jueves, 5 de abril de 2012

Tránsitos y traumas en la literatura puertorriqueña




"Tránsitos y traumas en el discurso nacional puertorriqueño
 del siglo XX"

Luis Felipe Díaz

De Nación, globalización, postmodernidad
Luis Felipe Díaz y Marc Zimmerman, Edits.San Juan: Ediciones LA CASA, 2001


Tal vez la metáfora del "tránsito y del trauma" haya sido la más empleada para transmitir el proceso y sentir que vinieron a sorprender al letrado portavoz de la cultura nacional puertorriqueña a partir de la invasión norteamericana de 1898. Uno de esos letrados, Francisco Manrique Cabrera, en su libro Historia de la literatura puertorriqueña (1956), nos advierte sobre la “penosa” década de inicios del siglo XX, que “fue etapa de tránsitos y de traumas”, y también época “madre de nuevos desconciertos y nuevos titubeos que pueblan [el mencionado periodo] de perplejidades casi trágicas y desilusiones casi amargas” (p. 159). Tan apesadumbrada manera de narrar el vivencial que provoca la invasión, la había expresado ya, en gran medida, la mayoría de los escritores de la primera mitad del siglo XX. José de Diego, particularmente, reacciona ante el pesar que provoca la invasión mediante el poema "La brecha", donde expone con dramatismo la embestida que, a su entender, está llamado a asumir el sujeto nacional frente a la agresión del rival invasor. Un poco después para los años 30, Antonio S. Pedreira habría de definir este estado de inesperada transición y sentimiento de incertidumbre cultural mediante la imagen de "una nave al garete". Y ya para mediados del siglo XX, René Marqués expresa el trauma trágico que para el imaginario ser nacional trae el inesperado acontecimiento del 98. Lamenta este escritor, ante todo, la tendencia suicida y aniquiladora que provocan las fuerzas destructivas ya internalizadas por el ser colectivo nacional como consecuencia de las opresivas agresiones culturales del invasor durante la primera mitad del siglo. A este relato de suicidio y aniquilación ya se había unido Abelardo Díaz Alfaro mediante “El josco”, al reconocer la inutilidad de la embestida del sujeto nacional ante las fuerzas contingentes y la astucia del invasor. Se reconoce ya que tanto el tránsito como el trauma expresan incontenibles fuerzas que definen la movilidad e identidad del sujeto nacional puertorriqueño y sus pocas posibilidades de alcanzar un espacio de estabilidad y certeza en el ser mismo y la historia. Aún muchos de los escritores de los años 80 y 90, armados con las espistemologías y las poéticas postmodernas y postestructuralistas tan dadas a lo marginal e indefinido, se resistirán a aceptar ese estado de nomadismo, inquietud e incertidumbre cultural.
Pero antes que Manrique Cabrera fue Antonio Salvador Pedreira, como máximo exponente del discurso fundacional de la Generación del 30, quien vendría a expresar con mayor énfasis y sentido totalizante la imagen del tránsito y el trauma que provoca el cambio de soberanía y que coloca en los inestables procesos del nunca llegar. Como consecuencia de la invasión del 98 —nos advierte en Insularismo  (1934)— la cultura nacional puertorriqueña habría de pasar por un momento “de indecisión y transición” (p. 29). En su acepción más alegórica, se trata del instante en que el sujeto nacional del imaginario letrado habría de caer al mar de incertidumbre que provoca el cambio de soberanía y que coloca la nave de la vislumbrada nación en riesgo de perder la ruta e irse a la incierta deriva. Más adelante, sin abandonar del todo estas alegorías, creadores de los años posteriores, como Pedro Juan Soto, René Marqués y Emilio Díaz Valcárcel, se mostrarán también desesperanzados por la nueva desorientación espacial (que esta vez lleva a la emigración), lamentarán la huella patológica que imprime el abrupto trauma de la invasión en la conciencia del imaginario nacional. Pero será para las décadas del 60 y el 70 que esta visión traumática de la invasión habrá de cobrar un giro paradigmático. Escritores y críticos de la cultura, como Juan Angel Silén, José Luis González, Juan Flores y Angel Quintero, respondiendo a criterios ideológicos distintos, rompen radicalmente con el imaginario y constructos del trauma y sentido de desorientación presentados por los escritores de la primera mitad del siglo. Las hermenéuticas provenientes del campo de las ciencias sociales, como el marxismo y el estructuralismo, permitirán a estos críticos abandonar la perspectiva del patriarca que tras la invasión siente haber perdido el señorío territorial y su acervo nacional. Al debilitarse así el alcance de la mirada oficial del antiguo patriarcado nacional, estos ensayistas de los años 70 prestarán privilegiada atención a la oprimida otredad (es decir: al pueblo nacional) que a su entender tendría que ser rescatada, por la voz conscientizadora del socialismo, del trauma anajenante a que impone el imperialismo. No lamentan ya la tragedia del trauma nacional como tampoco destacan la metáfora de la patología del puertorriqueño mental y físicamente enfermo. Antes de ver al otro desde la óptica de un sujeto nacional que desea recuperar la tierra y sanear la sique, mediante las inteligibilidades que ofrece el discurso marxista principalmente, estos críticos se ocupan esta vez de fabricar una nueva representación de la historia del País. Más allá de interpretar lo que se había concebido como la realidad puertorriqueña (en el sentido de un referente "objetivo") se ocupan de analizar el modo en que ciertos mitos y meta-relatos del canon han mediado en la captación de esa "realidad", sobre todo en lo referente a las clases sociales y la raza. En este proceder, denunciarán el discurso defensor de las voces de la burguesía hacendada y señorial del siglo XIX, y cuya óptica de clase repercute, para principios de siglo XX, en la creación del mito del trauma. Esta nueva óptica los lleva, además, a rechazar las concepciones de poder propias del ámbito hacendado, reconociendo que las mismas alcanzaron continuidad y nueva pertinencia mediante el pensamiento de Pedreira, principalmente. En este ademán discursivo, la visión de la otredad nacional (lo que fuera el pueblo iletrado y enfermo) ya no se muestra dominada por los matices racistas y elitistas que con Pedreira y Marqués solían tener. Para pensadores sociales posteriores (ya en los 90), como Arturo Torrecillas y Carlos Pabón, estos reconocimientos del pasado, característicos de los integrantes del CEREP, no dejan de traer sus torceduras y entrampamientos frente a los nuevos ordenamientos que ahora ofrecen la globalización, la postmodernidad y la caída de los meta-relatos nacionales.
De los escritores de los años 70 importa específicamente su deseo de desvincularse de los constructos míticos de la cultura señorial de herencia decimonónica, para identificarse esta vez con el otro-obrero puertorriqueño y sus edificaciones urbanas como nuevos y genuinos anclajes de identidad cultural. Pero su singular postura ideológica no está excenta igualmente de traumas y de resistencias a tránsitos. Nos topamos en esta ocasión con intelectuales que apelan a mitos y utopías de la avanzada del ya vigoroso (y nada enfermo) cuerpo del proletariado nacional, rescatado de la historia por el pretendido saber totalizante del socialismo característico de la época. Si bien dejan a un lado los símbolos oficiales de los saberes de la sociedad colonial del patriarca, pasan a identificarse con la razón histórica que habría de rescatar a los sujetos ideológicamente oprimidos, como los negros, los obreros, los emigrantes. Este pensamiento, que desde la ideología marxista establece una crítica al mito del trauma, prontamente también habrá de ser sometida a sus tránsitos. La promoción de escritores posteriores, los de la década del 80 y el 90, si bien no se muestran tan interesados en afirmar la metáfora patológica del trauma que se desprende de la visión trágica de la invasión del 98, tampoco proclamarán con entusiasmo los reclamos de la teleología socialista de los escritores de los años 70 y su crítica a la modernidad burguesa como espacio ideológico que ofrece estabilidad. Los pensadores de estas décadas subsiguientes asumirán más bien posturas de diversa índole pluralista, fragmentaria, marginal, ambigüa y distanciada, desestabilizando así la tendencia a interpretar desde totalizantes y amplios meta-relatos (mitos) nacionales. Escritos de los años 70 y 80, como los de Edgardo Rodríguez Juliá, Magali García Ramis, Ana Lydia Vega, Edgardo Zanabria Santaliz, Juan Antonio Ramos y Luis Rafael Sánchez (siendo este último en realidad, un escritor transgeneracional) se presentarán con una visión irónica frente a los pasados discursos totalizantes y hegemónicos, ya de derechas o de izquierdas, y reconocerán con un nuevo sentido, algo distante del romanticismo social y épico de la promoción anterior, las significaciones de la cultura popular. Atrás dejarán el "traumático" evento de la invasión del 98 para dirigir su mirada crítica hacia las construcciones culturales ya formadas por la sociedad colonial estadolibrista a partir de los años 50 e instalarse en la nueva edificación que erige el socialismo y el otro nacional. Al enfrentarse a los tránsitos que provoca la crisis del estadio de la modernidad estadolibrista, no se ocuparán ya tanto de la cultura dominante, sino de los micro-relatos del otro desarticulado de la calle, de la mujer, los desempleados, los confinados, el viajante y el habitante común. Si a algo se enfrentarán será al logocentrismo creado por la sociedad liberal muñocista y su contradictorio papel de agente "constructor" de los valores nacionales, a la vez que reconocerán lo ilusorio de esos montajes. Del trauma inicial de principios de siglo, y de la valoración historicista de los pensadores disidentes de los años 60 y 70, los escritores de los 80, pasarán a reaccionar con sentido paródico e irónico ante los simulacros y contradicciones de la cultura popular colonial. Quedaría por identificar los traumas y tránsitos que también le podrían ser característicos a esta nueva órbita de escritores que se acercan ya al pensar postmoderno. Y mucho más los que inadvertidamente animan y dirigen nuestro propio discurso ya vigilado por las meta-lecturas de la intelectualidad postmoderna. En los años 90 las revistas bordes, Nómada y Postdata se lanzarán a crear nuevos relatos y a ofrecer lecturas no desde un referente histórico na(rra)cional sino desde el lenguaje deconstruccionista y la exploración excéptica de los meta-relatos que construyen ese referente.
Resumiendo un poco lo antes dicho, cabe reconocer, pues, cómo el discurso de Pedreira coloca a las masas y al pueblo de la sociedad colonial puertorriqueña posterior al trauma de la invasión, en la posición del otro en necesidad de ser rescatado por medio de la educación, para ser incorporado al espacio y saber letrados iniciados ya por la liberal cultura hacendada del siglo XIX de aspiraciones occidentalistas. Más adelante, René Marqués habrá de lamentar el que ese otro haya sido pacificado y haya perdido la capacidad de intervenir genuinamente en su propia trayectoria histórica (la iniciada en el siglo XIX), debido al proceso alienador al cual le ha sometido una educación colonizadora e impuesta por el invasor. Un poco más adelante Angel Silén, Juan Flores y José Luis González, en su reconsideración de estas anteriores miradas culturales, se ocupan de mostrar el equívoco de la precedente elite intelectual (Pedreira y Marqués) en la apreciación del otro nacional, por lo que se disponen a rescatarlo (mediante el alcance de la utopía del socialismo) en su perfil de proletariado enérgico y nada enfermo o pacífico y como forjador de la otra historia. Estos letrados de los años 70, sin embargo, no alcanzan una aprehensión del sentir vital y propio de ese otro, así como de su particular movilidad e identidad en el tiempo y el espacio. Su perspectiva de la otra cara de la historia responde más a deseos que les llevan a crear nuevos meta-relatos y teleologías del destino nacional. Será más adelante, a partir de la década del 80, mediante el discurso de Edgardo Rodríguez Juliá específicamente, que el letrado se dispone a inflirtrarse y mezclarse con el otro, e intenta articular con mayor empeño mimético la propia discursividad y el sentir marginal y movilidad del cuerpo de éste, independientemente de un predispuesto papel asignado por la Historia. Siguiendo esta vertiente de reconocimiento mimético del otro, Luis Rafael Sánchez, en "La guagua aérea", habrá de lograr la mayor cercanía e irónica empatía con ese otro "nacional" y ante sus modos, como pueblo, de afrontar las mudanzas y los traumas. No obstante, estos dos escritores no dejan de encontrarse con nuevos tránsitos y propios de las inteligibilidades de nuestra época. Algunos de esos tránsitos y traumas son los provocados por las nuevas epistemologías antiesencialistas, postpatriarcales y postnacionales, y por las nuevas contingencias que ofrecen los impactos de la globalización postindustrial, la sociedad de la informática y las biotecnologías de la postmodernidad, las cuales parecen usurpar sin dialéctica alguna los espacios de los relatos que después de todo seguían siendo na(rra)cionales incluso para los años 70.

Mas volvamos al principio para identificar esta mímesis de los “tránsitos y traumas” del letrado nacional. Tanto Pedreira como Manrique, respectivamente, desde las décadas del treinta y el cincuenta, identifican periodos de estabilidad y fluidez en el siglo XIX. Desde lo que advierten como el despegue mismo de la cultura nacional (a partir de El gíbaro de Alonso), distinguen una feliz continuidad que se manifiesta en el campo de la letras. Reconocen cómo antes de la invasión del 98, los tránsitos habían llevado a la superación y mejoramiento de la cultura. Alonso mismo, en su mencionado libro, ya había divisado este proceso cuando dice (y según apunta el propio Manrique): "Atravesamos una época de transición en la cual lo antiguo va desapareciendo, y lo nuevo viene a reemplazarlo" (p. 157). Pero más allá de la lectura de Manrique, no debemos interpretar estas concepciones de la historia en su sentido más transparente. Es decir, no se debe analizar el pasado desde la noción que pretende alcanzar un referente supra-lingüístico que se llama historia. Antes que historia en el sentido objetivo y fuera del lenguaje, encontramos en la estructura profunda del discurso de estos escritores, simbologías, narrativas, mitos y utopías que nos refieren más a los deseos de vislumbrar y construir procesos, que quizás a la historia misma. Sobre este aspecto, nos advierte Angel Quintero —para la década del 70— que tanto Pedreira como Manrique participan del mito de la hegemonía patriarcal inicialmente montado por la burguesía criolla y hacendada del siglo XIX. Se trata del mito-relato del quehacer en la hacienda, en la cual habita el padre autoritario, y bondadoso a la vez, rodeado de los hijos del país, con sus peones y agregados (donde no se suele incluir a los esclavos) cultivando la fértil tierra. Bajo esta alegoría de la armoniosa “familia puertorriqueña” ocupada en el trabajo agrario de la hacienda, Manrique concibe en su relato cómo en el siglo XIX la inteligencia nacional pudo alcanzar conquistas que contribuyeron a cambiar —según él mismo dice — el "clima histórico" y a lograr una "fecunda simiente" (p. 157, reconózcanse aquí las metáforas de estabilidad geográfica). Pero este clima que permite las apacibles y liberales cosechas de la familia hacendada del siglo XIX —sigue señalando Manrique— viene a ser alterado por el "abrupto corte de la invasión norteamericana" (p. 159). Mas pese a esta invasión —nos sigue diciendo —persistieron y triunfaron "los hombres de hombría de bien, [con] la rectitud moral y la capacidad sacrificial para responder a las heridas, las persecuciones y tortura, a que reiteradamente se les sometía" (p. 158). La invasión norteamericana vino, en ese sentido, a alterar la ardua labor del imaginario pro-hombre de la nación y también a presentarle a las generaciónes de principios de siglo, —según nos sigue diciendo el crítico— una "situación nueva [...] madre de nuevos desconciertos y nuevos titubeos que pueblan, por de pronto, la siguiente década de perplejidades casi trágicas, y desilusiones dolorosamente amargas" (p. 159). Y para contrarrestar la fuerza del tránsito y el trauma que provocó el 98, los escritores de principios de siglo —continúa relatando el historiador— hubieron de volver a las raíces, y "entrar en cauces", para "beber las viejas sabias de la lengua".
"volver", "entrar" y "beber", representan, pues, los avances que debe asumir el sujeto nacional para revocar la inestabilidad que ocasiona el tránsito, y así afincarse en el suelo nacional y saciar la sed que le ha provocado el viaje marítimo que le ha mantenido distante de su hacienda. En este aspecto el imaginario del letrado se retrotrae a La peregrinación de Bayoán y La charca, obras en las cuales los protagonistas terminan emprendiendo un viaje o peregrinación que augura un regreso de reconquista o reconsideración. Y sería luego de haber regresado y haber reconquistado el suelo nacional que el imaginado héroe nacional habría de sembrar la palabra en la tierra-(libro), para cultivar la cosecha de viriles metáforas, y finalmente recoger los frutos intelectuales. Se trata de una ardua empresa ("era sencillamente obra de romanos", p. 289) que conlleva la gesta de recuperación del lenguaje con el cual la Generación del 30 podrá cultivar la escritura que le llevaría a alcanzar el sujeto del imaginario nacional ya adoptado por los intelectuales liberales y radicales del siglo XIX. Manrique mismo se hace partícipe de esta hazaña de recuperación alegórica del ser nacional al ofrecerle a la cultura en 1956 su Historia de la literatura puertorriqueña. Es esta una de las obras que con mayor empeño vino a colmar el anhelante deseo de fecundidad que animaba al discurso del letrado de los años 50 y 60. Tanto resulta así que, y ejerciendo las transgresiones genéricas que nos permite la crítica de hoy día, la narrativa inmersa en tal libro se puede considerar la épica nacional puertorriqueña del siglo XX.
Y luego de haberse reconocido en el discurso del siglo XIX el deseo y espacio primigenios que permiten reemprender la cosecha escritural (la semilla), se logra advertir cómo el trauma del 98 ha provocado desvarío en el letrado. Los modernistas puertorriqueños (según Manrique) como iniciales testigos de los estragos producidos por la invasión, se refugiaron en "el territorio apropiado" para emprender las acciones que ponían en contacto con "la verdad". Mas no tuvieron, entiende Manrique, la perspicacia ideológica necesaria, ya que “no reflexionaron a fondo y en firme sobre la rotura del 98" (p. 289). Y aún después, la Generación del 30 habría de enfrentarse con gran dificultad al trauma de la invasión, pues para esa época ya el ser puertorriqueño se encontraba "preso" de las "nuevas" redes económicas, políticas, educativas, literarias, sociales" que ofrecía la nueva colonia, y la moderna civilización norteamericana. No obstante, a la Generación del 30 la vendría a distinguir —como señala Cabrera— el haberse encargado de buscar las raíces, "calar hasta el fondo de las causas perturbadoras", cobrar conciencia de lo legitimable, y denunciar los engendros desvirtuadores". A partir de esa toma de conciencia —sigue afirmando el historiador— serían estos hombres del 30 quienes habrían de "trazar rumbos y enderezar caminos" para sembrar la cosecha y recoger los frutos. Pero tal y como nos lo indica la historia, esta cosecha de signos del mito agrario que emprendió la Generación del 30 vino a tener su primera y fallida cosecha con el triunfo definitivo del liberalismo muñocista que para la década del 50, antes que del ámbito patriarcal de las haciendas campesinas, se ocupó del mundo industrializado de los nuevos poderes socio-económicos. Si hubo una cultura que sufrió los estragos que produjo la ideología estadolibrista, fue la cultura agraria y nacionalista, con todos sus viejos mitos y deseos de recuperación del suelo patrio de la hacienda nacional. En el nuevo contexto de la ciudad industrial el deseo cultivador (de fecundar la tierra-mujer) cederá ante los sentimientos de impotencia y castración (el nuevo trauma) del "pro-hombre" nacional que concibe el letrado. Téngase aquí en cuenta "El josco", La carreta, "Lolo Manco", como obras que marcan una gran incertidumbre y sentimiento de castración que imponen las mudanzas del terruño nacional.
Más adelante, a partir de la década del 50, la visión del tránsito y el trauma se relacionará con la imagen de la expulsión del puertorriqueño, de los seguros territorios de la hacienda y del mundo campesino, a los indeseados y marginales espacios de la ciudad, donde se maquina aún más la colonización de su ser. De la alegoría de una literatura sembrada en el mito agrario (de los femeniles territorios del fértil exterior donde el varonil hacendado siembra su cosecha) pasamos a una literatura sumergida en la angustia que provoca los nuevos tránsitos y territorios (téngase aquí en cuenta los significantes “la carreta” y la ciudad). El panorama que angustia al letrado está dominado ahora por la árida siquis masculina que sólo promete la impotencia y miseria que trae el tránsito hacia los espacios urbanos de la nueva modernidad. Se presenta esta vez el trauma que ocasiona el traspaso del campo al arrabal, y del arrabal a la urbe niuyorquina. La parálisis y angustia que provoca esta mudanza comienza a colocar al otro nacional (al jíbaro principalmente) en espacios fronterizos y en umbrales de mayor ambigüedad. La tragedia del campesino trasladado y arrojado a la cruel ciudad, sometido a la ruidosa fábrica, y expuesto a la penuria emigratoria se patentizan en Tiempo muerto, ”El josco”, “En el fondo del caño hay un negrito", La carreta, “Lolo manco”, Spiks.  Son obras que nos presentan discursos acusadores de la perturbación síquica que sufre el otro nacional, a quien se le imponen esta vez tránsitos y acciones que lo desarraiga de sus entornos primordiales. Mediante la nostalgia y la memoria algunos de los escritores de esta nueva época retienen muchos de los significantes y constructos primigenios del imaginario que se gestaran en el pasado del patriarcado nacional y sus anhelos fecundantes.
Singular en este tránsito de una sociedad principalmente agraria, a otra de pretendido orden industrial, es René Marqués. El discurso oficial estadolibrista había ofrecido al puertorriqueño la esperanza de evolucionar ideológicamente hacia la independencia y alzanzar la “tierra de promisión” en que se fusionan la tierra y la máquina. Mas frente a esta promesa se impondrán los iracundos reclamos de una nueva generación de escritores que a partir de la década del 50, tras la falacia liberal estadolibrista reconocerán una violenta estratagema del imperialismo estadounidense ("El puertorriqueño dócil", p. 201). Pero esta vez, además de continuar denunciando la intervención angloamericana en el país, acusarán la dócil y colonizada reacción del otro isleño ante la agresión sicológica que ofrece el invasor. Para René Marqués, el fenómeno del trauma que provoca la invasión trae como consecuencia, y siguiendo en ello la patología que presenta Pedreira, el que el otro isleño se convirtiera en un ser “pacífico y tolerante”, “fatalista y resignado”, “aplatanado y ñangotado” (El puertorriqueño dócil", p. 156). A esta conducta, y para colmo de la ironía, — según el propio Marqués— se añade el que tal docilidad sea concebida, por algunos, como atributo de un ser felizmente democrático. Más allá del mito de la “cortesía”, “hospitalidad” y “generosidad” lo realmente distintivo del puertorriqueño resulta en su conducta de servilismo y docilidad (p. 186). Patentes resultan en estos juicios el trasfondo sicoanalítico, sobre todo cuando se afirma:

 Al enfrentarse al norteamericano, el puertorriqueño, (...), pone en marcha su complejo de culpa colonial. Para tolerar, excusándola, su humillante condición, ha de admitir que es “inferior” al norteamericano. (...) Esta admisión inconsciente de inferioridad no deja de herir su “ego” provocando a menudo reacciones compensadoras extremas como lo son las del antagonismo violento o la del entreguismo total. (p. 186)

Mas si bien estos argumentos nos ubican ya en un momento histórico en que la voz escritural puertorriqueña ha abandonado la actitud del patriarca positivista que observa la inadaptación del cuerpo del otro al ambiente, nos posan frente a un siquiatra histéricamente angustiado, desde su gabinete, por la enfermedad mental de su pueblo/paciente. Algo distante estamos ya de las dramáticas pero “calmadas” pretensiones magisteriales de Pedreira, y sus esperanzas en la posibilidad de alcanzar un sujeto nacional de apropiado saber, así como de los inspirados pedidos epopéyicos de Manrique a unirse a los preparativos de la vendimia nacional. La imagen que se presenta esta vez será la del puertorriqueño sometido a una máquina de ajeno y equívoco engranaje. Lo que se destaca en la nueva sociedad es, para Marqués, "el torcido mecanismo colonial del hombre puertorriqueño", cuya conciencia no está capacitada para reconocer que "lo que ella asimila en su engranaje como pacífico, tolerante y democrático no es otra cosa que el ofensivo dócil" (p. 157, subrayados suplidos). Del imaginario sujeto invitado a cultivar la tierra en el ámbito felizmente familiar, pasamos ahora en los años 50, como nos sugieren los subrayados, a la concepción del hombre "torcido", expulsado de la tierra patriarcal y deambulando por la ruidosa ciudad colonial. No se trata ya del escritor-labrador de la tierra (como lo disponen Pedreira y Manrique). capaz de rescatar mediante la escritura el pasado señorial (la historia) para equilibrar su ser. El deseo de vislumbrar un sujeto nacional que pueda cultivar la tierra y recoger la vendimia nacional se ve reprimido cada vez más por las manipulaciones síquicas de los nuevos poderes de la modernidad colonial estadolibrista. El escritor se encuentra así acosado por sentimientos de pesadumbre e impotencia, y angustiado, al no poder encontrar un sujeto ideológico con la salud mental necesaria para impartirle continuidad a la faena de la siembra en la finca nacional. Nos acercamos así al fin de las utopías y mitos, fundamentados en la tierra, iniciados por los letrados liberales del siglo XIX. El hombre que trabajó lunes en 1963, de Emilio Díaz Valcárcel, es una de las obras que marca el fin de estas alegorías nacionales y el ingreso en una diferente modernidad con nuevos modos de colonizar y construir a los sujetos en la historia. Se trata del igreso en la sociedad colonial del mercadeo y las financias que absorbe el sujeto y lo separa de los antiguos y ya casi desaparecidos sustratos.
Pero a entender de Marqués, la literatura tiene su encomienda. De aquí que proponga al escritor como el sujeto capaz de superar, mediante las letras, el servilismo colonial y la enajenación del pueblo puertorriqueño. Mientras más colonial y enfermiza se torna la sociedad puertorriqueña —nos afirma— más rebelde y agresivo se vuelve el escritor; mientras más eufemista es esa sociedad (mientras más dora la píldora), más franca y abierta es la expresión literaria; mientras más cobarde y tímida se torna la voz popular, más audaz y decidida se muestra la literatura (p. 194). Ante todo, a Marqués, el escritor se le revela como el sicólogo que diagnostica al otro de la cultura, como el analista de la neurotizada y desarticulada familia puertorriqueña que, frente al fracaso del hijo en la defensa del arquetipo femenino de la cultura nacional, añora la fortaleza y virilidad del desaparecido padre. A tales respectos Los soles truncos evidencia la imposibilidad de rescatar el pasado patriarcal y señorial, y revela a su vez el sentir de desasosiego y desorientación que persigue a la mujer sin el pro-hombre nacional que proclamara Manrique. Ciertamente estamos frente la obra que viene a cerrar con profundo sentir trágico el ciclo del trauma provocado por la invasión norteamericana y que, según el letrado, escinde inevitablemente el ser del puertorriqueño. Los soles truncos, y también La víspera del hombre, rompen para fines de la década del 50 de manera definitiva con el imaginario que contempla con añoranza el pasado señorial, y son obras que proyectan la lucha que se vislumbra con los nuevos signos que trae la modernidad estadolibrista. Ya en El puertorriqueño dócil (1960), René Marqués se ha resignado con ira a contemplar lo que considera la inevitable tragedia del destino nacional: la entrega servil (subrogada e inconscientemente homosexual) ante un invasor que se ha alterado y perturbado de la siquis del desamparado otro nacional. A un lado ha quedado la nave al garete de Pedreira; en esta ocasión la incertidumbre es más bien frente a la conducta cultural del otro que al ser expulsado a la ciudad es manipulado por un inescrupuloso y dañino ingeniero.
 Al afianzarse la ideología estadolibrista para las décadas del 50 y el 60, el propio René Marqués, además de Edwin Figueroa y Emilio Díaz Valcárcel, entre otros, se propusieron mostrar los linderos sicológicos y existenciales del trauma nacional, pero ya ubicando el otro en el tránsito que arrastra irracionalmente a una sociedad urbana y moderna. El deseo de recuperar el pasado y de volver a un imaginario nacional capaz de ofrecer amparo amplio y totalizante comienza a verse diluido en estos escritores. Para Marqués, el sujeto nacional puertorriqueño ha sido expulsado del paraíso ideal (el que se forjara en la hacienda decimonónica) y se encuentra como Caín, transeúnte, con complejo de culpa, sometido a una cultura colonial dominada desde la sique misma por los invasores, donde las posibilidades de liberación son cada vez más difíciles dadas las vigilantes y opresivas instituciones ideológicas del Estado Federal en el País. La sicología colectiva de docilidad, servidumbre y autodestrucción posee para Marqués su mayor expresión en el símbolo del cordero del escudo nacional. Ante este amplio trauma cultural, la literatura (otro de los mitos de la modernidad) ofrece la alternativa de la subversión, el enfrentamiento, el cobrar conciencia del yo oprimido. Mas en el subtexto lo que reconocemos es el deseo y voluntad de rebelión que lleva a crear un inconsciente impulso por desmembrar los símbolos de los poderes dominantes, a desear el fuego destructor o purificador, a tramar la extinción de los restos del antiguo patriarcado, a temer a los signos matriarcales y al poderío femenino, y a sentirse algo (aunque conflictivamente) identificado con la marginalidad más extrema del otro (los negros, los bohemios, las prostitutas, los homosexuales, los emigrantes). Frente a Pedreira y Manrique, Marqués logra mayor cercanía al otro nacional, pero de manera traumática y transferencial.

Posteriormente, escritores de la década del 70 reconocerán como periodo traumático y de transición no tanto el 98 sino el 52, momento éste de la instauración del ELA. Por pertenecer a una modernidad de mayor intensidad, y al no poseer tantas ataduras poéticas e ideológicas con la cultura agraria de la primera mitad de siglo (como Marqués), esta nueva promoción de escritores de los años 70 se mostrará menos apegada a los significantes del periodo de la invasión y a los símbolos de la pérdida de la hacienda nacional. La reflexión mediante la historia y la sociología los lleva a considerar las estructuras ideológicas y profundas que a su entender construyeron el pasado nacional y que condujeron a los procesos culturales que desde Alonso y Zeno Gandía pasan por Pedreira y Manrique y culminan en Marqués. Es época en que las corrientes exitencialistas de mediados de siglo XX se unen a los ímpetus marxistas posteriores a la segunda guerra mundial para descubrir las ideologías proletarias y la conciencia tercermundista. Destacadas voces de este grupo son:  Juan Angel Silén, Angel Quintero Rivera, José Luis González, Juan Flores y Arcadio Díaz Quiñones, entre varios otros. Al descubrir las oblicuas propuestas y proyectos ocultos del discurso dominante que desde el siglo XIX habían conformado la historia en el ámbito isleño, todos ellos se ocupan de desmantelar las fantasías y el imaginario de construcción nacional que caracterizaron a los escritores de ideología hacendado-señorial. Tal proceder los lleva a identificarse de manera militante con el otro oprimido que el discurso patriarcal había tildado de vago, aplatanado. Se trata, además del otro subalterno en quien muchos letrados (como Zeno Gandía, Pedreira y Marqués) habían descargado sus frustraciones ante la imposibilidad de lograr la recuperación de la casa nacional.
Quizás sea Arcadio Díaz Quiñonez quien con mayor conciencia (un poco después de los años 70) articula el sentimiento triunfal y de superación ante la ideología y los mitos que definieron a los linderos de la nación en el pasado. Su libro, La memoría rota, (1993) es la mayor muestra de una generación de pensadores que alcanzan una ruptura paradigmática con los modos de interpretar en la historia, al comenzar a desarmar las falacias del meta-relato que había dominado al letrado desde el siglo XIX y que había sido particularmente institucionalizado desde Insularismo. Muy distante se mostrará esta generación de los años 70 del positivismo insularista de Pedreira y del pesar existencialista de René Marqués y sus modos de narrar la frustración nacional. Por encima del meta-relato nacional estos nuevos ensayistas impondrán esta vez el saber discursivo de otro meta-relato, el marxista, que si bien abandona las viejas neurosis exhibe un nuevo trauma ante lo que considerarán una historia incompleta y perdida en el pasado y sin posibilidades de realizarse. Estos letrados encontrarán un otro nacional amnésico y despojado de su acontecer (todavía se concibe aquí la historia como algo que existe fuera de los posible constructos de la conciencia del sujeto). Se trata, no obstante, de un relato que si bien se sostiene en las utopías y mitos de reinvindicación del otro proletario del pueblo nacional, también se habrá de enfrentar al proceso post-revolucionario de los años 70 y 80 en que se comienzan a diluir y desvancer las apistemologías que sostienen la creencia en utopías positivistas de progreso y adelanto en la historia.
Mas independientemente de esto, anima a estos nuevos pensadores, particularmente, una epistemología marxista que, sin dejar de ser sartreana y en ocasiones algo althusseriana, les permite desarticular y disecar los sustratos discursivos de la burguesía criolla de ascendencia decimonónica. Estos fueron los sustratos narracionales que perduraron a través de las primeras cuatro décadas del siglo XX, y se mantuvieron latentes y como sedimentos míticos en la ideología liberal del muñocismo de los años 50, en realidad la ideología colonial que más recae sobre los críticos de los 70. Pero a su vez y paradójicamente esta es la misma epistemología cuya perspectiva analítica no les permite desligarse de las nociones de la “realidad” y la “historia” comprendidas como efectos extralingüísticos y supradiscursivos. Detrás de las concepciones que les permiten acercarse a la realidad histórica se encuentran también teleologías del supuesto destino manifiesto de la nación, interrumpidas las mismas igualmente por tránsitos y traumas desviadores y perturbantes.
Figura importante (y un tanto olvidada) en este momento de inicios de ruptura y de conciencia de clases es Juan Angel Silén, quien para la década del 70 reacciona enérgicamente ante la visión propuesta por René Marqués en lo referente a la personalidad del puertorriqueño. En su libro Hacia una visión positiva del puertorriqueño propone una perspectiva distinta de la historia, ya enmarcada dentro del entusiasmo socialista de fines de la década del 60 y principios de la del 70. Silén distingue ahora afirmativamente el pueblo trabajador como personaje principal en el escenario del desarrollo de la historia del país. Con una nueva narrativa de la avanzada nacional expone la trayectoria de un pueblo cuya lucha le ha llevado a culminar para la década del 60 en el justo camino que conduce a la antesala del socialismo. Se trata de la senda cognoscitiva (el nuevo tránsito) que a su entender los intelectuales deben compartir si pretenden atajar las concepciones tradicionales y fatalistas más tradicionales (p. 12). En su interés por alertar al letrado intelectual, Silén destaca ahora una nueva hermenéutica de la historia nacional al colocar en nueva perspectiva los signos de la marginalidad y la diferencia, y al dar relieve a los ignorados y desplazados por la historia oficial. Se ocupa, principalmente, de las acciones de las víctimas explotadas por las clases dominantes: las rebeliones indígenas, la resistencia de los esclavos, la abolición de la esclavitud, el grito de Lares, las represiones de 1887, el obrero agrícola que quema las cañas y marcha a las huelgas socialistas, la lucha nacionalista iniciada por Albizu Campos, los que buscan justicia social y votan por Muñoz en 1940, los estudiantes de la revueltas universitarias, los socialistas del los años 60. Muy distantes quedarán de esta particular óptica de la historia del País, las nociones de aplatanamiento y de pacifismo del otro nacional que caracterizaban el discurso canónico de hasta entonces. La perspectiva sartreano-fanoniana y marxista vendrán, esta vez, a revelar y denunciar los modos en que el sujeto dominante en la historia ha ejercido el poder. Al respecto nos dice:"La violencia colonial no es producto del pueblo; se ejerce contra el pueblo por la clase dominante, que pretende mantener un sistema de explotación que la beneficia" (p. 16). Antes que de trauma, Silén habla en esta ocasión de la lucha anti-imperialista, y la llamada transición se le presenta como postura que responde a visiones de la declinante "burguesía puertorriqueña". Denuncia a los que como Marqués atacan al puertorriqueño en vez de vérselas con el sistema, la estructura, la ideología de la sociedad estadolibrista (p. 63). La visión del "puertorriqueño dócil" y la perpectiva del trauma nacional se le presentarán con ironía cuando nos dice: "el movimiento socialista, compuesto por puertorriqueños "aplatanados" "mansos" y dóciles", lleva a cabo una lucha político-social y económica, enfrentándose a los caciques unionistas, republicanos y liberales" (p. 71). Se articula aquí, pues, una antilectura frente a los meta-relatos de la intelectualidad tradicional, los cuales se habían nutrido de ideologías a la larga fundamentadas en los saberes dominantes y poco conscientes de la otredad nacional y su carácter diferenciado. (En estas nuevas antilecturas igualmente se debe incluir a Manuel Maldonado Denis).
Para la década del 70 también Angel Quintero se ubica dentro de esta nueva óptica de crítica cultural. Asumiendo una postura más técnicamente marxista y estructuralista que Silén, en Conflictos de clase y política en Puerto Rico (1977), Quintero analiza cómo la ausencia de un estado nacional en Puerto Rico (el mismo que tanto anhelaron los letrados del los años 30 y 50), no se debió a la ineptitud de los políticos, sino a la incapacidad de la burguesía hacendada decimonónica para apoderarse del estado, y ello debido a su insalvable relación de dependencia con la burguesía comercial extranjera. Emerge de esa debilidad ante un poder mayor, la actitud de esta clase hacendada de reclamarle a “la gran familia puertorriqueña” (al pueblo trabajador) un gran esfuerzo en su capacidad productiva y una condescendencia y sacrificio ante un sistema patriarcal de pocas recompensas materiales. Pero tras la invasión del 98, esta burguesía, sin haber alcanzado su necesaria autonomía, tuvo que enfrentarse al muy superior poder imperialista del capitalismo norteamericano. El desigual encuentro vendría a cerrarle a la burguesía criolla una vez más las posibilidades de convertirse en una clase autónoma y hegemónica. Mas al igual que Silén, Quintero reconoce cómo emerge en este momento de principios del siglo XX una importante vertiente del transcurrir nacional, que vendría a ofrecer una nueva óptica de la otredad nacional. La nueva dinámica de desarrollo económico generada por el capitalismo norteamericano lleva al jíbaro trabajador, quien fuera despreciado en el siglo XIX por ignorante, vago y poco emprendedor, a convertirse en significativo e importante recurso nacional. A partir de este reconocimiento, la clase trabajadora pasa a convertirse en agente de representación imaginaria de las aspiraciones y anhelos de reinvindicación social de la intelectualidad puertorriqueña de los años 70 (proceso éste que ya se había iniciado con los reclamos de creadores no tan favorecidos por el canon, como Corretjer y los poetas de la generación de Guajana).
Se trata, pues, de una nueva articulación de la narrativa de la historia nacional que permite a los ensayistas de los años 70 presentar un oportuno discurso generacional de visión muy contraria a la construida por la Generación del 30 y su incertidumbre ante (así lo entendían) la pérdida del patrimonio nacional. La noción de tránsito y trauma que caracterizara a los escritores del los años 30 y 50 sólo tendrá ahora sentido como metáfora que marca los deseos y horizontes imaginarios de ciertos grupos y letrados del pasado. La intelectualidad puertorriqueña se encuentra para los años 70, en tal sentido, en el mayor momento de deslegitimación de lo que había sido hasta entonces el canon de la inteligencia letrada del País. Muchos analistas de la cultura estamos todavía algo, sino bastante, inmersos dentro del paradigma de esta óptica de construcción cultural o na(rra)cional. Los nuevos registros y agenciamientos provocados por las economías y políticas de las sociedades postmodernas, globalistas, transnacionales y postcapitalistas han creado nuevos epistemas, imaginarios y simulacros culturales que afectan nuestros modos ya atinados o erráticos de concebir e intelegir lo real y simbólico de la cultura. A pesar de ello estamos aún anclados dentro de paradigmas interpretativos propios de los pensadores de los años 70 cuando el entorno simbólico-cultural ya resulta otro. Esto nos obliga, a este nivel de reconocimiento discursivo, de vigilarnos en nuestros propios tránsitos y traumas.
   Quizás sean Juan Flores y José Luis González, para las décadas del 70 y el 80, los iniciales y más conscientes deslegitimadores de la alegoría del tránsito y del trauma al presentar posiciones disidentes ante los planteamientos de Pedreira y Manrique. En el libro Insularismo e ideología burguesa (1979), Juan Flores propone "librarse del oneroso estereotipo adjudicado a los puertorriqueños", proponiendo una reinterpretación de la identidad nacional puertorriqueña elaborada desde Insularismo (p. 25). Frente a la visión pedreriana de la nave nacional al garete, Flores antepone esta vez al sujeto constructor de esa metáfora, para destacar el naufragio intelectual de quien considera (a Pedreira) un pensador burgués, elitista, racista, enajenado de la importancia de la cultura popular y la lucha de clases en el desarrollo de la nación puertorriqueña. Desde el reverso (o antilectura) de lo que ha sido el discurso nacional, Flores distingue que "La alegoría implícita en el término "insularismo" resulta ser más una proyección de la limitaciones intelectuales de Pedreira que una caracterización adecuada de la realidad puertorriqueña" (p. 115). Mas si bien Flores logra desmantelar en mucho el pensamiento de Pedreira, fijándose en los recursos retóricos e ideológicos, al igual que Angel Silén, aún mantiene la idea de la existencia de una "adecuada realidad" nacional. Esta realidad, como depositaria de la "verdad" esencial de la nacionalidad, la encuentra en el espacio del otro marginado y desplazado por la élite intelectual. Se trata de una otredad investida en el emigrante, quien se convierte ahora en el cuerpo sufrido de los males nacionales. La inteligencia letrada, tanto de la isla como del continente, en este sentido, parece haber encontrado en la cultura popular de obreros y emigrantes un nuevo sitial de articulación discursiva y de recuperación de la identidad. Lo que fuera la rechazada diferencia ahora es reconocido como privilegiado espacio de la otredad. A partir de aquí muchos intelectuales y artistas se precian de articular desde el espacio de intereses del otro cuando ese otro ya en las sociedades postmodernas y postcapitalistas ha sido encuasado dentro de conductas y procederes nada diferenciados y otreicos.
Importante en esta proyección de los años 70 también resulta El país de cuatro pisos, (1980) de José Luis González, quien presenta un nuevo lugar común o metáfora en el tema de la identidad nacional y sus espacios y movimientos característicos. Se trata, además de la conscientización socialista del sujeto otreico y del intelectual, de la constitución del edificio cultural puertorriqueño y de una nueva interpretación de la historia que toma en cuenta la identidad racial del otro, y que el letrado blanco reprimiera tanto. Mas allá del espacio de la hacienda patriarcal de herencia decimonónica, González reconoce la historia de Puerto Rico en el tránsito de cuatro fases de construcción. El primer piso del edificio lo constituye la base popular afro-caribeña bajo la esclavitud colonial; el segundo, los emigrantes de suramérica y Europa que llegaron a la isla durante el siglo XIX; el tercero, la ocupación norteamericana de 1898; y el cuarto piso se monta sobre el proceso de industrialización (a partir del 1940). En el esfuerzo por reconocer la armazón amplia del edificio histórico, González destaca el aspecto racial y clasista de los constructores y ocupantes. Se trata de los negros, mulatos, jornaleros y obreros y su vital desempeño en el esfuerzo constructor, e ignorados a lo largo de la historia por los grupos dominantes. Más allá del trauma de la invasión, que le es particularmente pertinente a la etnia blanca puertorriqueña, González encuentra la identidad en una cultura nacional mestiza, vital y saludable. Bien podríamos decir que se presenta de un final rendir cuentas con el simbólico de la racista cultura señorial, ya atenuado del imaginario intelectual para la década del 70. A partir de esta nueva crítica, las significaciones del mundo hacendado señorial dejarán de tener la pertinencia que hasta entonces habían abrigado, cerrándose así ese capítulo del debate nacional. Bien se reconoce ya que para los letrados la problemática nacional ha dejado de ser materia mental (traumática) y ha pasado a ser histórica, de identidad racial, de clase y del destino político de todo un pueblo. Pero una vez agotado el optimismo característico del socialismo de estos intelectuales de los años 70, y ya desplomadas la certeza ideológica y la seguridad en sus edificaciones, reaparecerán en el discurso letrado nuevos tránsitos y traumas, aunque esta vez presentados a través de metonimias y discursos fragmentarios e irónicos. El optimismo de los escritores socialistas de los años 70 y sus épicas y totalizantes travesías a través de la sociología y la historia cederá el paso en la década del 80 a las nociones de extravío, de pasajes aéreos, de rupturas y pérdida de la memoria. Mientras estos analistas post-revolucionarios logran evidenciar los constructos y mitos del pasado, los procesos histórico-sociales de los años 70 se han encargado de organizar un orden simbólico-cultural que requerirá de otros intrumentos de análisis. Nos acercamos a una época que reclamará intelectuales capaces de distinguir las transformadas inteligibilidades culturales (los tránsitos y traumas) que ofrece el mundo postmoderno para poder rendir cuentas de narraciones a tono con nuevas problemáticas y conflictos post-coloniales.

En la proyección de estas nuevas espacialidades y tránsitos se destaca en la década del 80 el ensayista y novelista Edgardo Rodríguez Juliá, cuyas obras comienzan a alejarse de las visiones totalizantes y de certeza características del discurso socialista de los años 70. En sus crónicas ensayísticas (más allá del sujeto abstracto de los utopistas de los años 70) Juliá contempla con irónica curiosidad el proceder y vivencial cotidiano del otro “nacional”, siguiéndolo desde su movilidad de masas o muchedumbres. Ya no se trata de ver al otro de la cultura isleña sólo desde las inteligibilidades del relato historicista, de la identidad racial o la lucha de clases, sino de reconocerlo a partir de sus desplazamientos, movilidades y peregrinaciones, así como desde su particular manera de enfrentarse o de movilizarse frente a las imposiciones de poderes externos y de factores quizás no tan reconocibles que organizan la vida (post)colonial, tanto la que se organiza desde los 50 como la que comienza a vislumbrarse a partir de los años 80.
En esta afinidad con la intrahistoria que define al otro de la cultura, Juliá se aparta de los discursos totalizantes y patriarcales del drama nacional (los que aquí hemos venido reconociendo). Al realizarlo abandona la oficialidad discursiva que, desde Pedreira, la alegórica biblioteca nacional le ha ofrecido al letrado para sus lecturas de la historia. Esta mudanza (tránsito) de perspectiva y modo de intelegir la cultura, lo lleva a enfrentarse al espacio abierto e incierto (sin la guía de la nave hostosiana o de la biblioteca pedreriana), dinámico e intrigante, recorrido por una otredad no tan nacionalista y que no parece temer o traumatizarse en sus peregrinaciones, tránsitos y mudanzas, como le ocurre al sujeto letrado que hasta aquí hemos estado reconociendo.
Y será precisamente en los territorios de concurrencia pública donde el hablante de Juliá descubrirá unas masas nada anónimas, dóciles o traumatizadas que van marcando el trazo de su existencia en carnavalesca y placentera manera de comportarse ante el nada armonioso acontecer colonial y ante el fluir de un tiempo sin aparente dirección. Se encuentra más bien con seres que desde el desarrollismo muñocista han estado haciendo, y a la vez recibiendo, la solapada y sinuosa historia de la modernidad de la última mitad del siglo XX. El entierro de Muñoz Marín, el sepelio de Cortijo, la visita del Papa, los turistas del Cerro Maravilla, el espectáculo de Iris Chacón y los bañistas de la bahía de Guánica se convierten en acontecimientos públicos que tipifican tanto las virtudes como las miserias nacionales. Y en el reconocimiento de este ya más espeso y complejo perfil del otro nacional, el narrador-cronista de Juliá emigra, con muy poco equipaje, desde la ineludible inteligibilidad que le ofrece la ideología académica del blanquitismo, a explorar los espacios mentales y el proceder cultural e ideológico de los marginados, alienados y oprimidos, no tan suspicazmente reconocidos por el discurso ensayístico de hasta entonces. Como nuevo portavoz de la problemática na(rra)cional, Rodríguez Juliá parece haber perdido la autoridad y el contacto con las totalizaciones que legitimaran al discurso nacional desde Pedreira y Manrique. No obstante, en el escape hacia los espacios de acción colectiva su discurso no deja de representar una búsqueda de explicaciones sobre la existencia del puertorriqueño en una sociedad que parece no preocuparse por el rumbo de lo que llamaba Pedreira, la nave nacional. En esta transeúnte jornada Juliá marcha al lado mismo del cuerpo del otro, para alcanzar una más vívida representación, y así superar la visión extremadamente intelectualizada y abstracta de escritores del grupo promocional anterior, como Silén y Flores. Juliá parece conocer muy bien los textos de la biblioteca pedreriana y la crítica que a los mismos hicieran los analistas del CEREP, pero los mantiene al resguardo, para permitir así la expresión propia de un otro ya no tan nacional. 
Y ya obtenido un nuevo sitial ideológico y espiritual de apaciguada contemplación, los modos de ser y comportarse del otro nacional le revela a Juliá toda una compleja y dinámica reacción ante las demandas e imposiciones de los poderes en la historia. Al superar el estereotipo del otro nacional que poseían las generaciones anteriores, dotándolo de una mayor subjetividad, nuestro ensayista logra captar la diferencia que este otro marca frente al letrado que antes hablara desde el espacio del saber dominante. Este proceder obliga a Juliá a dejar a un lado los pedidos ideológicos del nacionalismo de los anteriores pensadores y a prestarse a narrar y contemplar con distanciamiento irónico el acontecer en la moderna y compleja ciudad y a relatar los nuevos procederes socio-culturales que han emergido como efecto de las crisis del desarrollismo estadolibrista.
En esta actitud ideológica y proceder discursivo, no le deja de sorprender a Juliá la reacción solemne del pueblo-otro ante la muerte de los cabecillas de todo ese proceso cultural. Se trata, por una parte, del entierro de Muñoz Marín (en Las tribulaciones de Jonás), personaje éste que ha significado el deceso de todo un pasado patriarcal y quien ha creado la crisis que lanza al otro nacional a las inciertas peregrinaciones, escándalos y espectáculos de la modernidad de una colonia muy distinta a la que previeron Pedreira y Marqués. Y por otra, se trata del atestiguamiento de la importancia histórica y cultural del otro nacional (El entierro de Cortijo) que se ocupa del sepelio de uno de sus más preciados símbolos (Cortijo) para dejar impresas en el acto las huellas de su identidad. En estos fúnebres tránsitos, también los acontecimientos del Cerro Maravilla se presentan como señales de la nueva crisis nacional en que, ante la ausencia de los patriarcas, los nuevos jerarcas del Estado traicionan y someten a la violencia a los hijos nacionales mediante los más desafortunados actos ("El cerro Maravilla" en Una noche con Iris Chacón). Y luego de reconocida la cultura nacional desde el "arriba" y el "abajo" que impone el otro transeúnte, más que trauma, lo que se presenta es extravío y desorientación. Ni la dirección de la nave (Pedreira), ni la carreta en su regreso (Marqués) o el histórico esfuerzo de construcción del edificio nacional (González) parecen ya guiar el desempeño del otro peregrino y del letrado que lo contempla. Emerge de ahí quizás el distanciamiento irónico del hablante de Juliá frente a los "logros" y "avances" de la moderna sociedad: “Sin duda somos más sociedad que antes; pero en el camino a Damasco, que va de Sabana Grande al Cerro Maravilla, una parte de nosotros se extravió para siempre” ("Una noche con Iris Chacón", p. 65). Se trata, no obstante, y pese a cierto dejo de nostalgia (o más bien de incertidumbre), de un extravío muy distinto al anteriormente expresado por Pedreira.
Pero lo que importa en esta ocasión es el desorientado otro nacional. Solo que esta vez, contrariamente a los intelectuales anteriores, el ensayista no se dispone a señalar el rumbo que podría ya continuar o emprender ese otro. La visión de un sujeto directriz de la nación (sujeto imaginario ya superado ideológicamente, o sujeto patriarcal ya fenecido) ha perdido el reclamo y empuje emprendedores de que dispusiera antes. Nace de ahí la intriga e incertidumbre que animan al hablante-narrador de Juliá, por el rumbo que podrían tomar esos peregrinos de la nación. Enfrentarse a la historia del otro resulta de esa manera en un acto de ubicarse frente al giro que podría tomar la trama de una obra, o a las inesperadas emociones que podría traer el ritmo de un frenético y alucinado espectáculo como el de Iris Chacón o el del papa. 
Para otros escritores de finales de los años 80 y principios de los 90, la confusión y el extravío (los noveles y traumáticos tránsitos) del ser puertorriqueño también provendrán en esta ocasión de la ecología y los espacios cotidianos del vivir: emergen aquí los signos de la basura, los desperdicios químicos, la contaminación ambiental, la entropía comunicativa. “Puerto Rico va en vías de convertirse —nos dice Edgardo Zanabria Santaliz— en un vertedero de 100 millas de ancho por 35 de ancho” (p. 217, El tramo ancla). “Los yagrumos y helechos comulgan con las latas de Coca Cola... (p. 217) —nos dice en otra parte. La isla, a su entender, está por convertirse en una “bien nutrida paria revolcante y chillona” (219). Lugares como Nueva York y Boston cobran particular pertinencia y se presentan como nuevos sitiales nacionales que muestran oportunos simulacros de los ámbitos más idílicos de la isla de Puerto Rico: las palmas, las montañas, los símbolos taínos y negristas, los güiros, las maracas, las timbas parecen ser los iconos más preciados por los niuyorriqueños (p. 227) Eventos del pasado nacionalista que fueran despreciados pasan a ser resemantizados y reconstruidos: el Grito de Lares, la lucha de Betances, la pasión de Albizu. La revaloración de estas representaciones son parte integrante de la constante lucha por existir y ser, que tanto en el continente como en la Isla se convierte en una militancia que trasciende lo que se entendía como límites del País:

Vi que Puerto Rico no es solo una isla varada entre las dos corrientes alternas del Atlántico y del Caribe. Descubrí que Puerto Rico es una forma de ser, una manera específica de concebir el mundo y la existencia, el lenguaje modulado en una cadencia inimitable, un ritmo en el que se vive inmergido y que marca nuestro accionar (tanto anímico como físico) permitiendo que en todas partes se nos reconozca como puertorriqueños. (El tramo ancla, p. 213).

Pero, según se desprende de los escritos de Santaliz, pese a que el letrado se ha apoderado de un nuevo espacio de inteligibilidad ideológica y ética, no deja de sentirse inmerso todavía en una sociedad que le parece haber avanzado muy poco en lo moral. La sociedad (el otro nacional) sigue revelándosele como a fines de siglo la definiera Zeno Gandía, enferma:

En Puerto Rico la sangre se derrama sin ningún fin enaltecedor, sin ningún sentido, aunque el hecho de que se vierta con tanta constancia y arrojo es señal irrefutable de la enfermedad moral y sociopolítica que padecemos y que no cejará en tanto no se nos medicine con la receta que nos hace falta” (237)

Mas esta manera de ver la cultura no representa la norma, pues si algo desagrada a la intelectualidad más contemporánea son las prescripciones médicas que tanto ha empleado el letrado obediente al mandato patriarcal.
Dentro de una vertiente poco dada a diagnósticos de enfermedades, quizás el discurso más destacado de los últimos años sea el de Luis Rafael Sánchez, ante todo el que nos presenta en "La guagua aérea". Se nos revela en este relato a un escritor que presencia con irónica cercanía el complejo proceder de la otredad de la cultura más contemporánea. Se encara aquí Sánchez con el sujeto colectivo más sinuoso y marginal (por ser el que sufre la mayor diferenciación y desplazamiento) de la cultura emigratoria de las últimas décadas. Muy distante está ya el escritor de los traumas característicos del discurso nacional que se dieron desde principios de siglo hasta René Marqués, como también del optimismo otreico y utópico de los socialistas de los años 70. Se semejará más al hablante de Juliá, en cuanto a su irónico deseo de unirse a los tránsitos del otro nacional, aunque no tanto en las peregrinaciones de éste por los espacios de apertura pública, sino por los ámbitos simbólicos de encierro y clausura en un transporte aéreo que obliga a una apretada pero densa reflexión. Presenciamos en este relato del tránsito el momento en que el letrado se ve precisado a viajar al lado del “subalterno”, en el confinamiento de la guagua aérea, entendida ésta como metáfora del vehículo que en la historia demarca la ruta del otro nacional (ya antes lo fueron la "nave al garete" y la carreta). Si en el discurso de Juliá el transeúnte-otro había abandonado el navío de Pedreira o la carreta de Marqués para irse en peregrinación a la calle a contemplar las nuevas alegorías nacionales, ahora mediante Sánchez esa otredad aborda el transporte aéreo para extender su peregrinación más allá del territorio nativo e insular y hacia el espacio más aéreo e impreciso de una más cruda modernidad. Y en la contigüidad y cercanía a la otredad de los pasajeros isleño-niuyorquinos, como el relato mismo lo indica, el hablante logra percatarse del acontecer que no se reconoce en los libros de Historia, del envés del lenguaje que escapa la política convencional, del dato que ignora la estadística, de la utilidad de la poesía en el reconocimiento genuino de estos tránsitos (p. 21). Se trata de una desafiante óptica con la cual, desde el reverso de la cultura, el hablante logra presenciar la otra cara de la historia (la que no habían presentado ni Pedreira ni Marqués), y advertir que viaja con tripulantes que, como los emigrantes de principios de siglo a bordo del Coamo o el Marine Tiger, se reivindican y conquistan el espacio del aquí y del allá "contrabandeando esperanzas", en clandestinaje pero casi de frente a los poderosos oficiales que guían la cabina de mando. En esta ocasión el letrado "nacional" (el escritor puertorriqueño) descubre en el otro itinerante un gesto de iniciativa cultural y de relevancia histórica que lo convierte en un sujeto de elevada y seminal importancia.
No obstante, el escritor se mantiene a distancia, en actitud voyeurista, extendiendo esta vez la mirada hacia el otro para distinguir las vidas secretas, privadas y diferentes de lo que en realidad es un pueblo que, al no respetar la conducta “apropiada” que exige "la seriedad" del viaje, se presta felizmente a las prácticas eufóricas del cuerpo, a la guachafita y al relajo, a audaces tránsitos espaciales, culturales e ideológicos asumidos sin temor, y que son los que le permiten precisamente imprimirle su huella a la historía de los contrabandos y saqueos del poder. La resonancia de la conducta de los tripulantes revela cómo la otredad populista, mediante su peculiar manera de carnavalizar la cultura se presta a prácticas y conductas que en el fondo representan modos entrópicos de enfrentarse a los asedios de los poderes dominantes que pretenden guiar sus destinos. El carnavalesco y entrópico proceder, y la celebración escandalosa ante los tránsitos que le impone la vida, representan en realidad modos esta vez nada traumáticos (como lo concebía Marqués) de enfrentarse a los arrastres de las naves del poder y subvertir “desordenadamente” sus oblicuos mandatos. En esa peculiar manera de ser reside, ante todo, la mayor agresión contra las "correctas" costumbres de la cultura del invasor que dirige el rumbo de la nave. Se trata de una subrepticia subversión cuya fuerte dosis de goce le resulta muy anómala a la burlada guardia de los que dirigen una nave ya no tan nacional ni al garete —subversión de la que el escritor pretende también disfrutar.
La gozosa perversión ante el indeseado tránsito se manifiesta casi sarcásticamente mediante la presencia del juey, metonimia de lo telúrico (autóctono) que se infiltra de manera clandestina en la aventura aérea para asistir el placentero devaneo y, a la vez, distraer del lamentoso desvarío que provoca el viaje que a la larga es impuesto e indeseado. Se trata del emblema del otro (el juey) que representa mucho de la plebeya identidad del no tan nuevo sujeto nacional, y que se cuela desde la profundidad de la tierra hacia los espacios oficiales y de control de la nave aérea. Ese diminuto sujeto es uno de los significantes profundos que mantendrá la comunicación significativa con el pasado y los pedestres orígenes y que habrá de conferir continuidad cultural a los alborotados tripulantes en su nuevo destino. He aquí el gozoso reconocimiento del hablante del relato y su lector cómplice.
En este cargado y denso tránsito, nuestro hablante letrado advierte, además, un ritual carnavalesco que no resulta en simple pasatiempo, sino en actividad profundamente vital y definidora. De ahí sus deseos de unirse a la irónica celebración que realiza impulsivamente el otro, y así participar de su lenguaje y goce subversivos (más bien desarticulados), aunque siempre quede una inevitable distancia entre él mismo y ese otro sujeto. No creo que el letrado de la clásica modernidad o la inconforme postmodernidad pueda encontrar algún tipo de sentido al rizimático y nada racional discurso del otro (el cual se debe más a una performatividad de lenguajes que no podemos alcanzar). Pero no dejan de cautivar, los tránsitos y traslados por cuanto ellos evidencian la vitalidad corporal y la estrategia moral de un pueblo dispuesto a afrontar la mudanza y la contingencia que le impone su existir de subalterno. Se trata del pueblo que con su cargamento de jueyes, gallos y discos de Cortijo, entre la risa y el llanto (“loco de contento”), se juega la existencia misma, y se cura del "mal de la distancia" que le aqueja al abandonar un suelo nacional que, más que lugar preciso y físico (como la hacienda de Pedreira o el edificio nacional de los socialistas), es ahora espacio simbólico y aleatorio donde se mueve el otro. En esta singular empresa y viaje alegórico por la vida se "define" el singular ademán de puertorriqueños que "replantean la adversidad y el sosiego del país que se quedó en pueblo grandote o del pueblo que se metió a chin de país" (19). Se trata de una casi trágica (o paródica) gestión de pueblo en la cual la charca campestre se ha transformado en "el charco azul a que los puertorriqueños reducen el Atlántico" (19). Encontramos así el singular proyecto de movilidad social que anima a estos nuevos subalternos de la historia, que va mucho más allá del cultivo nacional que reclamaran Pedreira y Manrique para la primera mitad de siglo, y que exige una nueva semiosis cultural que el letrado no ha logrado articular del todo. La certeza de uno de los pasajeros, al afirmar su puertorriqueñidad niuyorkina, no sólo connota una visión espacial pasmosamente desacostumbrada, sino que revela la sorpresa del letrado hablante (nuestro racional autor) ante la propuesta de un nuevo código comunicativo que el imprevisto sujeto de la cultura le reclama. No se trata de un "traspié geográfico", advierte el propio hablante-narrador, sino de la venganza de un pueblo que se ha propuesto invadir desde otro ángulo al invasor. La peculiar racionalidad y conductas de lo que fuera el otro nacional ha penetrado ya el discurso letrado para "elevarlo" y transportarlo esta vez por los espacios de significación que ofrece una historia subversiva y transgresora no tan fácil de escribir y textualizar en sus implicaciones amplias y severas.


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(Libro en proceso de ser re-editado)

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