgio Agamben
.    
 Eduardo Lalo

Quizás el último epígrafe nos invite a reflexionar sobre lo que nos podría aportar Agamben para comprender más a fondo la novela Simone. Las palabras del filósofo proponen la paradoja que conlleva el logro de compenetrarse en un tiempo (y espacio) pero solo para calar en el misterio de una anacronía que posiciona precisamente en lo conducente a un devenir incierto. ¿Cómo buscar el objeto del deseo si se crean en el proceso mismo las condiciones de apartarlo o perderlo? O tal vez ya en el objeto del deseo existen las condiciones que invitan a una cercanía cuyo resultado pueden ser la lejanía y la ruina. En este proceso reside una concomitancia con la antigua divisa dialéctica que propende a la negación misma en el deseo de afirmarla y en el posible e incierto encuentro de una contingencia constructora y posiblemente autodestructiva a la vez. Subrayo el mensaje de Agamben teniendo en mente la novela de Eduardo Lalo, Simone, recientemente publicada por la Editorial Corregidor, en Buenos Aires en 2011 (y que acaba de ganar el prestigioso premio Rómulo Gallegos de Venezuela, en junio de 2013). El corto pero claro Prólogo es de Elsa Nota. Las fotos al pie de la portada se representan varios niños de "diferenciada" corporeidad sexual (muy apropiadamente expuestas por mostrar una metáfora de la alteridad y las caras de sujetos (varones) que no la reconocen). La contraportada, por su parte, a mi entender no escoge del todo bien la combinación de los colores de fondo y las diminutas letras.
     La obra nos ofrece una relativamente corta narración (pero suficiente para ser novela en su extensión, morosidad e intensidad). En la misma se nos presenta un joven aburrido, de la ciudad capitalina de San Juan, que se dedica a la enseñanza y la literatura, y luego de un tiempo sigue las interesantes pistas que le ha ido dejando una anónima y curiosa mensajera (la larga depositaria de nuevos y atractivos lenguajes). Siguiendo las señales, la encuentra, para enterarse que se trata de una joven china-puertorriqueña, lésbica y estudiante de literatura, que trabaja (algo esclavizada) en un restaurante familiar en la capital de Puerto Rico. Termina sosteniendo una relación sorprendentemente “gratificadora” con la misteriosa joven, no sin obtener al final hirientes desilusiones y eventos inesperados que lo instalan en los iniciales senderos del existir que creía haber superado (tal vez la mutilante post-ciudad). La fisura inicial es paradójicamente causante de la incurable herida final (ver epígrafes en la novela). La joven desaparece en varias ocasiones, siendo la última de ellas al parecer bastante traumática en cuanto los encontrados sentimientos del protagonista mismo y su conflictiva relación con el mundo que lo rodea. Finalmente, el angustiado profesor y escritor se entera de que su misteriosa Li es la amante de una profesora universitaria (mundo que el protagonista detesta por su degradado y politiquero manejo de las artes). Acude a una de las fiestas de despedida que ofrece la profesora (pues ésta se prepara para mudarse a otro país). En la misma sostiene una acalorada discusión con un “famoso” escritor español que ha sido enviado a la Isla, por su editorial, para promover la venta de su obra literaria. El escritor español corrobora al protagonista (y a un amigo acompañante) las relaciones de subalternidad en que se encuentra el escritor puertorriqueño en un País caribeño que es casi un pre-texto de geografía comercial. En esa actividad termina, como esperaba, encontrándose con Li, quien le pide con cariño y comprensión, que abandone la fiesta antes de que sea expulsado por la "inoportuna" discusión con el homenajeado escritor. Luego sostiene finalmente una "plena" relación personal y sexual con Li, pero solo para percatarse, una vez más (como al principio de la obra), de que siempre será abandonado y que su destino parece ser el deambular solitario por la ciudad que lo ha mantenido en el desamparo. A finales vemos cómo Li aparece llamándolo desde un auto, con una amiga, pero el protagonista, pese a desear lo contrario, no le contesta ni la recibe. Li deja un mensaje más en el buzón, el cual el entristecido amante lee con la amargura de entender ciertas alegorías vivenciales y escriturales que le permiten saber que el viajar deambulante por la ciudad es una metáfora del camino a que impone también la literatura de su vida misma. A finales de la novela nos dice que escribe: “Esa absurda ausencia de tu cuerpo”. Y sigue: "En los muros y aceras, durante horas, dejé grabado el desenlace. Era una forma de duelo para un dolor que no cesaba. La ciudad era lo que quedaba, el territorio, al que pese a todo, continuaba perteneciendo. Marcaba la superficie con la desnudez de mi dolor, atormentado, a veces al borde del llanto, a veces con una rabia implacable. No podía irme nunca de la ciudad que había recorrido así, sin pudor, convertida en una página. La agonía me ata siempre a estas calles. Mi desnudez me condenaba a ellas” (201-202). El autor termina reconociendo en su propia novela (una ciudad de letras) la incertidumbre y desarraigo ya sentidos inicialmente, como leemos en su relato, en cuanto a la vida y la escritura misma. Emerge más fortalecida la paradoja de no querer buscar lo que inevitablemente se tiene que poseer... o de seguir el impulso de indagar en el Eros escritural, pero solo para fracasar en los empeños (pues esa fuerza del Eros la posee la mujer (y la ciudad como su metáfora), según estos escritores de la horda masculina). La novela, como vemos, tras haber ganado el prestigioso premio, en nada advierte un fracaso. Quizás ella misma se convierte, paradójicamente, en significante de lo que critica: el triunfo de la cercanía al fracaso.
     Las palabras finales (que arriba citamos) nos advierten del existencialismo (post)nihilista que rige el sentir del protagonista de esta novela tan inconforme con la sociedad desarticulada en que se vive. Sabemos que se encuentra atrapado por la post-sociedad de Walmart y Plaza las Américas y el mundo globalizado que ha llegado a Puerto Rico de manera más atropelladamente visible, que a ningún otro lugar (quizás). A su vez los enunciados nos dejan saber que estamos frente a un escritor consciente del significado de su obra como meta-texto, es decir, como obra que se reconoce (se contempla) a sí misma en su lenguaje, en su cuerpo textual. La novela responde también, al simulacro de la ciudad como significante de la escritura misma. Tendríamos que ver si la novela se advierte como parte del mismo conflicto que se denota en el contenido de la narrativa, el argumento (el contenido de la trama) presentados al lector en cuanto a la relación del protagonista con Li (la co-partícipe) como metáfora de la misteriosa ciudad en la cual el escritor no tiene cabida. No obstante, veremos más adelante cómo el protagonista-narrador sufre la ausencia del cuerpo de Li, y sólo retiene el de la ciudad herida y quebrada; tal vez lo que le ocurre al contenido de la obra literaria misma (como cuerpo también). En ocasiones hay cuerpo sin voluntad, y viceversa. Y ya descartado el cuerpo de Li, el narrador se queja a finales de la obra de la ausencia de un cuerpo pertinente. Solo queda su "desnudez" y la quebradura de la ciudad (su temor a las ruinas conducentes a la soledad, la Nada, que le sugieren la metáfora performativa del compulsivo fumar). Desde ese permormance contempla "el desierto boricua", "desierto de arena (8), "ciudad plástica" (49). Pero en estas primeras páginas el escritor reconoce que debe escribir una novela, un texto que sea diferente a la ciudad... más aún no sabe qué hacer y se refugia en el metatexto (como Cortázar y Borges). Todavía cree como el teórico frankfurtino, Walter Benjamin, que "La única obra realmente dotada de sentido —de sentido crítico también– debería ser un collage de citas, fragmentos, ecos de otras obras" (53). Vemos en la novela cómo Simone le permitirá escribir su propia obra, re-articular la ciudad al menos por un momento de su vida deambulante.  
     La obra comienza presentándonos el argumento de un antipático y crítico paseante de la ciudad (mayormente en automóvil) que a la larga se encuentra con una joven estudiante y trabajadora lésbica, a quien termina amando de forma extraña, pero sutil y algo conmovedora. La lesbiana, llamada Li, tiene por su parte razones bastante desesperadas y neuróticas por conocerlo y estar con él pese a reconocer muy bien que se trata de un profesor heterosexual. Li anhela, de manera muy libresca y con curiosidad humana, inmiscuirse cercana y personalmente al profesor. El protagonista a su vez logra ofrecerle muchas satisfacciones que ella no ha encontrado ni en su mundo de trabajadora, de estudiante o de lésbica. La relación del narrador-protagonista con Li radica a la larga en su manera de apoderarse y a la vez perder el signo literario y novelesco mismo. El quedarse sólo en la ciudad significa perder la poética del rechazado existenciario citadino que seduce paradójicamente al personaje en su narrar.
     A la larga en la narración todo será expuesto al lector mayormente desde el punto de vista y la perspectiva del profesor como narrador y protagonista (intradiégesis homodiegética). Tanto resulta así que su abarcadora autoridad narrativa puede guiar al lector de la obra el presentarse como una víctima del extraño abandono final de Li. Ésta queda después de todo, también muy dolorida, pero como sujeto distante y cruel (se infiere como criterio que quiere "imponernos" el narrador). Li se muestra cual causante en gran medida de la amargura y desolación del protagonista una vez más (es como la ciudad). Como señalamos arriba, a finales de la obra vemos al protagonista quedarse una vez más solo, desolado y deambulando por la ciudad (que es como decir, por su propia novela, por uno de los muchos lenguajes que expone y compiten en la misma). Nada parece serle de consuelo ni de ayuda al profesor y escritor en cuanto a la posibilidad de encontrar una simple felicidad humana (solamente la de poder re-escribir triunfalmente su fracaso; lo que implica, en parte, nuestro epígrafe). Es el Deseo en búsqueda del Cuerpo; pero la imaginación aparece cada vez más distante del cuerpo (del simbolismo social).
    El narrador-personaje comienza contándonos anécdotas salteadas del “hechizante y perturbador” (28) mundo en que vive, el cual no parece indicarle algún rumbo apropiado y significativo para la vida. Lo encontramos a principios de su relato casi siempre sentado, en un café, leyendo un libro, y escribiendo en un cuaderno (30-33) (tal vez parte inicial de lo que estamos leyendo), y que nos revela a un sujeto incapaz de identificar un lugar apropiado de estabilidad, significación o gratificación personal. Y esto le ocurre en un mundo en que “La humanidad publica un libro cada medio minuto”, y en esto cita Los demasiados libros de Gabriel Said (33). Pero el protagonista se encuentra (inferimos que el autor también) en una “moderna” sociedad postcolonial como la puertorriqueña, en la cual en general no se leen ni los periódicos de la prensa amarilla.
     En las primeras páginas de la novela el escritor se expresará más bien como un poeta a quien le preocupa una ciudad que se distrae, como el dinero, en la compra constante de lo mismo, pero sin incluir en su intercambio la Letra como mercancía, pero en cuanto producto significativo del lector culto (y menos ocurre en Puerto Rico). En una ocasión, nos señala: “A nuestro lugar en la historia, al esfuerzo de vivir y dejar una marca, una narración, le estaba vedada la existencia. Pretendíamos ser un País pero en realidad, hasta muchos de los que estaban convencidos de esto, actuaban como si solo fuéramos una parada de autobuses en la ruta de un imperio. Apenas teníamos palabras, solo gestos, acaso unas pocas maneras de destruirnos” (34). Mas si ubicamos estos pensamientos en su debido contexto cultural sabemos que se trata de señalamientos que comprometen tanto al protagonista y a su autor con el fracaso de la ideología del independentismo en Puerto Rico en las últimas décadas. Se nos lleva a inferir que estamos frente a un escritor frustrado (ya con gran melancolía y pesimismo) ante el debilitamiento de la ideología nacionalista y antiimperialista en la Isla. Ultimamente la generalidad de la población boricua les parece a los intelectuales radicales como una postsociedad cada vez más enajenada y asimilista (pro-USA de una manera bastante anómala). Leemos, pues, el discurso de un escritor postmoderno y postvanguardista puertorriqueño muy de la actualidad que suele ver la ciudad postcolonial, la modernidad, como un caos, como partes desparramadas que perdieron la oportunidad de lograr una unidad, de alcanzar un todo orgánico (la República de las Letras, la Nación). Cabe reconocer entonces una afinidad entre el protagonista de la obra y de su autor, quien no guarda distanciamiento irónico o ideológico del personaje (y de hacerlo resultaría a un nivel muy profundo de la estructura discursiva de la novela). Este aspecto lo notamos en las primeras páginas y podría alejar a muchos lectores (incluso semi-cultos) de la lectura de la obra. Cabe sospechar que el autor lo sabe. En este sentido el autor maneja el efecto pragmático del vanguardismo en cuanto a perturbar al lector e imponer a su capricho el modo de narrar contra-culturalista y anti-establishment.
     Esta óptica ideológica nos explica el que casi todo el primer tercio de la novela sea montado a base de fragmentos mediante los cuales se nos presentan impresiones de una ciudad hecha pedazos (con usos desproporcionados e inaceptables del lenguaje), y que reflejan el sentir tan misántropo e ideológicamente distanciado de quien narra. Bien podemos advertir un proceder narrativo algo anómalo y arriesgado en cuanto podría llevar incluso al lector culto, como apuntamos, a abandonar la lectura de la novela ya desde un principio. Y ello también porque la obra parece no encontrar inicialmente un sentido argumental claro (no presenta primeramente una hilvanada mímesis) sino un discurso muy parecido a la desparramada ideología misma que critica. Encontramos más bien expresiones fragmentadas e inconexas (aunque en su estructura profunda podrían presentar alguna unión, como he indicado arriba) de un poeta solitario y vanguardista, con una visión bastante nihilista y antipática del acontecer cotidiano en una ciudad colonial en la cual no se encuentra a sí mismo, y de ahí su vagabundeo y el manejar su auto, sin horizonte a la vista o reflexionando muy “inconscientemente” sobre algún lugar desconocido y sin capacidad de encontrar una narración atractiva (algo que contar pese al desplome que ve en la ciudad, a menos que sea el decaimiento mismo). Finalmente en esta primera parte nos dice el protagonista: “Hasta qué punto podemos construir una sociedad basada en la mentira y el olvido” (35). Los lectores de los años setenta (los vanguardistas militantes) bien podrían estar de acuerdo con este mensaje, más no necesariamente los posteriores postmodernos menos interesados en el issue nacional o en otras concepciones postcoloniales sobre el serio asunto de la identidad nacional puertorriqueña (que el narrador mismo sugiere en algunas partes de sus inconexos enunciados). En lo que los modernos ven destrucción de la ciudad patria, los postmodernos podrían ver deconstruccionismo o reconstrucción. Desde lo postmoderno podríamos decir que se requiere encontrar un argumento pos-narracional que contar pues el escritor nacionalista se ha quedado muy solo, sin lectores y el discurso de esa índole nacional ya se presenta agotado y sin horizontes de expectativas posibles.
     Los criterios citados coinciden, además, con las sirenas que el poeta-novelista escucha de la marcha de los cruceros en San Juan en busca de destino o de la fuga hacia otros lugares. Esto resulta a su vez en la voz de la Sirena (Simone) ante el escritor que se siente como Odiseo en un mundo en el cual hay que luchar por articular y escuchar las palabras, el lenguaje, el discurso, apropiados (36) y una mujer amada que siempre espera. Ese discurso a la larga, como lo es en la literatura masculina, es el de la mujer como arquetipo y símbolo cronotópico del objeto del deseo o de lo más anhelado. En cualquier relato (no dicen los estructuralistas) a un sujeto lo anima la búsqueda de un objeto del deseo y se encuentra con ayudantes y adversarios que permiten los resultados de un posible destinatario (ya sea favorable o adverso). Ya para la página 90 advertimos cómo la amarga perspectiva de la vida del protagonista comienza a cambiar con la presencia de Li. Se trata de un actante de cierto atractivo postcolonial con un llamado narrativo y una fuerte carga de Eros.
     Mas el personaje principal puede tener amplias abyecciones ante las heteroglosias de la (post)moderna ciudad. En esta ocasión vemos que detesta escuchar a dos mujeres que hablan de un tinte del cabello (36-37), algo muy propio de las voces contemporáneas en la ciudad y que podría conllevar (¿porqué no?), a una narrativa (que al protagonista no le interesa). Son así varios de los comentarios andronormativos que podemos encontrar en la novela, incuso al relacionarse con la lesbiana Li. Pero más adelante en el argumento de la obra el autor actúa en su narrar admirablemente al aventurarse en relacionar la narración del mundo femenino y específicamente el lésbico como una “otredad”, el cual no parece conocer tan bien y del todo, como veremos. Mas cabe considerar que son pocos los escritores heterosexuales (como sospechamos que es el novelista real) que se adentran en este mundo con sus complejas y diferenciadas semánticas y performatividades. Es uno de los primeros novelistas en la literatura puertorriqueña que logra conferirle una narrativa coherente e interesante a dos mundos tan separados —como lo es el de un sujeto heterosexual nacionalista) en una relación con una lesbiana—, y que ofrezcan sentido y continuidad a la literatura entendida dentro de lo que concebimos (desde la izquierda) como la realidad socio-cultural nuestra. La relación sexual, pese a los muchos fracasos, será representada con esmero y goce, como veremos. ¡Bravo por el autor!
     Ante todo tiene gran pertinencia que la seducción encontrada en Li, sea distinta a la atracción que ofrece la ciudad y sus cambios y niveles performativos. En la pág. 113 nos deja ver el personaje principal cómo la mujer diferente que lo acompaña no es la Penélope que desteje por la noche para reanudar la labor por el día, sino la mujer que elabora una densa mortaja que no habrá de terminar para hombre alguno. No obstante, la mujer le confiesa al protagonista que ella también teje en la espera (¿de entretenerse la Nada, en la espera de la muerte propia y solitaria?). Hay una consciencia muy diferente de la mujer como “otredad”: es un ámbito imaginario-simbólico de la mirada andronormativa que habría que analizar con cautela porque es de notar que el autor real y su autor implícito manejan también con riguroso empeño estos asuntos de diferencia genérica, sobre todo tratándose del issue del lesbianismo desde la inevitable perspectiva de un escritor-protagonista de identidad heterosexual muy poco hibrida y postmodernizada. Se requiere poseer una mirada que la sociedad modernista del siglo XX, sobre todo las primeras siete décadas, que no proporcionó lenguajes a los hombres heterosexuales para entender la otredad de la mujer y mucho menos la lésbica. Mas el esfuerzo de este escritor en la preparación de este complejo performance debe de haber sido excepcional y aventurado. Ha encontrado un sujeto otreico en una ciudad llena de escombros para él nada atractivos y por fin encuentra un sujeto que parece llamarle la atención. En este aspecto se enfrentará a uno de los grandes alcances de los nuevos escritores, y que lo pueden llevar a superar los prejuicios de la Modernidad, que duraron hasta fines del siglo XX. Habría ahora que esperar las expresiones autorizadas de las voces críticas del feminismo queer ante las virtudes o desaciertos de esta novela en estos aspectos genéricos.
     Desde un principio en la obra el narrador viaja por varios espacios de la ciudad y es interpelado por los diversos mensajes de la misma. Obtiene desde los textos más comercialmente superficiales hasta los textos más complejos que reclaman la debida atención y las emociones del personaje protagonista (y su autor). Pero se detiene en uno de ellos en particular, el de los incognitos mensajes, que luego se enterará que provienen de una china, llamada Li. Este singular acontecimiento lleva al narrador a detenerse en su peregrinar por la ciudad de confusas distracciones y enfocarse en uno de ellos con la ansiosa esperanza de poder narrar desde un proceder más intercomunicativo y tal vez darle mayor sentido a su testimonio y deseo de crear una novela (que debe ser mimética, heteroglósica y no tan monológica y abúlica como en las primeras páginas de su novela). El encuentro con la mujer-signo es de acercamiento y distanciamiento a la vez.
     El narrador mismo nos deja saber ya para la página 38, que tal y como le ocurre con la ciudad, el autor (implícito) mismo no sabe para dónde va ni hacia dónde desea ir en su novelar: “He estado siempre como lo describí aquí; rodeado de fragmentos, de pedazos de cosas con qué poblar las horas”. Mientras tanto se nos dice que el protagonista sigue esperando el mensaje de Li y le seduce la idea de que pretendan comunicarse con él, como si la misteriosa y seductora expresión de una “sirena” o una Penélope fuera a darle explicación de las muchas interrogantes ya expuestas desde las primeras páginas. Sus mensajes son fragmentarios pero tras su contacto con Simone comienza a obtener cada vez más organicidad, y a no abandonar la búsqueda de una explicación de tantas preocupaciones personales e ideológicas (sobre todo la del encuentro de un eros intrigante, elemento tan importante en la novela como género) Luego del encuentro con Li, el discurso se tornará mucho más mimético y seguidor de un argumento más lineal. Es aquí donde el novelista logra conferir trans-realismo a su novelar y acaparar el interés del lector que ha sobrevivido las primeras páginas. Va presentando esta vez una novela frontalmente mimética, como pudo ser inicialmente, y en el fondo guiada por una narrativa, por más vanguardista que sea (mayor ejemplo de ello en la literatura moderna es la inicial Tirano Banderas (1925) de Valle Inclán, novela vanguardista que sostiene muy bien la mímesis, aunque rompa con la narrativa realista, y que da inicio a la novela latinoamericana hasta el post-boom de hace muy poco).
     Logra inferir que quien envía los mensajes es alguien que ha leído apasionadamente lo ya escrito por él. Ha publicado una novela titulada Tres en uno, que se comienza a leer por el público y cuyo título proviene de la marca de un aceite para lubricar bicicletas. Se trata de una metonimia paródica de la ciudad (en cuanto a la bicicleta y el aceite), y que contrasta con otras visiones más cínicamente entristecedoras del existir de este personaje sumergido en su viajar líquido por la ciudad. En una ocasión recoge mangos con quien fuera una de sus mujeres, ya aburridos el uno del otro. Las frutas son finalmente echadas a la basura, ya podridas y sin tocar (tal vez algo similar a lo ocurrido finalmente a su relación con la china-boricua (70). Vemos como el amor, la existencia en la ciudad y lo que resta de su naturaleza (intocada y llevada a la putrefacción) son los destinos del personaje (y del ser en cuanto ente). Pero paradójicamente la ciudad, reconoce el protagonista mismo, es la autobiografía propia que él mismo parece estar escribiendo; “la ciudad cuyo cuerpo mi cuerpo ha cubierto” (76). Por eso a principios de la novela se hace necesaria, prontamente, la aparición de una mujer en la vida de este sujeto, quien ya sabemos es un desolado y cínico escritor heterosexual.  La sorpresa estriba en que más adelante en la lectura —si el lector no ha echado ya a un lado lo que podría fácilmente parecerle una aburrida y abúlica novela—, en que para añadir a la compleja otredad que habrá de enfrentar el protagonista, la mujer es una lésbica culta, conocedora de la literatura comparada, con un abusivo pasado y muy misteriosa e intrigante en su proceder. Tras una búsqueda detectivesca, ya para casi la mitad de la novela sabe su nombre anónimo: Simone.  Nos ha dicho, no obstante, que sigue haciendo el amor con una antigua amiga “como una vieja costumbre, casi con indolencia” (77). Asegura, además, que comete el “error” de contarle lo del misterio de los mensajes a esta compañera, y de las páginas 76 a la 79 nos da una muestra de dos amantes que en silencio se desprecian, a quien los caracteriza la incomprensión y el desamor, y de un protagonista que termina fumando sin deseo. Presenta este acto como gran metonimia de su nada y su soledad: “Fumar era una forma de llenar la vida y, es noche, ni siquiera valía la pena engañarme con esta esperanza” (79). “Esta ciudad es lo que tengo”, nos dice más adelante (80). Fumar representa el performance de la sustitución del poder fálico que el hombre parece haber perdido en la sociedad y que le distrae en su fracaso y que a la vez le sirve de metáfora para reconocer cómo se quema lo que podría ser una placentera existencia y se convierte en una ineludible herida. Se trata de una metáfora medieval de "la vida va a dar a los ríos, que es el morir (Jorge Manrique) y que en el mundo moderno se transmuta en el acto de fumar como viaje conducente a la pulsión de muerte (algo tan característico de la soledad heteronormativa) que culmina en la nada, como el humo.
     Pero también nos deja saber que toda esta escritura-biografía-confesión-casi-novela-detectivesca, mecanismo de mensajería (de in-comunicación), puede ser una obra de arte o una novela sucia (“¿No puedo estar siendo parte de una red de víctimas, de un espectáculo, de una obra de arte o una broma sucia” (73). La obra no puede presentarse más intertextual al dialogar con las novelas rápidas de lecturas en el avión en la guagua o en el tren y también con los textos más complejos del siglo XX (Unamuno, Cortázar, Borges). Tal vez por ello la obra pretende deconstruirse a sí misma como una “broma sucia”, como una herida escritural que se niega aceptar tal ejercicio formal. Por supuesto que el novelista juega con los niveles de lectura que puede tener el potencial escritor, pero en la mayoría de las ocasiones imponiendo crudamente su gran metáfora de la desintegración del cuerpo de la ciudad, la cual tiene en mente a los receptores post-vanguardistas (aquellos que no han abandonado los anclajes de la modernidad radical setentista). No se trata de un defecto sino de un virtud propiciadora de un gran perspectivismo estético y escritural que coloca la obra en sintonía con el novelar contemporáneo (aunque no lo realice de la forma más narrativamente atractiva y placentera).
     Finalmente sigue la pistas que deja Simone hasta que en una tienda de objetos algo antiguos (Gradmas Attic) localiza un libro, una biografía de Simone Weil, escrita por Gabrielle Fiori y traducida, y donde encuentra escrita dos palabras: “Has llegado” (83). Tras interrogar a la dueña del local sobre la persona que pudo dejar el libro (Li, por supuesto) nos avisa proféticamente: “Cierto fatalismo me hace pensar que debo esperarlo, pero la situación llega a preocuparme cuando admito que desde el principio he querido participar de esta trama de fantasmas; que Simone ) ¿es posible ya llamarla así?), con su tela de araña, me ha hecho ver que no he hecho otra cosa en mi vida, que esta es la primera vez que me he enamorado de una máscara sin rostro” (85). La metáfora de la tela de araña y la máscara sin rostro (la incógnita mujer) son más que conocidas en la cultura andronormativa, como sabemos (y creo que el autor también).
     Pero el encontrarse con Simone es más que un acto referencial-mimético y ficticio. Resulta enfrentarse a un acertijo, a una aventura guiada por los signos, por el lenguaje, por la literatura misma. Se enamora del atractivo del signo literario antes que del referente real: “Me había enamorado de la brillantez de una táctica de acercamiento que se había transformado en algo parecido a una obra de arte. […] los mensaje de Li Chao eran un pasadizo, un túnel secreto que acababa de descubrir. Era posible rebasar las murallas que me habían cerrado a lo largo de toda una vida" (91). No tiene idea el protagonista que le espera un sentimiento de una Nada, no experimentado a tales niveles de profundidad por él y que cala muy hondo en su psiquis y pone a prueba la continuidad de su existenciario y devenir mismos. En este alcance metafórico estriba la singularidad que nos acerca a una novela de pensamiento excepcional, pese a las deficiencias de género (literario y humano) que le podamos encontrar.
     Al principio de la novela el protagonista nos deja saber ciertas vaguedades de la ciudad donde vive, espacio del plástico, de la mala educación, de la necedad humana y de todo lo fragmentario del mundo de la tardomodernidad tecnomediática que presenta pedazos (como objetos en montones hechos en la China, de cientos de comerciales, de películas de lo mismo, y de apiñadas casas urbanas), de textos que llevan a una casi esquizofrénica desfragmentación que se extiende pero solo para perder conexión una con la otra (como le habrá de ocurrir al universo, según los cosmólogos). El autor protagonista por su parte intuye con ansiedad el encontrar en los mensajes un misterioso y complejo camino de sentido y que le permitirían salir de su propia fragmentación y posible desintegración del ser. Nos deja saber implícitamente que se trata del Puerto Rico, (de donde se obtiene la llegada de un sujeto psiquiátrico (p. 49).
      Hay cierto elitismo y arrogancia implícita en el protagonista al creerse superior, por las lectura realizadas en el mundo en que vive y creer que los mensajes apuntan al criterio de su identidad narcisista. Una interpretación de los envíos le hablan de un alguien allá fuera que parece entenderlo. Nos dice: “Los mensajes, la entrega y la habilidad con que se hacían, comenzaban a sentirse como una seducción y no sabía qué hacer con ella” (53). Mucho más cuando en los escritos se citan sujetos de la cultura altamente letrada como Walter Benjamin, quien corrobora la inmersión del sujeto en la ciudad que obliga a existir en lo fragmentario (53). Todo ello se traduce al collage de citas que ofrece el mundo contemporáneo de lo mediático, pero el protagonista insiste en encontrar el sentido totalizante de un texto y cree tenerlo en el depositario de los mensajes. Sobre todo, la novela como género depende del sentido de totalizaciones de significación social (Lukács) y quiéralo o no el escritor, está comprometida con la sociedad (post)industrial y con la dialéctica de la urbanidad capitalista que ya no existe a la manera de cuando se gestara la narrativa morosa del novelar. Estamos en una sociedad postcapitalista y trascultural, en la cual no se ven posibilidades de una dialéctica en el sentido marxista. Y he aquí uno de los grandes problemas de la novela postmoderna que el narrador de "Simone", en la estructura profunda de su obra, se ve obligado a asumir. Tal vez a esto se debe a que muchas novelas hayan acudido al minimalismo y al relato breve, pero debe mantener la morosidad de la novela.
     Se desprende entonces cierto goce del personaje en la paranoia, en esconderse de quien lo persigue y conoce tanto (lo cual parece augurarle un gran placer). Se relaciona ello con un deseo de encuentro de totalizaciones y de organicidad (como la novela moderna) que no logrará, como sabremos, encontrar en la mujer ni en la novela, y que ya sabe que no existe en la postmoderna y desarticulada ciudad colonial ni el Eros tan "otreico" y "diferenciado" que la misma le ofrece. Al finales de la novela, tras el fracaso de la relación, abandona la narración orgánica y de continuidades que había alcanzado con su narración de la relación con Li, y regresa a la fragmentación y desintegración de la escritura y el existir mismo.
     En una ocasión coloca en el parabrisas de su auto un mensaje pensado que su perseguidor lo habrá de tomar pero no resulta así. En el mismo cita un Fragmento de Virginia Woolf relacionado con los síntomas del olvido (59) y la ironía del recuerdo. Pero no logra la comunicación y como siempre desde que ha comenzado a narrar parece no obtener una respuesta significativa de la existencia, no alcanza una comunicación, no encuentra entonces qué hacer… parece un sujeto destinado al aburrimiento y el anonimato. La ironía que tiene en mente el autor (implícito) estriba en que el objeto de la seducción (Li) será el mismo que lo devolverá a un peor estado de la incertidumbre inicial que solo le deja como objeto del deseo lo menos anhelado y lo más repudiado no solo en lo referente a la desarticulada ciudad sino en su ser mismo.
     Todavía para fines del primer tercio de la novela el lector puede estar algo desconcertado con un personaje que podría tener las mismas reacciones que provoca la lectura de la novela. Paradójica situación espejística ésta que el autor expone muy bien, por medio de la exposición de fragmentos y metonimias que no parecen llevar al argumento requerido para una novela. Tal parece que el protagonista se distrae paseando en su auto por las calles capitalinas de Puerto Rico y lo único que encuentra es la repetición que lleva a la abulia y una pulsión cercana al desvanecimiento, a la pulsión de muerte. Ve como en una cafetera de un principal restaurante de la ciudad se elabora el café con leche (en la del restaurante llamado Colony Economy). El proceso por el cual pasan los líquidos de esta cafetera le parecen una metáfora de lo ocurrido al puertorriqueño bajo las condiciones de sujeción colonial. Una mezcla de placer, de goce que es interferido por la idea de que se es filtrado dentro de una máquina o por una maquinaria imperial (59-60). Pero el narrador no demuestra esto mediante la mímesis (en una trama) o con argumentos de acción, sino que lo plantea con unos fragmentos que no dejan de ser de poética vanguardista y que resultan ensayísticos, didácticos, y moralistas en lo ideológico. No son miméticos, no se exponen como representación novelesca que requiere de acción en un mundo ficticio. En esto se relaciona al trillado trauma de la na(rra)cionalidad puertorriqueña, aunque ciertamente reciclado. Algo similar ocurre con la crítica al alcalde de un pueblo legendario (en cuanto a la lucha por la independencia de la Isla). Este alcalde publica libros neo-nacionalistas, no para ser leídos sino para que existan (60-61), y para cumplir hipócritamente con un neo-patriotismo, inaceptable e ineficaz en la lucha cultural. Se trata de la necedad e inconsciencia de un pueblo colonial que siempre ha sido de esa ficticia manera y que los narradores del siglo XX (en la gran literatura en general) ya han representado a la saciedad. Pero como narrador-autor, en este modo de exponer sus criterios, tal vez puede “caer” (para algunos lectores exigentes) en mucho de lo que critica y en una narrativa neo-nacionalista simplista.
     En fin que la ciudad colonial le provoca al protagonista “asco” (61), algo muy típico de los creadores de la modernidad nacional (René Marqués, por ejemplo). Luego se encuentra en una farmacia globalizada, a un anciano que grita algo incoherente sobre un juego de piezas chin (Chinese Checkers). En cuanto a otro anciano que vierte demasiada azúcar en su café, dice el narrador sentirse: “infinitamente ajeno” a lo que ocurre en la ciudad y “a la distancia que me separa de los hombres con los que comparto" (64). La misantropía que muestra en ocasiones el narrador protagonista resulta en uno de los peores enemigos diegéticos de lo novelable en cuanto a encuentro de aventuras, de eventos peculiares, de acciones pertinentes a una trama novelesca, independientemente de lo aburridas que puedan parecer. De ahí nuestra insistencia que en la primera tercera parte la novela no es tan diestra en su mímesis novelable (tal vez requería de mayor pulimiento o muestran la crisis actual de la novela como género).
     Pero el rechazo no es solo a la ciudad colonial sino a la ciudad en su sentido amplio: “Las ciudades les importan más a los que ven en la misma dirección de su cunetas, a los que caminan a su misma altura. A ningún dueño de la ciudad, a ninguno de sus alcaldes, les importa la ciudad como a mí me ha importado, porque yo sé que no tengo salida, que nunca me podré ir de aquí. Ni el exilio me liberaría de la ciudad. Sencillamente sufriría dos veces: la ciudad y por estar lejos de ella” (65). ¡Tremenda paradoja, pues algo parecido le ocurrirá con la amada Li! ¿Y de dónde habrá de extraer las situaciones mimético-narrables sino es de la moderna ciudad, ya colonial o libre? Se trata de lo que caracteriza casi toda la primera mitad de la novela, de un escritor que mientras se nos muestra cual letrado y que toma su profesión en serio, presenta reflexiones no tan conectadas entre sí, de la ciudad colonial, para mostrar su descontento con el desempeño del contexto en que vive y de su vacía y aburrida existencia. Nos lleva a "lugares comunes" de lo literario que han realizado mucho mejor algunos escritores de décadas anteriores (Edgardo Rodríguez Juliá, por ejemplo, en Sol de medianoche). Nuestro autor regresa al mismo discurso, intentando deconstruirlo, de representarlo de una manera distinta… pero no me parece que tenga tanto éxito en general. Esto puede llevar (una vez más) a que la mayoría de los lectores abandonen en la primera tercera parte una novela que no expone prontamente un argumento coherente, interesante, entretenido, intrigante, leíble dentro de lo (dis)placentero que estéticamente puede ofrecer el signo literario narrativo.
     Por ejemplo: luego de estos aspectos fragmentarios el autor implícito nos refiere al acontecer muy fugazmente narrado de unos jóvenes que regresan de la playa y una de las chicas le reprocha a uno de ellos el que tuviera una erección… pero ahí queda la narración y no sabemos si está relacionada con algo de lo acontecido en la novela, como tampoco se nos ofrecen pistas para sospechar de cómo lo representado tiene que ver con el resto de la novela y la sexualidad. Se trata en ocasiones de una obra de política heteronormativa anómala en la cual parece que muchos aspectos ideológicos no permiten que se cumpla la relación sexual. De ello tendrá que ver metonímicamente la novela cuando veamos que el protagonista se sumerge en una relación con una lesbiana, pese a que ambos se aventuran a experimentar un nuevo tipo de sexualidad, un diferente encuentro de los cuerpos muy distinto al arriba señalado en cuanto a los chicos de la playa.
     Ya desde un principio de establecida la relación de los amantes, y luego de haber sostenido relaciones sexuales  —las que el narrador se esmera en exponer desde la perspectiva que impone una mujer lésbica que se niega a ser penetrada y que dispone de alcances orgásmicos propios de las mujeres y muy distintos a los del impulso monolítico y andronormativo del macho— el personaje nos deja saber que su intuición le indica que todo estaba ya avocado a la lucha por retardar el fracaso de una imposible relación. Se denota en la voz poética del autor: “Era como si supiéramos que el fin ya convivía con nosotros y que había que luchar por retardarlo. El deseo crecía al saberse herido de muerte y en la cama nos sumergíamos en una marea en la que apenas percibíamos nuestras siluetas. Aún allí, no quedaban lejos nuestros temores (110-111). El protagonista se percata de que el poderío de acaparamiento, ansiedad, sensibilidad y dominio orgásmico (que se manifiesta por otros medios más allá o acá del sexo) son supremos en Li, y de otra manera diferente a los alcanzados por él. No está ante la mujer que desteje la malla, o que espera al amado, sino a la araña que sigue creando la red artística: “Una vez le dije que era una Penélope, que en lugar de destejer cada noche la mortaja, construía una tan vasta y densa que nos se podría terminar nunca. Mi comentario pretendió ser ligero y no pude imaginar el enigma que contuvo su respuesta. “Aunque no quiera,  yo también espero”, dijo y continuó dibujando con un silencio que no tuve coraje de romper” (113). La espera de Li no es por un hombre sino por otros aspectos de otredades existenciales (como ansiosamente dibujar la ciudad de negro y aventurarse a las diversas experiencias del existir que incluyen la discontinuidad y la ausencia). En realidad, la extra-diégesis del narrador no nos deja ver a profundidad el proceder y los pensamientos de Li. Las novelas vanguardistas nos han dejado ver este aspecto magistralmente ("Aura" de Carlos Fuentes o "La hojarasca" de Gabriel García Máquez, por ejemplo). En Puerto Rico, el magisterio de Edgardo Rodríguez Juliá en estas intradiégesis (narrador que se adentra en la consciencia del otro) resulta insuperable.
     Una vez va conociendo más a fondo a Li, se ve obligado a hurgar en su identidad diferenciada, de ser vanguardista que realiza su arte con el deseo de cubrir con el mismo toda la ciudad en búsqueda de un mejor sitial. La relación rescata al protagonista del marasmo emocional en que se encontraba (como veíamos al principio de la novela). Por ejemplo, busca su cámara para fotografiar todo tipo de acontecimiento merecedor de aprecio artístico en la ciudad. Lo cautiva esta vez la imagen, la copia, el manejo artístico del referente real. Li comienza a enseñarle una nueva e interesante cara a lo que al casi misántropo protagonista le parecía la ciudad: “Los hombres no pueden traducir claramente lo que hago aun si lo están viendo”. Y dice esta vez el entusiasmado amante: “Esta es la definición más precisa de nuestro empeño” (115). Junto a la chica, el protagonista puede dar despliegue a su “amor’ y “rabia” (114), borrar las fronteras entre arte y vida colocando los dibujos de manchas de tinta negra como Li, por toda la ciudad y desarrollar una nueva mirada (de mujer). En una ocasión el protagonista tiene la oportunidad de experimentar mucho de la aglomeración humana (que Luis Rafael Sánchez nos muestra en su novela La guaracha del Macho Camacho). En Simone se nos dice: “Era una línea de caras que una mañana sorprendía en las avenidas a peatones y automovilistas. En la radio hubo quien comentó que se trataba de candidatos desconocidos a las elecciones [candidatos desconocidos por el proceso eleccionario]. Nadie, salvo un par de escritores, supo que podía ser una obra de arte. Nos encantaba, que según pasaban las semanas, continuaban respetándose las imágenes. Nadie se aventuró  dibujarles un bigote ni las desprendió de la pared” (114-115). Todos estos acontecimientos llevan al protagonista a crear nuevas nociones de tiempo, de lugares y de ocupaciones ciudadanas y artísticas más significativas. Todo cambia al enamorarse de Li, pese a que la misma no parecía interesarle ningún lazo de algo tan profundo con el protagonista (117). En esta parte, la obra se convierte en una "novela de aprendizaje".
     De las páginas 118 a la 122 leemos cómo el protagonista tiene la oportunidad de visitar los edificios de los chinos en que convive Li con otros familiares y amigos de su cultura emigrante. Tiene así la oportunidad de extender el concepto que ya posee de su compañera y de conocer la cultura  de ella (incluso la artística, religiosa y letrada). Y la percibe como una otredad tanto en lo afirmativo como en lo negativo. Allí tiene la oportunidad de ver al primo de Li (Bai), quien luego tendrá mucho que ver con el presumible trauma desarrollado por Li, según el narrador “Muchas cosas pasaron, pero ya no importa —dijo Li” (122).
     Más adelante se nos narra de una gozosa relación sexual que han tenido por la noche, pero desde el punto de vista y perspectiva andronormativa que deposita tanta importancia en el poder fálico y el semen sobre el cuerpo de la mujer: “no le bastó que me derramara larga y profundamente entre sus labios, sino que quedó mirándome sin pestañear, dejando derramar la esperma de la boca a los senos, comunicándome así que nada la separaba, que ella era la única que podía enriquecer esa forma de mi carne" (122). “Salí de la ensoñación que era una prolongación deliciosa de lo que acababa de vivir, al sentirla de nuevo entre mis piernas, afanada en revivir mi miembro, con un ansia que me nutría y que impregnaba de extremo a extremo mi cuerpo. No entendía lo que hacía; por qué pretendía que me entregara así a ella, por qué se empeñaba en poseerme” (122). Definitivamente el protagonista en su masculinidad no parece tan certero en ver la política sexual de la mujer lésbica, más rizomática y capaz de desplazamiento, que el hombre (quien suele anclarse tanto en el falo y el semen que solo ofrece el orgasmo una sola vez por intento). La mujer, y mucho más en su ánimo lésbico, desea poseer el cuerpo del “otro”, pero de otras maneras, imaginarios, posicionamientos, espacios y nociones de tiempo (ver a Braidotti y a Cixoux). El protagonista, pese a estar tan anclado en su masculinidad, narrativamente nos permite como lectores inferir esta otredad. Es precisamente este deseo de explorar ese "otro", uno de los mayores atractivos de la obra (hubiese sido muy beneficioso mayor elaboración narrrativa). Y sobre todo cuando la protagonista es una sinécdoque de la ciudad misma.
     Esta situación que puede haber entre seres de dos identidades sexuales y sociales tan distintas el narrador mismo la expone en las páginas 126 y 127. Pregunta el amante a Li una vez más sobre su negativa a permitir la penetración, a “Hacer el amor plenamente” [¿?], y a sugerir que hay algo de trauma en su lesbianismo. En este aspecto debemos como lectores distanciarnos, con cierta interrogante, de este personaje-narrador, puesto que la identidad lésbica resulta distinta, y aunque ello sea parte del desarrollo del argumento de la novela, podríamos señalar que expone una visión no necesariamente acertada del amor como las lesbianas lo podrían entender (el lesbianismo de Lí no debe verse necesariamente como un producto del trauma). Si bien el narrador-protagonista se ha aventurado a representar lo no expuesto tan francamente en la literatura nuestra (no tan dada a lo sexualmente explícito), no deja de hacerlo bajo los prejuicios andro-heteronormativos implícitos de la cultura moderna, la cual parece proporcionarle sus “equívocos” criterios del “natural” proceder lésbico.
     Más adelante, vemos cómo el narrador-protagonista teme regresar a su antigua situación, una vez desaparece Li momentáneamente de su vida de amante: “Pero Li no llamó y comencé a preferir su ausencia, la certeza de que una vez más, había perdido a alguien. Saber que nada iba a quedar, que quién sabe por cuánto tiempo mi vida volvía a ser un susurro, una mancha de dejadez y olvido, era extrañamente una manera de consolarme” (128). Una vez se cumple la relación sexual tan gozosa para el protagonista, Li desaparece del escenario y lo abandona sin explicaciones (que luego serán “aclaradas”). Esto podría dar cuenta de su obsesión por pintar todo de negro (como complejo simbolismo del misterio del ser distinto y el destino de una energía compleja en su diferencia (sin los prejuicios occidentales aplicados a ese color). Este aspecto del arte practicado por Li adquiere tintes interesantes que requerirían de mayor consideración en el análisis de esta obra.
     En las próximas páginas, ya acercándonos al fin de la novela, vemos al protagonista perder contacto con Li, quien desaparese. En una ocasión lee el mensaje: “Acude esta noche al interior del Cine Paradise y búscame en la máquina de imágenes”. El narrador nos lleva entonces, con sus próximas representaciones, a un antiguo y legendario cine del antiguo Rio Piedras ("la máquina de imágenes”, “la máquina de sueños”), a calles con muchedumbres que se preparan para asistir a una función cinemática, donde el narrador aprovecha para aludir metonímicamente al mundo mediático de la primera modernidad del siglo, el cine mudo, la imagen. Se mencionan los escritores, los revisteros y el mundo que por lo regular lo rodea; se trata según su pensamiento de “la elaboración de sus telas de araña” (139) en el mundo de la comunicaciones y sus usos. No encuentra a su amada luego de varios intentos y un librero le informa haberla visto y que la identifica como la “compañera de Carmen Lido”. El protagonista se asombra de encontrar un nuevo actante en lo que es la legendaria película de la vida que está experimentando. Finalmente encuentra a Li en la esquina de un local: “Vi sus ojos. Había llorado” (142). Más adelante nos dice:  “Superficialmente, nuestra vida  volvió a ser como antes” (143). Li cae luego enferma, pero va recuperándose, y en uno de los viajes “terapéuticos” que le ofrece el protagonista se percata de que: “Uno sabe que ama a alguien cuando teme por su sufrimiento” (145). Al contemplarla jugando en la playa se siente que es como una niña necesitada de protección: “que no sufriera, que pudiera estar eternamente así, jugando en la arena, con la despreocupación de una infancia que le había arrebatado la historia” (145). La compasión del protagonista ante la mujer como sujeto víctima del abuso social es más que evidente y conmovedora. (Tal vez para algunos críticos podría ser una óptica machista clisé). 
     Más adelante nos percatamos de que el amante protagonista ya está vislumbrando sus prenociones freudianas para advertir que Li ha sido violada por su primo (cuando era niña (150). Al parecer entiende que tal situación la ha llevado al trauma (visión de la enfermedad propia de la modernidad heteronormativa, en cuanto a las mujeres se refiere). Esto es, no sin antes representarnos la escena en que, mientras sostienen un bien narrado encuentro sexual, es la propia Li quien coloca el pene del protagonista y se deja penetrar. Todo resulta narrado desde la perspectiva del poseedor del instrumento de penetración y su felicidad de que haya sido casi paradisiacamente solicitado y anhelado. ¡Como si la naturaleza cumpliera su fin! Pero el autor implícito deja en voz del personaje la interpretación de todo lo ocurrido: “Hoy lo hicimos, pero es como si mi cuerpo no tuviera realidad. Estaba ahí, créeme no estoy ida, actúa, goza, pero al final ese cuerpo es un espejismo. Algo que no está por completo o que queda como una tragedia de la que ya nadie es responsable” (153). Buena metáfora ésta que igualmente puede ser empleada para interpretar el sentido filosófico de la obra, de la realidad en cuanto referente vivencial. Lo que se obtiene del "otro" es la imagen de performatividad fingida y virtual y no en cuanto referente real.
     En este aspecto el autor permitirá que sea la propia Li quien relate el trauma de haber quedado encinta en su adolescencia, y luego obligada a abortar: “También me enteré, así de grave era mi caso, que esto era una posibilidad, que le ocurría también a muchas mujeres y se llamaba lesbianismo” (152). Tal vez estas palabras proferidas por Li pertenecen más a los criterios implícitos del autor, que de lo que pidiera ser la verosimilitud de la historia o argumento. Veamos: “Antes solo me había enamorado de mujeres, y tuve la esperanza de que a través de ti algo distinto pudiera pasar. Es una estupidez, pero una tiene esos sueños, esas fantasías de volver a ser como todo el mundo. Como si eso fuera posible y valiera la pena” (153). Lesbianas conocedores del género se extrañarían de que una mujer conocedora de su sexualidad tan diferenciada entienda que es producto de un solo trauma sexual en la vida. Hoy día más bien se argumentaría cómo el lesbianismo no es necesariamente producto de un trauma, sino resultado de un fenómeno transfactorial y psico-biológico (genérico y sexual) y que las lésbicas suelen aceptarse en su identidad sexual sin explicaciones neofreudianas como las que el autor parece  implicar. Se trata en el lesbianismo de construcciones psico-sexuales de identidad alineamiento pisco-biológico al heterosexual. Son sexualidades diferenciadas naturales.
     Luego de este acontecimiento el protagonista acude a una de las fiestas de despedida que ofrece la profesora y amante de Li, quien es presentada narratológicamente a distancia y como una mujer difícil, arrogante y manipuladora (estereotípica lesbiana abyecta, repudiada por los hombres). Se trata de la parte final de la novela, bastante tendenciosa (un pre-texto) en su exposición y en la cual se presentan varios debates sobre la situación subalterna de los escritores puertorriqueños en el mundo hispánico. Se presenta un serio y acalorado debate con un escritor español invitado por su editorial a asistir a Puerto Rico y quien es parte de las manipulaciones comerciales y mediáticas propias de estas industrias. El autor aprovecha para presentar en la discusión lo específico de la subalternidad del escritor puertorriqueño en el globalizado mercado de editoriales, manipulado desde los espacios céntricos oportunistas y prejuiciados de España y Latinoamérica. También se discute cómo muchas universidades y profesores aprovechan estas situaciones de poderes oficiales para colar a sus escritores, los cuales a la larga muchas veces no logran la fama esperada, ya por mediocres o por ser un escritor más de los muchos). No nos queda más remedio que estar de acuerdo con el narrador que suele acaparar el punto de vista de una manera bastante cómoda y neo-realista, en contraste con los puntos de vista de los modos narrativos más complejos, que antes, en parte, maneja en la novela. Mas no podemos negar que la situación presentada respecto de la situación del escritor subalterno y de la manipulación ejercida por algunos profesores (como la profesora amante de Li) son presentadas con coherencia y pertinencia con el argumento y preparan la lectura  para el encuentro de Li con el protagonista. Éste quiere encontrar a Li y lo logra, pero solo para poseerla, y para una vez más culminar la relación pese a lo que ha parecido un estimulante encuentro y olvido de los conflictos que los han separado. Pero decide no volver a verla.
     En lo que sigue vuelve Li a desaparecer y esta vez el autor implícito lleva al protagonista a reconocer aspectos muy complejos sobre el devenir y la (des)fortuna en la existencia misma: “¿Li me había escogido por suponer que podía comprender los jirones de su historia? ¿Pero, verdaderamente, podíamos compartir el mismo camino? ¿Qué debía de ella cuando su cortejo había sido una disquisición sobre el ocultamiento?” (157). Ante la ausencia de su amada el narrador-protagonista se siente haber regresado al principio en que viajaba cual transeúnte, como un automovilista sin idea de lo que representaba aquella extraña ciudad que lo devora y que parece no tener ruta que ofrecerle. Se pierde el pequeño objeto del deseo y todo culmina una vez más en desear impulsado por el nuevo subconsciente del Deseo, tal vez del trazo del color negro en la página, en la ciudad, en la oscuridad del lenguaje. Se le hace al autor (im)posible el novelar en la sociedad del siglo presente. El protagonista, el autor, son un objeto de la ciudad, la que realmente obra dejándose escribir. Y Li es uno de esos inaugurales sujetos que la ciudad emplea. Por eso aparece a finales de la obra, con alegría y ansias, llamando desde un carro (y acompañada) a nuestro protagonista (el pequeño otro), quien decide no contestar y quedarse solo con sus memorias, su novela, su agonía: aunque sea la ciudad (el texto del Otro) la protagonista que sigue tejiendo (escribiendo, trazando) a los lactantes y las acciones de su incomprensible, cruel y bien manipulada Gran Narrativa. "No podría irme nunca de la ciudad que había recorrido así, sin pudor, convertida en una página. La agonía me ataba siempre a estas calles. Mi desnudez me condenaba a ellas" (202).


Presentado en la Feria del libro, Lima, Perú, julio, 2013.

Léase la siguiente reseña de Aida Carrero:
http://dilatarlapupila.com/2013/08/18/una-novela-de-tesis-simone-de-eduardo-lalo/



Al texto aquí presentado se le han hecho (y se le seguirán haciendo) alteraciones.