viernes, 13 de abril de 2012

"Palabras encontradas" de Mélanie Pérez Ortiz





Palabras encontradas, Antología personal de escritores puertorriqueños de los últimos 20 años (Conversaciones). Antología de Mélanie Pérez Ortiz, publicada por Ediciones Callejón (2008)

Luis Felipe Díaz
Presentado en el Seminario Federico de Onís
Universidad de Puerto Rico
Recinto de Río Piedras

La profesora Melanie Pérez nos presenta en Palabras encontradas. Antología personal de escritores puertorriqueños de los últimos veinte años (conversaciones), voces de varios de nuestros destacados artistas contemporáneos, con sus propuestas y comentarios sobre la producción literaria de los últimos tiempos que nos arropan. Se trata de escritores como: Mayra Santos Febres, Rafael Acevedo, José “Pepe” Liboy, Eduardo Lalo, Ángel Lozada, Áravind Adyanthaya, Urayoán Noel, Noel Luna, Pedro Cabiya, Juan López Bauzá, Che Meléndez, Carlos R. Gómez. Nos obsequia la profesora Pérez uno de los trabajos más valiosos para el acervo bibliográfico y contemporáneo en Puerto Rico. Recoge hábilmente en el mismo los anclajes, encuentros y las fugas de los discursos de quienes son muchos de los más destacados creadores de los últimos años. De lo planteado espontáneamente por ellos podemos extraer y corroborar mucho de lo que desde la crítica literaria y universitaria tanto ella como yo hemos estado planteando a lo largo de las últimas dos décadas. Su ensayo inicial es muestra de ello.
Gran desafío para el artista de nuestros tiempos resulta encontrar la literatura no sólo en su acostumbrado y encumbrado sentido, sino en sus expresiones más cotidianas y mundanas y acorde con los complejos cambios culturales en que nos encontramos sumergidos. El Puerto Rico de principios de los años 70 ya no se parece al de finales de los ’80; de los tiempos socialistas y vanguardistas de Zona de carga y Descarga, pasamos a tiempos en que los poetas prefieren un micrófono abierto a la comunidad entera de todo el que tenga algo poético que exponer.
Por otra parte, no sólo debemos pensar en el violento romerato de los años 80, la situación tan significativa en la historia nuestra como lo del Cerro Maravilla y las huelgas y encontronazos universitarios de 1981-82, para entender ciertos anclajes de los procesos cambiantes. También debemos pensar en el Puerto Rico, que al igual que el resto del mundo, se enfrenta a procesos paradigmáticos del cambiante y triunfal (post)capitalismo y al desgaste y desbarajuste de las voces e ideologías socialistas y liberadoras de toda clase, de la modernidad del siglo XX. Por eso es que por encima del concepto de “generación” que tanto tienen en mente y critican los entrevistados en el libro de Mélanie, he pensado aquí en transformaciones simbólicas e imaginarias de los discursos e intertextalidades en el devenir, muy por encima de los individuos y de los sujetos en sus historias privadas. El concepto de lo generacional que emplea la academia ya ha variado y no depende de la llamada periodización socio-histórica ni de la edad del autor. Los criterios de generación empleados por muchos de los entrevistados, son muy positivistas cuando por otra parte ya parecen haber asimilado importantes conceptos post-historicistas más aliados a las epistemologías postestructuralistas. Esto último tiene más sentido que lo primero. Ya es hora que abandonemos el autor real y adoptemos al autor implícito y que dejemos la historia empírica a un lado y pensemos en la versión postcolonial de procesos post-históricos. (La crítica va dirigida a algunos de los entrevistados).
No obstante, entusiasma cómo muchos de los sometidos al interrogatorio de la Dra. Mélanie Pérez en su libro, continúan abordando la literatura desde su forma literaria y como proyecto de la puertorriqueñidad (nacional o postnacional), y como los aguerridos vanguardistas del periodo anterior, pero reconociendo los tránsitos y sorpresivos desfiladeros ocasionados por las nuevas heterogeneidades y las hibridaciones y fricciones discursivas e ideológicas de estos tiempos que he mencionado arriba. Se trata de nuevos creadores que como sujetos del devenir transmutador son conscientes de que somos parte de procesos de cambio conducentes al surgimiento de nuevas formas y expresiones culturales que requieren inaugurales maneras de expresión artística. En la antología se expresan escritores aún apegados a mucho de lo que nos ha dejado el siglo XX y otros más interesados en infiltrase en las inter-textualidades de lo que se avecina con el presente siglo que ya tenemos encima. Todos ellos (quizás en menor y peculiar medida Che Meléndez, uno de los artistas más complejos y capaces de nuestros tiempos) son definitivamente escritores, en general, de rupturas frente los criterios setentistas. Resulta interesante ver en este libro de Mélanie Pérez cómo una nueva promoción de creadores pueden mirar hacia un pasado no tan lejano y articular sobre el mundo que acaban de montar los setentistas en sus afirmaciones y negaciones.
Por medio de algunos de los entrevistados podemos advertir que en Puerto Rico hemos tenido una amplia producción de escritores de los años 60 y 70 que incluso hasta hoy día continúan hurgando en las expresiones propias de la radical protesta ideológica y en las consideraciones neovanguardistas del existir, de la psique y la profunda subjetividad (como es el caso de Ché Meléndez). Junto a estos han ido emergiendo nuevos escritores que incluimos cómodamente (por ahora, en lo que nos enteramos un poco más de qué se está realmente produciendo) dentro de los llamados ochentistas y noventistas. Son ellos quienes nos ofrecen propuestas y manifiestos mediante los cuales exponen ya un amplio registro discursivo en que convergen y divergen ante varias perspectivas promocionales o generacionales del pasado, junto a las de un presente que les augura un futuro muy diferente a lo reconocido en el siglo XX. De esas transiciones se muestran muy conscientes casi todos los entrevistados y mucho más la entrevistadora misma, por lo que advertimos e inferimos mediante sus preguntas. La visión de la antóloga es atinadamente amplia y también atenta a lo particular (pues conoce bien las obras de los entrevistados) para poder enfrentarse a artistas tan diversos y complejos en sus perspectivas propias y ajenas.
Debemos tener en mente, para apreciar estos encuentros discursivos y estéticos, que los iconoclastas vanguardistas de los años 70 fueron parte de la modernidad en su doble manifestación. Lo fueron frente a las alianzas y las protestas en lo que consideraban que era la tarea y compromiso ideológico del artista y de la literatura misma. No obstante, según nos vamos adentrando en los años ochenta comenzamos a advertir varias turbulencias discursivas en la literatura. Las mismas nos complican el viaje de reconocimiento del panorama de dichos procesos y los modos de explicarlo con certeza crítica. Mucho más cuando a fines del siglo XX y principios de lo que va del presente se dejan sentir en la pasarela literaria misma, amplias gestiones por captar y mostrar las semiosferas que nos definen desde nuestra subalterna manera de ver lo que entendemos como la realidad cultural y los modos de representarla. Y sobre todo cuando estamos ingresando en inesperados procesos postcoloniales agenciados por un Otro Imperial y un postcapitalismo muy distintos a lo que acostumbrábamos a reconocer. Así ocurre en el campo de la narrativa y la poesía, los géneros más frontales en este proceso que queremos definir y cómo muy bien nos lo dejan ver las entrevistas de la profesora Pérez.
    Como sabemos, desde los años 70, innovadoras voces líricas  (como Ángela María Dávila, Rosario Ferré, Olga Nolla, Etnairis Rivera, Vanessa Droz, Luz Ivonne Ochart, Aurea María Sotomayor, Nemir Matos Cintrón, Lilliana Ramos Collado (para sólo mencionar algunas), contribuyeron a crear un amplio y complejo universo lírico de perspectivas muy heterogéneas, pero muy definidoras de la nueva poesía puertorriqueña y feminista (en la antología la única mujer es Mayra Santos; la autora se justifica de ello en la página 38).
    Se ocuparon (y aún se ocupan) estas escritoras, ante todo, de articular los sentires íntimos y más cercanos a la mujer mediante un lenguaje cargado de metáforas que muestran la expresión de una inaugural y transgresora definición del deseo de una manera innovadora y diferente, más desprendida del imperativo patriarcal). La acometividad del impulso vanguardista es el escudo frontal de sus disidencias y diferenciadas sensibilidades que viajan desde el mito amplio de la cultura en que viven hasta el acontecer del mito cotidiano del existir. Unas lo realizan con mayor combatividad ante las significaciones de un mundo crudamente dominado por machos y otras con contenida y lúdica ironía frente a un ámbito de inusitadas transversalidades genéricas y de pugnas psicológicas dentro y fuera de ellas mismas. Superan sobre todo la sujeción del cuerpo de la mujer al silvestre cuerpo patrio, para plácida o agresivamente desterritorializarlo, deconstruirlo e integrarlo al espacio de la moderna ciudad y llevarlo incluso, más allá de la ideología feminista (que tanto las caracteriza), al reclamo del ámbito autónomo del texto mismo. Saben que más allá de todo texto, está la literatura en cuanto mito y creatividad. Muchas poetas actuales, aunque son algo diferentes, han continuado esta labor muy de la mujer.
     A partir de la década de setenta también se dejan sentir las voces líricas de Iván Silén, José Luis Vega, Edwin Reyes, Che Meléndez, Salvador Villanueva, Jorge A. Morales, Jan Martínez, Marcos Reyes Dávila, Félix Córdova Iturregui, Alfredo Villanueva-Collado, Manuel Ramos Otero, Víctor Fragoso, Erik Landrón. De manera similar a las mujeres se reconocen en la gestión expresiva de una diferente subjetividad y en la de ofrecer audiencia a nuevos llamados de un mundo cambiante. El mismo demanda prestar atención a cotidianeidades y expresiones de nuevas opresiones que se suman a las tradicionales supresiones coloniales. Una mirada más apremiante ante las expresiones existenciales que impone la aún más deshumanizante y colonizadora sociedad del capitalismo más avanzado y depredador, se les ofrece como la mayor urgencia y mayor frente de ataque, tal y como también les ocurre a las poetas antes mencionadas.       Los comentarios de Che Meléndez me parecen claves en estos aspectos.
    Habría que hurgar más adelante un tanto al respecto de cómo estas estructuras e ideologías que imponen una nueva subjetividad que transforman o retienen muchas de las construcciones de género de estos escritores del periodo de los setenta, los diferencia en su concepción de la masculinidad y su proceder, frente a los escritores del grupo escritural anterior (especialmente el de Guajana). Este último grupo promocional tendía a ser bastante descuidado y desprevenido en estos aspectos. ¡Mucho les habrá costado a los escritores de las últimas décadas superar el androcentrismo de tantos siglos! Los escritores más contemporáneos parecen más relajados en este aspecto, sobre todo ante los gays y las lésbicas.
     Vemos mediante los entrevistados por la doctora Pérez que el discurso de género ha cambiado en las últimas dos o tres décadas significativamente. Pero en mucho de lo realizado por los setentistas, puede haber varias convergencias con los escritores más contemporáneos y de las últimas tres décadas. Por eso el peligro, que ellos mismos reconocen, de parcelar cómodamente en generaciones literarias, como lo solemos realizar por costumbre, y alvidándonos de los procesos de continuidad que suelen ser transgeneracionales.
     Todos los setentistas también forman parte de una promoción que suele fluir desde lo más sublime y aureático de la poesía hasta lo más cotidiano y desarticulador del verso (de esto último procede su vanguardismo). Muchos continúan voceando el alegórico discurso patrio, pero no dejan de reconocerse en la desnudez y cotidianeidad de un existir poetizable en cuanto descarnado y sin las tradicionales utopías y legendarias promesas del pasado. Pero siempre tienden a mantener las esperanzas de alcanzar un mundo mejor en lo social, ideológico y humano (y de ahí sus afinidades con Vallejo y Neruda, por ejemplo). En sus textos se expresa un inaugural tipo de consciencia y subjetividad que problematiza la existencia más allá de la tradicional patria o nacionalidad según se entendía hasta los años 60. Esto resulta así sin que necesariamente rompan con lo básico de esta promoción anterior en su inquietud ideológica. Mas si bien son creadores prestos a adentrarse en las fronteras de significaciones verticales y comprometidas con proyectos de vida en la nación radical y moderna (que augura un nuevo “hombre”), no logran reconocer aún los escabrosos y rizomáticos espacios del absurdismo paródico y lo virtual de la postcultura horizontal del mundo tecnomediático, cuyo asedio ya resulta visible y evidente para la primera mitad de los años ochenta. Mucho de este proceso transformador de las mentalidades y del discurso literario en sus concepciones, transiciones y emigraciones escriturales es lo que bien nos dejan ver los entrevistados por Melanie Pérez en su libro. Y es en este último aspecto que menciono, donde ingresan la gran mayoría de los escritores entrevistados. De ahí que las maneras de los postsetentistas de verse a sí mismos como artistas (sus subjetividades), haya variado grandemente, pese a que mantienen ciertas continuidades metafóricas y textuales en general con los nuevos escritores. De ello hablaremos en su debida ocasión.
No se deja de reconocer la labor fronteriza de muchos de los más capaces y complejos e iniciales creadores ochentistas o los llamados “soterrados” de las revistas Terravilla (1978-1981), Filo de juego, (1983-1987), Aldebarán (1986-1987) Página robaba (1989-1990) y Tríptico. (1987-1989). Como artistas comienzan a asumir la labor creativa, reclamando un lugar distintivo en el portal literario puertorriqueño ya tan acaparado por los sesentistas y setentistas. Rafael Acevedo, Mayra Santos, Edgardo Nieves Mieles, Claudio Cruz Núnez, Carlos Roberto Gómez, Eduardo Lalo, José (Pepe) Liboy, Alberto Martínez Vázquez, Frances Negrón Muntaner, Katia Chico, Zoé Jiménez Corretjer, son algunos de los principales aportadores en estos aspectos del quehacer literario de las últimas décadas. E ingresan en las voces del discurso puertorriqueño adentrándose ya algo conscientes de lo que ahora consideramos postmoderno y de la cultura letrada que ha reconocido lo tecnomediático como metáfora cultural. Y esta intromisión la realizan sin los traumas de la modernidad radical anterior, la que seguía afectando a los setentistas aún algo pedrerianos. No obstante, muchos de los ochentistas siguen manteniendo el aguerrido acometimiento neovanguardista con su peculiar proceder ideológico anticapitalista, pese a que proclaman una literatura más irónica, más dialógica consigo misma y consciente de la “fealdad” del mundo tecnocomercializado (magdonalizado) que parecer llegar para acapararlo todo. Si bien quieren mantener distancia de los setentistas, de las gestiones elitistas y narracionales retenidas de su pasado duro y moderno, los "soterrados" retienen un sentido de eticidad algo postexistencialista y comprometido con la lucha humana y social tal y como se entienden desde los relatos radicales de la vanguardia setentista (así me lo demuestran Eduardo Lalo y Urayoán Noel). Por eso —en otros espacios críticos— al poeta y crítico José Luis Vega no les parecen tan diferentes y originales en su proceder como nuevos artistas del arte letrado. Notamos, no obstante, que son muy distintos en sus maneras de distinguir y textualizar la cultura, incluso frente a los autores más jóvenes de la generación anterior. Atrás irá quedando ya para los “soterrados” —y luego aún más, según nos adentramos en los años 90—, el duro compromiso ideológico y el manifiesto vanguardista tal y como lo pregonaran los modernos y radicales setentistas creyentes en la posibilidad de lograr una sociedad más equitativa y humana. Tanto los poetas más épicos y patrióticos como los más líricos e intimistas, ya desde los años 60 mismos creían aún en este tipo de posibilidad social. A los ochentistas estas utopías no les interpelan tanto y así se desprende de mucho de lo planteado tan espontáneamente por los entrevistados, quienes se ven como poetas en un sentido distinto, más dados a lo performativo, lo desarticulador, la oralidad escritural, el ritmo híbrido del lenguaje, la noción nomádica y fugaz de la textualidad misma. Filosófica e ideológicamente hablando son muy distintos.
     Los escritores para bien de fines del milenio se comienzan a enfrentar a un mundo muy diferente. Y permítanme abudar un poco en esto. La cultura postindustrial y su modo de producción tecnoelectrónico y cibernético crea una crisis tanto del sentimiento de lo sublime como de la radical ideología vanguardista de esperanzas emancipadoras de las generaciones anteriores. La estetización en este mundo deja de poseer un aura privilegiada y pierde mucho del encantamiento que aún retenían los setentistas en su poesía a pesar de todo. Un poeta-editor como Che Meléndez parece en ocasiones entender algo de esto y en otras tiende a reprocharlo. Más articulado y claro en estos criterios y debates me parece la exposición del también poeta-editor Carlos R. Gómez.
     Vemos partir de los 80 cómo el arte comienza a luchar con una cultura de banalidad, hibridez y de lo disperso que no ofrece posibilidades de anclajes como en el mundo moderno.. Lo que comienza a destacarse en la cultura en esta ocasión es el simulacro y la copia, la falta de misterio, el deseo sin objeto. El deseo de “sublimidad” en el arte esta vez se ve asaltado por el consumo compulsivo, el uso repetitivo y el desecho; por lo efímero y carente de proyectos de trascendencia. ¿Y cómo retener la construcción del Yo y la originalidad por la que tanto luchó la poética de la modernidad? Sobre todo, tiene la creatividad del arte que vérselas más que nunca con la velocidad, el accidente, la catástrofe que define la sociedad postindustrial y cibernética nada dada a proyectos de detenida contemplación poética o a la creatividad de una subjetividad poética ya plácida o vanguardista.
Hemos señalado antes que a los nuevos creadores que comienzan a publicar para la última mitad de la década del 80, y ya más decididamente para los ‘90, podríamos ubicarlos (insisto en ello) dentro del inicio de las tendencias del “desencanto postmoderno”. La aparición de revistas literarias como Filo de juego (1983-88) y Tríptico (1985-88) dan apertura y visibilidad a las producciones textuales de escritores que no encuentran lugares de expresión en los medios convencionales ya dominados por los setentistas, ajenos, indiferentes o ciegos ante los nuevos lenguajes de la pantalla tecnocultural y su liquidez mediática. Desde las mencionadas revistas y casas editoras (como Isla Negra y Terra Nova) se muestran entonces más dados al juego estético, a la hibridez ideológica y al escepticismo, que al clásico y duro compromiso político y a la noción narcisista del Poeta (como bien defiende Che Meléndez). De la recia experimentación vanguardista de los años 70 pasan a un experimentalismo ligero y efímero más consciente de lo comercial y publicitario, con nociones muy diferentes de espacios y tiempos y lo que éstos producen en la consciencia del sujeto. Surge un agotamiento de la ideología contracultural de las vanguardias, sus conceptos de lucha, ruptura y heroísmo histórico, sus nociones de trascendencia, autenticidad, originalidad, e individualidad creadora; los nuevos escritores posteriores a mediados de los años 80 se encuentran con un cambio de este paradigma. La involución y transmutación vienen a superar esta vez el sentido de revolución, el instante cotidiano y pasajero se impondrá ante lo aparentemente sublime y onto-ético, y la resistencia ideológica cede el paso a la indiferencia y el distanciamiento escéptico ante el compromiso político.
Por estas razones de los cambios tal vez es que muestran un gusto por lo híbrido, multifacético y polifónico, por el multi-estilo que hace gala de variadas y posibles expresiones y modos de ingresar en los juegos del lenguaje. Tal parece que poco a poco ha ido imponiéndose el “todo puede ser válido” y el “todo es asimilable”, que se impone el reto de descentrar los referentes legitimadores de la modernidad artística, de ignorar lo distintivamente individualista y lo original. Es en este sentido que se prefiere el nomadismo, lo rizomático, lo postdático y lo fugaz tendente a desintegrar al sujeto creador mismo. Se trata de nociones que pueden ser calificadas más bien de postculturales y que cambian la noción de lo que considerábamos un poeta o un creador (sea de narrativa, ensayo o drama).
     Revistas culturalistas que aparecen desde fines de los 80, como Postdata, bordes y Nómada, aunque no aparezcan tan respaldadas por un evidente proyecto de creación y taller literarios, propagan mediante el ensayismo muchas de estas ideas durante los años noventa. En el libro titulado Mal(h)ab(l)ar: antología de nueva literatura puertorriqueña (1997), Mayra Santos misma nos presenta a jóvenes poetas que persiguen estilos, sin ansiedades algunas ante las influencias que pueden ofrecer ciertos clásicos. Le siguen los pasos a la poesía vanguardista de Octavio Paz, de Che Meléndez y Pedro Pietri, pero también acuden al verso mitológico, feísta, informático, rapero, y cultivan más el lado antipoético que lo sublime del verso. Muy poca es la uniformidad estilística en sus escritos y lo novedoso y original (esas obsesiones de la modernidad) no le interesan tanto. Como todo grupo de una promoción escritural, son creadores que siguen cultivando los temas del amor, las pasiones conflictivas, la cotidianeidad, el urbanismo y los sentires ideológicos en general, cargados de ironía y desprendimiento en cuanto a compromisos ontológicos o inefables. De manera similar se presentan estas tendencias en el El Límite volcado de Alberto Martínez Vázquez y Mario R. Cancel  (Isla Negra Editores, 2000). Desde fines de los años 90 un peculiar grupo de jóvenes muy eclécticos y diversos en su poetizar han presentado sus propuestas y estilos poéticos en la revista El sótano 00931. Similarmente ocurre con las antologías Los nuevos caníbales. (2003) y los trabajos de eXpresiones. muestra de ensayo, teatro narrativa, arte y poesía, antología, libro que se adentra aún más en la tendencia postmodernizadora de la literatura en la cultura contemporánea.
Nos dejan ver los escritores que entrevista la profesora Pérez cómo en la consciencia que se posee del mundo se va abandonando su carácter diacrónico (el proceder del avance histórico, que aún mantienen los setentistas) y se acercan a lo más inmediatamente sincrónico y horizontal de la postcultura en la cual tal parece no haber cabida para proyectos fijos y estables y ni para promesas o señales de adelantos y progreso. Se adentran más en la sucesión de los instantes, de los fragmentos, lo que pierde contacto con las totalizaciones y con los horizontes supuestamente alcanzables y significativos para la humanidad (algo perseguido por algunos setentistas). De ahí la pérdida del existencialismo comprometido caracterizador de los proyectos de la pasada modernidad y el ingreso en la descentralización y errancia de un sujeto sin un claro panorama de su fuerza deseante y de la presumible solidez de los espacios y el compás del tiempo. Ángel Lozada, Mayra Santos y Urayoán Noel son buena muestra de estos criterios.
La noción transvanguardista del arte, que retienen, tiende a definirse cada vez más dentro de la parodia y el postmoderno pastiche y el multiperspectivismo intertextualista y performativo no sólo del enunciante sino del enunciado mismo. Muchos van hurgando cada vez más en lo que resulta en una parodia que no vislumbra un concepto de un fin específico ni de nostalgia por un pasado en que se proclama la posible heroicidad o mito de un sujeto. Si miran al pasado lo realizan para enfrentar la trivialidad, para regodearse en lo retro, pero sin gran sentido nostálgico o de búsqueda misteriosa o atávica. Al apropiarse del pasado lo convierten en imagen, en texto que funge como ornamento del presente sin futuro, como un cuadro más dentro de los muchos cuadros posibles. La noción de las ventanas computadorizadas se hacen cada vez más evidentes y difíciles de evadir.
El mundo se les va tornado cada vez más en un bazar de signos, íconos y señales (médicos, comerciales, subliminales, ecológicos, cibernéticos, mediáticos, cyborgs). Atrás quedan las metáforas y los símbolos profundos y esperanzadores en alcanzar una mejor sociedad. El pasado cuenta en la medida en que sirve como escenario que llene las apetencias de signos del múltiple presente. La memoria y la mirada hacia atrás son un elemento más del pastiche, de las copias paródicas en cuanto a lo suplidor de mutiplicidades y heterogeneidades de lo marginal, híbrido y fronterizo. Son poetas que cada vez temen menos a la incertidumbre y levedad del ser y no les impresiona el panteón meseico que marca el luto o la posibilidad de lo fantasmal. Atrás ha quedado El Velorio o las nostalgias culturales.
Debemos tener presente que se trata de textos y artistas movidos por la tercera revolución tecno y micro electrónicas, donde el posicionamiento del arte ha adquirido unos matices distintos a los de la era maquinal o fordista, en la cual imperaba la concepción del trabajo poetizable como disciplina digna y única de movilidad, adelanto y avance y lo que le confería un espíritu muy especial al escritor (que valora tanto Che Meléndez). Todo parece fugarse a un presente que sea tal vez el más narcisista de la historia, el cual puede terminar devorándose a sí mismo como signo, como texto que es solo eso, sin referencialidad e historia. Atrás ha quedado el simbolismo y la alegoría inspirada en los procesos de la dialéctica y de lo natural.
Superada la angustia de la rebeldía vanguardista, la Totalidad para el artista deja de ser una obsesión y se convierte más bien en un peligro o en una mentira. Ahora sus vidas reclaman otros proyectos menos trascendentales y menos agobiantes por las grandes exigencias y esfuerzos. Lo vanguardista de los setenta queda museografiado y momificado por las nuevas sensibilidades postmodernas, contagiadas por una des-sublimación estética impuesta desde la digitalización postcultural que se apodera de todos los lenguajes, de toda comunicación e información (informática), incluida la del arte poética. La tiranía de los signos tecnoinformáticos resulta cada vez más ineludible. Resistance seems to be futile, diría un artista ya consciente de que se encuentra secuestrado por la nave cyborg que todo lo absorbe.
Frente a las fuertes y comprometidas expresiones de los vanguardistas, se deja ahora atrás la densa poiesis moderna y se opta más por la inmediatez y el fugaz lenguaje parecido al eslogan publicitario, no se rechaza la estetización ejercida por el consumo y se adopta una cínica celebración de la no-posible-cultura del presente. Ante lo disciplinado en la escritura no se descarta la improvisación, se prefieren los discursos blandos frente a los discursos duros del pasado, no se le teme a la ligereza que descarta el pulimiento discursivo tan del gusto de los modernos. Frente a la revolución ideal se propone el hedonismo inmediato; se prefiere el ornamento de lo kitsch y del pastiche frente a lo singularmente memorable y monumental, se sostiene la dejadez del instante antes que el compromiso duradero; no se desprecia el mercadeo postestético que ignora la sublimidad y lo perdurable. Frente a la dialéctica del conflicto en el texto, proponen los márgenes, las fronteras, la hibridez la otredad de la nada, el silencio, la ausencia, la falta incluso de la falta y la pérdida del ser. Aunque para muchos artistas actuales estos aspectos no representen un manifiesto o imperativo de acción, sí les atraen inadvertidos abismos, conflictos e incertidumbres en su producción artística. No obstante, habrá poetas más o menos modernos que aún persigan algo de la búsqueda romántica y nostálgica del objeto perdido y habrá quienes en el extremo se conciban como máquinas deseantes que copian, escanean, aplican un rápido cut and paste, y practican el mixing performatero como los DJs de la discoteca del mundo-texto digitalizado en que vivimos. No obstante, esto no queda tan simplemente asimilado en este proceder tecno-cultural tan apocalíptico, diríamos, porque los nuevos poetas mismos insisten en resaltar sus apegos a Neruda, Palés Matos, Lezama Lima, Rivera Chevremont, Che Meléndez, Pedro Pietri, etc., y pueden ser creadores de décimas y sonetos. De Urayoán Noel a Noel Luna pueden haber abismos y pautas conectivas interesantes y que requieren atención y discusión.
En fin, creo que Palabras encontradas de Mélanie Pérez Ortiz es una de las antologías más importantes y necesarias de estos tiempos. Su “Preámbulo. Diálogos inquietos” es un valioso y bien articulado ensayo inicial. Ediciones Callejón ha dado un paso más al frente.




Dra. Mélanie Pérez Ortiz






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