lunes, 4 de febrero de 2013

Reseña de Correr tras el viento de Elidio La Torre Lagares


Correr tras el viento, novela (2011) de Elidio La Torre Lagares

Reseña de Luis Felipe Díaz
Recinto de Río Piedras
Universidad de Puerto Rico


Elidio La Torre Lagares



En Correr tras el viento (San Juan: Terranova Editores, 2012), Elidio La Torre Lagares nos ofrece situaciones, objetos y personajes intrigantes que se cumplen como signos de varias situaciones referentes al mundo de la criminalidad narcotraficante, a un amor intenso y fugaz a la vez, y donde a través de todo se trasluce el arte del narrar mismo. El autor aprovecha estas circunstancias discursivas tan particulares y postmodernas para indagar y reflexionar sobre las nuevas movilidades del sujeto de nuestra cultura contemporánea, en cuanto a las mudanzas del tiempo en una nueva noción del ser y el espacio (especialmente en su violencia), en lo referente al amor en su sentido más irónico y fugaz (cada vez más inalcanzable), pleno y a la vez vacío. Esto lleva la obra de Elidio a advertir la intromisión de la muerte y del sorprendente espejismo de la textualidad misma. Todo se revelará intermitentemente contrapunteado en la novela por la metáfora del viento en su sentido de movilidad fugaz de vulnerables seres empujados por el soplido de un existir siempre traicioneramente despojador y que lanza al desalojo total. El fuego que accidentalmente destruye el violín (el arte) a finales de la obra es quizás el más sorpresivo soplido de viento escritural, musical y del Eros.


La obra nos refiere a cómo se manejan, en un país repleto de historias intrigantes en crímenes y situaciones plenas de corrupción y amoríos, alegorías atractivas capaces de llamar la atención del público culto puertorriqueño ya acostumbrado también a las grandes producciones mediáticas e importadas del globalizado (internacional) mundo de Hollywood que vemos en las pantallas diariamente. Pero en esta obra se trata de delinear todo desde la intertextualidad que ofrece el arte con estos otros textos mediáticos y el ingresar en un juego creativo, desafiante y complejo precisamente porque se enfrenta lo aparentemente simple como el viento mismo. Pero antes de esto la novela bien puede ser vista (saboreada) como uno de esos chocolates repletos de afrodisiacos provistos para el goce de la lectura y como el deseo de obtener finalmente el violín con el cual se obsequiaría a la amada y ofrecerle algún concierto, con una flor en el vaso y contemplar la luna a lo lejos, y sentir el beso achocolatado en la noche, y todo lo demás que gira en el viento y canta....


Constantes son las referencias del narrador al viento como la mayor de las metáforas, junto al reconocimiento del legendario pasado del músico y las imágenes del saborear las afrodisiacas ofertas de placeres sensuales y sexuales (asociados con lo criminal) al compás de la sugerida música y la leyenda del violín en cuanto otredad y subalternidad que nos define (pues se conecta al ser negro y caribeñista que se infiltra en el mundo de la oficialidad y lo invisiblemente céntrico). El texto funge también como si fuera una obra de teatro: con bien controlados espacios en los cuales los personajes hacen referencia a melodramáticos sucesos pasados conducentes a las patéticas y a veces casi sublimes circunstancias presentes, sobre todo la de dos seres (protagónicos) que valoran la música para el amor tan ansiosamente esperado pero también tan distante y ausente. En este aspecto el autor resulta muy diestro en exponer constantes diálogos delineados y ajustados con sutil propiedad a la trama del amor (terror) dentro del dinámico y sorprendente mundo del clandestinaje y la traición. Todo puede resultar muy transparente y light para el fugaz lector contemporáneo, aunque también agudas y densas pueden ser las referencias intertextuales, poéticas y filosóficas, ajustadas muy apropiadamente a las circunstancias que trae la muy familiar trama (pues pretende casi con malicia oportunista seguir el compás narrativo de una más, de tantas películas de nuestras pantallas actuales). Pero nada más lejano de eso.


Sobre todo arropa la novela circunstancias, a veces cómicas y en ocasiones tristes, del protagonista Brad Molloy, quien insiste en continuar sus amoríos con Aura Lee, cuando el mismo sabe, igual que el autor, que ello significa “correr tras el viento” y que en la gesta se lanza en busca de una felicidad imposible (casi un clisé). Como igualmente este fluctuar lo puede representar el violín que anima las luchas por el objeto sublime del deseo en su sentido más simbólico. Se trata, además, de correr tras la sublime musicalidad del mayor objeto del deseo y lo substancial en el devenir (lo cual resulta un imposible). También la masculinidad y su obsesiva violencia en la novela resultan desbordantes, la actividad gay a veces se proviene del trasfondo, así como la bichería y acometividad de la mujer. Todo nos revela que estamos frente a un autor consciente del manejo irónico de la problemática genérica (y de raza) en la sociedad en que circulan los personajes del presente y del romántico pero triste pasado (y que nos interpela profundamente porque somos como ese “otro” que no alcanza la felicidad siempre necesaria y anhelada).


Curioso e interesante resulta que el novelista termine el relato repitiéndonos parte del acontecimiento ya narrado al principio de la obra. Mas ello sin dejarnos saber al principio que finalmente se quema el violín y muere uno de los personajes principales (Dolo, constante compañero y colega de Brad). Advertimos así un instrumentario intratextual cuyo hincapié denota que se trata de una representación ficticia en que se puede jugar con el texto como artefacto de signos y símbolos, como la creación de una obra de arte (un violín) que se debe a los antojos del artista y de manejo virtuoso del narrar en una isla como la nuestra en que el género en cuestión (la narrativa) ha dependido tanto de las "fáciles" alegorías nacionales. No obstante, las referencias a la situación actual del Puerto Rico caribeño, sumergido en la globalización y el mercado del clandestinaje internacional, son más que evidentes y coherentes con nuestro presente estatuto post-colonial.


La novela trata de un personaje llamado Brad, quien al ver que muere un hombre con un violín en mano, en su chocolatería (San Juan Sour) que ha instalado en San Juan, “no podía precisar cómo, pero de alguna manera presentía que su vida perdía la cómoda monotonía de la normalidad” (26). Nos enteramos cómo Brad estuvo prisionero por manejos ilegales en el mundo de las drogas, dejando en su pasado una enamorada —de novela o de película, de cuento— llamada Aura Lee. Esta reaparece cuando Brad la encuentra casualmente como la amante de unos de los jefes del narcotráfico internacional organizado, quien se ha empeñado en coleccionar obras de arte. El violín estaba en proceso de transacción clandestina con el personaje del primer acontecimiento de la chocolatería, quien muere de envenenamiento. En la tienda se preparan chocolates inyectados con afrodisiacos y ha sido utilizada por Brad, para el comercio clandestino, jugándoselas para ganarse la confianza de las autoridades mientras cumple una probatoria de la justicia. Los primeros capítulos pueden parecer en la estructura superficial algo morosos en discusiones, pero están plenos de acción: muere un violinista, hieren un matón a sueldo, los asaltan en la chocolatería para recuperar el violín, ingresan inevitablemente en el remolino de viento que ya empuja el violín en ruta al clandestinaje internacional (de drogas y armas). Todo se presenta como algo incidental hasta que el narrador nos lleva a la residencia de Paco Juárez, el mayor traficante, deseoso por poseer el violín, y actual amante de Aura Lee, la antigua amada del protagonista Brad (un hombre ciertamente culto y muy a tono con las ideas del autor implícito de la novela).


En el despacho de Paco nos enteramos de que domina una compleja red de drogas, espionaje, corrupción policiaca, colección de obras de arte, prostitución. Aura Lee, esta vez amante privilegiada de Paco, mantiene cierta postura de diva arrogante e independiente. Junto al violín se convierte en significante poético del autor de esta admirable pieza narrativa del también poeta La Torre Lagares.

En el capítulo “Aura Lee: la mujer del viento”, Brad y su amada se encuentran a espaldas del jefe de los narcos, para enterarnos del pasado amor de aquel, con su “signo del viento” (la mujer amada). Destacada resulta la capacidad del narrador para sugerir la poética sensualidad de la mujer y los placeres que ofrece el chocolate y su afrodisiaco, y otras delicias del pensar y del lenguaje (propio, además, de un conocedor de la Literatura Comparada). Nos enteramos de que todo comenzó con el violín y la historia del “Paganini negro”. Con él se nos remonta a los aconteceres de un sujeto subalterno inmiscuido en el arte del mundo de la mayor clasismo (violinista), y de su triste final como hombre enamorado de algo más que su arte y un violín Se trata de un instrumento (Stradivarius) que sujetos de la alta burguesía habían concedido al virtuoso músico negro, quien fuera aplaudido en las mejores salas de Europa y Latinoamérica, y muere solo en un pobre hotel latinoamericano. Triste final tendrá el instrumento también.

En Argentina el violinista se había enamorado de una mujer, culminando la historia en un suceso penoso de rechazo (“un desprecio como una puñado de viento”, 104). El pasado es entonces enlazado así con la presente vida de Brad y Aura, en una historia de amor vinculada con el pasado de sufrimiento, de lucha, de arte, música y los siempre presentes chocolates. El novelista incorpora en esta parte de la obra imágenes de la Muerte (“le acarició el rostro a manera de un terso viento del oeste", 109), algo muy relacionado con la trayectoria de una novela de crimen y sentido exhaustivo de lucha (“un remolino de viento”, 113) en un sentido post-existencialista (más vinculado filosóficamente a la nada del Ser en el devenir, no tanto en el sentido sartreano sino heideggeriano). 

Mas adelante la historia es vinculada con Vasco, quien estuviera relacionado amorosamente con la medio hermana de Brad, y es un oficial que investiga la situación de los chocolates y del crimen relacionados con el violín. Es una parte de la novela bastante divertida y muy a lo serie televisiva de sujetos machistas que parecen sabérselas todas (“Vasco los empuja hasta una esquina de la trastienda, se saca su órgano viril y en un impulso decidido y con puntería, se dedica a orinar cuanta bandeja de chocolates alcanza”, 136). Nos enteramos de la historia de los robos y compras del Stradivarius y de cómo Paco Juárez se interesa finalmente en el valioso y mítico instrumento que cuesta en el mercado nueve millones de dólares. La situación se torna en una especie de “cubo de Rubic”, porque se nos cuenta cómo otro magnate se muestra interesado en el violín y ello proporciona mucho de la intriga en que se fundamenta el argumento de la obra; todas las piezas caerán en su sitio finalmente manejadas por un autor tan lúdico y entregado a las contingencias del acontecer, del tiempo y del arte. (Parece que se las juega todas en esta novela). Las ofertas de este curioso y corrupto agente (Vasco) le permiten a Brad tramar en cómo sacar del camino a Paco Suárez, para quedarse como galán y héroe de la película, novela, cuento o poema, y con su amada Lee.

Entre Aura y Brad se repite en cierta medida la historia de amor del negro violinista, Brindis de Salas. Se valora, como bien se nos deja ver en el capítulo “la invernada de los deseos”,  el valor del amor, del arte y de la muerte misma. Sobre todo se cuestiona Brad Molloy, el valor de lo real y poético frente a lo mercadeable (hay connotación baudrillariana en esta parte). Ambos amantes se percatan que son víctimas de las mismas fuerzas que desvaloran el arte y el amor, empezando por ellos mismos (pese a que el autor parece privilegiar a su protagonista Brad). Termina el capítulo con la siguiente imagen: “Así en ese presente exasperado de extrañeza, el vestido de Aura Lee rueda cuerpo abajo y Brad Molloy encuentra, al final de la tarde, que la sonrisa le brotaba desde un lugar desconocido desde su interior” (186). Mas como veremos, todo se lo llevará el viento del transgresor destino que solo deja la memoria de un vestido que rueda cuerpo abajo.

En el siguiente capítulo (“nada más apetecible a la furia”) se desarrolla, tipo película policiaca y gansterina contemporáneas, la trama por la obtención del violín (que está en manos de Vasco Quintana). Se preguntan los propios Brad y Aura Lee si terminarán su historia como la del antiguo violinista negro y su amada, quien murió aferrada a una copia del instrumento en el momento final. El violín obtiene obvia función de poder fálico cuando se nos dice que Brad: “siente el violín entre sus piernas”, el “transporte a la felicidad junto a Aura Lee”  (304). Se prepara la novela para representar la mayor de las acciones del mundo clandestino y del oficial, mundo de pugnas fálicas.

En la trifulca callejera por el violín y por atrapar los narcos, un niño cree que filman una película, cuando los acontecimientos son genuinos. Y una vez que Brad obtiene el violín, tras superar el plan de Frank Manso y creer haber burlado a Paco Juárez —una tal Chicolina interviene creando confusión en el escenario— uno de los de la trifulca por poseer el violín, Hammer, se presenta aliado con el bando de Paco, y apresan a Brad con todo y violín. El capítulo es uno de los más importantes del argumento de la novela y está magistralmente manejado en su mímesis, por el narrador y su autor implícito.

En el capítulo “el camino abierto”, vuelven a encontrarse Brad y Paco. Entra en escena un ruso, Sergei Petrov, poderoso de la mafia; y también Aura Lee, quien es atropellada por Paco, ya enterado de las últimas relaciones sexuales que ha sostenido ella y su amado Brad. El ruso se jacta de ser parte de una mafia que se ha apoderado del endeble Puerto Rico y profiere que “El dinero es Dios” (235). En la discusión el ruso se torna empático con las propuestas de Brad. Paco agrede una vez más a Aura Lee, y tras una lucha el protagonista Brad mata con una cerámica fálica al mafioso agresor de su amada. Mundo este de sexualidades violentas y sus descargues del subconsciente, que el autor implícito ignora porque es un problema de la cultura implícita que nos rodea (¿?).
A finales de la obra, el ganster de envergadura internacional, el que termina dominando el escenario es quien nos resume la trama inicial: “Quiero decir, dos individuos que corren una chocolatería se ven involucrados en el rescate de un violín que está empeñado como garantía para cerrar un complicado negocio de armas por drogas…” (245). Sergei creyó que estos individuos eran unos profesionales espías metidos en la intriga de todo, pero reconoce su equívoco. Aprovecha la circunstancia tras el asesinato de Paco y obliga a Brad y a su amigo Dolo a ser parte del tráfico ilegal a nivel internacional (los Ogunes).

Brad corrobora lo sospechado: Aura seguirá su camino sin él. “Correr tras el viento”. Brad es obligado a viajar a Europa, donde se encuentra con un comprador. En la transacción, el violín se quema accidentalmente (o tal vez como destino mítico) o por Dolo y sus "tontos" juegos. En la confusión de la humareda, muere Dolo de un balazo. Se trata de la acción de los dos capítulos finales en los cuales el autor con suma destreza, simple y compleja en su perspectiva, sumerge al narrador en expresiones de índole poética y filosófica. Este proceder trans-genérico hace que la novela tenga varias ventanas medio abiertas desde las cuales se puede divisar un escritor contemplando, desde las mismas, los diversos soplidos del misterioso pero fascinante fluir del viento.



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